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El soldado desconocido

Imperator Furiosa

Pasta dulce de Amanda
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I.​


Imnescar, momentos antes del asedio.​

Forzando el ojo que aún podía abrir, Talivia Ha'valen observaba a través de una pátina vidriosa de sudor, barro y sangre a sus compañeros de escaramuza, un suicida viaje por etapas al mismísimo corazón de las tinieblas, terrible ruta turística sobre los horrores de la guerra compuesta por aldeas arrasadas y rostros demacrados. Cada paso adelante había supuesto un peldaño más hacia el abismo hasta que, sobre sus cabezas, en vuelo rasante, se desató un Infierno Verde. Impotentes, observaron cómo una Sierpe de gran tamaño diezmaba Compañías enteras a su paso, con Imnescar como objetivo.

Fery Krill, Comandante de las fuerzas de Imnéscar, ordenó la retirada. James Kerloch, del Consejo de la Tormenta, hizo lo indecible para sacarlos de allí.

Los portones de la ciudad se cerraron pesadamente tras la última oleada de soldados replegados, entre cuyos maltrechos cuerpos se había arrastrado momentos antes también el suyo. Al otro lado de las murallas las huestes de Murann habían sembrado las antaño fértiles llanuras de Imnescar, ahora carcomidas por la podredumbre de las trincheras, con centenares de cadáveres. Las pérdidas habían sido cuantiosas para la estadística y demoledoras para la conciencia.

Los pies ardían dentro de sus botas cuando Talivia Ha’valen se desplomó en el suelo, barro fresco y removido por las lluvias y el constante ir y venir de tropas. Enterró la cabeza entre las piernas tan sólo un momento, el necesario para asimilar que aún seguía con vida. Se enjuagó la boca con aguardiente barato. El basto licor, antiséptico improvisado, le arrancó una mueca que escoció en los labios partidos. Escupió al suelo una mezcla espesa de sangre, alcohol y orgullo. La mandíbula le dolía como si le hubiesen enterrado el honor en ella.

A su lado, Sulion Suravar mantenía la espalda recta a duras penas.

—Los que consigan replegarse y alcanzar Imnescar con vida… podrán aún proteger sus murallas— dijo el semielfo.

Fery Krill se llevó las, incluso en la batalla, elegantes manos al colgante de Sune. Sus labios temblaron en una oración muda, resignada.

—¿Qué locura es esta, mi diosa? —susurró.

James Kerloch, apoyado en su bastón tras un esfuerzo sobrehumano que les había permitido seguir un día más en pie para contarlo, escupía quejas como si las recolectara del viento.

—Docenas de magos de Bigby... Me han vapuleado con fuerza elemental, intentaban quebrarme la mente con hechizos sombríos. ¡Y aún tengo los oídos zumbando por sus escudos psiónicos!

Todo lo vivido en el campo de batalla había conseguido que alguien tan locuaz de habitual como la ingeniosa ingeniera Rainde Fryar se mantuviera sumida en el silencio. Aquel guerrero, Zahal, no era ni por asomo tan hablador como Rainde, pero su mirada poseía una grave elocuencia. Su cuerpo, que con bravura había defendido Amn, se había convertido en un mapa de heridas. Al arcano Ertai Crowley lo habían visto por última vez en uno de los campamentos de avanzadilla de la resistencia amniana, ayudando con sus conocimientos alquímicos a los soldados exhaustos. Talivia Ha'valen no sabía si volvería a cruzarse de nuevo con él.

Tambaleándose, se puso en pie. Le gustaba estar de pie porque así se obligaba a no mirar a nadie desde abajo. Era de las que creía que todas las miradas tenían derecho a estar a la misma altura. Desde su posición, contempló el despliegue de tropas, el acero apilado, los pendones ondeando como estertores. Buscó algún rostro de civil, un niño extraviado, una madre desesperada, entre la niebla de metal. No encontró ninguno. Ya no había tiempo para evacuar la ciudad. Esperaba, al menos, que de todas las instrucciones que se habían dado, los habitantes de Imnescar hubieran cumplido con la suya, refugiarse en los sótanos.

El cielo de Imnescar seguía huérfano de la Dragona Negra.

— ¿Cómo hemos podido llegar a esto...?

