El fuego del bracero crepitaba bajo un cielo sin estrellas. El campamento de los Llanos apenas era un puñado de tiendas mal levantadas, una empalizada baja y un silencio que parecía tragar las voces. El humo del carbón se mezclaba con el olor rancio del cuero húmedo y el metal sin limpiar.
Ibrak estaba sentado en una de las bancas, con el arco apoyado contra la pierna y la mirada fija en las chispas que subían al aire como si buscaran escapar. Frente a él, Kaeril ajustaba la correa de su armadura, los ojos cansados, el gesto duro de alguien acostumbrado a vigilar más de lo que dormía.
—Dime, Kaeril… —gruñó Ibrak con esa voz áspera que parecía arrastrar piedras—. ¿Conoces a otros kelemvoritas? Rastreadores, cazadores… alguien que siga el mismo camino que yo.
El hombre levantó la vista, arqueando apenas una ceja. Se tomó un momento, como si realmente buscara en la memoria, y al final negó despacio.
—No conozco otros Kelemvoritas . Pero si —su voz bajó, casi con respeto—. Una mujer seguidora de la Reina Cuervos. Shwanhilde.
Ibrak escupió a un costado, como si el nombre no le dijera nada, y clavó de nuevo la mirada en el fuego.
—Entonces no hay nadie más. —Sus palabras no fueron una queja, más bien una aceptación áspera, como quien ya está acostumbrado a cargar solo con su cruz.
El viento sopló frío entre las tiendas, moviendo las lonas con un susurro áspero. Ibrak rompió el silencio otra vez:
—¿Y sobre la ciudad enana? He oído de muertos caminando entre sus ruinas… de un saqueo que no acabó. ¿Qué sabes?
Kaeril dejó escapar un resoplido, amargo.
—Solo silencio de la fortaleza. —Su mirada se endureció, fija en el bracero como si temiera decirlo en voz alta—. Nadie que entre habla de volver. Y los que parten hacia allá… no regresan, ni siquiera como cuerpos. Es como si la ciudad misma se hubiera tragado las voces, los pasos, todo.
Ibrak no respondió. Solo cerró los puños sobre sus rodillas y dejó que el silencio pesara. El fuego crepitaba, los guardias en la empalizada murmuraban entre dientes, y más allá de la débil línea de luz del campamento, los Llanos eran un mar oscuro que podía esconder cualquier cosa.
Alguien rió, borracho, desde una tienda cercana, pero la risa murió rápido, como si hasta ella temiera despertar lo que dormía en aquel silencio.
El elfo y las ratas
La noche se espesaba sobre los campos, y la luna apenas lograba colarse entre las nubes bajas. El granero se levantaba como una mole oscura, con tablones carcomidos y olor a humedad. Ibrak caminaba junto al elfo espadachín, el sonido de sus botas hundiéndose en el barro marcaba el paso.
Dentro, la penumbra estaba viva. Decenas de ojos diminutos brillaban desde las vigas y entre los sacos de grano podrido. El aire apestaba a excremento, orín y podredumbre.
Ibrak aferró el arco, tensando la cuerda mientras su compañero desenvainaba la hoja que relucía en el escaso resplandor de la lámpara. Una sombra se agitó en la paja, y el primer disparo quebró el silencio con un chillido ahogado. El espadachín giró con la gracia de una danza, cercenando dos cuerpos pequeños que se lanzaban contra sus piernas.
El suelo se volvió un hervidero. Las ratas saltaban, mordían, se enredaban en la ropa y trepaban como una marea oscura. El arco escupía flechas cortas, certeras, mientras la espada dibujaba destellos de acero entre chillidos agudos y el repiqueteo de garras.
La sangre empapaba la paja, y el hedor a hierro se mezclaba con la peste. Una rata más grande que un perro emergió de un rincón, los ojos rojos como brasas. El espadachín hundió su hoja en el vientre del animal, al mismo tiempo que una flecha se clavaba en su cráneo. El monstruo se agitó unos segundos antes de desplomarse, sacudiendo el suelo de madera.
