Sam
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Emociones
Relatos de Ayrin de Rashemen
Era todo más fácil. Antes. Cuando no había nada, no habían emociones. Cuando mis existencia solo conocía la penitencia, cuando mi alma no aspiraba a nada más. Ahora soy patética, una parodia de Ayrin de la que no queda ni rastro. Solo un torrente de emociones que me va a volver completamente loca, si es que no lo estoy ya.
—Algún día haré un viaje —oigo su voz tan cerca de mi, el tacto de su mano, la tranquilidad del infinito. No puedo evitarlo y sonrío.
—¿Dónde irás?
Ella me devuelve una sonrisa tan cálida que me siento culpable de mirarla, intento evitar sus ojos, pero no puedo.
—No lo sé. Al final me perderé para seguir aprendiendo.
Muevo la cabeza hacia el océano, oigo las furiosas quejas de las olas chocar contra los acantilados, sé que los espíritus nos escuchan. No puede ser de otro modo.
—El principio de un final.
Ella me vuelve a sonreír, le he robado las palabras de sus labios. Sus labios, los miro, me atraen. Deseo rozarlos, sentirlos, no puedo liberarme de su embrujo. Me ha hechizado, debe ser eso. Es una jazhrán, conoce los secretos de la magia y me ha hechizado. Quiero huir.
—He de irme.
—Nos veremos pronto.
Oigo las palabras de Muriel rechinando en mi cabeza, como el incesante penetrar del ácido en la madera. Me alejo de ella, pienso en lo que ha dicho, lo que he sentido, el tacto de su mano, su olor, su sonrisa y me voy dando cuenta de que yo también quiero volverla a ver. Y cuando pasa por mi mente ese deseo, siento odio por mi misma.
**********
Nunca había visto tantos orcos juntos, pero mi espíritu se alegra. Tengo ganas de matar y ser cruel. Cuando la sangre del primero me salpica la paladeo, noto como mi adrenalina estalla como un huracán ansioso. Oigo los gritos de Ender a mis espaldas, sus flechas silbar y abatiendo a las criaturas. Me doy prisa, no quiero que me robe su sangre, el calor de su último suspiro y sorber su muerte como una droga que me haga olvidar. No quiero pensar, quiero matar, porque sé que si pienso me volveré loca.
Dirijo mis saltos alrededor de los orcos, no me alcanzan, pero yo sí. He perdido la cuenta, sé que hay muchos y entonces el suelo tiembla. Me vuelvo contemplando el poder arcano de dos jazhranes, dos brujas que destrozan filas de orcos solo con el poder de su voluntad. La veo a ella y pierdo los estribos. Encierro la razón y tiro la llave, mis ojos palpitan como nunca y dejo que la maldición me posea. Nunca podré llegar a recordar cuantos orcos maté ese día, sí que al término de todo eso estaba completamente manchada de su sangre. Ni un ápice de mi cuerpo o espíritu estaba limpio.
No veo bien, mis ojos me han abandonado y mis oídos solo me traducen sonidos familiares que no identifico. Sé que son voces, pero no las entiendo. Mi cuerpo es un polvorín a punto de estallar, mi respiración se acelera y quiero seguir matando, me lo exige mi espíritu y yo misma. Si paro, pensaré, si paro todo volverá a empezar. Lo cerraré todo, volveré a ser insensible, a no sentir. Ha de ser así, no quiero volver a sufrir por nada ni nadie. Ser un monstruo de nuevo. Sí, es lo más razonable. Alguien me habla.
—¿Estás bien?
—A..Ayrin. ¿Q..qué te p..pasa?
Me sacudo de sus manos que intentan calmarme. No quiero que se acerquen, no quiero hacerles daño. Sé que algo pasará, siempre pasa. No tuve que venir con alguien, soy peligrosa. Otra voz de mujer, no me es familiar, y palabras de la magia.
—Dejadme probar a mi.
No sé que ocurre, noto como si una mano me arrancara de mi misma. Mi mente cae en una espiral tan violento que a punto estoy de perder el conocimiento, pero entonces oigo algo terrible y empiezo a verlos. Muertos, fantasmas, ecos de mi pasado. Son tan nítidos como cuando les maté, noto como si de un plumazo me hubieran arrancado todos mis esfuerzos para mantenerlos fuera de mi. Me van rodeando y sé que chillo histérica aunque no me oiga, pero algo peor me pasa. Ya no me controlo a mi misma, Ella lo hace y Ella me habla.
