AreeluVorlesh
Adorador del Gordo
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♦ Acta I - Un hilo roto al linde del camino...
Idril todavía cojeaba un poco tras dar caza al devorador cuando la vio. Al borde del camino, entre la sombra del follaje, caminaba una niña menuda de piel pálida y cabello rubio oscuro. Se movía despacio, con la mirada perdida y los pasos torpes de quien no sabe bien hacia dónde se dirige.
—No corretees por los caminos, niña. ¿Qué haces aquí sola, dónde están tus padres?
—¡No lo sé! Fui a recoger flores y me perdí... Les estoy buscando.
Antes de responder, Idril escuchó un aleteo ligero. Un cuervo cruzó el aire entre ambas y se posó en la rama de un roble cercano. Sus ojos negros y brillantes las observaron fijamente, sin parpadear. En ese gesto seco, Idril reconoció la señal. La Reina no enviaba a sus mensajeros por casualidad.
—¿Cómo te llamas?
—¡Gloria! Y quiero ir con mis papás.
—Dame la mano y no te sueltes —respondió la Custodia, extendiendo una mano huesuda y cetrina—. Les encontraremos juntas.
Apenas caminaron unos metros hacia la zona del Hospicio cuando las voces rompieron la calma. Un hombre y una mujer gritaban el nombre de la pequeña a pleno pulmón, con las caras desencajadas y los ojos rojos de tanto llorar.
—Señor, señora... Vuestra hija está aquí. Vagaba perdida por la linde del camino. Es una chica incorregible, deberíais tener más cuidado con ella.
—¡Lo haremos, por los Dioses! —Gritó el hombre mirando a un lado y al otro de la Shadar-kai— ¿¡Pero dónde está?! ¿Dónde la viste?
Extrañada por la pregunta, Idril bajó la vista hacia su mano derecha, la misma con la que había sentido el contacto de la mano infantil durante todo el camino. No había nada. Solo aire frío.
Apretó los labios apenas un ápice bajo la máscara de porcelana y cerró los ojos, asimilando en silencio lo que aquello significaba. Mientras tanto, los padres debatían entre sollozos al borde del colapso.
—Claudia, iré al bosque a por ella ahora mismo.
—Yo lo haré —interrumpió Idril, abriéndose paso.
—¿Está segura, señora? Los lobos rondan esa zona, podrían matarla.
—No temo a la muerte. Es el principio, no el final. Y acabará por reunirme con mi Señora cuando llegue el momento.
Se adentró entre la vegetación hasta dar con los restos de la manada que aún merodeaba por allí. Los despejó como pudo con su arco, con el que aún estaba lejos de ser ducha. Pocos pasos después, el vestido claro de la niña volvió a recortarse entre un matorral.
—Gloria... Soy amiga de tus padres.
—¿Podemos volver ya con ellos? —Le preguntó la niña tiritando— ¡Hace mucho frío!
—Aún no, pequeña. Antes tenemos que arreglar algo.
Un ruido seco a la espalda de la niña hizo que ésta se girara. Fue ahí cuando Idril lo vio con claridad: un hilo de energía dorada salía directamente del pecho inmaterial de Gloria. Estaba roto, con los extremos deshilachados flotando en el aire. idril bajó los párpados un segundo. La muerte nunca la entristecía, pero el trance del desengaño jamás resultaba sencillo para un alma, mucho menos una tan joven.
Unos metros más adelante, dos hombres que le habían ayudado en la batida previa observaban algo en el suelo, junto a un charco denso de sangre y el zumbido constante de las moscas. El más corpulento, ataviado con una coraza que apenas le cerraba la barriga, sollozaba a lágrima viva.
—Debo acercarme a lo que han encontrado, caballeros.
—Usted misma... Pero le advierto que no es nada agradable de ver.
Con un movimiento firme pero protector, Idril rodeó los hombros de Gloria con el brazo para evitar que saliera huyendo, guiándola hasta el borde del matorral. Al ver lo que yacía entre las hojas, víctima del hambre voraz de los lobos, la niña rompió a gritar apartando la cara con horror.
—¡No, no, no! ¡Esa no soy yo! ¡Quiero volver con mis padres!
—Tus padres siempre estarán contigo, y tú con ellos —dijo Idril con voz pausada y grave, acomodando la cabeza de la niña contra el peto de su armadura y acariciándole el pelo con torpeza maternal—. Aunque ya no sea en este cuerpo ni con este rostro.
—¡No, quiero irme, por favor! ¡Tengo mucho miedo!
—No hay nada que temer, estoy contigo. Te acompañaré hasta el final, ¿mmm? Lo haremos juntas. Donde vas no hay frío ni dolor. Todos lo que se fueron antes te estarán esperando al otro lado. No estarás nunca sola. El final es amable con los que lo han sido en vida. Y tú lo has sido, ¿mmm, Gloria?
Idril inquirió aquella última pregunta mientras rozaba el hilo dorado de Gloria entre sus dedos mortecinos, que desde su pecho volvía a soldarse, alargándose hacia lo profundo de la foresta. Al sentir el peso firme y tranquilo de la Custodia de la Memoria, Gloria dejó de temblar y sostuvo la mano de Idril.
Sin perder tiempo, la Shadar-kai desenganchó El Crisol de su cinto. Hizo arder las hierbas secas en el interior del incensario, meciéndolo en círculos lentos e hipnóticos. El hilo de luz comenzó a brillar cada vez con más fuerza, hasta convertirse en un haz tan brillante y cegador que obligó a los dos hombres y a la propia Idril a curbrirse los ojos.
Cuando la luz se apagó y el humo a mirra comenzó a dispersastre entre los árboles, la niña ya no estaba. Idril musitó una breve oración de tránsito. Luego, el hombre orondo se agachó para recoger el pequeño cuerpo con ceremonial respeto... Y los tres deshicieron el camino en silencio, hacia el reencuentro con los padres.
Offtopic :
Muchas gracias a Khaof por la ambientación (¡y la imagen!) y a mis dos compis por el ratito de anoche.