El silencio volvió con violencia. El único sonido era el de la respiración contenida y el goteo de la sangre en los tablones. Entre los cadáveres diminutos y la paja en ruinas, ambos permanecieron inmóviles, testigos de un granero convertido en fosa.
Ibrak bajó el arco. El espadachín limpió la espada contra su propia capa. Afuera, la noche seguía indiferente.
El aire en la cueva era espeso, una nube de podredumbre que se pegaba a la garganta y hacía arder los ojos. Las paredes rezumaban humedad y lodo, y cada paso resonaba como un susurro ahogado en un pantano. Ibrak avanzaba primero, el arco largo preparado, mientras el elfo Franz deslizaba el estoque entre sus manos con la calma de un verdugo. Detrás, Krab trazaba gestos en el aire, sus dedos manchados de polvo arcano.
Un rugido húmedo emergió de la penumbra, seguido por un movimiento viscoso. La criatura apareció arrastrándose desde una poza oscura: cuatro patas cortas y pesadas, piel grasienta de un marrón grisáceo, la boca descomunal llena de dientes amarillentos y una lengua húmeda que golpeaba la roca como un látigo. El hedor se intensificó, insoportable, como si la caverna entera exhalara excremento.
Ibrak tensó el arco. La primera flecha se clavó en el flanco del monstruo con un chasquido apagado, pero apenas logró detenerlo. El Otyugh bramó, abalanzándose con un golpe que hizo crujir las piedras bajo sus garras. El estoque de Franz se hundió con precisión en un pliegue blando bajo la mandíbula, y la criatura respondió con un coletazo viscoso que arrojó al elfo contra la pared.
Krab levantó la voz en un murmullo de poder. Un fulgor verde crepitó en sus manos y estalló en el aire como un relámpago. La magia envolvió el torso del monstruo, chamuscando la carne húmeda y desprendiendo vapores pestilentes.
El Otyugh se retorció de dolor, y en ese instante Ibrak disparó de nuevo. La flecha atravesó el ojo derecho, hundiéndose hasta la mitad del cráneo. El estoque de Franz volvió a danzar, cortando la lengua que se agitaba en un espasmo final. Krab cerró el conjuro con un estallido de fuego que iluminó la caverna como una pira.
El monstruo cayó pesadamente, el eco de su muerte resonando entre las paredes como un derrumbe. El olor se volvió insoportable, mezcla de humo, sangre y heces.
Los tres quedaron de pie en silencio, respirando con dificultad en la penumbra. La cueva seguía temblando con gotas que caían desde las estalactitas, pero lo peor había muerto, reducido a carne quemada y vísceras.
La bella y las bestias El sol caía bajo, teñido de ocre, sobre el sendero que llevaba a los Llanos. La tierra estaba seca, agrietada, y los restos de la aventura en la cueva todavía manchaban las botas y las capas de los tres caminantes. Dardo, pequeño y ágil, Vesper jugueteaba con su moneda , Ibrak sonriendo por ser la burla de sus compañeros al no poder cruzar una simple cuerda. El trio se unió para buscar riquezas en la cueva bajo el punto de avanzada entre el campamento enano y Crimmor... y no les fue tan mal.
Ibrak caminaba detrás, con el arco colgado a la espalda y la mirada fija en la línea del horizonte. A su lado, Vesper, el devoto a waukeen rápido con las dagas, Mientras Dardo el mediano caminaba delante como si fuera el jefe del grupo, atentos a cada sombra que la tarde alargaba sobre el sendero.
Tres figuras surgieron desde el camino, Probablemente, zhentarim, la actitud de quien siempre mide la distancia entre la vida y la muerte. Dardo se adelantó con naturalidad, repartiendo pan y carne seca, mientras los Zhentarim observaban en silencio.
Cuando la comida fue aceptada y compartida, se presentó amable y los presentes intercambiaron gestos de reconocimiento, intercambiaron algunas palabras "¿Habéis tenido una trayectoria tranquila?" Dijo Leynath, Juliette Blair : "Gracias amable Dardo", Dijo con tono marcial mientras recibía la comida que El Hin le entregaba.
