Novedades

El sabor de la derrota

Drocer392

Piedra calcinada de la Espiral
Registrado
9/11/24
Mensajes
74



keira1.pngLa almohada estaba húmeda, las sabanas arrugadas, se escuchaba una respiración pausada, un dolor horrible sin gestos, una presión en el ambiente, lo único que se escuchaba desde la cama del fondo eran espasmos sollozos, una respiración entrecortada.

-Ahí estaba, recostada en el cuartel, siendo atendida, rogándole al mundo para que mis heridas sanasen lo mas rápido posible, mordiéndome los labios con furia, tristeza, dolor, decepción...-

-¿Cuando fue la ultima vez que caímos en batalla? Puedo recordarlo, ese enfrentamiento mano a mano contra los murannitas, te prometiste no volver a caer y... ¿Qué paso Keira? ¿Cuál es la excusa ahora? ¿Culparas a la Danza de Agujas una vez mas diciendo que no fue suficiente o afrontarás tu debilidad y entenderás que debes mejorar físicamente?-

-¿Qué diría Tharion si te viera? ¿Le daría lastima, tristeza o decepción? Pobre niña volvió a caer, déjenla llorar, dejen que llene ese vacío con lagrimas, pues para combatir y defender a sus camaradas no fue suficiente...-

-No fui suficiente...-


La mente es nuestro peor enemigo, nuestro mas grande critico, nuestro mayor temor, con frecuencia es quien nos frena, quien nos advierte, esa voz que nos hace dudar, ¿Por temor? No lo sabremos, ¿Protección? Muchas posibilidades, sin embargo en ella, en ella era algo involuntario, un constante recuerdo de su debilidad, de sus temores, de sus fracasos, de cada momento en que su cuerpo no pudo responder, donde su mente solo dudaba, donde su cuerpo no se movía a pesar de que su voluntad quisiera hacerlo, un recuerdo constante de las veces en las que se quedaba congelada, para Keira era su peor compañía.


~Recuerdo del enfrentamiento~
El frente era invadido, las criaturas de la infraoscuridad tomaban nuestro puesto, muchos soldados caían ante el enemigo, orcos, bestias, enemigo tras enemigo aparecían por todos lados, nosotros, Ewan, Fery, Kath, los Banji, Vesper, Caliope y yo, éramos la ultima esperanza para recuperar el puesto, cada uno tenia su función, todos estabamos preparados para la batalla, al menos físicamente, éramos superados en cantidad, pero nuestra voluntad estaba firme, cada uno peleando al lado del otro, sin dudar sin temblar, sin dejar pasar un solo fallo.
El enemigo no estaba solo en la fuerza bruta, contaban con magia, magia poderosa, un Ilicido, una criatura con poderes mas allá de mi entendimiento, Drows, Orcos, muchas mas criaturas que desconozco, todas con el único deseo de destrucción, Fery y yo manteníamos la defensa delantera, ella con su escudo, yo con mi Danza de Agujas, el Capitán junto con uno de los Banji, Bertrat específicamente, nos cubrían a la distancia, Kath, su voz nos daba ánimos, su arco tensado atacaba con fiereza, su temple no se vio quebrantado por ningún enemigo, Vesper, aprovechando cualquier oportunidad, sus armas afiladas reventaban al enemigo en sus puntos mas vitales, Kemper, el otro Banji, su sigilo era intachable, el enemigo no podía verlo, único en su habilidad, avanzaba por los flancos indetectable, Caliope, su fuerza al combatir era notoria, al mismo tiempo que curaba nuestras heridas peleaba, la entrega de la recluta era grande, yo, a la diestra de Fery, peleando codo a codo, los enemigos caían, los aguantábamos mientras nuestros colegas los reventaban... Sin embargo, escuche a Fery -¡Los arqueros!.- Corrí, directo al arquero, al menos a uno de ellos, una magia directa hacia mí, el Ilicido me detuvo con un conjuro extraño dejándome a merced del arquero, el Drow no dudo, en un descuido de mi danza me atravesó la costilla dejándome sin aire, un estallido es escucho, me distraje casi inconsciente, al ver al arquero de nuevo, este me miró y volvió a dispararme, mi cuerpo no lo toleró... Caí inconsciente, pensé por momentos que sería mi final.
Al despertar, mi respiración volvió, estaban todos ahí, mis compañeros, eso me dio alegría, pero un dolor pesaba en mi mente, en mi cuerpo, un dolor mas allá del impacto de las flechas del enemigo, un dolor que recorría mi mente y corazón, el dolor de la derrota, el dolor del orgullo quebrantado, el dolor de haber caído y dejado desprotegidos a mis compañeros...
~Final del recuerdo~

