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El Rugido del Oso: El Ascenso de Drokvar

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18/9/11
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El Rugido del Oso: El Ascenso de Drokvar​


El día había llegado. Como parte de su rito de ascensión de Iniciado de la Senda a Bárbaro en la Tribu del Oso, Drokvar "Quebrarrocas" debía superar una prueba brutal: derrotar con sus propias manos a un colosal oso polar, el más grande de su especie, sin armas ni protección.

Acompañado por Esquir, un chamán enano de gran sabiduría, y Eir, una chamán de los Reghed que pronto enfrentaría su propia prueba de la senda, Drokvar emprendió el arduo ascenso a los Picos de las Nubes, aún más altos que la misma aldea Cumbrelanza. El Gran Chamán de la tribu, junto a un grupo de guerreros, los despidió solemnemente, aceptando a Esquir y Eir como testigos del desafío.

El camino estuvo plagado de desafíos, pero ninguno tan letal como los múltiples grupos de ogros que infestaban la ruta. Enfrentaron emboscadas en desfiladeros estrechos, combates desesperados sobre la nieve y ataques en plena ventisca. Aunque Esquir y Eir lucharon a su lado, cada batalla dejaba a Drokvar más exhausto y sus músculos ardían por el esfuerzo y el frío.

Tras largas horas de ascenso y sangre derramada, finalmente alcanzaron la cima. Entre los restos destrozados de ogros caídos, un gigantesco oso polar se alzaba con su pelaje blanco manchado de sangre por doquier. Al notar su presencia, la bestia rugió y se lanzó sobre Drokvar con una furia descomunal. Esquir y Eir, sabiendo que esta batalla debía librarla solo el goliat, se mantuvieron como testigos en la distancia.

Lo que siguió fue un enfrentamiento titánico. Drokvar se lanzó contra la bestia con la fuerza de las montañas, pero el oso era un torbellino de colmillos y garras. Cada impacto estremecía los huesos del goliat, cada zarpazo arrancaba carne y teñía la nieve de rojo. Con cada minuto que pasaba, el agotamiento lo consumía, su cuerpo traicionaba su voluntad y la bestia parecía inquebrantable.

Cuando su resistencia llegó al límite y sus fuerzas casi lo abandonaron, algo profundo despertó en su interior. Una ira primigenia, tan salvaje como la misma tormenta, rugió en su pecho. Con un grito desgarrador, Drokvar ignoró el dolor y se lanzó sobre la criatura con una furia imparable. Sus golpes se volvieron demoledores, cada uno quebrando los huesos y desgarrando los músculos de la inmensa criatura. Finalmente, con un último alarido de rabia, hundió sus manos en la garganta de la bestia y apretando fuertemente, la destrozó en un estallido de sangre y nieve.

En el silencio que siguió, solo el viento aullaba entre las montañas y las miradas perplejas de los testigos viendo la sangre correr alrededor de Drokvar en la grotesca escena… hasta que un aullido largo y profundo rompió la quietud. Desde la lejanía, se veía la silueta de un lobo, debía ser Colmillo Plateado observando desde la lejanía, respondía al triunfo del guerrero y anunciaba su retorno a la aldea. Drokvar, cubierto en la sangre del oso, se irguió victorioso. Había demostrado su valía. Había nacido un verdadero Bárbaro de la Tribu del Oso.

Aún desnudo, con el cuerpo de la colosal bestia sobre sus hombros, descendió de las alturas con pasos firmes, dejando tras de sí un sendero de sangre sobre la nieve. Al llegar a la tribu, fue recibido por el Gran Chamán y los guerreros, quienes lo esperaban con respeto y admiración. Allí, como parte del ritual, el Gran Chamán arrancó el corazón del gran oso y se lo entrego a Drokvar, quien lo devoró frente a su gente, sintiendo el poder de la criatura fluir en su interior. Con voz firme, juró que su espada siempre estaría alimentada por su furia y que su cuerpo protegería incansablemente a la tribu y sus costumbres.

El festejo se extendió hasta el amanecer, entre cánticos, danzas y fuego. Desde ese día, una enorme silueta blanca es vista rondando las montañas: Drokvar, ahora cubierto con las pieles de su gran enemigo, convertido en un símbolo viviente de la fuerza y el espíritu indomable de la Tribu del Oso.


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