Antes de separarse, Ibrak inclinó apenas la cabeza, y su voz grave cortó el aire: "Recordad que debéis morir".
Regnier Krov respondió con una sonrisa fría: "Un kelemvorita… casi no se hacen ver".
El silencio volvió a caer mientras los tres retomaban el camino hacia los Llanos. Ibrak sintió un peso en el pecho, un vacío que no había tenido antes. Sabía que todos lo habían notado: la verdad de su clan, de los pocos kelemvoritas que aún vagaban por el mundo, se hacía cada vez más evidente. El aire se volvió más frío, y por primera vez en días, el cazador de no muertos se sintió vulnerable, consciente de que la soledad de su fe era más profunda de lo que había querido admitir.
El sendero se extendía ante ellos, y los Llanos aguardaban, silenciosos y eternos, mientras la sombra de la muerte parecía acompañar cada paso de Ibrak.
Bajo el cielo nublado, el campamento de refugiados se extendía en una llanura polvorienta, con decenas de tiendas improvisadas de tela y lona que apenas resistían el viento frío del atardecer. El aire olía a humo de hogueras apagadas y cansancio humano, mezclado con la incertidumbre de los que no tenían hogar.
Ibrak se movía entre los refugiados con calma solemne, cargando cántaros de agua, revisando hogueras, ofreciendo su fuerza donde fuera necesaria. El murmullo de niños hambrientos, ancianos agotados y familias rotas lo rodeaba, pero él no necesitaba palabras: cada gesto de ayuda era suficiente.
De pronto, un resplandor anaranjado cortó la penumbra. Una tienda comenzó a arder, devorada por llamas que se alzaban como lenguas furiosas contra el cielo gris. Los gritos resonaron y el caos se desató: madres corriendo, hombres intentando inútilmente arrojar tierra y mantas. Ibrak corrió hacia el fuego, sin vacilar, arrojando cubos de agua, arrancando telas antes de que el incendio se propagara.
Pero entre el humo, un hombre surgió con mirada enloquecida. Su cuerpo estaba cubierto de vendas chamuscadas y, en un último acto desesperado, encendió una vasija de aceite en su pecho. Con un estallido brutal, su figura se convirtió en antorcha viva que arrojó fuego a las tiendas cercanas. El rugido de la explosión arrastró telas y cuerpos, y las llamas se extendieron como una bestia desatada.
Ibrak se lanzó de inmediato, cubriendo con mantas mojadas, arrojando más agua, apartando a los heridos. El humo ahogaba, el calor quemaba la piel, pero su fuerza se mantenía firme, moviéndose entre las llamas con determinación silenciosa. Cada tienda que lograba salvar era un suspiro de esperanza para los refugiados.
Entonces, el silbido cortante de una flecha atravesó el rugido del fuego. Con precisión letal, el proyectil se hundió en el pecho del incendiario aún tambaleante, derribándolo antes de que pudiera volver a alzar otra vasija. El hombre cayó, consumido por las llamas, mientras las llamas lentamente comenzaban a ceder.
Ewan, con el arco aún tensado, observaba desde la distancia. La amenaza había terminado. Entre el humo y la ceniza, Ibrak seguía apagando las últimas brasas, la silueta de un hombre de fe y de muerte, luchando contra la destrucción que el caos había traído al campamento.
La noche en el cementerio se cerraba como un sudario. La niebla reptaba entre las lápidas, y la luz mortecina de la luna se quebraba en la lámina negra de la fuente central, donde una estatua del alzaba la mirada hueca hacia el cielo. Las criptas exhalaban un aire frío, casi vivo, y cada sombra parecía llevar un nombre consigo.
