Orofea
Copa de Champán de Trauson
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Un mensajero abandona La Luz del Alandor, en dirección a Crimmor, portando dos cartas
Queridos padres:
Lo primero, para que podáis dejar de mirar el camino desde la ventana, madre: he llegado a Athkatla sana y salva. Sin un rasguño. Es verdad que el primer día me perdí un poco, pero como una semilla lanzada al viento, mi despiste dio su fruto.
Estoy comiendo bien, no os preocupéis. Cerca del templo hay una posada donde una mujer muy simpática me sirve cada noche un plato de lentejas con un trozo de pan. No están tan buenas como las vuestras, madre, les falta ese punto que solo vos sabéis darles, pero se defienden. Y duermo en una cama con sábanas limpias, así que no puedo pedir mucho más. En cuanto a los peligros de los que tanto me advertisteis, de momento no veo ninguno por las calles. Hay muchísima gente y todos andan con prisa, pero me parecen más distraídos que malintencionados. Una señora hasta me ayudó a cargar el petate hasta la esquina sin que se lo pidiera.
Pero echo de menos estar en casa con vosotros. Allí la mañana huele a tierra mojada y a leña. Aquí huele a todo a la vez: a humo, a pescado, a especias que no sé nombrar, a perfume, a pan, a cosas que no quiero saber qué son. Y hay tanto color que a veces me duelen los ojos: toldos rojos, azules, amarillos, sedas colgando de los balcones, gente vestida como si cada día fuera fiesta del pueblo. Y el ruido, madre. No se oye ni un gallo, pero se oyen mil voces gritando a la vez, y nadie parece escuchar a nadie. El agua sale de unas fuentes de piedra sin que nadie la saque de ningún pozo, y hay pan en cada esquina, pero nadie sabe quién lo ha hecho. Se lo comen y ya está.
El barrio de los ricos, que llaman el Distrito de la Gema, es de una belleza que da un poco de vértigo. Las calles están tan limpias que da pena pisarlas, hay jardines con flores que nunca vi y casas que parecen palacios, con criados en la puerta. Pero ese mismo día, por no saber el camino de vuelta, acabé caminando hacia el Distrito del Río, y más allá, hasta los barrios bajos, y allí es otro mundo. Hay gente sentada contra las paredes con los ojos como de cristal. Una mujer me dijo que "estaba descansando", y le ofrecí mi cantimplora, pero no la quiso. Me contaron que toman una cosa llamada loto negro y que ya no saben ni dónde están. Y hay niños, madre. Niños tan flacos que se les cuentan las costillas, descalzos en el barro. Uno me miró con los ojos muy grandes y yo no tenía nada que darle. Se me hizo un nudo en el pecho, que todavía no se me ha ido.
Ahora os cuento algo que os hará reír. En una esquina había un hombre con capucha sentado detrás de una caja con tres cubiletes. Me preguntó si quería jugar, y le dije que no entendía las reglas, y me las explicó con tanta paciencia que no pude decirle que no. Aposté lo poco que llevaba, mis monedas, y ¡acerté! Se quedó con una cara tan larga, el pobre, que casi le devuelvo lo ganado. Pero otro de los encapuchados (parece que hay muchos por aquí, supongo que será por el sol) me dijo que la suerte hay que aceptarla con alegría. Así que ahora tengo el doble de monedas. La Madre cuida de los suyos, ya veis.
Ese otro encapuchado se llama Azzo, y es muy amable. Se sentó a mi lado y me preguntó de dónde era, y cuando le dije que servía a Chauntea, se le iluminó la cara. Me dijo que él también la venera. Y me contó su sueño: una vid enorme, gigantesca, que cubriera las calles como un toldo, y que diera sombra del sol, y color, y uvas para los niños que pasan hambre. Casi lloro, y no me avergüenzo de decirlo.
Entonces se me ocurrió una cosa. Le dije que quizá yo podría ayudar. Que si esos niños aprendieran a cultivar, a cuidar una huerta o un jardín, podrían trabajar de labriegos, de jornaleros o de jardineros, y salir de allí, dejar de pasar hambre. Azzo me miró de una manera rara, como sorprendido, y dijo que le parecía una idea muy bonita.
Así que ha llegado el momento de hacer realidad ese proyecto. Me da un poco de miedo, pero entonces me acuerdo de padre, del surco, y de la semilla que se tapa con cuidado.
Guardo la tierra que me disteis, padre. La llevo en una bolsita, cerca del corazón. Y madre, el manto me va perfecto, aunque ya tiene un poco de barro en el bajo.
Os quiere y os echa de menos,
Jazmín
P. D.: Si pasa algún viajero por Crimmor, mandadme noticias
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Venerada Madre:
Que la bendición de Chauntea os acompañe y os fortalezca. Os escribo desde Athkatla para haceros saber que he llegado sin novedad, sana y salva, y que el camino transcurrió sin contratiempos. Doy gracias a la Madre por ello, y a vos por vuestra confianza.
Esta ciudad es el reverso de cuanto conocíamos en Crimmor. Allí, la tierra y el cielo marcan el ritmo de las horas, y el aire huele a lo que crece. Aquí, el aire es denso de humo, especias, pescado y perfumes, y el ruido no cesa ni de noche. Los colores abundan hasta el exceso: toldos, estandartes, sedas, y una multitud que se mueve sin descanso, como si ninguno recordara de dónde viene lo que se lleva a la boca. Veo pan casi en cada esquina, Madre, y nadie que sepa quién lo amasó, ni qué manos aró el campo donde nació el trigo. Es una civilización donde algunos no miran de dónde viene la comida mientras otros no tienen comida que mirar.
La ciudad se parte en mundos que apenas se tocan. En el Distrito de la Gema hay riqueza sin medida: calles pulcras, fuentes, jardines cuidados con esmero y casas señoriales. Pero una tarde, buscando el camino al templo, descendí hasta el Distrito del Río y los barrios bajos, y encontré lo que no esperaba. Hombres y mujeres derrumbados en los portales, con la mirada vacía, perdidos en el loto negro. Y niños famélicos, descalzos en el barro, que me miraban como quien mira a alguien que podría ayudarle. No tenía nada que darles, Madre, y esa impotencia me ha acompañado desde entonces.
Debo contaros también un encuentro. En una esquina, apostado en los barrios bajos, había un hombre encapuchado de trato cordial llamado Azzo. Cuando le dije que servía a Chauntea, su rostro se iluminó. Me confesó que él también la venera, junto con otras deidades. Me habló de un sueño: una vid inmensa extendida sobre las calles como un toldo, que diera sombra, color y alimento a los niños que sufren. Lo escuché con respeto, Madre, pues aquel anhelo tiene algo de sagrado, y me recordó que la fe de la Madre llega incluso a los rincones más oscuros.
Entonces le dije que quizá pudiera ayudar. Que si aquellos niños aprendieran a cultivar y a cuidar jardines, podrían trabajar mañana como labriegos, jornaleros o jardineros, y dejar atrás el hambre y el crimen. Es lo que vine a hacer: mostrar a quien vive de la tierra, o podría vivir de ella, el valor de lo que da. Aquí hay una tierra que nadie siembra y unos niños que nadie alimenta, y me pareció que ambas cosas pueden encontrarse.
Ha llegado el momento de hacer realidad ese proyecto. Tengo miedo, no lo niego, pero recuerdo vuestras palabras en el huerto, y que la Madre no esperó a que el campo estuviera listo para sembrar. Os pido humildemente vuestra bendición y vuestras oraciones, y cualquier consejo que podáis darme.
Que la Madre os guarde y os sostenga,

Jazmín Sirene
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