Era una pregunta retórica que no esperaba respuesta porque la conocía, aunque, por más que se esforzara, no llegaba a comprender. Había egoísmo, había estupidez, había malas decisiones, había locura. Amn era el cuerpo ultrajado de una campesina a repartir entre un puñado de oportunistas. Y, hablando de oportunistas, se había encontrado entre las banderas los emblemas de la Iglesia de Cyric. Pero ellos también habían acudido a la llamada de Imnescar, primera frontera de Amn, contra la barbarie de Murann.

—Hasta los monstruos adoradores del Príncipe de las Mentiras lo han comprendido —declaró, con voz áspera.— Las ideologías matan más personas que el acero.

Se hizo un silencio impuro, pues las oraciones, cánticos y lamentos de dolor de los soldados eran acordes que se sumaban al ruido sostenido de una tormenta cada vez más cercana. El asedio era inminente. Imnescar ya no se parecía a la ciudad que había sido. Las calles estaban llenas, pero no vivas. Las aceras eran corredores de camillas improvisadas, mantas sucias y cuerpos inmóviles. En cada plaza había un amasijo de heridos envueltos en el rumor constante de lamentos, toses y oraciones susurradas. El olor era mezcla de yodo, estiércol, acero oxidado y desesperación.

"¿Cómo hemos podido llegar a esto?".

Sulion Suravar arrastró de nuevo a Talivia hacia el mundo de las pequeñas cosas cuando, de su faltriquera extrajo, con delicadeza, un puñado de bayas.

—Son las últimas que pude recoger en primavera, antes de viajar hasta Imnescar — dijo, ofreciéndolas a los presentes. —De Púrskul.

Todos aceptaron el modesto presente de Sulion, pues comprendían el valor simbólico de su gesto. Todos menos ella. No es que no comprendiera el significado de compartir con los demás el fruto temprano que brotaba del útero de Amn era , simplemente, que tenía el estómago cerrado.

—¿Sabéis que los moribundos pierden progresivamente el apetito...?—rió entre dientes, llevándose las manos al dolorido abdomen cuando la risa sacudió sus músculos lacerados. — La naturaleza es sabia, el cuerpo se prepara para no ofrecer una estampa demasiado indigna en la hora final. No quiero que mis entrañas tengan nada que evacuar en este día.

Había hecho del humor negro su bastión contra la sinrazón de la guerra, el último resquicio de lucidez.

—¿Quién quiere vivir para siempre? —preguntó al aire, medio en broma, medio en serio.

—Yo... tal vez un poco más —respondió Fery, sonriendo con ternura—. Para estar junto a mi amada.

Sulion alzó la vista al cielo.

—Siempre se puede vivir un poco más, ¿sí?

Una risa compartida flotó en el aire como un relámpago débil. Incluso James Kerloch, con su dolor de riñones, parecía menos cansado tras su vital desempeño en la misión.

—Creo que voy a aprovechar los últimos instantes ciertos de mi vida entregándome en un callejón cualquiera, a un soldado cualquiera. No tendré que darle demasiadas explicaciones si a la mañana siguiente no aparezco—Talivia esbozó una mueca sarcástica, de medio lado, mientras se despedía de los presentes. Fery ya se estaba poniendo en marcha para cumplir con sus rituales sunitas.

Rompiendo a caminar, Talivia Ha’valen se abrió paso entre la soldadesca. Cada rostro que cruzaba era una constelación distinta de emociones extremas: la desesperación mordía los labios partidos; el miedo se escondía tras miradas huidizas; el fervor brillaba, febril, en los ojos de unos pocos; la locura danzaba apenas contenida bajo la superficie de otros. Como una depredadora, tal vez estaba buscando a su soldado desconocido.

Caminaba erguida, las manos doloridas colgando a los costados, como si no reconociera otra manera digna de resistir. A cada paso, sus botas hundidas en barro y sangre la alejaban un poco más de todo, salvo de él.


Antes de perder de vista a Sulion Suravar, se detuvo.

Giró la cabeza sobre el hombro y clavó sus ojos rasgados en los suyos. No sonrió. No hizo ningún gesto. No hacía falta.​
 
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II.
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La muerte había dejado de ser una idea abstracta y comenzaba a convertirse en atmósfera. Ya no era una amenaza; era el clima. Un zumbido constante en los huesos, una presión en el pecho como de tormenta que nunca termina de romper. En las murallas, los vigías se habían convertido en estatuas que sudaban por los ojos.