Ibrak llegó por el sendero de grava con las botas silenciosas, el arco al hombro y las dagas discretas en la cintura. No estaba solo: un grupo de aventureros patrullaba las tumbas—hombres y mujeres curtidos que conocían el sabor del hierro y del miedo—todos habían venido a cazar no-muertos. Entre ellos, Leyna vigilaba con ojos de halcón, Arenel Carax, Keira Sanders, Enma que montaba un León y la figura enjuta de un hombre ataviado con ropas sacerdotales del Tirano Se unieron para dar paz a los alzados, Fue el propio Ibrak que invitó al sacerdote en acto de buena fe por la ayuda que prestaban a Crimmor donde estaba la Espiral de las almas, murmurando plegarias con voz baja y pausada el sacerdote seguía al grupo.
Algo en la tregua de su gesto no encajó con la solemnidad de sus palabras. Leyna lo vio antes que los demás: la manera en que las manos del sacerdote no tocaban la bendición, la frialdad en la comisura de sus labios. Se aproximó, tan quieto como una sombra que no quiere despertar a los muertos.
Allí, a la orilla de la fuente, el hombre levantó la vista y por un instante sus ojos no reflejaron compasión sino brillo de hueso. La túnica ocultaba más que tela: tras los gestos de devoción había una falsedad que olía a eternidad violada.
Las primeras filas de lápidas tronaron cuando un grupo de espectros barrió desde las criptas, arrastrándose como lamentos hambrientos. La caza comenzó con violencia; acero y magia rasgaron la penumbra, y por un momento pareció que el ritual de la muerte se celebraba en el hilo de las espadas.
Leyna fue la que detuvo el combate con una palabra que cayó como un látigo.
—Jurasteis dar santa sepultura a los insepultos. —Su voz no pidió respuesta.
Ibrak intentó mantener la cmaradería entre todos hasta que Leyna soltó la frase.
El sacerdote giró. La máscara de piedad se resquebrajó y, bajo la luz blanquecina, la piel reveló la palidez de la muerte. Huesos y cicatrices que no pertenecían a un anciano santo asomaron en el gesto. En ese instante la verdad se hizo grito.
Ibrak no titubeó. Avanzó, las dagas en la mano, el arco ya olvidado. Su voz, grave y seca, se clavó en la noche como una sentencia:
—Este día... pagaré mi deuda, Kélemvor. —Con un movimiento lento y cargado de rito besó el acero frío de las dagas, como quien sella un juramento. Luego lanzó, con la furia contenida de un que se ha acostumbrado a morir muchas veces en la imaginación—: —Vamos, será a muerte, Tirano.
El liche sonrió, un rictus que no rozó la boca sino la inmortalidad de sus propósitos. Sus manos, huesudas y adornadas con anillos que guardaban horas de maldad, comenzaron a tejer runas en el aire. La tierra vibró y un torrente de niebla negra se abrió a sus pies: su escape estaba trazado, un pasadizo de sombras que se hundía bajo la fuente hacia las criptas profundas.
Antes de que los aventureros pudieran cerrarle el paso, el liche se deslizó entre las rendijas del mármol, arrastrando consigo un susurro que olía a siglos. Un golpe de viento apagó las antorchas cercanas; el eco de sus risas se perdió en la bóveda de piedra.
* Doy las gracias a Talkorion por la buena onda y paciencia, aclaro que por verde nos cagamos de la risa y la culpa es de Leyna XD que me cae de puta madre*
Las puertas de hierro de la cripta se abrieron con un gemido profundo, como si la propia tierra protestara. El grupo descendió en fila, con las armas en mano y las linternas prendidas, tragados por la penumbra subterránea. El aire era espeso, cargado de polvo y de un frío que no pertenecía al mundo de los vivos.
Las paredes rezumaban humedad y estaban cubiertas de inscripciones antiguas: plegarias rotas, símbolos borrados por la mano del tiempo. El eco de los pasos era devorado por la oscuridad, y cada respiración se volvía un peso de plomo en el pecho.