La batalla apenas se ganó, el suelo estaba cubierto de cuerpos abatidos, todos respirando aún, pero vencidos por el cansancio, nadie murió, y sin embargo, muchos cayeron inconscientes bajo el peso de la lucha, una voz resonaba en su cabeza una y otra vez.

-Fallaste… otra vez, el Muro de Plumas debía protegerte, ¡Proteger a tus compañeros!, pero tus pasos fueron torpes. ¿Dónde estuvo tu defensa? ¿Dónde tu precisión? Cada pluma debía ser un escudo, y las dejaste caer como hojas muertas. No eres digna de la danza, ¡No eres digna de la victoria!.-

-El muro de plumas debía sostenerte… y lo dejaste caer.-

-Cada paso fue lento. Cada giro, torpe.-

-Las plumas no fueron escudo, fueron huecos. Vacíos.-

-¿Por qué siempre fallas? ¿Por qué siempre caes?.-

-No eres fuerte. No eres digna. No eres suficiente.-



Las voces en su interior eran más crueles que la flecha. Cada recuerdo de la batalla se repetía como un juicio, cada movimiento analizado, cada error amplificado. Mientras los demás celebraban volver vivos, Keira se hundía en su propio silencio, atrapada en un ciclo de reproches que la desgarraban más que la herida.



Con el tiempo la herida comenzaba a cerrarse, pero el verdadero tormento no estaba en su costilla, sino en su mente, acostada, inmóvil, escuchaba el murmullo cruel de su propio pensamiento.

-¿Así piensas mejorar? ¿Acostada como una niña débil? El muro de plumas no se reconstruye en la cama, levántate, entrena o seguirás cayendo, una y otra vez.-

Las palabras eran cuchillos, no podía ignorarlas, con un esfuerzo silencioso, se incorporó, escondiéndose de los demás, y caminó hacia el patio de entrenamiento, cada paso era torpe, cada movimiento un recordatorio del dolor que aún la atravesaba.
Tomó posición, intentó la danza, el cuerpo no respondía, el aire se le escapaba, la herida ardía, y sus brazos caían pesados como hierro.

-Patética, ni siquiera puedes sostenerte, el muro de plumas debía ser tu defensa, y ahora no puedes levantar ni una pluma. ¿Crees que así serás digna? No, nunca.-

Keira intentó otra vez, y otra vez fracasó, sus piernas cedían, su respiración se quebraba, y el sudor se mezclaba con lágrimas que no quería mostrar, el patio, vacío, se convirtió en su prisión, cada intento era un golpe contra su orgullo, cada caída un eco de derrota.

El patio de entrenamiento estaba vacío, apenas iluminado por la luna, Keira, aún con el cuerpo marcado por la flecha, avanzaba con pasos torpes, escondida de los demás, cada movimiento era un castigo, intentó el muro de plumas, sus brazos se alzaron, pero la defensa se quebró en segundos, el cuerpo no obedecía.

-Patética, ni siquiera puedes sostener la defensa, el muro debía ser perfecto, ligero, impenetrable… Y lo dejaste caer como si nunca hubieras aprendido.-

El reproche la quemaba por dentro, con rabia, buscó la tercera postura, "lluvia de plumas" El ataque consecutivo, la danza que debía ser un torrente imparable, dio el primer paso, la primera estocada… y el dolor la dobló, el segundo intento fue más lento, el tercero se convirtió en un tropiezo.

