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El Vasallo de la Ley

Lancelot

Cuenta secreta evidente
Registrado
9/10/26
Mensajes
7
Edad
21
Nombre: Frederick

Edad: 43 años

Raza: Humano

Altura: 1,85 m

Alineamiento: LB

Clase: Paladin (Juramento de la Corona)

Religión: Torm

Retrato:
Frederick (imagne pequeña).png

I. Los cimientos de un caballero​

En una ciudad cerca de costera de Athkatla nació Frederick, hijo de una familia humilde y trabajadora. Desde su infancia se distinguió por su seriedad, disciplina y disposición a ayudar en las labores familiares. Fue su padre quien le inculcó los preceptos de Lathander, el Señor de la Mañana: ayudar al prójimo, obrar con bondad y procurar que cada nuevo amanecer trajera consigo un mañana mejor.

Al alcanzar la edad suficiente, Frederick ingresó en la guarnición local como escudero. Allí sirvió bajo las órdenes de caballeros devotos de Tyr, de quienes aprendió el valor de la ley, la rectitud y la disciplina. Aunque continuó venerando a Lathander junto a su familia, admiraba también los ideales de aquellos guerreros y, durante años, elevó plegarias a ambas deidades sin decidirse por una sola.

Frederick nunca fue un hombre de grandes palabras ni de ambiciones elevadas. Su fortaleza y resistencia le permitían soportar largas jornadas de guardia y combatir cuando era necesario, mientras que su prudencia le ayudaba a juzgar las situaciones sin precipitarse. Carecía de talento para la intriga, la persuasión y el liderazgo, pero poseía una virtud mucho más apreciada entre sus superiores: era un hombre en quien se podía confiar.

Cumplía las órdenes, atendía a sus compañeros y no abandonaba una tarea a medio hacer. Con el tiempo, se convirtió en un servidor valioso, al que se confiaban escoltas, encargos delicados y labores que exigían discreción y constancia. No aspiraba a comandar ejércitos ni a ganarse un lugar en las canciones de los bardos. Hallaba su dignidad en servir bien a quienes habían depositado su confianza en él.

II. La consagración a Torm​

A los veinticinco años, después de años de servicio y numerosos actos en defensa de su ciudad, Frederick fue considerado digno de recibir el título de caballero sacro. Sin embargo, cuando se aproximó el día de su investidura, una duda comenzó a atormentarlo: ¿debía consagrar su vida a Lathander, cuyo ideal de esperanza había guiado su infancia, o a Tyr, cuya rectitud había moldeado su formación como guerrero?

Buscando consejo, acudió al sacerdote más anciano de la ciudad y le expuso sus inquietudes. El religioso lo escuchó pacientemente antes de responder:

—Dime, joven Frederick, ¿qué esperas de un caballero?

—Que proteja al débil, señor. Que cumpla su palabra, defienda al inocente y permanezca firme cuando la justicia se vea amenazada. Que no emplee su fuerza para beneficio propio y que responda por sus actos.

El sacerdote asintió.

—Y dime, ¿acaso no has procurado vivir conforme a esos principios desde que empuñaste una espada? Lathander te enseñó a servir con esperanza y Tyr te mostró la importancia de la justicia. Pero existe un señor cuyo camino reúne el deber, la lealtad y la rectitud que tanto procuras honrar.

El anciano guardó silencio por un instante antes de pronunciar aquel nombre.

—Torm, el Leal. Aquel que exige a sus servidores cumplir con sus obligaciones, honrar sus juramentos y mantenerse firmes ante la adversidad. No precisa de grandes oradores ni de héroes que busquen gloria, sino de hombres dispuestos a servir incluso cuando nadie reconoce sus sacrificios. Quizá, Frederick, llevas años siguiendo su senda sin haber reconocido todavía a tu señor.

Al escuchar aquellas palabras, Frederick comprendió que no necesitaba renegar de las enseñanzas que habían formado su carácter. Lathander le había enseñado a ayudar al prójimo y Tyr le había mostrado el valor de la justicia; ahora encontraba en Torm el deber al que consagraría ambas virtudes.

Llegado el día de su proclamación, Frederick compareció ante el sacerdote y las autoridades de su ciudad, ataviado con su armadura y con la espada al cinto. Tras reconocer sus méritos, el oficiante se dirigió a él:

—Frederick, has servido a tu pueblo con diligencia y has demostrado ser digno de portar el acero de un caballero. Mas antes de recibir esta distinción, debes declarar ante quién consagrarás tu espada y tu vida. Dime, pues: ¿en nombre de qué señor habré de bendecirte?

Frederick dio un paso al frente y, con la solemnidad propia de quien pronuncia palabras que no piensa quebrantar, respondió:

—En nombre de Torm, mi señor. Aquel a quien he servido sin conocerlo, cuyos preceptos he procurado cumplir aun antes de comprenderlos. A él encomiendo mi espada, mi voluntad y mis días. Que su juicio guíe mis actos y que su deber sea el mío.

Entonces, arrodillándose ante el sacerdote, prestó su juramento:

—Ante Torm, el Leal, juro guardar la ley y defender el orden que protege a los inocentes. Juro mantener mi palabra y honrar los juramentos que pronuncie, pues mi lealtad no habrá de venderse por oro ni quebrarse por temor. Juro tener el valor de cumplir con mi deber aun cuando la adversidad se alce contra mí, y asumir la responsabilidad de mis actos sin huir de sus consecuencias.