Talivia Ha'valen caminaba entre soldados que no sabían si prepararse para morir o, simplemente, sentarse a esperar. Pasaba entre ellos como una ráfaga sin bandera: nadie la detenía, pocos la miraban. A esa hora, la muerte ya era vecina conocida y nadie tenía ánimo para coquetear. Y, sin embargo, ella sentía en el estómago esa punzada familiar del hambre. No era un apetito cualquiera, del que uno se sacia con un puñado de nueces, era un apetito elevado, mezcla de razón e instinto, un deseo voraz de vida. Porque Talivia Ha'valen sabía que todo deseo es una protesta contra la muerte, una negación vertical a lo inevitable, el uróboros de la gran comedia existencial.

Talivia caminaba entre soldados como una emisaria enviada desde más allá del principio del placer.

Cada casa cerrada en Imnescar era una tumba pendiente; cada puerta abierta, una promesa de saqueo. Fue entonces cuando lo vio: un cartel tambaleante —un haz de trigo pintado a mano, pendiendo de un solo clavo— y una puerta entreabierta que olía vagamente a levadura rancia. Una panadería que, como tantos otros negocios de la ciudad, había sido abandonada apresuradamente por sus dueños ante la inminencia del ataque. Ni siquiera se habían molestado en clavetear tablones en puerta y ventanas.

Cruzó el umbral de la panadería como quién ingresa en un reino desconocido, una cámara mortuoria o un lecho nupcial. En el interior, la luz era amarilla y flotaba como yema en una clara, a través de los vanos, con la fuerza suficiente como para iluminar la masa del pan olvidada sobre el mostrador. Una mosca rondaba el cuchillo de manteca. En la esquina, una rebanada a medio cortar junto a una muñeca de trapo, sucia.

Unos instantes después escuchó pasos a sus espaldas. Alguien había entrado. Ese alguien ni preguntó ni llamó. Se limitó a seguirla como quién tiene claro a dónde se dirige aunque no sepa qué va a decir. Tal vez uno de esos soldados anónimos se había decidido a responder a su mirada, dispuesto a festejar con ella la vida, antes que la muerte.

Ella no se giró. El desconocido se detuvo a un paso de ella, liberando un aliento tibio contra su nuca. Olía a hierro, hierro de sangre y de guerra, a sal, y también a cuero. La volteó y tomó por la cintura con una seguridad que no era posesiva, sino certeza. La levantó con calma —no con la urgencia de la lujuria, sino con la precisión de un gesto que ha sido soñado demasiadas veces— y la sentó sobre el mostrador cubierto de harina. El polvo se alzó en un suspiro blanco. Sus botas golpearon el frente de madera con un sonido hueco.

Talivia no se resistió. No dijo “sí”. Tampoco era necesario.

Se fueron desnudando como si el mundo los observara a través de los ojos muertos de los soldados que no volverían a amar. Él le abrió las calzas con torpeza silenciosa. Ella hizo lo mismo. Cada gesto suyo tenía la densidad de lo inminente. Las hebillas, los cierres, los pliegues húmedos de la tela cedieron con facilidad. No se desnudaron más allá de lo imprescindible. La desnudez plena es a veces un exceso de inocencia. El eros exige pliegues, resistencia, geometría. Las armas seguían atadas al costado. Las botas seguían puestas. La ropa caía por las caderas como abandono parcial: lo justo, lo exacto, lo carnal. El mundo podía romperse en cualquier momento.

Se besaron solo una vez antes de unirse. Fue un beso seco, tibio, lleno de electricidad. Y luego, él entró en ella con una lentitud tan solemne que parecía una reverencia. Talivia contuvo el aliento, no por dolor, sino por algo más hondo. Como si, en ese instante, su ego hubiera comprendido el destino final de su cuerpo. Desde el exterior llegaban los sonidos del colapso como un eco siniestro de las etapas del deseo. Un tambor. Un caballo desbocado. El golpeteo de una lanza contra el escudo. La primera gran campana - esa que no llama a la oración, sino al asalto-.

Dentro de la tahona, un temblor que no necesitaba ser interpretado.

Cuando terminaron, no hubo descanso. Hubo una pausa. Un detenimiento.

