CANCIÓN DEL CAMINANTE
Por un artista anónimo
¡Escuchad, gentes de Amn, la canción del caminante,
que rasga cuerdas bajo estrellas y trae verdades por delante!
La Sacerdotisa de la Luna, de Selûne, dama de fulgor,
fue tomada por los de Murann en una empresa sin honor.
Y mientras lloraban los templos y clamaban los altares,
el sentimentalismo tejió pactos en oscuros lugares.
La esposa, presa del duelo y del capricho del corazón,
buscó auxilio en viejos susurros, lejos de toda bendición.
Por capturar a un muranní, olvidó ley y juramento,
y el precio fue escrito en sangre sobre el pergamino del viento.
«¡No negociéis!», clamó el ejército. «¡No hagáis trato ni cesión!»
Así hablaron las espadas al servicio de la nación.
Mas hicieron oídos sordos a la orden y al deber,
pues quien sirve a sus pasiones pronto olvida a quién proteger.
Amn pidió al cautivo vivo para la justa autoridad,
pero el preso fue entregado a Murann, sin escuchar la voluntad.
Todo por traer de vuelta a la sierva de Selûne,
mientras las lágrimas del pueblo caían una a una bajo la Luna.
Y aunque las fuerzas de Amn hablaron con el enemigo cruel,
para salvar a los esclavos y a la Sacerdotisa también,
muchos sabían la verdad que el tiempo no puede esconder:
que hubo quien prefirió su causa antes que al pueblo defender.
Hoy limpian nombres con gestos pequeños y con sonrisas de ocasión,
pero Nashkel aún recuerda los ecos de su aflicción.
Pues inocentes desaparecieron en la sombra de aquel pesar,
y los muertos no regresan cuando un héroe quiere brillar.
La justicia fue indulgente, mostró clemencia en su sentencia,
mas la ambición, como la hiedra, siempre encuentra otra presencia.
Siguen trazando nuevos planes bajo el manto del anochecer,
como si el destino de Amn fuese suyo para disponer.
Dicen ahora: «¡A Imnescar! ¡Levantad estandartes al viento!»
Mas todos saben qué persiguen en tan noble juramento:
los restos de la Abadía Hydcond, perdida por propia torpeza,
ocultando bajo viejas glorias el peso de su flaqueza.
Escuchad ahora la caída de Imnescar, y retened bien la lección:
el clero de la Luna sembró discordia y sedición.
Al Norte tendió la mano, y contra Amn volvió su faz,
forzando a dividir las huestes que guardaban nuestra paz.
Murann vio el cielo abierto y descargó su tempestad;
Amn resistió en las fronteras con acero y voluntad.
El Norte fue rechazado, mas Imnescar se hundió al final,
y las campanas de sus torres doblaron un réquiem funeral.
Hoy hablan de reconquista, de restaurar lo que cayó,
de rescatar viejas piedras donde antaño el incienso ardió.
Mas la historia gira en círculos, como rueda de carreta en el camino,
y quien desenvaina por egoísmo puede condenar a su vecino.
Así que escuchad, ciudadanos de Amn, cuando el bardo vuelva a cantar:
si Murann recibe un golpe, Murann habrá de contestar.
Guardad agua, afilad hojas, mirad hacia el cielo también,
pues no toda luz de plata busca el favor de los hombres de bien.
¡Que Selûne alce su mirada sobre los justos y los prudentes,
y que los necios aprendan, antes de arrastrar al pueblo entre sus dientes!
—Anónimo.
Esta publicación agradece a un artista anónimo el trabajo realizado para la difusión de tan importante poema. La verdad canta en las últimas notas de la noche.
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