Novedades

El viento que agita la cebada

Orofea

Copa de Champán de Trauson
Registrado
3/6/25
Mensajes
303

Un mensajero abandona La Luz del Alandor, en dirección a Crimmor, portando dos cartas​


Queridos padres:

Lo primero, para que podáis dejar de mirar el camino desde la ventana, madre: he llegado a Athkatla sana y salva. Sin un rasguño. Es verdad que el primer día me perdí un poco, pero como una semilla lanzada al viento, mi despiste dio su fruto.

Estoy comiendo bien, no os preocupéis. Cerca del templo hay una posada donde una mujer muy simpática me sirve cada noche un plato de lentejas con un trozo de pan. No están tan buenas como las vuestras, madre, les falta ese punto que solo vos sabéis darles, pero se defienden. Y duermo en una cama con sábanas limpias, así que no puedo pedir mucho más. En cuanto a los peligros de los que tanto me advertisteis, de momento no veo ninguno por las calles. Hay muchísima gente y todos andan con prisa, pero me parecen más distraídos que malintencionados. Una señora hasta me ayudó a cargar el petate hasta la esquina sin que se lo pidiera.

Pero echo de menos estar en casa con vosotros. Allí la mañana huele a tierra mojada y a leña. Aquí huele a todo a la vez: a humo, a pescado, a especias que no sé nombrar, a perfume, a pan, a cosas que no quiero saber qué son. Y hay tanto color que a veces me duelen los ojos: toldos rojos, azules, amarillos, sedas colgando de los balcones, gente vestida como si cada día fuera fiesta del pueblo. Y el ruido, madre. No se oye ni un gallo, pero se oyen mil voces gritando a la vez, y nadie parece escuchar a nadie. El agua sale de unas fuentes de piedra sin que nadie la saque de ningún pozo, y hay pan en cada esquina, pero nadie sabe quién lo ha hecho. Se lo comen y ya está.

El barrio de los ricos, que llaman el Distrito de la Gema, es de una belleza que da un poco de vértigo. Las calles están tan limpias que da pena pisarlas, hay jardines con flores que nunca vi y casas que parecen palacios, con criados en la puerta. Pero ese mismo día, por no saber el camino de vuelta, acabé caminando hacia el Distrito del Río, y más allá, hasta los barrios bajos, y allí es otro mundo. Hay gente sentada contra las paredes con los ojos como de cristal. Una mujer me dijo que "estaba descansando", y le ofrecí mi cantimplora, pero no la quiso. Me contaron que toman una cosa llamada loto negro y que ya no saben ni dónde están. Y hay niños, madre. Niños tan flacos que se les cuentan las costillas, descalzos en el barro. Uno me miró con los ojos muy grandes y yo no tenía nada que darle. Se me hizo un nudo en el pecho, que todavía no se me ha ido.

Ahora os cuento algo que os hará reír. En una esquina había un hombre con capucha sentado detrás de una caja con tres cubiletes. Me preguntó si quería jugar, y le dije que no entendía las reglas, y me las explicó con tanta paciencia que no pude decirle que no. Aposté lo poco que llevaba, mis monedas, y ¡acerté! Se quedó con una cara tan larga, el pobre, que casi le devuelvo lo ganado. Pero otro de los encapuchados (parece que hay muchos por aquí, supongo que será por el sol) me dijo que la suerte hay que aceptarla con alegría. Así que ahora tengo el doble de monedas. La Madre cuida de los suyos, ya veis.

Ese otro encapuchado se llama Azzo, y es muy amable. Se sentó a mi lado y me preguntó de dónde era, y cuando le dije que servía a Chauntea, se le iluminó la cara. Me dijo que él también la venera. Y me contó su sueño: una vid enorme, gigantesca, que cubriera las calles como un toldo, y que diera sombra del sol, y color, y uvas para los niños que pasan hambre. Casi lloro, y no me avergüenzo de decirlo.

Entonces se me ocurrió una cosa. Le dije que quizá yo podría ayudar. Que si esos niños aprendieran a cultivar, a cuidar una huerta o un jardín, podrían trabajar de labriegos, de jornaleros o de jardineros, y salir de allí, dejar de pasar hambre. Azzo me miró de una manera rara, como sorprendido, y dijo que le parecía una idea muy bonita.
Así que ha llegado el momento de hacer realidad ese proyecto. Me da un poco de miedo, pero entonces me acuerdo de padre, del surco, y de la semilla que se tapa con cuidado.

Guardo la tierra que me disteis, padre. La llevo en una bolsita, cerca del corazón. Y madre, el manto me va perfecto, aunque ya tiene un poco de barro en el bajo.

