Othrondir
Campero de tiendas
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Estaba al norte de las tierras habitadas y lo bastante lejos de los caminos para que pocos viajeros llegaran hasta allí por casualidad. Durante buena parte del año la nieve cubría los senderos. Cuando el invierno caía con fuerza, podían pasar semanas sin que los monjes vieran a nadie.
Para Azharkan, eso nunca había sido un problema. Estaba acostumbrado al frío. También al silencio y a los días en que el viento era su única compañía.
Era un dracónido dorado, grande incluso para los de su raza. Tenía escamas oscuras y algunas cicatrices en los brazos y hombros. No todas fruto del entrenamiento. De joven había tenido la mala costumbre de querer examinar de cerca cualquier criatura que despertara su curiosidad. El Valle del Viento Helado ofrecía muchas oportunidades para aprender que algunas preguntas era mejor hacerlas desde cierta distancia.
En el monasterio primero aprendió a pelear y después a entender por qué debía hacerlo. Los días empezaban temprano y casi nunca eran tranquilos. Corrían por senderos cubiertos de nieve, repetían ejercicios y pasaban muchas horas con el bastón, practicando combate sin armas y controlando el cuerpo. Sus maestros no valoraban la fuerza sin control. Un golpe bien dado y saber respirar podía decidir una pelea mucho antes de que alguno de los rivales cayera al suelo.
Azharkan no se destacaba por ser rápido ni por tener una habilidad fuera de lo común. Lo suyo era la constancia. Podía repetir un ejercicio durante horas sin quejarse. Al día siguiente volvía dispuesto a empezar de nuevo. Esa misma paciencia fue la que lo llevó a la biblioteca del monasterio.
Allí empezó a interesarse por los dragones.
Al principio, sentía una curiosidad inevitable. Un dracónido difícilmente podía crecer escuchando historias sobre esas criaturas sin hacerse preguntas sobre ellas. Sin embargo, con los años, dejó de interesarse en la relación que otros querían ver entre los dragones y su propia raza. Azharkan quería estudiarlos por lo que eran. No le importaba lo que pudieran significar para él.
La biblioteca guardaba algunos tratados antiguos, diarios de viajeros y copias de crónicas traídas del sur mucho antes de que Azharkan naciera. No era una colección muy grande. Aun así, le ocupó durante años. Estudió a los dragones blancos que vivían en las tierras frías. Después investigó sobre los rojos, verdes, negros y azules de regiones que sólo conocía por los mapas. También pasó tiempo con los metálicos, aunque nunca llegó a confiar del todo en los textos que separaban unas especies de otras con tanta facilidad entre nobles y perversas.
Había conocido hombres buenos que podían cometer vilezas. También había visto hombres miserables que, en algún momento, hacían algo bien. Le parecía lógico dar a los dragones la misma condición.
Por eso prefería los testimonios a las moralejas. Cuando algún cazador, explorador o mercader llegaba al monasterio contando que había visto un dragón, Azharkan procuraba sentarse con él antes de que partiera otra vez. Le preguntaba dónde lo había encontrado, cómo se movía, qué estaba haciendo y qué había quedado cuando se fue. Le interesaban las huellas, las heridas de las presas y cualquier detalle que pudiera explicar el comportamiento de la criatura.
Con los años, reunió varios cuadernos llenos de notas. Algunas se contradecían entre sí. Otras eran exageraciones evidentes. No pocas terminaban acompañadas de un signo de interrogación. Azharkan no veía nada malo en eso. Prefería una duda bien fundada a una certeza sin fundamento.
Durante mucho tiempo, esa vida le fue suficiente. Entrenaba por la mañana. Atendía las tareas del monasterio. Dedicaba las noches al estudio. A veces acompañaba a cazadores o viajeros que cruzaban el valle y aprovechaba esos viajes para observar animales, rastros y lugares que solo conocía por las descripciones de otros. Más de una vez siguió durante horas unas huellas que esperaba que fueran de alguna criatura extraordinaria. Después descubría que pertenecían a un oso especialmente grande.
Conocía muchos de los libros de la biblioteca. Había escuchado varias veces las historias de quienes visitaban esa región. Podía seguir entrenando, por supuesto. Siempre había algo nuevo que aprender de sus maestros. Sin embargo, cada vez todo sabía a menos
Cuando les dijo a sus maestros que pensaba irse, ninguno pareció sorprendido. Le aconsejaron tener cuidado. Le permitieron copiar algunos textos que pensaba que le servirían y le recordaron que observar era tan importante como actuar cuando hacía falta. Azharkan guardó sus cuadernos. Tomó el bastón con el que había entrenado durante años y salió del monasterio con poco más de lo que podía llevar solo.
El viaje hacia el sur fue mucho más instructivo de lo que había pensado. Mientras dejaba atrás el norte, los caminos tenían más gente. Había más aldeas y las ciudades eran mucho más grandes. También notó un cambio en la gente. Conoció a comerciantes que habían cruzado medio continente. Vio soldados que llevaban décadas cambiando de señor; Aprendió a desconfiar del hombre que recordaba con todo detalle el tamaño de un dragón, pero era incapaz de señalar en un mapa dónde lo había visto. También aprendió que los mejores testimonios no siempre venían de quienes tenían más ganas de contarlos. Un pastor podía dar más información que un cazador de monstruos. Un mercader podía recordar detalles que un guerrero había pasado por alto mientras intentaba conservar la cabeza sobre los hombros.
Así fue como empezó a escuchar sobre Athkatla.
Comenzó visitando templos, bibliotecas y lugares donde iban los estudiosos. Después amplió sus búsquedas a posadas, mercados y grupos de aventureros. Preguntaba por antiguas guaridas, avistamientos, ruinas y objetos relacionados con dragones. La mayor parte de lo que escuchaba no servía para nada. Sin embargo, a veces encontraba un relato que valía la pena anotar o un nombre que lo llevaba a otro.
El viento le llevaría a cierto castillo, donde encontraría respuestas y desafíos a la altura de sus ambiciones.