Más adentro, los corredores se bifurcaban como venas de un cadáver abierto. El grupo avanzaba siguiendo los rastros del liche: jirones de túnica descompuesta, huellas leves de ceniza en el suelo, un rastro de magia residual que erizaba la piel. A cada tramo, guardianes surgían de la piedra—esqueletos armados, sombras que reptaban por el techo, momias atadas con vendas ennegrecidas—y cada combate era breve, feroz, sofocado entre la furia del acero y el filo de la desesperación.
Ibrak abrió camino con sus dagas, girando como una sombra entre los enemigos, Leyna blandía la fe como arma de fuego. El suelo se teñía de polvo y hueso. El grupo, herido y jadeante, descendía más y más, como si la cripta no tuviera final.
En el corazón del laberinto, una sala circular los esperaba. Una docena de sarcófagos se alzaban como centinelas alrededor de un altar de obsidiana. La fuente de antes parecía reflejarse aquí en un estanque de agua muerta, y el rastro del liche se hundía en una grieta detrás del altar. El aire vibraba con un murmullo de voces antiguas, todas clamando al unísono.
El grupo se detuvo en el umbral, rodeados por la penumbra y el peso de lo inevitable. El enemigo se hallaba más cerca, aguardando en lo profundo, donde la luz no alcanza.
"Ibrak reacciona!, retrocede ahora mismo !!", dijo Keira Sander , Leyna dijo :" Si lo ataca... moriremos todos, nos alzará... y será el colmo de un Kélemvorita... Servir como alzado a un Liche"... A que jugaba Leyna?, hace un momento señalaba al liche y le recordaba al Kélemvorita su juramento y ahora buscaba ser la sensata del grupo, ¿Qué esperaba que ocurriera?... ¿Cómo pensaba que un cazador de muertos actuaría luego de escuchar?
—"Jurasteis dar santa sepultura a los insepultos". —, ¿ahora se volvía la voz de la razón?, ¿ a que juego jugaba Leyna la Thayina?.
Dentro de la cripta los sonidos de gemidos y olor a podrido se mezclaban con las voces de los aventureros Enma aun montada en su León : "!basta ambos!, esta batalla no tiene sentido, ni por parte de los vivos ni los muertos".
Aranel Carax intentaba ocultar su miedo tras una sonrisa forzada "que detalle", a pesar del miedo seguía allí dentro de la tumba y sea como sea, el valor no se puede fingir. El señor de los gusanos se acercó crujiendo se acercó a Ibrak, Braam arranca pelotas, le cortó el paso con un rugido, la osa siempre estaba vigilando a Ibrak y esta no sería excepción, El señor de los gusanos dijo : " No soy un Liche normal"... "me importa una mierda" Dijo Ibrak levantando las armas a corta distancia del No muerto...
* Una vez mas doy la gracias a Talkorion por la paciencia, a DM Kapillo por su disposición, a Leyna, Arenel Carax, Keira Sander, Enma por sumarse a la estupidez de Ibrak que creía que le ganaría a un No muerto usando un par de dagas *
La sala circular estalló en movimiento cuando el liche emergió de la grieta tras el altar, su silueta descarnada envuelta en sombras que se retorcían como serpientes. Sus ojos ardían con una luz azul enfermiza, y el aire se volvió pesado, saturado de magia corrupta.
El primero en lanzarse fue el oso, fiel compañero de uno de los aventureros. Su rugido sacudió las criptas mientras arremetía con garras y colmillos. El choque fue brutal: el liche apenas levantó una mano y un estallido de energía negra atravesó el aire. El animal fue lanzado contra un sarcófago con un crujido seco, su cuerpo reducido a silencio y humo.
Ibrak no esperó. Sus dagas brillaron con el reflejo mortecino de las antorchas mientras cargaba hacia el enemigo. Esquivó esqueletos que se alzaban de las tumbas y saltó sobre el altar con la agilidad de un depredador desesperado. Las hojas buscaron la carne, pero solo hallaron un campo de energía fría como la tumba.
Un destello púrpura envolvió al kelemvorita. Su pecho se encogió bajo un golpe invisible, sus rodillas cedieron, y la sangre brotó de su boca como un hilo oscuro. Cayó de lado, con las dagas aún aferradas, apenas consciente.