Sobre la mesa, ella se recostó contra un saco de centeno, con los muslos abiertos mancillados por los golpes, el amor y la harina y la mirada fija en un punto del techo dónde una telaraña temblaba con el ritmo de su pecho. Ahora que luchaba por recuperar el control sobre sus extremidades regresaba también el dolor de las heridas sufridas en el campo de batalla.

Él se había incorporado y, mientras se encajaba las calzas sobre las estrechas caderas, la observó con la devoción de quién presencia algo sagrado. Era entonces, solo entonces, cuando uno podía entender la magnitud de esa mujer: una criatura que no pedía ser amada, pero que convertía el amor en algo inevitable.

—No quiero que os muráis sin saberlo—dijo ella, sin dejar de mirar el techo.

—¿El qué?

No le respondió con palabras, siempre morosa de romanticismo barato. Como una esfinge, se limitó a curvar los labios tumefactos por la guerra y por el deseo en una sonrisa de medio lado. Se miraron por última vez en esa penumbra harinosa, entre estanterías vacías y migas resecas, testigos de su amor clandestino. Porque Talivia Ha'valen amaba a Sulion Suravar, su soldado desconocido. Pensó, sin decirlo, que si muriera en ese momento, su cuerpo estaría impregnado de él. Y eso, por alguna razón, hacía soportable la idea de descomponerse en el barro.

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III.
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En el exterior, el viento había cambiado. Se agitaba con la pesada violencia de un aliento agrio como el de una herida que fermenta bajo vendas antiguas. La tormenta se recogía sobre Imnescar como una loba de vientre hinchado, con relámpagos que nacían del suelo en lugar de los cielos, como si el propio mundo quisiera vaciarse de luz.

La panadería quedó atrás, un reino de ensueño, un útero harinoso, brumoso, que se cerraba con el mismo pudor con el que un cuerpo se cubre tras el acto carnal. Sulion no dijo gran cosa. Ella tampoco le dedicó palabras grandilocuentes. Se conocían desde hacía más de cuarenta años. Después de todo, cuando se ha amado al filo del desastre, las palabras se tornan vulgares, banales, torpes. Jamás habían expuesto su amor al mundo; el misterio es la doctrina de lo sagrado y Talivia Ha'valen, su sacerdotisa. En la puerta, él giro hacia la derecha, y ella hacia la izquierda. Se despidieron con un ademán leve.

Talivia echó a andar. A cada paso, el aire parecía más espeso.

El enemigo, todavía contenido, se apiñaba en la distancia, tras la última línea de campos de cultivo. Flotaba en la ciudad una presunción mortecina.

Talivia se abrió paso entre las filas de soldados. A su alrededor, milicianos armados masticaban su miedo con pan duro o tabaco barato. Uno de los mercenarios de la Hermandad del Botijo y la Parra le ofreció una bota de vino, y ella, por puro reflejo, bebió. No sabía si lo hizo por cortesía, por desesperación o porque todo sabía ya a ceniza.

"La guerra", pensó, conforme avanzaba bajo la mirada de la soldadesca, "es un tapiz tejido de rostros anónimos. Todas las historias que hoy llegarán a su fin, consumidas por el fuego, pisoteadas en el barro, jamás formarán parte del relato que las generaciones venideras estudiarán. Todos nosotros somos notas marginales al pie de una épica que reescribirán los burócratas". Ella atesoraba en su vientre el que podría ser el capítulo final de su vida, un poema de amor sereno firmado a dos manos. Para otros, ellos dos, Sulion y Talivia, serían también soldados desconocidos.

Cruzó la mirada con un mozo de apenas catorce inviernos, que sujetaba una lanza como si sujetara el recuerdo de su padre póstumo, muerto años atrás, en la defensa de esa misma ciudad. Aunque hubiera podido sacarlo de él, sabía que no soltaría la lanza. Talivia le sonrió. Una de esas sonrisas que fingía al mundo para que los demás no percibieran su humanismo amargo. Que ese muchacho imberbe estuviera hoy allí, empuñando un arma, era el resultado de muchas malas decisiones tomadas desde una atalaya moral desde la que no se podía avistar al Pueblo de Amn.

—¿Cómo te llamas?—Talivia no quería que ese crío se convirtiera en otro soldado desconocido.

—Misha, señora —titubeó él, con un gallo en la voz.

—¿Primera vez? —preguntó ella.

El joven asintió, mudo. Tenía ojos oscuros de ciervo, enormes, resquicio tardío de su infancia, y el alma a medio cocer.

