duBal
Shevarasita que habla bajito
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Tomo la libertad con poder,
El deseo con decisión,
El final con osadía.
Tomo el respeto con miedo,
La venganza con destrucción,
El horizonte por conquista.
Tomo todo lo que quiero, porque soy un cuervo de Talos,
Y mis alas son alas de muerte.
El deseo con decisión,
El final con osadía.
Tomo el respeto con miedo,
La venganza con destrucción,
El horizonte por conquista.
Tomo todo lo que quiero, porque soy un cuervo de Talos,
Y mis alas son alas de muerte.
Código de los Cuervos de la Destrucción.
Descripción.
Poco importa de qué lado se le observe, pues toda su persona está revestida con un aire de firmeza y brutalidad. Por su piel se aventuran cicatrices y tatuajes que actúan como señales identificativas; claramente es un hombre curtido en costas y parajes inhóspitos. A pesar de su juventud sus facciones parecen haberse amoldado a su forma de vida. Lucen bellas, pero duras, como las de los bustos de templos dedicados a dioses ariscos. Tanto su melena rubia, recogida con coletas simples o trenzadas, como su barba, ayudan a agrandar este aspecto recio. Sus expresiones pueden llegar a cambiar con la facilidad del clima del que procede, emanando de su ojo azul eléctrico el resto de su carácter. Cabe destacar que la cuenca del otro, el derecho, la lleva siempre cubierta por un parche negro ajustado con tres tiras.
[Suficiente conocimiento sobre religión serviría para deducir que se debe a una tradición clerical talosiana y que, por tanto, no necesariamente es ciego de ese ojo]
Habitualmente se puede ver su cuerpo alto y fuerte embutido con placas y mallas de metal oscuro, combinadas estas con cuero y ocultas entre pieles con pelaje de animales, tales como el oso, el lobo o la cabra. Algún símbolo que parece invocar al relámpago y broches de oro y plata adornan su indumentaria; también lo hace un medallón central que lo distingue como clérigo de Talos. Gusta de llevar ornamentos rituales. A sus colgantes se le une el simbolismo de tatuajes ya mencionados, los cuales van desde cuervos a representaciones de sinuosos wyvernos o lágrimas y runas de poder de color azul.
[Suficiente conocimiento sobre religión serviría para deducir que se debe a una tradición clerical talosiana y que, por tanto, no necesariamente es ciego de ese ojo]
Habitualmente se puede ver su cuerpo alto y fuerte embutido con placas y mallas de metal oscuro, combinadas estas con cuero y ocultas entre pieles con pelaje de animales, tales como el oso, el lobo o la cabra. Algún símbolo que parece invocar al relámpago y broches de oro y plata adornan su indumentaria; también lo hace un medallón central que lo distingue como clérigo de Talos. Gusta de llevar ornamentos rituales. A sus colgantes se le une el simbolismo de tatuajes ya mencionados, los cuales van desde cuervos a representaciones de sinuosos wyvernos o lágrimas y runas de poder de color azul.
Personalidad.
Engra es un hombre enérgico y apasionado; cruel y violento. Puede mostrar frialdad y serenidad, pero tarde o temprano habrá algo que agite sus extremos. Tiene una de esas personalidades que irradian e inspiran, siendo capaz de arrastrar a otros hacia su punto de vista con tan solo pura convicción. No le preocupan en absoluto las formas, pese a ser oscuramente astuto e inteligente. Asume riesgos, pero posee mucha presencia, incluso cuando lleva estos riesgos hasta el límite.
También es un hombre leído y cercano a sus costumbres y su cultura. Como modelo de contrastes es capaz de buscar lo que cree mejor para los suyos y a la vez casar lo místico de su espíritu con un impulso guerrero de muerte, sacrificio y barbarie.
También es un hombre leído y cercano a sus costumbres y su cultura. Como modelo de contrastes es capaz de buscar lo que cree mejor para los suyos y a la vez casar lo místico de su espíritu con un impulso guerrero de muerte, sacrificio y barbarie.
El comienzo de la senda.
Soy un hombre del norte. Nací siéndolo, bajo la amenaza de nubes grises y con unos brazos fuertes por sostén, y lo seguiré siendo, más allá, incluso, de esta vida. Porque en mi cultura el linaje es algo de lo que no puedes escapar. Vayas donde vayas, sea cual sea el sendero que termines por hollar, tu linaje siempre estará presente. Cuando viajes por tierras extrañas serás visto como un bárbaro, y lo reafirmarán en el momento que escupas sobre sus tumbas. Tus días seguirán siendo intensos, aunque te rindas al lujo y los placeres. Y, al asomarte por el marco de cada ventanal, continuarás viendo a lo lejos los fantasmas de tus viejas tradiciones.