Os quiere y os echa de menos,
Jazmín

P. D.: Si pasa algún viajero por Crimmor, mandadme noticias

​

----------------------------​


Venerada Madre:

Que la bendición de Chauntea os acompañe y os fortalezca. Os escribo desde Athkatla para haceros saber que he llegado sin novedad, sana y salva, y que el camino transcurrió sin contratiempos. Doy gracias a la Madre por ello, y a vos por vuestra confianza.

Esta ciudad es el reverso de cuanto conocíamos en Crimmor. Allí, la tierra y el cielo marcan el ritmo de las horas, y el aire huele a lo que crece. Aquí, el aire es denso de humo, especias, pescado y perfumes, y el ruido no cesa ni de noche. Los colores abundan hasta el exceso: toldos, estandartes, sedas, y una multitud que se mueve sin descanso, como si ninguno recordara de dónde viene lo que se lleva a la boca. Veo pan casi en cada esquina, Madre, y nadie que sepa quién lo amasó, ni qué manos aró el campo donde nació el trigo. Es una civilización donde algunos no miran de dónde viene la comida mientras otros no tienen comida que mirar.

La ciudad se parte en mundos que apenas se tocan. En el Distrito de la Gema hay riqueza sin medida: calles pulcras, fuentes, jardines cuidados con esmero y casas señoriales. Pero una tarde, buscando el camino al templo, descendí hasta el Distrito del Río y los barrios bajos, y encontré lo que no esperaba. Hombres y mujeres derrumbados en los portales, con la mirada vacía, perdidos en el loto negro. Y niños famélicos, descalzos en el barro, que me miraban como quien mira a alguien que podría ayudarle. No tenía nada que darles, Madre, y esa impotencia me ha acompañado desde entonces.

Debo contaros también un encuentro. En una esquina, apostado en los barrios bajos, había un hombre encapuchado de trato cordial llamado Azzo. Cuando le dije que servía a Chauntea, su rostro se iluminó. Me confesó que él también la venera, junto con otras deidades. Me habló de un sueño: una vid inmensa extendida sobre las calles como un toldo, que diera sombra, color y alimento a los niños que sufren. Lo escuché con respeto, Madre, pues aquel anhelo tiene algo de sagrado, y me recordó que la fe de la Madre llega incluso a los rincones más oscuros.

Entonces le dije que quizá pudiera ayudar. Que si aquellos niños aprendieran a cultivar y a cuidar jardines, podrían trabajar mañana como labriegos, jornaleros o jardineros, y dejar atrás el hambre y el crimen. Es lo que vine a hacer: mostrar a quien vive de la tierra, o podría vivir de ella, el valor de lo que da. Aquí hay una tierra que nadie siembra y unos niños que nadie alimenta, y me pareció que ambas cosas pueden encontrarse.

Ha llegado el momento de hacer realidad ese proyecto. Tengo miedo, no lo niego, pero recuerdo vuestras palabras en el huerto, y que la Madre no esperó a que el campo estuviera listo para sembrar. Os pido humildemente vuestra bendición y vuestras oraciones, y cualquier consejo que podáis darme.

Que la Madre os guarde y os sostenga,1791878922013.png
Jazmín Sirene

​
 
Última edición:

Orofea

Copa de Champán de Trauson
Registrado
3/6/25
Mensajes
303

Padre, madre,

Debo pediros perdón. En mi ansia por llevar la palabra de la Madre a Athkatla he descuidado mis deberes de hija: he estado en Crimmor hace nada y no pasé a visitaros. Perdonadme, os lo suplico (de rodillas, aunque no podáis verme).
Os cuento cómo fue y entenderéis.

¿Recordáis el proyecto de enseñar a cultivar a los niños pobres de Athkatla? Pues veréis: Athkatla es una ciudad enorme de piedra y barro y ruido, y yo no encontraba ni una semilla. Así que pensé que lo mejor era buscar ayuda en terreno conocido.

Salí a lomos de Brisa* y no la dejé aflojar el paso hasta Crimmor. Cuando dejé atrás las últimas casas y el aire empezó a oler a pino y a abono de granja, tuve que detenerme un momento. Se oían los pájaros, y el río corría cubierto de niebla, tal como lo recordaba al amanecer. ¡Casi lloro por el olor del abono, fijaos!

En las primeras granjas me paré a hablar con el señor Hobb. ¿Os acordáis de él? Pues sobre el quicio de su puerta tiene una pequeña imagen de Chauntea, tallada en madera. No pude evitarlo: me acerqué y pasé los dedos por las vetas, y así me encontró Hobb, con la mano sobre la talla. Me recibió con una sonrisa como la nieve recién caída.

Salió con las manos llenas de tierra y me manchó la capa sin querer. ¡No veáis qué vergüenza pasó el pobre! Le dije que la tierra de la Madre nunca mancha, y se rió, y se le pusieron coloradas las orejas. Me pidió que bendijera su granja, y claro que lo hice. Luego sacó lo mejor que tenía en casa y me invitó a un té de menta con miel y canela. No pude decirle que no.