—Tranquilo, Misha —le dijo, pasando junto a él, una palmadita en el hombro, la imagen para la eternidad de una mujer con espíritu de hada y voz de barro—. La guerra es como el fornicio: al principio dolerá, luego te dejarás llevar... y al final, si sobrevives, acabarás preguntándote para qué carajo ha servido todo.

Cuando lo dejó atrás, notó que él sonreía, apenas. Y en esa curva temblorosa, Talivia creyó vislumbrar un fragmento del mundo que valía la pena salvar. Un soldado que sonríe es un soldado que aún puede alzar el arma. Y eso es un soldado que sobrevive. O un soldado que aún puede morir de pie, como los buenos chistes: en el momento justo.

Se acercaba ya a la parte alta de la ciudad, donde se divisaban las murallas. Desde allí se intuía el campamento enemigo. Un cuadro siniestro de acero y estandartes que todavía no había empezado a moverse, pero que ya tenía nombre en sus pensamientos: “la Bestia Dormida”. Y como toda bestia dormida, lo peor no era que despertara. Lo peor era saber que iba a hacerlo.
Talivia se detuvo un instante y dejó que el viento le despeinara los rizos sucios de sangre y harina. Le ardían aún las piernas. No sólo del combate ni del amor. Le ardían de estar viva. Porque la vida era el diálogo eterno del deseo contra la muerte.

Y entonces, la lluvia cayó. No como bendición, sino como profecía. Mojó aceros, rezos y blasfemias por igual. Mojó a Talivia, que no se cubrió. Tal vez porque no tenía con qué. Tal vez porque el agua no le parecía tan distinta de las lágrimas que no iba a derramar.

James Kerloch, Fery Krill, Calendil y Druulxakmilesh, los campeones elegidos para representar a la ciudad de Imnescar en el singular duelo de honor previo a la batalla, exigido por Murann, cruzaban ya los portones en dirección a la arena improvisada junto a las murallas. Desde lo alto del adarve, Talivia Ha'valen los contemplaba. El enemigo exigía un combate de honor. Honor, esa palabra hueca que las civilizaciones utilizan para justificar sus miserias. Porque las bestias pelean por hambre, por territorio, por supervivencia. Pero otros...otros luchan por la nada. Por el oropel de un cargo vacío. Por las migajas del poder. Por una medalla de barro y un aplauso de fantasmas.​
 

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IV.
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El humo pesaba, se quedaba abajo, arrastrándose por las calles como un perro sin amo, pegado a las piedras, a los cuerpos, a las historias desmembradas. Bajo la plomiza lluvia, Imnescar, despojada de sus portones sur y este, no ardía ya: humeaba.

Los supervivientes de la batalla por Imnescar habían sido arrastrados por las hordas de hobglobins y no-muertos hasta la plaza mayor de la ciudad. Eran apenas centenares.Talivia Ha'valen se sostenía en pie por puro despecho. Tenía la cara destroza y un torniquete en el muslo. La sangre reseca le pegaba los párpados y endurecía las trenzas de sus cabellos. Contemplaba la escena como quien contempla un cuadro en un museo, valorando la composición escénica, los pigmentos apagados, las texturas pastosas, pero sin reconocerse representada en las figuras. Permanecía ausente del momento histórico porque todo le parecía como un día cualquiera, mundano, carente de épica, pero con más dolor y amargura.

El caudillo muranní, un imponente ogro hechicero , Morkurk el Lord Brujo, les había dejado marchar. “Por haber luchado con honor”, había dicho. Pero todos sabían que aquello no era compasión: era cálculo. Un enemigo muerto es olvido; uno humillado es advertencia. Lo dejó claro al entregar al Comandante de los Testigos de la Tormenta, Ewan, un estuche cilíndrico con un mensaje para el Consejo de los Seis. Así se había firmado la rendición de Imnescar y así habían conseguido salvar la vida.

Ahora estaban preparando las carretas para evacuar de la ciudad en ruinas a los pocos supervivientes. Con la crueldad inherente del gobierno de los más fuertes, Murann indultaba a los guerreros y esclavizaba a los débiles. Todos los civiles que por cabezonería o falta de recursos no pudieron abandonar a tiempo la ciudad serían absorbidos por el Imperio de Sothillis como un único músculo, masa de carne anónima, explotada hasta la extenuación.