"Ayrin ya no está, solo yo, solo yo."
Mi espíritu se encoge.
"Llora, Ayrin, llora. Hacía años que no me dejabas salir. ¿Y sabes? Es un regreso glorioso. Mírale la cara a Ender, como tiembla al oírnos cantar nuestra canción. Pobres perritos, pobres perritos. ¿Recuerdas, Ayrin? Los cinco murieron..."
No, no. He de recuperarme, no puedo caer otra vez. Todos mis esfuerzos, yo te controlo a ti, no tú a mi. Soy fuerte, mucho más que tú. ¡Soy más fuerte que tú!
"No me superarás nunca, Ayrin. Pobre niña tonta, pobre asesina. Yo soy quien debes ser."
Quiero gritar, arrancarme estos ojos, estos ojos malignos e impongo mi voluntad a mi misma.
—Parece que se recupera —oigo una voz femenina, familiar. Es dulce, agradable. Yuliet.
Miro a mi alrededor, tengo los ojos dilatados. Está todo borroso, pero mi cabeza va demasiado rápido para mi cuerpo.
—¿He hecho daño a alguien? —puedo hablar, pero débil. Espíritus, soy tan patética.
—S..sólo a los o..orcos —Ender me responde. ¿Por qué siempre aquí? Siempre estás cerca. Gracias.
Tengo la mente turbia, me duele al recordarlo. Sé que estaba ahí Muriel conmigo, que me cuidó. También había otra, una jazhrán, supe quien era al instante, quien representaba para Muriel. Recuerdo que me dormí, no sé cuanto tiempo hasta que desperté unas horas después. Eso sí lo recuerdo y ojalá pudiera olvidarlo. Sus caricias, su abrazo que como una niña pequeña me tranquilizaba. Recuerdo esa sensación, la reconozco, mi corazón palpita, pero sé que no debe ser así. Nunca más debe ser así. Pero es.
**********
La sombra alargada del Hospicio vuelve a esconderme. Me resulta tan siniestro que no puede ser real, la oigo llegar. Camina con lentitud, seguridad, pero no reacciono. Tardo en reaccionar, ya estaría muerta. Ella me mira, yo le respondo con el mismo silencio. Es incómodo, no sé si ella siente lo mismo, pero me demuestra mayor seguridad. Estoy en desventaja.
—Tenemos que hablar.
Evito responder, no quiero hablar, quiero esconderme y desaparecer. Respondo una obviedad.
—¿De qué tenemos que hablar?
—Lo sabes bien. Sé lo que sientes. Han sido muchos los que lo han intentado, interponerse, ella y yo nos lo contamos todo. Somos uña.. y carne. La quiero con toda mi alma. No te interpongas, no vas a romper nuestra relación.
No sé que decir, sigo callada, no hay palabras.
—Te diré lo que vamos a hacer. No quiero que te vayas cuando me acerque, no quiero que te acerques a ella cuando no esté. No quiero que la busques. Se una persona más.
No logro identificar su tono, pero no percibo hostilidad. Sí miedo. Yo también lo tengo, es malo. Reacciono mal.
—No tolero que nadie me dicte lo que debo hacer, jazhrán —siseo venenosa, no pude contenerlo.
—No te estoy dictando nada. Las cosas son así.
Reprimo mi ira. Mi odio. Todo. Controlo el tono.
—¿Qué esperas que haga? ¿Qué me olvide? ¿Crees que a mi me gusta esto? ¿Qué es agradable?
Sé que ella me responde, yo hago lo mismo. Siento la mano de Hina en mi hombro, pero la ignoro. Tengo ganas de gritar y llorar, mi alma lo suplica al cielo. Lo contengo todo, como siempre. Ella habla, yo no escucho. No la quiero escuchar, tiene toda la razón del mundo por defender lo que ella quiere, pero yo no quiero que lo haga. Ojalá no existiera ella, ojalá no existiera yo. Ojalá nunca hubiera conocido a Muriel, mi cabeza me da vueltas. Solo logro articular una palabra, una palabra de cobardes.
—Olvídame.
Anhaira me mira con la misma dureza. Me responde.
—Tú también a mi.
Se va, se marcha. Me ciega el odio, su necesidad de defender su relación, me hierve la sangre como el caldero de un gigante de fuego. Profiero una maldición de mi tierra, mis palabras escapan a mi control y murmuro el peor insulto que puedo decirle a alguien como ella.
—Vete, bruja dunzhan...