-La lluvia debía ser tormenta, y apenas logras gotas sueltas. ¿Dónde está tu fuerza? ¿Dónde tu furia? No eres río, eres charco. No eres tormenta, eres silencio.-

Keira cayó de rodillas, jadeando, con las manos temblando, el sudor se mezclaba con lágrimas que no quería mostrar, el patio se llenó de su silencio roto, no había enemigos, no había batalla, solo ella contra sí misma, y en esa lucha, cada intento era derrota.

-Levántate, intenta otra vez, no importa el dolor, no importa la sangre, si no lo haces, nunca serás digna del ¡Legado Sanders!.-

keira2.pngLas noches se repetían como un castigo. El patio de entrenamiento, frío y desierto, era testigo de cada intento fallido. La luna colgaba alta, derramando su luz sobre las piedras húmedas, mientras el viento arrastraba un silencio pesado. Keira, con la herida aún fresca, se obligaba a repetir el muro de plumas, la lluvia de plumas, una y otra vez. Siempre terminaba en el suelo, jadeando, con el sudor mezclado en lágrimas.

-Nunca mejorarás así. Cada caída es prueba de tu debilidad. ¿Cuántas veces más vas a fracasar?-

La voz en su mente era cruel, implacable. Y esa noche, el reproche se convirtió en rabia. Keira golpeó el suelo con el puño, llorando con furia, con impotencia.

—¡Siempre caigo! ¡Siempre! —gritó entre sollozos, la voz quebrada, el pecho ardiendo.

En ese instante, la puerta del patio se abrió. El chirrido del hierro cortó el silencio, y la figura de la Teniente Valdor apareció. Su silueta se recortó contra la luz tenue, firme, imponente, pero sus ojos se llenaron de dolor al ver a Keira en el suelo.
—Keira… — Su voz tembló, aunque intentó mantener la rigidez del rango —. ¿Qué estás haciendo?.-

Keira levantó la mirada, los ojos rojos, las lágrimas corriendo por su rostro.
—Entrenando… —susurró, con rabia contenida —. Si no lo hago, nunca seré digna. El muro se me escapa, la lluvia se rompe. Soy débil, Valdor. ¡Soy débil!.-

Valdor dio un paso hacia ella, pero se detuvo. El deber la ataba, la obligaba a contener las ganas de abrazarla, de consolarla.
—No eres débil, estás herida, eso no es lo mismo.-

Keira golpeó el suelo otra vez, con lágrimas de rabia.
—¡Sí lo es! La batalla se ganó, pero yo caí. Siempre caigo. ¿De qué sirve la victoria si mi danza se rompe cada vez?-

El patio se llenó de su llanto, un llanto que no era de dolor físico, sino de orgullo desgarrado. Valdor la miraba, con el corazón dividido entre la disciplina y el amor. Sus manos temblaban, queriendo alcanzarla, pero se quedaron suspendidas en el aire.
—Keira… sé lo que sientes. Yo también me odié por caer, yo también me llamé débil. —su voz temblaba, pero era sincera—. Y aprendí que castigarse no te llevará a nada.-

Keira la miró, con los ojos rojos, la rabia aún viva.
—¿Entonces qué hago? ¿Me quedo aquí, rota? ¿Espero a que la herida decida cuándo soy digna?.-

Valdor se arrodilló frente a ella, dejando que la luna iluminara su rostro.
—No. Te acompañaré, entrenaremos juntas, yo sanaré tus heridas mientras lo intentas, no estarás sola contra tu cuerpo.-

Keira bajó la mirada, las lágrimas cayendo sobre las piedras.
—¿Y si fracaso otra vez?-

Valdor extendió la mano, firme, segura.
—Entonces caeremos juntas. Y volveremos a intentarlo.-

Los ojos de Keira temblaron, sus labios también, se sentía apoyada, sentía el acompañamiento que tanto quería y esperaba, sonreía, sus brazos pesados por el cansancio, su espíritu retomaba fuerzas, las justas y necesarias para abrazar con fuerza a quien ahora estaba a su lado, a quien ahora la acompañaría en su recuperación, a quien con tanto deseo quería ver.
 
Última edición:
Arriba