Los demás corrieron hacia él. El grupo entero se volcó en cubrir la retirada, alzando escudos y aceros contra la marea de no-muertos que surgía de los sarcófagos.
Un par de manos fuertes agarraron a Ibrak por los brazos, arrastrándolo fuera de la sala mientras la magia del liche consumía todo a su paso. El eco del combate retumbaba en los corredores, pero lo único que se oía con claridad era la respiración quebrada del cazador caído, arrastrado hacia la penumbra de los pasajes subterráneos.
El liche permaneció erguido en el altar, intacto, como un dios de la muerte que ni siquiera necesitaba moverse para vencer.
La huida fue un torbellino de sombras y de polvo. Leyna y Keira Sands arrastraban a Ibrak por los corredores estrechos, sus botas resonando contra la piedra húmeda mientras la horda de no-muertos golpeaba detrás. El cazador pendía entre ambas, inconsciente, con las dagas aún en sus manos como si se rehusara a soltarlas incluso en la derrota.
La oscuridad de la cripta se quebró de pronto: una ráfaga de aire frío y la tenue luz de la superficie los envolvió cuando cruzaron el umbral exterior. Afuera, la luna bañaba el cementerio en un resplandor pálido, y el silencio de la noche parecía un bálsamo después del clamor de la tumba.
Allí los esperaba Alice Valdor, Sargento del ejercito de mirada firme y voz grave. Su símbolo sagrado brilló tenuemente al inclinarse sobre Ibrak. Con manos seguras y rezos antiguos, la energía sanadora recorrió sus heridas: la carne desgarrada comenzó a cerrarse, y el pecho del kelemvorita volvió a levantarse con un aliento áspero.
Junto a ella, un gigante de fuerza bruta aguardaba. Groznuk, semi orco de brazos como troncos, blandía aún el hacha cubierta de sangre seca. Se interpuso entre el grupo exhausto y la entrada de la cripta, atento, preparado para contener cualquier irrupción del enemigo. Sus ojos pequeños y amarillos vigilaban la penumbra con la paciencia de un guardián que sabe que la muerte puede volver en cualquier momento.
El cementerio entero respiró en silencio mientras la magia de Alice devolvía a Ibrak a la vida consciente. Leyna y Keira, cubiertas de ceniza y sudor, apenas se permitieron descansar, sus miradas aún fijas en las sombras que latían tras la entrada cerrada de la cripta.
El liche seguía allí dentro. Pero por esta noche, el cazador había sido arrancado de sus garras.
El cementerio temblaba bajo el peso de la batalla. La entrada de la cripta escupía oscuridad y fuego verde, y de ella emergía el liche, su figura espectral envuelta en un torbellino de energía que deshacía la hierba y ennegrecía la piedra.
Alice Valdor avanzó primero, su armadura resplandeciendo con la luz de la luna. La espada bendita describió un arco brillante mientras el escudo golpeaba contra los estallidos de magia profana. Cada paso suyo era una plegaria hecha acero.
A su lado, Keira Sanders danzaba con el filo desnudo, la espada larga girando con la precisión de un huracán contenido. La sangre y el sudor en su frente eran marcas de un duelo que no admitía descanso. Esquivaba las ráfagas de fuego arcano, devolviendo cada ataque con estocadas certeras, cada una buscando el corazón maldito del enemigo.
El liche, erguido como un dios oscuro, agitaba las manos huesudas y lanzaba oleadas de muerte contra ellas. Las losas se partían, los espectros surgían como humo, y aun así, las dos mujeres resistían. Alice alzó el escudo, rompiendo la defensa del liche, con un golpe devastador, y Keira siguió la apertura con una tormenta de acero que deshizo las filas del enemigo.
El combate alcanzó su clímax en el centro del camposanto. Alice, con un rugido de fuerza contenida, alzó la espada en un arco de plata. El filo atravesó la defensa del liche y, en un destello de santidad, cortó la cabeza del cadáver inmortal. El cráneo rodó por la hierba, desprendiendo brasas azules, mientras el cuerpo se desplomaba con un estruendo hueco.
