Imperator Furiosa
Pasta dulce de Amanda
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Imnescar, momentos antes del asedio.
Forzando el ojo que aún podía abrir, Talivia Ha'valen observaba a través de una pátina vidriosa de sudor, barro y sangre a sus compañeros de escaramuza, un suicida viaje por etapas al mismísimo corazón de las tinieblas, terrible ruta turística sobre los horrores de la guerra compuesta por aldeas arrasadas y rostros demacrados. Cada paso adelante había supuesto un peldaño más hacia el abismo hasta que, sobre sus cabezas, en vuelo rasante, se desató un Infierno Verde. Impotentes, observaron cómo una Sierpe de gran tamaño diezmaba Compañías enteras a su paso, con Imnescar como objetivo.
Fery Krill, Comandante de las fuerzas de Imnéscar, ordenó la retirada. James Kerloch, del Consejo de la Tormenta, hizo lo indecible para sacarlos de allí.
Los portones de la ciudad se cerraron pesadamente tras la última oleada de soldados replegados, entre cuyos maltrechos cuerpos se había arrastrado momentos antes también el suyo. Al otro lado de las murallas las huestes de Murann habían sembrado las antaño fértiles llanuras de Imnescar, ahora carcomidas por la podredumbre de las trincheras, con centenares de cadáveres. Las pérdidas habían sido cuantiosas para la estadística y demoledoras para la conciencia.
Los pies ardían dentro de sus botas cuando Talivia Ha’valen se desplomó en el suelo, barro fresco y removido por las lluvias y el constante ir y venir de tropas. Enterró la cabeza entre las piernas tan sólo un momento, el necesario para asimilar que aún seguía con vida. Se enjuagó la boca con aguardiente barato. El basto licor, antiséptico improvisado, le arrancó una mueca que escoció en los labios partidos. Escupió al suelo una mezcla espesa de sangre, alcohol y orgullo. La mandíbula le dolía como si le hubiesen enterrado el honor en ella.
A su lado, Sulion Suravar mantenía la espalda recta a duras penas.
—Los que consigan replegarse y alcanzar Imnescar con vida… podrán aún proteger sus murallas— dijo el semielfo.
Fery Krill se llevó las, incluso en la batalla, elegantes manos al colgante de Sune. Sus labios temblaron en una oración muda, resignada.
—¿Qué locura es esta, mi diosa? —susurró.
James Kerloch, apoyado en su bastón tras un esfuerzo sobrehumano que les había permitido seguir un día más en pie para contarlo, escupía quejas como si las recolectara del viento.
—Docenas de magos de Bigby... Me han vapuleado con fuerza elemental, intentaban quebrarme la mente con hechizos sombríos. ¡Y aún tengo los oídos zumbando por sus escudos psiónicos!
Todo lo vivido en el campo de batalla había conseguido que alguien tan locuaz de habitual como la ingeniosa ingeniera Rainde Fryar se mantuviera sumida en el silencio. Aquel guerrero, Zahal, no era ni por asomo tan hablador como Rainde, pero su mirada poseía una grave elocuencia. Su cuerpo, que con bravura había defendido Amn, se había convertido en un mapa de heridas. Al arcano Ertai Crowley lo habían visto por última vez en uno de los campamentos de avanzadilla de la resistencia amniana, ayudando con sus conocimientos alquímicos a los soldados exhaustos. Talivia Ha'valen no sabía si volvería a cruzarse de nuevo con él.
Tambaleándose, se puso en pie. Le gustaba estar de pie porque así se obligaba a no mirar a nadie desde abajo. Era de las que creía que todas las miradas tenían derecho a estar a la misma altura. Desde su posición, contempló el despliegue de tropas, el acero apilado, los pendones ondeando como estertores. Buscó algún rostro de civil, un niño extraviado, una madre desesperada, entre la niebla de metal. No encontró ninguno. Ya no había tiempo para evacuar la ciudad. Esperaba, al menos, que de todas las instrucciones que se habían dado, los habitantes de Imnescar hubieran cumplido con la suya, refugiarse en los sótanos.
El cielo de Imnescar seguía huérfano de la Dragona Negra.
