Rokhen
Gerardo de Amn
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Capitulo 1: Sombras bajo el cráneo
Ah, el Paso de los Colmillos... Un nombre que promete drama, ¿verdad? Dentelladas de piedra, nubes como espuma en un vino oscuro, y un silencio tan espeso que parecía contener secretos entre suspiros. Hasta ahí nos llevó Bran Helder, guerrero de mirada constante, guiado por una historia —o un presentimiento.Éramos diez. Lili, Mernalyn, Baldrak, Kharmin, Olyssia, Bran, Zarah, Enma, Boti... y yo, claro. ¿Quién podría olvidar al semifata con lanza encantada y sonrisas que saben a flor? Caminamos sin mayor sobresalto hasta que, como quien cruza un umbral invisible, nuestros hechizos... "murieron". Como apagar estrellas con una manta húmeda. Una muralla que devoraba la magia. Sentí cómo mis tatuajes palidecían, cómo mi escudo callaba. Y justo entonces, claro, aparecieron los hijos del Engaño: bandidos, monjes, asesinos de Cyric. Tan sutiles como un grito en una biblioteca. Pero nosotros tampoco éramos simples viajeros. Baldrak rugía con la furia de un dragón dorado; Enma se movía como escudo viviente; Kharmin invocó la fuerza salvaje que aún respondía fuera de la magia. Boti cambió de forma con la naturalidad de quien cambia de humor, y yo... bueno, aunque sin mis encantos habituales, aún sé cómo hacer que una lanza cante. El camino siguió como en espiral, y nos llevó, inevitable, hasta él: el cráneo. Una abertura enorme en la montaña, tallada como si la mismísima locura hubiera querido tener boca. Dentro, el eco era distinto. No era simple piedra: era un susurro constante, una respiración contenida. Allí, oculta entre columnas manchadas y símbolos de risa enloquecida, nos esperaba una clériga de Cyric. No atacó. No gritó. No conjuró. Solo habló. Intentó detener la danza de la sangre con palabras. Su voz era seda empapada en veneno, eso es cierto, pero... también era una oportunidad. Algunos quisimos escuchar. Yo mismo, lo admito, estaba curioso: ¿qué retuercen las lenguas de los siervos del Príncipe de las Mentiras cuando no están cantando a la locura? Pero Mernalyn... Mernalyn no quiso teatro. Su mano fue más rápida que la duda. Y la clériga cayó. Un tajo. Un fin. Y luego, el estruendo. Alarmas, gritos, enemigos. El templo se abrió como úlcera sangrante, y sus defensores corrieron hacia nosotros. Aquellos que aún quedaban con vida, como guardianes de un secreto roto. Fue una batalla breve, pero dura. Acero y magia —nuestra magia, recuperada tras aquel muro— bailaron juntos en una coreografía urgente. Los vencimos. Por ahora. Pero al mirar hacia dentro, hacia lo profundo del templo, supimos que aquello era solo el vestíbulo. Las verdaderas fauces seguían cerradas... por ahora. Y entonces tomamos la decisión más sensata que he visto entre héroes: nos retiramos. No por cobardía. No por debilidad. Sino porque vivir también es una forma de pelear. Porque a veces, la Luna sabe cuándo esconderse tras las nubes... y cuándo brillar después, cuando más se necesita. Regresamos cuesta abajo, con la mirada vuelta sobre nuestros pasos, sabiendo que encontrar aquel templo otra vez no será fácil. Hay algo que lo esconde, lo disfraza. Como un sueño que olvidas al despertar. Pero sé, lo sé en mis huesos encantados, que volveremos. Porque hay cosas que no pueden quedar sin cerrarse. Y porque Cyric, con toda su sombra, aún debe aprender lo que puede la luz cuando decide no reírse. |
| No sé si fue el golpe seco de su cuerpo contra el mármol. O el silencio posterior. O quizás la forma en que Mernalyn sostuvo la mirada de todos sin desviar la suya, como si ya supiera que vendrían palabras... o reproches. No dije nada en ese momento. No por falta de pensamiento, sino por exceso. Conozco la luz. La he visto bailar desnuda sobre los lagos del Feywild, he visto cómo arde dorada sobre las alas de una reina sin rostro, cómo lame las copas de los árboles eternos en la corte de verano. La luz puede sanar. Puede inspirar. Puede enamorar. Pero también puede cegar. Y allí, en ese templo infestado de oscuridad, la luz de Mernalyn fue rápida, directa, cortante. Como una flecha de sol. Demasiado directa. La clériga... sí, era seguidora de Cyric. Sí, su dios se alimenta de caos, traición y muerte. Pero en ese momento, ella no alzaba arma ni conjuro. Solo palabras. Y aunque estas puedan ser trampas, en ocasiones las trampas se pisan con cuidado, no con violencia. Intenté decirlo. Intentamos muchos. Pedir un momento. Una pausa. Un respiro para oír, entender, quizá... redimir, o al menos aprender. Porque incluso el eco del enemigo puede revelar el tamaño de la caverna donde vive. Pero la elección ya estaba hecha. Y ahora Mernalyn lleva otra cicatriz en su alma, aunque aún no la sienta. Sé que su intención era buena. Extinguir un foco de mal. Salvarnos de una traición posible. Y sin embargo... ¿De qué sirve llevar la luz si, en el intento, apagas al portador que puede alumbrar la oscuridad del mañana? No se lo dije. No aún. No con palabras. Pero quizás algún día le cante una canción sobre la llama que arde demasiado pronto y consume al bosque entero. O sobre el lucero que cae del cielo porque su fuego no supo esperar la noche adecuada. No es juicio lo que traigo, sino deseo. Deseo de que sigamos siendo faros, no antorchas. De que nuestras acciones, aunque firmes, no se vuelvan sombras de lo que combatimos. Y de que Mernalyn —bella, valiente, impulsiva Mernalyn— no olvide que hasta las serpientes tienen lenguas que pueden hablar. La próxima vez... tal vez escuchemos más allá del miedo. |
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