El cementerio cayó en un silencio sofocado. Keira bajó la espada, jadeante, y Alice permaneció erguida, la hoja aún encendida por el resplandor de la fe. A unos metros, en el suelo, Ibrak yacía inconsciente, apenas consciente de que la victoria había sido conquistada a las puertas de la cripta.
Pero las sombras nunca se rinden tan fácilmente. Mientras los héroes se reponían, la magia oscura se filtró entre los fragmentos del cadáver. Oculto a todas las miradas, el polvo y los huesos se alzaron en secreto, hilándose de nuevo en formas inhumanas. Sin un sonido, sin un destello que lo delatara, el liche reconstruyó su esencia y se desvaneció bajo tierra, replegándose en el vientre de las criptas.
El enemigo había sido derrotado en apariencia, pero no destruido. En la quietud de la noche, mientras Alice y Keira recuperaban el aliento junto al cuerpo maltrecho de Ibrak, la amenaza del Tirano persistía en lo profundo, más silenciosa y letal que nunca.
Ibrak se recuperaba de sus heridas el combate contra Talkorion, esperaba que La espiral le invitara a presentarse o algo, pero no pasó...así que recordando sus días de rastreador para milicias decidió entrar en el ejercito...ya no bebía, solo se centraba en el presente y en como saldría otra vez vivo en una lucha con un no muerto poderoso como el señor de los gusanos
El amanecer teñía de rojo los llanos, como si la guerra hubiera pintado el cielo antes de comenzar. El aire era frío y cargado del olor a hierro, mientras los cascos y los gritos retumbaban entre colinas y bosques.
Un pelotón del ejército marchaba en formación cerrada, las armas erguidas como un muro de acero. Frente a ellos, los murannitas plantaban resistencia, un choque brutal de escudos y espadas que hacía vibrar la tierra.
Entre las filas enemigas destacaba Dientes, un tumulario de porte siniestro, famoso por la sonrisa rota que asomaba bajo su yelmo, Sondakur y Krap dos montañas de músculos y la ferocidad a flor de piel, a su lado avanzaba un buey macizo, arrastrando un carro repleto de madera: la carga destinada a virotes murannitas. La bestia bufaba bajo el peso, ajena al destino que pendía sobre ella.
Entre los arboles, Ibrak se había apostado, su silueta confundida con las sombras. No buscaba el enfrentamiento abierto ni la gloria del combate, sino la certeza silenciosa de un golpe quirúrgico. Con calma, descolgó el arco y tensó la cuerda, los dedos acariciando la flecha hasta fijarla en el punto exacto.
Ewan portando un escudo luego de intentar parlamentar con las bestias debió usar sus armas para contener los ataques y proteger a sus hombres, Gunna levantó el arco para dar apoyo, Valenor Velthorne frunció el ceño preparado para luchar, Leyna levantó su mano mientras sus ojos brillaban cargados de poder y keira sanders levantó sus armas, Ibrak sonrió mientras buscaba un objetivo que generara un dolor real al perderlo.
Su mirada se clavó en el cuello del animal. El rugido de la batalla se desvaneció en su mente, quedando solo el pulso firme y la respiración medida. Soltó la cuerda.
El proyectil silbó a través del aire, recto y rápido. La flecha se hundió en la carne del buey, que soltó un bramido desgarrador antes de desplomarse contra el suelo. El carro se volcó con estrépito, la madera esparciéndose por la hierba como huesos rotos.
El grito de Dientes resonó con furia salvaje. El tumulario giró, viendo cómo el esfuerzo de semanas quedaba reducido a nada: el buey muerto, la carreta hecha añicos, la madera perdida. Mientras blandía su arma en un arrebato de ira, Ibrak ya se retiraba entre los árboles, invisible, dejando solo el eco de la catástrofe tras de sí, le dieron alcance y cobraron venganza pero la perdida de el animal era un verdadero triunfo.