—Deberíamos haber evacuado antes —dijo una voz masculina, cerca de su codo. Era un miliciano de la ciudad que se había unido a ella para ayudar a los heridos a subirse a las carretas.

—Deberíamos haber hecho muchas cosas —respondió Talivia, sin mirarlo. Por su cabeza había llegado incluso a pasar la idea de entregarse a cambio de los civiles, ¿por qué no lo había hecho? ¿Acaso era tan narcisista como para considerar que su vida valía lo mismo que la de un centenar de campesinos? ¿O había descartado ese gesto porque creía que Amn necesitaba de su talento para reconstruirse tras la guerra? Todas las respuestas resonaban con la voz de una ególatra —. Y sin embargo aquí estamos.

—Respirando.

—No sé si eso cuenta como victoria—
tras un largo rato en silencio, añadió. —¿Sabéis qué es lo peor de todo? No fueron los dragones. No fue Murann. No fueron las catapultas. Fue que cada cual peleó por lo suyo. Por su gloria, su causa, su bandera. Y nadie peleó por la vida. Nadie luchó por los días que no saldrán en las canciones.

Talivia bajó la vista a sus manos. Tenía sangre bajo las uñas. No recordaba de quién. Ni cuándo. Tampoco importaba.

—El yermo de Imnescar será un monumento a la estupidez de todos nosotros—concluyó, sin autocompasión.

Las últimas carretas, cargadas hasta el delirio de huesos rotos y esperanzas mal vendadas, chirriaban como órganos heridos.

—¡Esta es la última! —gritó alguien—. ¡No cabe nadie más!​

—¡Nos apretaremos como en una orgía si hace falta, carajo!—masculló ella.

Entonces, dos figuras tambaleantes se recortaron entre la bruma que se espesaba como una llaga abierta sobre las ruinas. Uno era un muchacho. O lo que quedaba de él. Venía sostenido por uno de los mercenarios de la Liga del Cereal que apenas podía con su propia alma, y aun así, lo arrastraba como si arrastrara la promesa de algo.

—¡Eh! —gritó el mercenario, con una voz que sonaba a campana rota—. ¡Este crío... este crío ha vuelto del infierno, y no lo va a hacer a pie!

Talivia giró. Y lo vio. Misha.

Su lanza ya no estaba. En su lugar, colgaba de él una pierna que era poco más que un desgarrón tembloroso, un estertor de carne y huesos que se negaba a soltarse del todo. Tenía el rostro cubierto de hollín y lágrimas secas, y en sus ojos aún palpitaba la infancia, como un incendio que se resiste a morir.

Ella no dijo nada. De un salto, bajó de la carreta. El barro le trepó hasta las rodillas. Se abrió paso como una sombra entre fantasmas y lo recogió sin pedir permiso. Era liviano. Demasiado. Como si ya fuera más alma que cuerpo.

—¿Te acuerdas de lo que te dije, Misha? —le murmuró, mientras lo acomodaba en su regazo, en lo alto de la carreta—. Que la guerra era como el fornicio. Pues bien, esto es lo que pasa cuando alguien te rompe sin amor.

Él no respondió. Sus labios se entreabrieron, una gota de sangre le surcó la comisura como una flor que se marchita, y luego, simplemente, se desvaneció entre sus brazos. No murió. No aún. Pero cayó en ese reino ambiguo donde los sueños y las fiebres se confunden.

Talivia lo sostuvo contra su pecho. El tambor del corazón del muchacho golpeaba con una lentitud desesperada, como si marcara el ritmo de una canción que ya no recordaba la letra. A su alrededor, nadie hablaba. Algunos miraban, otros fingían no mirar. Porque la derrota, cuando se hace carne en los más jóvenes, duele el doble y dos veces más hondo.

—Tranquilo, muchacho —susurró, apoyando la barbilla sobre su frente abrasada—. Ahora yo me acuerdo por los dos.

A su lado tomó asiento Sulion Suravar. No lo había visto llegar. Se quedaron así, uno junto al otro, sin tocarse, sin buscar consuelo. El amor entre ellos era demasiado viejo para gestos fáciles.

La carreta echó a andar. Con paso renqueante, las ruedas se hundieron en la ceniza mojada. Desde lo alto de la ciudad se oían ya los cánticos victoriosos de los ocupantes, como si el horror pudiera ser celebrado. Talivia no miró atrás. Esta vez, no.

