Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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Allá en la cima de los cielos, impertérrita y hermosa, danzaba ella envuelta en un manto de estrellas. A veces desnuda, otras veces cubierta; por ella conocía el paso del tiempo y bajo su radiante protección obraba. Era una luz más cándida la suya, comparada con el astro rey. Era una belleza que se podía contemplar sin herir la vista.
No era de extrañar que a la luna se le atribuyera la custodia de los secretos y los augurios. El bosque parecía más frondoso e insondable durante aquellas noches en las que se escondía, y esto desanimaba a menudo la curiosidad ajena. Aquellos que hacían de aquella fronda su hogar sabían aprovechar esto en su beneficio. No era posible buscarles a no ser que desearan ser encontrados.
Durante aquellos años aprendió muchas cosas. Aprendió a convivir con la soledad, a quererla y a apreciar el valor del silencio. En la soledad, los actos de uno mismo adquieren un valor absoluto y la conciencia se convierte en el único juez. Es una maestra inestimable y a la vez desoladora para las voluntades más débiles, que ven en ella una enemiga. De ella se sacaba el conocimiento de la paciencia y la desesperación, dos caras de una misma moneda sin la cual resultaba imposible comprender el auténtico valor de la vida.
Otras cosas, sin embargo, las aprendió a través de él. Había ciertas cosas que el bosque y la luna eran incapaces de enseñarle. La historia, las lenguas, por ejemplo. Ella atesoraba con mimo y devoción cuantos libros recibía, los leía una y otra vez. El tiempo pasaba volando durante las noches en las que le acompañaba, le acribillaba a preguntas y luego llenaba sus horas de vigilia escuchando sus relatos. Leyendas, cuentos, lecciones de magia arcana. En cierta forma era privilegiada por contar con un mentor que se molestaba en visitarla, aunque fuera tan sólo unas cuantas veces durante el año.
No había pasado mucho tiempo desde la última lección, un par de meses. En aquella noche, sentados frente a un pequeño fuego que ya agonizaba, la joven permanecía atenta y pendiente de cuanto le dijera el elfo. Nadie les molestaba en aquel pequeño refugio, puesto que se hallaban en la profundidad del bosque y por el camino se escondían numerosas runas y guardias que alertaban de cualquier intrusión.
El elfo hablaba con parsimonia y sus explicaciones iban acompañadas de gestos cadenciosos. Ella escuchaba, abrazando sus rodillas mientras apoyaba su mentón en sus antebrazos. Una media sonrisa adornaba sus facciones.
Tenían todo el tiempo del mundo. La noche era larga y la luna era la única espectadora de aquella pequeña reunión. Era su protectora y a la vez confidente, la guardiana de sus secretos.
No era de extrañar que a la luna se le atribuyera la custodia de los secretos y los augurios. El bosque parecía más frondoso e insondable durante aquellas noches en las que se escondía, y esto desanimaba a menudo la curiosidad ajena. Aquellos que hacían de aquella fronda su hogar sabían aprovechar esto en su beneficio. No era posible buscarles a no ser que desearan ser encontrados.
Durante aquellos años aprendió muchas cosas. Aprendió a convivir con la soledad, a quererla y a apreciar el valor del silencio. En la soledad, los actos de uno mismo adquieren un valor absoluto y la conciencia se convierte en el único juez. Es una maestra inestimable y a la vez desoladora para las voluntades más débiles, que ven en ella una enemiga. De ella se sacaba el conocimiento de la paciencia y la desesperación, dos caras de una misma moneda sin la cual resultaba imposible comprender el auténtico valor de la vida.
Otras cosas, sin embargo, las aprendió a través de él. Había ciertas cosas que el bosque y la luna eran incapaces de enseñarle. La historia, las lenguas, por ejemplo. Ella atesoraba con mimo y devoción cuantos libros recibía, los leía una y otra vez. El tiempo pasaba volando durante las noches en las que le acompañaba, le acribillaba a preguntas y luego llenaba sus horas de vigilia escuchando sus relatos. Leyendas, cuentos, lecciones de magia arcana. En cierta forma era privilegiada por contar con un mentor que se molestaba en visitarla, aunque fuera tan sólo unas cuantas veces durante el año.
No había pasado mucho tiempo desde la última lección, un par de meses. En aquella noche, sentados frente a un pequeño fuego que ya agonizaba, la joven permanecía atenta y pendiente de cuanto le dijera el elfo. Nadie les molestaba en aquel pequeño refugio, puesto que se hallaban en la profundidad del bosque y por el camino se escondían numerosas runas y guardias que alertaban de cualquier intrusión.
El elfo hablaba con parsimonia y sus explicaciones iban acompañadas de gestos cadenciosos. Ella escuchaba, abrazando sus rodillas mientras apoyaba su mentón en sus antebrazos. Una media sonrisa adornaba sus facciones.
Tenían todo el tiempo del mundo. La noche era larga y la luna era la única espectadora de aquella pequeña reunión. Era su protectora y a la vez confidente, la guardiana de sus secretos.