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Emmeth Sadmoon

Amadeus Wisconsin La Ley

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Empiezas por soltar aire.

Las últimas palabras de tu madre fueron acerca de que el suicidio de tu padre le había solucionado la vida a esta familia. Que era lo más valiente que había hecho en toda su vida. Tu padre y doce hombres más bajan hasta las profundidades en busca de fama y fortuna. Tu padre es el único de esos doce que muere por el camino justo después de encontrar la fortuna. Lejos de repartirse su parte, esos doce hombres le entregan a tu familia siete millones de dhartenes. Esos hombres vienen a tu casa y te dan palmaditas en la cabeza y te dicen lo buen hombre que era tu padre, lo duro que fue su pérdida y que no pudieron recuperar su cadáver. Le echas tierra a un ataúd vacío mientras te dicen que a ellos puedes pedirle cualquier cosa, siempre que necesites un consejo, estarán ahí para dártelo. Mientras, uno de esos doce hombres se queda en casa después del entierro para hablar con tu madre. Al final, el hombre se marcha gritando y llamando puta a las paredes. Todos eran los mejores amigos de tu padre, el héroe que murió en un suicidio.

Te mudas de la pequeña casa en las afueras de Athkala y ahora vives en una lujosa mansión de tres pisos en Agujas de Oro. Tienes sirvientes que trabajan mecánicamente y que tu madre ha pagado por adelantado para un año entero. Con los candelabros todavía relucientes, la mayoría de la cubertería de plata y oro sin usar, las cortinas sin haber sido limpiadas, la chimenea sin haber sido encendida, la moqueta todavía dura y las sabanas sin cambiar a tu madre le estalla una vena del tamaño de un cordel en el cerebro en mitad de una frase. Te está mirando fijante y ves que sufre un ligero tic en los ojos, una interferencia, la frase se queda inacabada y tú la miras mientras masticas. Ella te sigue mirando sin pestañear y tú puedes ver como uno de sus ojos se está poniendo totalmente rojo. Dejas de masticar. Tu madre estrella la cara contra el primer plato de foie gras con crema de frutos rojos de toda su vida. El sirviente, que no se ha enterado de nada, pregunta si la señora ha terminado. Echas tierra sobre un ataúd justo al lado del de tu padre.

Te quedas quieto. Durante tres meses te quedas totalmente inmóvil. Los sirivientes te traen bandejas de comida, se las llevan, congen la ropa que tiras, te la devuelven límpia, pasan el plumero, atizan las alfombras y cantan canciones mientras lo hacen. Nadie se acerca a hablar contigo y preguntarte cómo te sientes siendo un huérfano que posee una fortuna de seis millones de dhartenes. Hacen su trabajo y cuando terminan, se acuestan. Hablan entre ellos y cuando te ven, bajan la voz. Te sirven la comida y si no te la comes, se la llevan. Todo funciona mecánicamente. Si te vas, seguirán haciendo lo mismo. Llevando comida a una cama vacia, lavando platos limpios, tendiendo ropa seca, quitando el polvo cada rincón. Lo único que se te ocurre es ir a ver a los antiguos amigos de tu padre, aquellos que te miraron y te dijeron que nunca te fallarían. Vas a doce casas diferentes, incluso a la del que salió llamando puta a las paredes, y todos te dicen lo mismo: Eres joven y millonario, vive la vida. Asi que en cuanto terminas inviertes en cinco propiedades a doscientos mil dhartenes cada una, solares vacios. Tres meses más tarde los has vendido por un millón y medio cada uno. Tu fortuna se duplica. Viajas a Calimshan, inviertes en una pequeña empresa artesanal de gran calidad que hace bordados de oro y plata y en seis meses la has convertido en la más famosa del continente. Al mes siguiente la vendes. Tu fortuna se duplica. Vuelves a Amn, inviertes en madera, te conviertes en el principal talador del Sureste del Weldath. Inviertes en astilleros y vendes a Amn una flota compuesta por: seis goletas más armamento, doce galeones más armamento, cinco fragatas más armamento. Tu fortuna se cuadruplica. Ahora entras en fiestas exclusivas, te conocen y hablan contigo; qué tal va el Weldath, te preguntan. Lo estoy afeitando, contestas tú entre risas y vino. Vas a esas fiestas subido en un carruaje de una sola pieza, hecho con madera de álamo, tallado a mano por un solo artesano, con cortinas de seda burdeos y cuero rojo a juego. Follas con mujeres bonitas que se sienten atraidas por tu fortuna y tu posición. Bebes de las mejores copas. Estrechas las manos más poderosas. Vistes las ropas más caras. Caminas por las calles y sabes que la gente habla de ti cuando pasas. Por ahí va el chico de aquellos padres que se murieron. Vas a otra fiesta. Y luego a otra más. Y en una de esas decides casarte, no con la más guapa, ni con la más inteligente, ni siquiera con la más rica. Eliges a una mujer cuya posición e influencias harán que tu fortuna aumente un treinta por ciento en un plazo de dos años. Le compras a tu mujer un anillo de diamante y te declaras en tu lujosa galera que tienes anclada en el puerto de Crimmor.