Acarició la sien del joven y murmuró para sí:

—Uno solo que sobreviva, Misha. Uno solo. A veces, eso basta para que el mundo no se pudra del todo.

Y en ese instante, mientras las carretas de los vencidos se alejaban de Imnescar y la historia comenzaba su lenta digestión de los hechos, Talivia Ha’valen supo que aún tenía una misión. No era épica. No era gloriosa. Pero era vital. Salvar lo que se puede. Recordar lo que no quieren que se recuerde. Y proteger —como un dogma— la chispa de vida en quien aún no ha aprendido a odiar.​

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EPÍLOGO
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Los supervivientes que decidieron desviar su destino hacia Púrskul pudieron establecer un campamento a un lado del Camino del Comercio gracias a la inestimable ayuda de los propietarios de una modesta posada.

La tienda de campaña principal, aquella en la que se atendía a los heridos, olía a sudor, a pústulas húmedas, a tintura de árnica y a tiempo detenido. La brisa ondeaba los vendajes amarillentos colgados de los postes como metáforas de una rendición. Afuera, la bruma se enroscaba entre las vigas de la empalizada.

El cuerpo de Misha yacía en una de las camillas, envuelto en sábanas bastas. Tenía el rostro pálido, una mejilla aún salpicada de costras , el cráneo mal rasurado. Dormía o deliraba, eso no estaba del todo claro. Talivia Ha'valen, sentada en un taburete junto al lecho, la observaba en silencio. La luz mortecina del farol proyectaba en sus facciones de casi elfa una dignidad castigada. El cabello, suelto en parte, recogido en trenzas retorcidas por la lluvia, caía sobre los hombros empapado y oscuro como lino mojado. Había barro en sus botas, tinta en los nudillos, y ese tipo de serenidad desesperada que solo se cultiva sobreviviendo a demasiados desastres.
Cuando Misha abrió los ojos, Talivia ni se inmutó.

—Veo que has decidido seguir entre los vivos. Una elección discutible, pero respetable —dijo sin levantar la voz.

Misha parpadeó. Tenía la mirada vidriosa, perdida en el punto donde la fiebre y la consciencia se funden como el borde de un mapa mal trazado.

—¿Dónde…? —empezó a preguntar.

—Campamento de heridos, Camino del Comercio. Llueve, hace frío, y el mundo sigue siendo una porquería para quienes no encajan en su molde. Di "Hola" a Amn.

Misha intentó moverse. Un estremecimiento le recorrió de la cabeza a… la ausencia. Miró hacia abajo. La manta que cubría sus piernas descendía como una ladera sin cima.

Talivia no dulcificó el tono. Hacerlo le hubiera parecido una condescendiente falta de respeto hacia quién no había dudado en enfrentarse a la muerte con una lanza oxidada y un escudo abollado.

—Ha sido necesario amputarte la pierna derecha. Tomamos la decisión al segundo día. Gangrena. Decidimos que perderla era preferible a perderte. A veces hay que negociar con los dioses —hizo una pausa breve, como si buscara un eufemismo que no existía—. Ganamos la parte más valiosa.

Misha no lloró, pero la rabia tembló bajo sus párpados hinchados.

—¿Y ahora qué…?

—No tiene por qué ser definitivo. Nuestros clérigos, los pocos que nos quedan, no dan abasto con los heridos pero cuando lleguemos a Púrskul te conseguiré un sanador de los buenos. De ese muñón brotará una pierna nueva, mejor que la anterior, ya lo verás. Puedo costearlo. Sudo oro.


El muchacho —el niño que había sido— la miró largamente. Y negó con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Quiero que se quede así. Así... como está. Esta ausencia... es como un recordatorio. A todos los que no lo lograron. A los que no volverán. Yo... quiero acordarme. Mis padres...mis hermanos...


Talivia tragó saliva. Sintió, por primera desde hacía días, abrirse algo dentro de su pecho anestesiado. Envolvió entre sus manos la mano desnutrida de Misha para decirle, sin palabras, que ella estaba allí, a su lado. Talivia, que desde que abandonaran Imnescar arrastraba consigo el pragmatismo sedado propio de los supervivientes, volvió a pensar en todos los nombres sin tumba, en todos los muertos sin gloria, en todas las vidas pequeñas que habían sido arrasadas. Y pensó que tal vez —solo tal vez— esta historia podría contarse de otra manera, si alguien aprendía a escribirla desde el barro. Desde abajo. Desde el hueco de una pierna perdida que no quería ser reparada.

