duBal
Shevarasita que habla bajito
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SANGRE DE LOS VADIRIAN
[tab=30]Procedentes de la lejana Zhesk, los Vadirian se asentaron a las afueras de Esmeltaran alrededor del 1460, presentándose ante la sociedad amniana como un clan de mercenarios y artistas itinerantes. Aunque su aspecto de caravaneros nómadas y su carácter estepario despertaron ciertas reticencias entre algunas familias nobles de la capital del lago Esmel, la visión comercial de su cabecilla se impuso al efecto de su exótica presencia. Stergan, como así se llamaba, sirvió durante años al Príncipe mercader de Télflamm como espada de alquiler a lo largo del camino Dorado, lo cual le llevó a relacionarse con la amalgama de grupos humanos que habitan y recorren las tierras libres zheskianas. A espaldas del príncipe se asoció con bandas teiganas para asaltar caminos e invirtió los botines de sus escaramuzas con el fin de adquirir de los shou las exportaciones más preciadas de Kara-Tur. Cuando sus acciones llegaron a oídos de los consejos de mercaderes de la ruta dorada Stergan y sus hermanos menores ya se hallaban cruzando los bosques del Gran Valle, conscientes de que dejaban atrás un pasado repleto de riesgos y placeres.
[tab=30]La marcha de los Vadirian se detuvo al entrar en Amn. Desde hacía incontables años los lujos comunes del este habían sido mirados con ojos curiosos desde el oeste, algo que los zhayinos, entre otros, supieron aprovechar, y que Stergan no pensó en dejar pasar por alto. Habituado a la opulencia, al reconocimiento social y a las grandes juergas entre cortinas ribeteadas y almohadones de seda, el mayor de los Vadirian no estaba dispuesto a renunciar a su antiguo estilo de vida. La exitosa venta de los bienes de Kara-Tur, unido al indudable genio familiar para todo lo relativo a negocios y servicios, impulsó la entrada del clan en la aristocracia de Esmeltaran. Stergan abrió a empellones las puertas de la nobleza y, con la misma rapidez con la que entró y se recreó en sus jardines, pereció víctima de sus propios excesos, dejando viuda a su esposa Katira y huérfano de padre al niño fruto de esta unión.
[tab=30]Tras la conquista de la urbe por parte del emperador-liche Shun VII se cernieron tiempos aciagos sobre el clan zheskiano. Enferma, y viéndose incapaz de reunir lo que quedaba de una familia desunida por la distancia, las muertes y las deudas, a Katira le llegó una vejez prematura, y a principios del 1483 pasó finalmente a reunirse con el cuerpo de su difunto marido en el panteón dedicado a los Vadirian. Al cuidado de su mayordomo quedó un adolescente irreverente al que le fue legada una pequeña fortuna y todo el peso de un linaje.
LA DÁDIVA DEL MERCADER ERRANTE
[tab=30]Es fácil rendir culto al exceso cuando se es joven y adinerado, y más aún cuando esta inclinación se lleva en las venas. Aunque Emyl Vadirian heredó una porción de la serenidad de su madre, ya en su adolescencia libró internamente la primera batalla entre la razón y el libertinaje. Creció tratando de emular la endiablada destreza con el sable de un padre que no conoció, y pronto fue reconocido por ejercer una mala influencia sobre los hijos de la baja aristocracia de Esmeltaran. A pesar de hallarse bajo la tutela de su mayordomo, quien trataba de inculcarle un protocolo, la mansa personalidad de este se veía eclipsada por la del propio muchacho, cuyo don para las mentiras, en asociación con su hechizante gracia natural, le permitían hacer cuanto quería. Peleas, hurtos y fiestas hasta el amanecer junto a hombres de baja estofa que le triplicaban en edad marcaron los primeros descubrimientos del mundo que le rodeaba. Paralelamente fue desarrollando un gusto refinado por las obras de arte y el coleccionismo, lo que le llevó a moverse entre distintos círculos, participando en reuniones distinguidas de día y en desenfrenadas veladas al caer la noche. Fue en uno de estos intervalos donde se le presentó el hombre que cambiaría, quién sabe si para siempre, el curso de su historia: Imbar, el mercader errante.
[tab=30]Retiro de Shazzelim era, curiosamente, el refugio preferido de Emyl para esparcirse en sociedad. Una tarde, encontrándose en uno de los reservados de la posada, recibió a un anticuario que decía vender objetos raros, poco demandados por la gente común pero de un valor incalculable. Entre las risas humillantes de sus acompañantes el hijo de Stergan y Katira le arrebató uno de tales artículos y le dijo que tan solo pagaría la mitad de lo exigido, alegando ante el mercader que únicamente se trataban de simples antiguallas. Sin mostrar sentimiento alguno frente al desprecio y la desvergüenza del muchacho, Imbar aceptó el trato y se esfumó entre la multitud.
[tab=30]Una semana después el mayordomo de los Vadirian abrió las puertas de la finca familiar a un visitante inesperado. El mercader errante aguardaba fuera, trayendo consigo un paquete de gran tamaño. Implorando las disculpas del joven de la casa Imbar rasgó el envoltorio y enseñó un espejo barroco, destacado por un marco de obsidiana cuyas volutas tan curvadas y alargadas formaban perfiles imposibles. Lo denominó el Espejo de Hatarti y aseguró que en sus siglos de antigüedad había estado ayudando a sus propietarios con sus propiedades adivinatorias. En su vanidad, el muchacho Vadirian aceptó el regalo y reconoció que aquel objeto sí era digno de su interés, aprobando a su vez el perdón del mercader.
