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Elysia Vandore

Meivel

Minsorrano sin caminos
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I

Cuando era niña, mi casa siempre olía a jazmín y hierbabuena. Recuerdo el aroma de las pequeñas flores que adornaban la entrada, la luz tenue del sol que se colaba por la vidriera del balcón, el sabor del pastel de queso con arándanos, las historias de hadas y de dragones antes de dormir, las risas junto al brasero y la mesa recién puesta...

Pero también recuerdo las peleas, las fuertes discusiones mientras trataba de dormir, los portazos con rabia, los silencios incómodos...

Recuerdo las sonrisas forzadas de mi padre tratando de mantener la compostura, sus excusas extrañas a los vecinos que preguntaban, su llanto por las noches cuando creía que no le escuchaba... Yo también lloraba, pero aprendí a guárdamelo dentro.

La vida sin madre se hizo extraña al principio, cuando se marchó un sentimiento pesado se asentó en mi pecho. No era ira, ni era rabia... Sino decepción. Sus últimas palabras en el pequeño comedor se quedaron grabadas a fuego en mi mente y en mi corazón.
"Vosotros nunca perteneceréis a mi mundo y yo ya no quiero seguir viviendo lejos de él"

Al principio, inocente, preguntaba a padre cuándo regresaría. Él, con un nudo en la garganta, sonreía y me acariciaba el pelo, sin saber qué decir.
Con el tiempo, dejé de preguntar y decidí envolverme en el amor absoluto que él me profesaba. Siempre atento, siempre cuidándome, siempre presente.
Sin embargo, una parte de mi seguía llorando en silencio. Triste, perdida e incompleta.

Cuando cumplí 12 años mi padre se hizo pescador. Pasaba largas noches fuera y yo intenté aprender a dormir en soledad. No fue fácil, la oscuridad de las noches oculta sonidos extraños y sombras inesperadas. Tuve que respirar profundamente muchas veces para calmarme y buscar algo que me anclase a la realidad para que mi mente no inventase monstruos o desalmados agresores.

Mi hogar estaba roto, lleno de amor pero roto. Nada en aquella casita calmaba mis nervios ni mi agitado pecho. Hasta que una noche salí al pequeño balcón de mi habitación, alcé la vista hacia el cielo estrellado y lo escuché.
Fue ligero aunque intenso, recuerdo que se me erizó el vello en los brazos. Un susurro que traía el viento, como si descendiese de las propias estrellas. Un eco en élfico que se coló en lo más íntimo de mi ser y ya nunca me abandonó.

Fue así como conocí a mi Diosa.

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Meivel

Minsorrano sin caminos
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II

La víspera de mi decimoséptimo cumpleaños, padre trajo a una amiga a casa. Habían pasado ocho años desde que madre nos había dejado y era la primera mujer "extraña" que cruzaba el umbral de esa puerta. Fue cálida y trató de ser cercana, aunque también fue comedida. Me limité a observarla mientras sonreía a mi padre y, de vez en cuando, le dedicaba alguna sutil caricia.

Entendí enseguida lo que pasaba de modo que cuando se marchó y padre quiso explicármelo, la conversación fue corta. No hubo rencor ni asperezas, yo quería que él fuera feliz. Llevaba demasiado tiempo cargando con el peso de la familia, sacando fuerzas de donde no tenía, esbozando sonrisas que no eran todo lo sinceras que deseaba. Pero aquella mujer le hacía relajarse, le hacía sonreír de verdad. Le noté más calmado. Más tranquilo.

Elena, así se llamaba.
Tenía también un hijo, un jovencito gruñón de apenas diez veranos que practicaba magia. No era estudioso, sino innato. Quizá por eso conectamos con facilidad. Él sintió mucha curiosidad por mis dones divinos, todavía efímeros, y yo por sus conjuros arcanos.
Un día me dio un libro. Josh no necesitaba aprender conjuros ni memorizarlos, aún así llevaba un control extraño sobre los hechizos que conocía y eso me ayudó a descubrir un repertorio muy distinto del que mi propio poder me obsequiaba. Pensé, entonces, en todas las posibilidades que estaba perdiendo.

Un tiempo después, mientras paseaba por el mercado, me topé con un pequeño puesto de objetos mágicos. Entre todas las cosas expuestas encontré un sencillo grimorio azulado. Me recordó al cielo cuando empieza a anochecer y lo compré sin pensarlo mucho.
Al día siguiente Josh y Elena vinieron a casa. Le tendí en grimorio a Josh y le observé serena.

-Enséñame - el muchacho abrió mucho los ojos, sorprendido - Aunque solo sea lo básico, lo que me ayude a entender.
-Creía que tu magia era divina... ¿Qué pensarán si ahora te sumerges en lo arcano?
-¿Quién dice que no pueda usar los dos?

Josh no supo qué responder, nada impedía que yo pudiese evocar ambos poderes. Al final asintió y durante los meses siguientes, cada vez que venía a casa, me traía un libro nuevo. Historia, famosos, escuelas, deidades... Todo lo que pensó que debía saber para empezar.

Y así, comencé a estudiar magia.​

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