Relatos de Ayrin de Rashemen
Era todo más fácil. Antes. Cuando no había nada, no habían emociones. Cuando mis existencia solo conocía la penitencia, cuando mi alma no aspiraba a nada más. Ahora soy patética, una parodia de Ayrin de la que no queda ni rastro. Solo un torrente de emociones que me va a volver completamente loca, si es que no lo estoy ya.
—Algún día haré un viaje —oigo su voz tan cerca de mi, el tacto de su mano, la tranquilidad del infinito. No puedo evitarlo y sonrío.
—¿Dónde irás?
Ella me devuelve una sonrisa tan cálida que me siento culpable de mirarla, intento evitar sus ojos, pero no puedo.
—No lo sé. Al final me perderé para seguir aprendiendo.
Muevo la cabeza hacia el océano, oigo las furiosas quejas de las olas chocar contra los acantilados, sé que los espíritus nos escuchan. No puede ser de otro modo.
—El principio de un final.
Ella me vuelve a sonreír, le he robado las palabras de sus labios. Sus labios, los miro, me atraen. Deseo rozarlos, sentirlos, no puedo liberarme de su embrujo. Me ha hechizado, debe ser eso. Es una jazhrán, conoce los secretos de la magia y me ha hechizado. Quiero huir.
—He de irme.
—Nos veremos pronto.
Oigo las palabras de Muriel rechinando en mi cabeza, como el incesante penetrar del ácido en la madera. Me alejo de ella, pienso en lo que ha dicho, lo que he sentido, el tacto de su mano, su olor, su sonrisa y me voy dando cuenta de que yo también quiero volverla a ver. Y cuando pasa por mi mente ese deseo, siento odio por mi misma.
**********
Nunca había visto tantos orcos juntos, pero mi espíritu se alegra. Tengo ganas de matar y ser cruel. Cuando la sangre del primero me salpica la paladeo, noto como mi adrenalina estalla como un huracán ansioso. Oigo los gritos de Ender a mis espaldas, sus flechas silbar y abatiendo a las criaturas. Me doy prisa, no quiero que me robe su sangre, el calor de su último suspiro y sorber su muerte como una droga que me haga olvidar. No quiero pensar, quiero matar, porque sé que si pienso me volveré loca.
Dirijo mis saltos alrededor de los orcos, no me alcanzan, pero yo sí. He perdido la cuenta, sé que hay muchos y entonces el suelo tiembla. Me vuelvo contemplando el poder arcano de dos jazhranes, dos brujas que destrozan filas de orcos solo con el poder de su voluntad. La veo a ella y pierdo los estribos. Encierro la razón y tiro la llave, mis ojos palpitan como nunca y dejo que la maldición me posea. Nunca podré llegar a recordar cuantos orcos maté ese día, sí que al término de todo eso estaba completamente manchada de su sangre. Ni un ápice de mi cuerpo o espíritu estaba limpio.
No veo bien, mis ojos me han abandonado y mis oídos solo me traducen sonidos familiares que no identifico. Sé que son voces, pero no las entiendo. Mi cuerpo es un polvorín a punto de estallar, mi respiración se acelera y quiero seguir matando, me lo exige mi espíritu y yo misma. Si paro, pensaré, si paro todo volverá a empezar. Lo cerraré todo, volveré a ser insensible, a no sentir. Ha de ser así, no quiero volver a sufrir por nada ni nadie. Ser un monstruo de nuevo. Sí, es lo más razonable. Alguien me habla.
—¿Estás bien?
—A..Ayrin. ¿Q..qué te p..pasa?
Me sacudo de sus manos que intentan calmarme. No quiero que se acerquen, no quiero hacerles daño. Sé que algo pasará, siempre pasa. No tuve que venir con alguien, soy peligrosa. Otra voz de mujer, no me es familiar, y palabras de la magia.
—Dejadme probar a mi.
No sé que ocurre, noto como si una mano me arrancara de mi misma. Mi mente cae en una espiral tan violento que a punto estoy de perder el conocimiento, pero entonces oigo algo terrible y empiezo a verlos. Muertos, fantasmas, ecos de mi pasado. Son tan nítidos como cuando les maté, noto como si de un plumazo me hubieran arrancado todos mis esfuerzos para mantenerlos fuera de mi. Me van rodeando y sé que chillo histérica aunque no me oiga, pero algo peor me pasa. Ya no me controlo a mi misma, Ella lo hace y Ella me habla.