[tab=30]Esa misma noche, sentado en su salón al calor de la lumbre, se dedicó a observar el espejo copa en mano. Con los rayos de la luna filtrándose por el cortinaje de los ventanales el cristal, antes claro e inmaculado, comenzó a adoptar cualidades aceradas. Extrañado, Emyl se levantó del sofá y se acercó para tocar con los dedos la superficie del espejo. Fue entonces cuando los fuegos del hogar titilaron unos segundos antes de extinguirse dejando toda la estancia devorada por la más terrible oscuridad. La mano del muchacho quedó atrapada dentro de un cristal que se deformaba en una masa viscosa, de la cual emergió una especie de materia negra que pasó a escalar por su cuerpo hasta penetrar en las entrañas a través de la boca. Absorbido enteramente por el espejo el joven Vadirian fue transportado a un lugar de tinieblas. Allí se le mostró una silueta oscura e informe, saturada de energía y poder; una entidad desconocida que le arrebató el alma y le maldijo obligándolo a ser su súbdito en el plano material, actuando como caballero de la oscuridad para el resto de sus días.
[tab=30]Acababa de ser expulsado del plano de las Sombras.
[tab=30]No volvió a saber más del mercader errante. Imbar solo era una de las tantas identidades de Arathluth, un malógrym, una clase de engendro misterioso, un Maestro de las Sombras. Su frío castigo condenó a Emyl a la servidumbre, dándole una lección de vida pero también de muerte. El cuerpo del mayordomo apareció sin aliento junto al recibidor de la casa, la antesala de un infortunio mayor. Ignorante de su nueva realidad, Emyl trató de enfrentar a un poder que no comprendía y del que no sabía nada. La ruina pasó a cebarse a partir de entonces con las posesiones familiares de los Vadirian e, impotente ante la situación y sin capacidad para asumir las sucesivas deudas, el joven lo perdió todo. Sus viejos círculos le dieron la espalda y solo, a cuestas con su fama sombría, terminó tiempo después recogiendo los pocos enseres que pudo cargar y se aventuró hacia el noroeste, hacia Athkatla, rumbo a un nuevo comienzo o, mejor dicho, a un nuevo enfrentamiento entre su naturaleza libre zheskiana y la obligación de servir a un ente superior que poseía lo último que se puede vender.
[tab=30]Referencias:
PERSONALIDAD
[tab=30]Es un aristócrata gamberro, un bohemio, un cínico y un libertino. Todos estos rasgos, que juntos podrían causar el mayor de los rechazos, están controlados por un temperamento lúcido y una maldad racional. Los hechos acontecidos en su vida, en especial desde el momento de su maldición, le han hecho madurar en el modo en el que se relaciona con los demás, volviéndolo más precavido y cortés – aunque a veces sea falsamente - y menos tosco que en su etapa adolescente. En cierto modo se puede decir que ha aprendido a usar su ingenio y su sarcasmo y a observar como un zorro más que a rugir como un león. Sin embargo, tal lección no ha estado exenta de otros efectos colaterales. Al no estar en posesión de su alma ha llegado a interiorizar su destino hasta tal punto que ahora posee una visión más desengañada y sombría de la vida, pues poco le queda que perder. Dicho cambio le puede llevar a una ambición desmedida o a una lenta caída hacia los pozos más oscuros de la bajeza humana.
DESCRIPCIÓN FÍSICA
CARISMA BASE 14.
[tab=30]Una mirada de aguamarina se hace notar. Los párpados que la resguardan la vuelven más profunda, punzante incluso, se percibe tras ella una vida que ha podido ser intensa. El hombre a la cual pertenece se muestra pulcro y acicalado, sin embargo tiene un aire peculiar, agreste, indómito. Tal vez sea su peinado cosaco, afeitado por los lados y ladeado por arriba, lo que le da cierto exotismo, o quizá sea su sonrisa de bribón la que contrasta con su porte de noble. Su cabello es rojo anaranjado, similar al tono apagado de un hierro candente. Las manchas faciales típicamente asociadas a su condición de pelirrojo son, en su caso, tirando más a un color parduzco que, sobre su piel – demasiado castigada para un joven de su edad-, casi se acercan más al aspecto de unas manchas solares. Si bien su tez se ve más curtida que jovial, esto no le resta atractivo. Es apuesto y su apariencia resalta dicha característica.
[tab=30]Su vestir lo define. Habitualmente aparece ataviado con una camisa clara y por encima un caftán sujeto a la cintura con bandas de tela, de donde cuelgan un sable pesado y un puñal. Cuando el atuendo es más ligero e informal tiende a usar tan solo camisa y pantalón bombacho. Cualquiera de sus prendas va siempre acompañada de unas botas de cuero a las que da lustro y por las que parece sentir especial predilección. No resulta complicado deducir que aprecia la calidad, aun si esta está por encima de sus posibilidades. Puede vérsele sin un solo dánter en los bolsillos pero rara vez sin ropa de buena costura o abalorios destacables. Tiende a oler a perfume dulzón, cuando no a té ahumado u otros aromas orientales; a veces estos olores pueden quedar solapados entre el fuerte del tabaco y la peste a alcohol.