Cuando le conté a qué había ido, no lo pensó dos veces: me llenó las manos de semillas de trigo, de rosas y hasta de pera, que le dio un granjero de Purskul. Y a cambio me confió un problema: no consigue hacer sidra por culpa de los jabalíes. ¿Sabéis vosotros algo de eso? Prometo pasarme a verlo, y a veros, en cuanto pueda.

Se hizo de noche antes de lo que esperaba. Por si me salía algún bandido, volví a Athkatla al galope, con las semillas bien apretadas contra el pecho, antes de que oscureciera del todo.

Y ya está: por fin tengo lo que necesitaba para enseñar a esos niños a cultivar y a ganarse la vida con dignidad. Bendita sea la Madre.
Que os dé buen sol y buena lluvia, y os colme con sus bendiciones.
Os quiere,
Jazmín

* El camino de Crimmor a Athkatla es muy largo y encontré una purasangre cormyriana que corre como el viento, así que la bauticé Brisa. Parece que a Colmillo len. gusta también.
​

Offtopic :
Validado por @DM Elfina
 
Última edición:

Orofea

Copa de Champán de Trauson
Registrado
3/6/25
Mensajes
303
Venerable Rillifar Barleman, Semilla Auténtica de Chauntea:

Que la Gran Madre os guarde del alba al ocaso. Os escribo desde Athkatla con tres cosas en el corazón: informaros, pediros perdón y pediros consejo, pues no sé a quién más acudir con esto.

Os cuento primero lo que ocurrió. Cuando estuve en Crimmor a por semillas, el señor Hobb me dio unas de pera que le había regalado un granjero de Purskul, y me habló de sus problemas con la sidra. Algo de jabalíes. Me quedé pensando en ello todo el camino de vuelta y, en cuanto pude, fui a Purskul a ver qué pasaba, pensando que quizá podría ayudar.

Jango, el granjero, me recibió con las manos vacías y los ojos rojos de no dormir. Me llevó a su huerto, y allí lo entendí. El suelo estaba removido de punta a punta y las peras caídas, pisoteadas hasta ser pulpa. Había marcas de colmillos en la corteza de los troncos más jóvenes. Un año entero de trabajo, Venerable, deshecho en una sola noche.

- Si pierdo otra cosecha, no sé cómo pasaré el invierno - me dijo, y se le quebró la voz.- Tengo hijos.

Me quedé tres noches vigilando con él. Probamos con fuego y con ruido para espantarlos, y volvieron. Probé a hablarles, os lo confieso, como una tonta, con la oración de la Madre en los labios, y también volvieron. Eran flacos. Se les marcaban las costillas bajo el pelo. Venían a las peras caídas con un hambre que yo conocía, porque la he visto en los niños de los barrios bajos de esta ciudad.

Y aun así, Venerable, no vi otra salida. Jango tenía una familia que alimentar y la cosecha que quedaba era lo único que le separaba del hambre. Acabé con la manada.

Lo hice, y desde entonces no soy la misma. Cuando amaneció fui a ver lo que quedaba, y entre los matorrales había huellas pequeñas, de las crías que... Me arrodillé allí mismo en la tierra y pedí perdón a la Madre, pero las palabras no me salieron como siempre. Esa noche no pude comer. Al día siguiente recé al alba con las manos temblando, y por primera vez sentí que rezaba como quien no sabe si es escuchada.

Eran criaturas de Chauntea, Venerable. No eran malvadas. Solo querían sobrevivir, igual que Jango. Y yo, que fui a Purskul a servir a la Madre, acabé con una parte de lo que Ella ama para salvar otra. No sé si hice lo correcto. No sé si había otro camino que yo no supe ver, ni si merezco penitencia. Os lo pregunto con humildad: ¿obré bien? ¿Qué debe hacer una hija de la Madre cuando dos de sus hijos no pueden vivir a la vez en el mismo huerto? Guiadme, os lo ruego, que esta duda me pesa más que el yelmo.

Debo contaros también algo bueno, porque lo hay. Jango, en agradecimiento, quiso donar al templo un barril de sidra de pera de su cosecha. Con vuestro beneplácito, me gustaría llevarlo a los barrios bajos de Athkatla, para que los niños vean todo lo que puede nacer del trabajo de sus manos: plantar el peral, cuidar el fruto, exprimirlo, hacer sidra. (La sidra, claro, para los mayores, y para los pequeños las peras.) Quizá así entiendan que de la tierra se puede sacar algo más que hambre.

Aguardo vuestra respuesta y vuestro juicio, sea el que sea. Que la Madre os dé buen sol y buena lluvia, y que su gracia fecunde vuestros surcos y los míos.

Vuestra hija en la fe,

Jazmín Sirene 1792246236613.png






​
 
Última edición:
Arriba