—Eres idiota —murmuró, al cabo de un largo silencio—. Y por eso vas a vivir mucho. Tocará acostumbrarse. A la nueva forma de estar en el mundo, digo. Con suerte, aprenderás a clavar más profundo desde más cerca —sonrió levemente—. Por cierto: Mishara es un nombre bonito.

Misha se tensó.

—¿Cómo lo…?

—No soy tan sagaz, descuida. Lo vi. Estabas inconsciente cuando hubo que desvestirte para la amputación. Confía en mí, he pasado suficiente tiempo fingiendo ser un varón como para reconocer a la estratega cuando la tengo frente a mí. Me afeité la conciencia, engordé la voz y aprendí a escupir en ángulo. Me creyeron. Me aplaudieron. Luego fui mujer de nuevo, y volvieron a decirme que mis logros eran suerte o brujería, en el mejor de los casos.


Mishara, que conservaba como muchacha los ojos oscuros de ciervo que tuvo cuando había sido muchacho, agachó la mirada.

—No quería que me trataran como si tuviera que ser protegida. Quería estar donde estaban los valientes —murmuró la chica—. Sabía que si decía la verdad… no me tomarían en serio. Me habrían mandado a uno de esos refugios, junto a mis hermanos pequeños. Aunque entonces, tal vez...—su voz se volvió a quebrar.

Talivia asintió lentamente, asumiendo que aquella decisión pesaría para siempre en la vida de Mishara, como tantas otras decisiones habían pesado en la suya propia. Cruzó una pierna con la elegancia de quien no necesita pedir permiso. Todavía le dolía. También le dolía reirse.

—Este asunto es antiguo como la civilización misma. Nos enseñan desde pequeñas que las mujeres que desean dejar impronta en la historia deben aprender primero a desaparecer. En nombre de un padre, de un esposo, de las buenas maneras, de una causa. Nos volvemos hábiles en el arte del disimulo. Somos artistas del pretexto y maestras de lo invisible. Pero te daré una buena noticia: hay vida después del disfraz.

—¿De verdad?

—Claro. Mira a tu alrededor. Aquí mando yo
—estalló en una seca carcajada pues sabía que nunca sería del todo cierto. Tampoco es que le importara demasiado. La fanfarronería formaba parte de la actuación— Y nadie me exige que finja tener barba —se inclinó ante ella, con una sonrisa socarrona—. Aunque si alguna vez me da por ponerme una, escogeré la más larga.

Mishara esbozó una mueca entre la risa y la incredulidad. Talivia le tendió un cuenco con licor agrio.

—Toma, bebe. Sabe a bilis y a madera húmeda, pero te ayudará a sentir menos dolor. Y además es una forma anticuada de decir: “quiero que seamos amigas”.

Mishara lo aceptó. Bebió. Tosió, asqueada. Luego, con voz baja:

—Gracias.

—Procura no abusar de estos bebedizos en un futuro—
alzó las cejas, con ironía, mientras recomponía las mantas sobre el cuerpo de Mishara. Luego depositó la mano derecha sobre su frente para medirle, discretamente, la fiebre. Demoró el gesto hasta convertirlo en una austera caricia—. Hoy te dejo beber porque es un día especial.

Talivia se levantó. Caminó hasta la entrada del pabellón y descorrió un poco la lona. En el exterior, la lluvia seguía cayendo con la misma tozudez con la que Sulion Suravar la amaba. Su dulzura contenida y su honestidad sin aspavientos eran su ancla moral.

La lluvia, tan transformadora.

—Una última cosa —dijo, girando la cabeza sobre el hombro—. No permitas que te devuelvan a la jaula. El mundo no necesita más niñas calladas ni soldados obedientes. Necesita personas que piensen por sí mismas. Algún día nuestras voces tendrán tanta fuerza que no les quedará más remedio que escucharnos. Puede que hayas perdido una pierna, sí, pero has recuperado tu nombre. Bienvenida a la Casa Gáldrim, doña. Aquí también hay que pelear. Aunque las armas sean distintas.

Y con eso, Talivia desapareció en la lluvia.​




FIN​
 

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