Llegas a los treinta y ahora manejas un fondo de treinta millones de dhartenes y posees unos bienes por valor de quince. El negocio de los barcos sigue funcionando, recibes quejas de hombres delcazos que pisan la ciudad y se sienten confusos. Tú sueles enviar a un grupo de hombres con capucha para que le partan las piernas y no te amarguen el desayuno. Tu mujer da a luz una preciosa niña a la que le pones el nombre de tu difunta madre y sientes que aquel consejo que te dieron fue el mejor consejo de toda tu vida. Un día sales al balcón de tu mansión y te das cuenta de que ya no te hace falta nada más, que tienes todo lo que necesitas para ser feliz, ahora mismo, si te retiras, podrás llevar una vida tranquila, tú, tus hijos y los hijos de tus hijos. Pero aun así sigues invirtiendo, sigues talando, sigues construyendo. Aumentas tu fortuna por lo que pudiese pasar, porque nunca hay suficiente, nunca eres tan rico como lo es alguien que es más rico que tú. Te codeas con los más poderosos y con los más pordioseros, con el clero y con las milicias, con bárbaros y con intelectuales. Todos saben quién eres, eres el hombre perfecto, la aspiración de todo ser humano.

Viajas a Cormyr a comprarle el mejor pony a tu hija, que va a cumplir cinco años. Cuando vuelves con el suave y brillante pony escondido tu familia ha sido asesinada. Atacadas por un animal salvaje. Tú preguntas cómo se ha podido colar un animal salvaje en Agujas de Oro y entonces se encogen de hombros y te preguntan si tienes algún enemigo que buscaría hacerte daño. Te quedas quieto. Te detienes, y por un instante dejas de existir. Echas tierra sobre dos ataudes, uno grande y otro pequeño y cuando terminas vuelves a buscar a los amigos de tu padre en busca de consejo, pero todos están muertos y toda su fortuna se ha evaporado, no queda rastro de ellos. Tienes treinta millones de dhartenes y unos bienes por valor de quince y estás completamente solo en el mundo.

Esa noche recorres Costa Sur y te metes dentro del agua. Está caliente y calmada, las olas te atraviesan mánsamente. Entras y entras hasta que tus pies ya no tocan el fondo, te quedas flotando escupiendo agua a intervalos y observando el oscuro horizonte que no tiene fin. Es ese instante en el que te das cuenta de que toda tu vida ha sido un suicidio, un tiburón goblin cierra sus fauces sobre uno de tus gemelos y te arrastra hacia el fondo. Sientes cada centímetro de su dentadura, cada imperfección de cada colmillo en tu carne. Te agitas y peleas por salvarte mientras te arrastra hacia el fondo más y más deprisa. Luchas por sobrevivir aunque no te quede nada por lo que vivir. Golpeas, pataleas y arañas y finalmente el tiburón goblin te suelta y se aleja aleteando. Te quedas anclado entre el fondo y la superficie. Te quedas quieto, te detienes y en ese instante dejas de existir.

Cuando sabes que vas a morir acordarte de que hay un pony de treinta mil dhartenes comiendose tu tapicería con ribetes de oro y plata importa más bien poco. Todas tus prioridades se reducen a una sola: desear que no te duela. Cuando sabes que vas a morir, tener treita millones de dhartenes y nada más, es una razón muy poco consistente para luchar.

Terminas de soltar aire.

Esperas.

Y es en ese lapso entre todo lo recordado y la muerte donde se te ocurren al menos cien razones para vivir.

Sales a la superficie y está amaneciendo.

Coges aire. Sueltas aire.

Se llama respirar, ¿lo habías probado alguna vez?
 

Cloudalbert

Zapatillas de osito de Shama
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Original y refrescante, llevaba tiempo sin leer algo así, distinto.

Bienvenid@ y esperamos verte :wink:
 
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