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El ruido que quedó

Gainaxx

Enano con acento ruso
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6/6/26
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Athkatla no había recibido a Gain con ceremonia.

No hubo una puerta abierta esperándolo, ni un maestro dispuesto a reconocerlo por el simple peso de su martillo. La ciudad siguió siendo la misma desde el primer día: calles llenas de carros, comerciantes discutiendo por monedas, marineros buscando tabernas, guardias que miraban dos veces a cualquiera con armas grandes y gente que caminaba deprisa aunque no supiera muy bien hacia dónde.

Al principio, Gain se movía por ella como quien atraviesa una fragua ajena.
Con cuidado.

Observando qué piezas estaban calientes, cuáles podían romperse y cuáles era mejor no tocar.

Con el tiempo, sin embargo, empezó a reconocer el ritmo de la ciudad. Aprendió qué calles se llenaban de barro después de la lluvia, qué tabernas tenían cerveza aceptable y cuáles vendían agua coloreada, dónde se conseguían herramientas decentes y qué mercaderes hablaban demasiado cuando querían esconder una mala pieza.

También aprendió que Athkatla podía ser cruel.

Había quienes tenían demasiado y quienes llevaban toda su vida intentando reunir apenas lo suficiente. Había casas con guardias en la puerta y callejones donde la gente dormía cerca de una pared esperando que la noche no trajera problemas. Gain no se acostumbró del todo a eso. Pero dejó de sorprenderse.

Quizá esa era la forma en que una ciudad te adoptaba: no haciéndote sentir cómodo, sino enseñándote qué incomodidades debías aceptar para sobrevivir dentro de ella.

Aun así, no todo había sido trabajo, barro y encargos.
Había conocido gente.

Algunos eran aventureros de paso, de esos que hablaban como si el mundo les debiera una canción por cada monstruo caído. Otros eran mercenarios, prácticos y difíciles de leer, capaces de reírse una noche y desaparecer a la mañana siguiente por un contrato mejor pagado.

También estaban quienes se quedaban.

Personas que, por algún motivo, empezaban a aparecer en el mismo sitio una y otra vez. En una mesa de taberna. En una salida peligrosa. En un campamento. Frente a una fogata cuando el cansancio volvía demasiado largo el silencio.

Gain no era bueno nombrando esas cosas.
No sabía decir cuándo alguien dejaba de ser un conocido y empezaba a importar.
Pero lo notaba.

Lo notaba cuando un rostro conocido aparecía al final de una expedición. Cuando una voz respondía desde la oscuridad. Cuando alguien confiaba en que él revisara su arma.

Había aprendido que no todos los vínculos se formaban con promesas.

Algunos se construían igual que una pieza de metal: golpe a golpe, con paciencia, entre errores, silencios y momentos en los que nadie decía lo que realmente estaba pensando.

Uno de esos días lo llevó a una cripta.

No era la primera vez que Gain descendía bajo tierra, pero las criptas tenían una forma distinta de recibir a los vivos. El aire era frío, inmóvil y viejo. Las antorchas apenas alcanzaban para mostrar la piedra húmeda, las tumbas abiertas y la oscuridad esperando detrás.

Fue allí donde encontró el cadáver de un aventurero al que había ayudado tiempo atrás.

No era un extraño. Gain recordaba haberlo visto con vida, hablar, moverse y seguir adelante después de recibir ayuda. Tal vez no habían compartido demasiado, pero había bastado para que su rostro no se perdiera entre tantos otros.

Encontrarlo tendido sobre la piedra, con el equipo roto y el silencio pegado al cuerpo, le dejó una sensación difícil de apartar.

Gain no supo qué decir. No había palabras útiles para alguien que llegaba tarde.

Lo ayudó de todos modos. Revisó sus pertenencias, acomodó lo que pudo y evitó que quedara abandonado en aquella oscuridad como si nunca hubiera importado. No porque creyera que eso arreglara algo, sino porque recordaba que aquel hombre había estado vivo. Había confiado en otros. Había seguido caminando.
Y ahora solo quedaba el peso de no haber podido hacer más.

Después vinieron los caminos.

Viajes largos entre ciudades, puestos de comercio, caminos embarrados y aldeas donde la gente miraba con sospecha a cualquiera que llegara armado. La búsqueda de un objeto lo llevó lejos de las calles conocidas de Athkatla y le mostró que Amn era más grande de lo que parecía desde una herrería.

En cada lugar había alguien vendiendo algo imposible, alguien asegurando conocer un atajo y alguien que juraba haber visto más monstruos de los que realmente había enfrentado.

Gain escuchaba.
Preguntaba poco.

Miraba las manos de los vendedores, las ruedas de los carros, los remaches de las armaduras y el estado de las armas. A veces uno podía saber más de una persona por cómo cuidaba su cuchillo que por todo lo que decía sobre sí misma.

El objeto que buscaban importaba, sí.
Pero el viaje terminó dejando otras cosas.

Horas compartidas junto a fogatas pobres. Conversaciones que empezaban hablando de rutas y terminaban en recuerdos. Discusiones sobre precios, dioses, contratos y decisiones que nadie quería tomar solo. La clase de momentos que no parecen importantes hasta que pasan varios días y uno se descubre recordándolos en silencio.

Gain había llegado a Athkatla buscando oficio.

Quería materiales, una fragua donde trabajar, clientes honestos y la oportunidad de hacerse un nombre que no dependiera de nadie más. Todavía quería todo eso.

Pero ahora entendía que el trabajo no era lo único que estaba construyendo.
Había empezado a hacerse un lugar.
No uno grande. No uno seguro. No uno que pudiera señalarse en un mapa.
Pero sí un lugar entre personas, caminos y responsabilidades que antes no existían.
Todavía era herrero.

Seguía prefiriendo una pieza bien hecha a un discurso largo. Seguía desconfiando de las promesas fáciles y de los hombres que hablaban demasiado de honor mientras dejaban que otros cargaran con el peso. Seguía sintiéndose más cómodo con una herramienta entre las manos que con una conversación delicada.

Pero cada día en la ciudad había dejado algo en él.
Una marca pequeña.
Un nombre.
Una historia.

Como el metal, Gain sabía que las cosas no se transformaban de golpe. Primero venía el fuego. Después el golpe. Después el tiempo necesario para que la forma se sostuviera.

Quizá Athkatla aún no era su hogar.
Pero ya no era solo una ciudad en la que había llegado buscando trabajo.
Y eso, para alguien como Gain, era más de lo que habría admitido en voz alta.
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