— ¿Cómo hemos podido llegar a esto...?
Era una pregunta retórica que no esperaba respuesta porque la conocía, aunque, por más que se esforzara, no llegaba a comprender. Había egoísmo, había estupidez, había malas decisiones, había locura. Amn era el cuerpo ultrajado de una campesina a repartir entre un puñado de oportunistas. Y, hablando de oportunistas, se había encontrado entre las banderas los emblemas de la Iglesia de Cyric. Pero ellos también habían acudido a la llamada de Imnescar, primera frontera de Amn, contra la barbarie de Murann.
—Hasta los monstruos adoradores del Príncipe de las Mentiras lo han comprendido —declaró, con voz áspera.— Las ideologías matan más personas que el acero.
Se hizo un silencio impuro, pues las oraciones, cánticos y lamentos de dolor de los soldados eran acordes que se sumaban al ruido sostenido de una tormenta cada vez más cercana. El asedio era inminente. Imnescar ya no se parecía a la ciudad que había sido. Las calles estaban llenas, pero no vivas. Las aceras eran corredores de camillas improvisadas, mantas sucias y cuerpos inmóviles. En cada plaza había un amasijo de heridos envueltos en el rumor constante de lamentos, toses y oraciones susurradas. El olor era mezcla de yodo, estiércol, acero oxidado y desesperación.
"¿Cómo hemos podido llegar a esto?".
Sulion Suravar arrastró de nuevo a Talivia hacia el mundo de las pequeñas cosas cuando, de su faltriquera extrajo, con delicadeza, un puñado de bayas.
—Son las últimas que pude recoger en primavera, antes de viajar hasta Imnescar — dijo, ofreciéndolas a los presentes. —De Púrskul.
Todos aceptaron el modesto presente de Sulion, pues comprendían el valor simbólico de su gesto. Todos menos ella. No es que no comprendiera el significado de compartir con los demás el fruto temprano que brotaba del útero de Amn era , simplemente, que tenía el estómago cerrado.
—¿Sabéis que los moribundos pierden progresivamente el apetito...?—rió entre dientes, llevándose las manos al dolorido abdomen cuando la risa sacudió sus músculos lacerados. — La naturaleza es sabia, el cuerpo se prepara para no ofrecer una estampa demasiado indigna en la hora final. No quiero que mis entrañas tengan nada que evacuar en este día.
Había hecho del humor negro su bastión contra la sinrazón de la guerra, el último resquicio de lucidez.
—¿Quién quiere vivir para siempre? —preguntó al aire, medio en broma, medio en serio.
—Yo... tal vez un poco más —respondió Fery, sonriendo con ternura—. Para estar junto a mi amada.
Sulion alzó la vista al cielo.
—Siempre se puede vivir un poco más, ¿sí?
Una risa compartida flotó en el aire como un relámpago débil. Incluso James Kerloch, con su dolor de riñones, parecía menos cansado tras su vital desempeño en la misión.
—Creo que voy a aprovechar los últimos instantes ciertos de mi vida entregándome en un callejón cualquiera, a un soldado cualquiera. No tendré que darle demasiadas explicaciones si a la mañana siguiente no aparezco—Talivia esbozó una mueca sarcástica, de medio lado, mientras se despedía de los presentes. Fery ya se estaba poniendo en marcha para cumplir con sus rituales sunitas.
Rompiendo a caminar, Talivia Ha’valen se abrió paso entre la soldadesca. Cada rostro que cruzaba era una constelación distinta de emociones extremas: la desesperación mordía los labios partidos; el miedo se escondía tras miradas huidizas; el fervor brillaba, febril, en los ojos de unos pocos; la locura danzaba apenas contenida bajo la superficie de otros. Como una depredadora, tal vez estaba buscando a su soldado desconocido.
Caminaba erguida, las manos doloridas colgando a los costados, como si no reconociera otra manera digna de resistir. A cada paso, sus botas hundidas en barro y sangre la alejaban un poco más de todo, salvo de él.
Antes de perder de vista a Sulion Suravar, se detuvo.
Giró la cabeza sobre el hombro y clavó sus ojos rasgados en los suyos. No sonrió. No hizo ningún gesto. No hacía falta.
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