Todo esto lo aprendí cuando a una edad temprana me arrancaron de las faldas de mi madre para enseñarme a sobrevivir. Descubrí, al amparo de los abetos, que el invierno es más duro para aquellos que no lo conocen, y que los lobos son más fieros con quienes no muestran sus dientes. Surcando las aguas bravas de los mares septentrionales vi de cerca el rostro de los muertos, y en el puerto de Luskan el graznido de las gaviotas me recordaba la sensación de estar cerca de intercambiar un botín por noches de festejos, aun cuando podía contar los pelos de mi mentón con los dedos de una mano. En mis carnes experimenté cosas indecibles, desde embrujos que rozaban el alma hasta sufrimientos propios de un guerrero castigado por sus victorias y sus derrotas. Y con todo ello, fuese en la distancia o en la cercanía, me situaba en la línea de mis orígenes.
Una noche, siendo todavía un imberbe y necio zagal, me adentré en el santuario talosiano de un clan para robar su ídolo bañado en oro. Al amanecer yacía rodeado por sacerdotes y acólitos, con mi cuerpo maltrecho arrastrando el barro hasta un acantilado de la costa, lugar donde me ataron a unos postes para servir de sacrificio al Señor de la Tormenta. Allí, sin suplicar, levanté la vista y volví a ver las nubes arremolinarse sobre mi cabeza. Sentí mis experiencias pasadas mezclarse entre mi mente y mis sentidos; el aire transportando los olores de mi tierra y el frío recorriendo mis huesos rotos. Era mi fin. Después, los cánticos fueron acallados por el estallido de los relámpagos. A un lado fueron cayendo rayos, uno tras otro, pero ninguno sobre mí. Sobreviví, aquella mañana, al ritual. Talos, el Destructor, me eximió frente a la atónita mirada de sus clérigos. Y así fue como comenzó mi verdadera historia, y la historia para con los míos.
Soy Engra eth Drakyr. Un hombre del norte, y también un cuervo. Sentado ahora frente al lago de Ideepton evoco mi pasado y contemplo mi futuro. Mis iguales también lo hacen. No encontramos indiferencia a nuestro paso. La huella de nuestro dios penetra en los corazones.
Todo esto lo aprendí cuando a una edad temprana me arrancaron de las faldas de mi madre para enseñarme a sobrevivir. Descubrí, al amparo de los abetos, que el invierno es más duro para aquellos que no lo conocen, y que los lobos son más fieros con quienes no muestran sus dientes. Surcando las aguas bravas de los mares septentrionales vi de cerca el rostro de los muertos, y en el puerto de Luskan el graznido de las gaviotas me recordaba la sensación de estar cerca de intercambiar un botín por noches de festejos, aun cuando podía contar los pelos de mi mentón con los dedos de una mano. En mis carnes experimenté cosas indecibles, desde embrujos que rozaban el alma hasta sufrimientos propios de un guerrero castigado por sus victorias y sus derrotas. Y con todo ello, fuese en la distancia o en la cercanía, me situaba en la línea de mis orígenes.
Una noche, siendo todavía un imberbe y necio zagal, me adentré en el santuario talosiano de un clan para robar su ídolo bañado en oro. Al amanecer yacía rodeado por sacerdotes y acólitos, con mi cuerpo maltrecho arrastrando el barro hasta un acantilado de la costa, lugar donde me ataron a unos postes para servir de sacrificio al Señor de la Tormenta. Allí, sin suplicar, levanté la vista y volví a ver las nubes arremolinarse sobre mi cabeza. Sentí mis experiencias pasadas mezclarse entre mi mente y mis sentidos; el aire transportando los olores de mi tierra y el frío recorriendo mis huesos rotos. Era mi fin. Después, los cánticos fueron acallados por el estallido de los relámpagos. A un lado fueron cayendo rayos, uno tras otro, pero ninguno sobre mí. Sobreviví, aquella mañana, al ritual. Talos, el Destructor, me eximió frente a la atónita mirada de sus clérigos. Y así fue como comenzó mi verdadera historia, y la historia para con los míos.
Soy Engra eth Drakyr. Un hombre del norte, y también un cuervo. Sentado ahora frente al lago de Ideepton evoco mi pasado y contemplo mi futuro. Mis iguales también lo hacen. No encontramos indiferencia a nuestro paso. La huella de nuestro dios penetra en los corazones.