»Serviré a mi señor con obediencia y diligencia, y a mis superiores mientras sus mandatos no me exijan traicionar los principios que hoy abrazo. Protegeré a quienes me sean confiados, no abandonaré a mis compañeros en la necesidad y no permitiré que la conveniencia personal se anteponga al deber. No prometo ser el más sabio, el más elocuente ni el más glorioso de los caballeros; prometo, en cambio, permanecer firme en mi puesto mientras me quede aliento. Que mi espada sea escudo para el inocente, que mi palabra sea digna de confianza y que mi vida dé testimonio de mi fidelidad. Así lo juro ante Torm, mi señor.

El sacerdote apoyó una mano sobre su hombro.

—Que así sea, Frederick. Que Torm fortalezca tu brazo, mantenga recto tu juicio y te conceda la entereza necesaria para cumplir aquello que hoy has jurado.

Tras impartir la bendición, tomó ceremoniosamente la espada de Frederick y la apoyó sobre sus hombros, primero uno y después el otro, completando su investidura.

—Levántate, Sir Frederick, caballero del Leal. Desde este día, que tu honor no dependa de los elogios de los hombres, sino de la fidelidad con la que cumplas tu deber.

Frederick se puso en pie y recogió su espada. No hubo grandes discursos por su parte ni promesas de hazañas extraordinarias. Se limitó a inclinar la cabeza ante su señor y ante quienes habían presenciado el juramento.

Desde aquel día, consagró su vida al servicio de Torm. No como un hombre destinado a gobernar, sino como un vasallo dispuesto a cumplir con sus obligaciones, proteger a quienes estuvieran bajo su cuidado y servir con lealtad a quienes mereciesen su confianza.

III. Las cenizas del hogar​

Durante los meses siguientes, Frederick continuó sirviendo a su ciudad con la misma diligencia que siempre lo había distinguido. Su vida transcurría entre guardias, escoltas y encargos de sus superiores, sin buscar más recompensa que la satisfacción de haber cumplido con su deber.

Pero la paz de la costa no duraría para siempre.

Una noche, una fuerza de saqueadores y mercenarios, atraída por las riquezas almacenadas en los muelles, cayó sobre la ciudad. El ataque fue más violento de lo esperado: las puertas cedieron, las llamas devoraron las viviendas y el puerto se convirtió en un campo de muerte y destrucción.

Frederick combatió junto a los defensores hasta que las órdenes cambiaron. Cuando la resistencia se volvió insostenible, recibió el encargo de escoltar a un grupo de supervivientes fuera de las murallas. Obedeció, aunque cada paso que lo alejaba de la ciudad le exigía contener el deseo de regresar al combate.

Cuando por fin pudo volver la mirada hacia su hogar, solo encontró humo, fuego y el resplandor de las llamas sobre el mar.

Su familia se encontraba entre los desaparecidos y muertos de aquella noche. Su hogar había sido reducido a cenizas y la guarnición a la que había servido durante tantos años había dejado de existir como tal. Los pocos supervivientes se dispersaron por las tierras de Amn, buscando refugio entre parientes, aldeas vecinas o caravanas dispuestas a acogerlos.

Frederick permaneció durante varios días ayudando a los supervivientes, enterrando a los caídos y recuperando cuanto podía de entre los escombros. No encontró a su familia, ni obtuvo certeza alguna sobre su destino. Finalmente, comprendió que no quedaba nada que pudiera reconstruir allí por sus propias manos.

No tenía ya hogar al que regresar, ni guarnición a la que presentarse, ni señor local que pudiera reclamar sus servicios. La ciudad que había conocido pertenecía ahora a las ruinas y a la memoria de quienes habían sobrevivido.

Una vez cumplidos sus últimos deberes con los supervivientes, Frederick recogió sus armas y abandonó aquellas tierras. No lo hizo por cobardía ni por olvidar a los suyos, sino porque comprendió que permanecer entre las ruinas no devolvería la vida a los muertos ni daría propósito a los días que le quedaban.

Su juramento, sin embargo, permanecía intacto.

IV. El camino hacia Athkatla​

Sin hogar ni obligaciones que lo retuvieran, Frederick puso rumbo a Athkatla, la capital de Amn. Allí esperaba encontrar trabajo al servicio de alguna casa mercantil, una guarnición o un caballero que precisara de un hombre de armas fiable.

No poseía la labia necesaria para prosperar entre comerciantes ni el ingenio de quienes medraban en las intrigas de la nobleza. Tampoco buscaba reconocimiento o poder. Sabía combatir, soportar las penalidades del camino, cumplir órdenes y velar por aquellos que le fueran confiados. Era, ante todo, un servidor.

Athkatla ofrecía oportunidades a los hombres dispuestos a trabajar, pero también escondía ambiciones, corrupción y disputas entre quienes pretendían gobernar mediante el oro. Frederick no conocía los entresijos de aquella ciudad ni aspiraba a comprenderlos todos. Le bastaba con encontrar un nuevo cometido al que dedicar sus fuerzas.

Con su armadura, su corcel y el emblema de Torm sobre el pecho, emprendió el camino hacia la capital.

No partía en busca de venganza, pues no conocía con certeza quién había destruido su hogar. Tampoco pretendía convertirse en un héroe ni levantar un estandarte propio. Dejaba atrás las cenizas de su pasado para comenzar una vida nueva, dispuesto a ponerse al servicio de quienes mereciesen su lealtad.

Porque Frederick había perdido su hogar, pero no su propósito.

Y mientras le quedasen fuerzas para empuñar un escudo y voluntad para mantener su palabra, seguiría siendo lo que había jurado ser ante su señor:

Un caballero de Torm. Un vasallo del deber. Un hombre cuya lealtad no dependía de las tierras que pisara, sino del juramento que llevaba en el alma.
 
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