"Ayrin ya no está, solo yo, solo yo."
Mi espíritu se encoge.
"Llora, Ayrin, llora. Hacía años que no me dejabas salir. ¿Y sabes? Es un regreso glorioso. Mírale la cara a Ender, como tiembla al oírnos cantar nuestra canción. Pobres perritos, pobres perritos. ¿Recuerdas, Ayrin? Los cinco murieron..."
No, no. He de recuperarme, no puedo caer otra vez. Todos mis esfuerzos, yo te controlo a ti, no tú a mi. Soy fuerte, mucho más que tú. ¡Soy más fuerte que tú!
"No me superarás nunca, Ayrin. Pobre niña tonta, pobre asesina. Yo soy quien debes ser."
Quiero gritar, arrancarme estos ojos, estos ojos malignos e impongo mi voluntad a mi misma.
—Parece que se recupera —oigo una voz femenina, familiar. Es dulce, agradable. Yuliet.
Miro a mi alrededor, tengo los ojos dilatados. Está todo borroso, pero mi cabeza va demasiado rápido para mi cuerpo.
—¿He hecho daño a alguien? —puedo hablar, pero débil. Espíritus, soy tan patética.
—S..sólo a los o..orcos —Ender me responde. ¿Por qué siempre aquí? Siempre estás cerca. Gracias.
Tengo la mente turbia, me duele al recordarlo. Sé que estaba ahí Muriel conmigo, que me cuidó. También había otra, una jazhrán, supe quien era al instante, quien representaba para Muriel. Recuerdo que me dormí, no sé cuanto tiempo hasta que desperté unas horas después. Eso sí lo recuerdo y ojalá pudiera olvidarlo. Sus caricias, su abrazo que como una niña pequeña me tranquilizaba. Recuerdo esa sensación, la reconozco, mi corazón palpita, pero sé que no debe ser así. Nunca más debe ser así. Pero es.
**********
La sombra alargada del Hospicio vuelve a esconderme. Me resulta tan siniestro que no puede ser real, la oigo llegar. Camina con lentitud, seguridad, pero no reacciono. Tardo en reaccionar, ya estaría muerta. Ella me mira, yo le respondo con el mismo silencio. Es incómodo, no sé si ella siente lo mismo, pero me demuestra mayor seguridad. Estoy en desventaja.
—Tenemos que hablar.
Evito responder, no quiero hablar, quiero esconderme y desaparecer. Respondo una obviedad.
—¿De qué tenemos que hablar?
—Lo sabes bien. Sé lo que sientes. Han sido muchos los que lo han intentado, interponerse, ella y yo nos lo contamos todo. Somos uña.. y carne. La quiero con toda mi alma. No te interpongas, no vas a romper nuestra relación.
No sé que decir, sigo callada, no hay palabras.
—Te diré lo que vamos a hacer. No quiero que te vayas cuando me acerque, no quiero que te acerques a ella cuando no esté. No quiero que la busques. Se una persona más.
No logro identificar su tono, pero no percibo hostilidad. Sí miedo. Yo también lo tengo, es malo. Reacciono mal.
—No tolero que nadie me dicte lo que debo hacer, jazhrán —siseo venenosa, no pude contenerlo.
—No te estoy dictando nada. Las cosas son así.
Reprimo mi ira. Mi odio. Todo. Controlo el tono.
—¿Qué esperas que haga? ¿Qué me olvide? ¿Crees que a mi me gusta esto? ¿Qué es agradable?
Sé que ella me responde, yo hago lo mismo. Siento la mano de Hina en mi hombro, pero la ignoro. Tengo ganas de gritar y llorar, mi alma lo suplica al cielo. Lo contengo todo, como siempre. Ella habla, yo no escucho. No la quiero escuchar, tiene toda la razón del mundo por defender lo que ella quiere, pero yo no quiero que lo haga. Ojalá no existiera ella, ojalá no existiera yo. Ojalá nunca hubiera conocido a Muriel, mi cabeza me da vueltas. Solo logro articular una palabra, una palabra de cobardes.
—Olvídame.
Anhaira me mira con la misma dureza. Me responde.
—Tú también a mi.
Se va, se marcha. Me ciega el odio, su necesidad de defender su relación, me hierve la sangre como el caldero de un gigante de fuego. Profiero una maldición de mi tierra, mis palabras escapan a mi control y murmuro el peor insulto que puedo decirle a alguien como ella.
—Vete, bruja dunzhan...