Los soldados cayeron frente a los Murannitas, pero mostraron su valor
El sol de Athkatla caía dorado sobre los tejados de cobre y las torres de mármol, bañando la capital de Amn con su brillo cálido y perfumado. Los mercados resonaban con pregones, el olor a incienso y especias flotaba entre las calles, y las sombras eran aún suaves cuando tres viajeros abandonaron la ciudad por el camino norte. Vesper era su amigo y si le pedía ayuda para bajar a la infra oscuridad, no preguntaría para que, solo iría y así comenzó el viaje.
Ibrak, de rostro imperturbable y mirada gris, ajustó el arco a su espalda. Vesper, de paso ligero y sonrisa astuta, hacía girar entre los dedos la moneda dorada que nunca soltaba, murmurando plegarias silenciosas a Waukeen mientras avanzaba.
A su lado marchaba Eldarion, un elfo de porte sereno, cuya silueta parecía fundirse con los árboles del camino. Le acompañaba una pantera de pelaje negro como la noche, que caminaba a su lado con elegancia salvaje y mirada vigilante.
El viaje desde la capital los llevó por senderos que se estrechaban entre bosques y colinas. El aire se volvía más fresco a medida que se acercaban a las laderas de los Picos Nubosos, donde el verde de los campos se disolvía en la piedra gris y el rumor de los arroyos se mezclaba con el canto lejano de los cuervos.
Los primeros ataques llegaron al segundo día.
Bandidos salidos del matorral, harapientos pero rápidos, armados con espadas oxidadas y hambre en los ojos. Eldarion fue el primero en moverse: desapareció entre los árboles y, sin un sonido, reapareció con el arco en mano. Ibrak disparó desde el claro, cada flecha hundiéndose en un pecho, cada golpe acompañado por el siseo de la pantera que cazaba con precisión mortal.
Vesper, ágil aprovechó la confusión para rematar a los heridos con precisión calculada, recogiendo las monedas que cayeron al suelo.
Al tercer día, el bosque se volvió más denso y húmedo. Las huellas sobre el barro ya no eran humanas. Los escamosos surgieron al anochecer: criaturas de piel verde y dientes curvos, lanzas toscas hechas de hueso y piedra. Avanzaron en oleadas, bufando entre los juncos del pantano.
La lucha fue breve pero brutal. Eldarion se movía con la pantera como una sola sombra, disparando a los enemigos que se acercaban demasiado. Ibrak, firme en una roca, luchaba con una arma en cada mano sin pausa, guiado por instinto y disciplina. Las flechas se clavaban una tras otra en los cuerpos reptilianos, Vesper luchando con maestría
Cuando todo terminó, el silencio del bosque volvió a ser el de los grillos y el viento. Las brasas se consumían, y la sangre oscura manchaba las raíces. Sin palabras, los tres siguieron su marcha.
El amanecer los encontró divisando los muros y nieves de Nashkel. La bruma matinal cubría los campos blancos y la destrucción que dejó la Sierpe Blanca, el humo de las chimeneas se alzaba perezoso. La ciudad, pequeño y laborioso, los recibió con el olor a pan y hierro.
Se hospedaron en una posada de madera clara, donde el fuego chisporroteaba en el hogar. Vesper extendió sobre la mesa los frascos vacíos y las hierbas marchitas que traía consigo. Había hecho todo aquel viaje por una flor rara que crecía en las laderas de los Picos Nubosos, ingrediente esencial para sus pociones.
Mientras descansaban, el sonido de la lluvia golpeó los postigos. Ibrak observó el arco apoyado junto a la cama; Eldarion preparaba en silencio sus flechas, la pantera dormía junto a la chimenea, y Vesper, con una sonrisa satisfecha, contaba las monedas y las flores recolectadas.
Afuera, Nashkel dormía bajo la niebla. Dentro, los tres viajeros compartían por primera vez el reposo de una victoria sencilla: la de haber sobrevivido, de conocerse entre heridas, acero y caminos sin nombre.