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Entre el bien y el mal (Relatos de dos mundos)

Davigochi12

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El primer beso​


Su presencia me envolvió antes incluso de tocarme.

El miedo no era abstracto: tenía peso, volumen, una forma definida que reclamaba su lugar en la estancia. La figura del vampiro no necesitaba amenazar; le bastaba con estar allí. Sentí su cercanía antes incluso del contacto. El peso de su acecho, como si desde la distancia pudiera medir no solo mi pulso, sino también mi voluntad.

Cuando obligada expuse el cuello por el peso de mis propias decisiones, el vértigo me recorrió entera. Y lo peor era saber que yo era mi propio verdugo en aquella situación. La piel era blanda, vulnerable, …delatora. Mi pulso galopaba desbocado, y por primera vez, aquel pago me pareció desmesurado. El pensamiento “
huye” se abría paso con fuerza en mi mente… y, aun así, no fui capaz de moverme.

En realidad, ya lo sabía; no hubo escapatoria desde el mismo instante en que incliné la cabeza. Exponer el cuello era un mero trámite... No había elegancia ni voluntariedad, solo rendición.



Entonces me tomó.​


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Me atrapó contra él con firmeza absoluta.
Su cuerpo era una frontera cerrada; su agarre no pedía permiso, ni tampoco ofrecía consuelo. Tomaba lo que era suyo, lo que la deuda contraída le concedía.


No hubo cuidado.
No hubo delicadeza.

Sentí su aliento rozarme el cuello y su boca sobre mi piel. Ese instante suspendido antes de incidir fue deliberadamente cruel, casi insoportable.


Después, la mordida.

No miré. Mirar habría sido concederle forma, y yo no estaba allí para comprender, sino para pagar.


Era preciso; calculadamente despiadado. El dolor me arrancó un gemido que apenas pude contener. Los colmillos atravesaron la carne con violencia, una invasión directa y premeditada que me dejó sin aliento. Su presión era profunda, constante, y la forma en que bebía —
sin pausa— me hizo estremecer contra él.


No pedía

No dudaba.

No se disculpaba.

Tomaba.


La debilidad llegó rápido. Las piernas flojas, el temblor incontrolable, la lividez, la sensación de que el mundo se estrechaba alrededor de un único punto de calor: La herida, …y sus labios. La sangre se escapaba de mí y con ella mis fuerzas. Y, sin embargo, la mente permanecía alerta. Consciente de cada instante y, sobre todo, de lo que despertaba en mí aquella criatura: el deseo de dejar de luchar. De entregarme por completo a esa figura que dominaba mi ser.


Dolía.
Dolía de verdad.


Y aun así, en lo más hondo, supe que no quería apartar el cuello. Que había algo intoxicante en sostener ese juego peligroso, en provocar a la encarnación de la muerte. Sentir el filo del final rozarme… y no bajar la cabeza. En querer ir siempre un poco más allá del límite.


Cuando por fin se apartó, el vacío fue brutal. Mi cuerpo cedió de inmediato, tembloroso, respirando con dificultad mortecina.



La deuda quedó saldada.
La herida, abierta.




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Yo me llevé conmigo algo peor que su marca: la certeza -indecorosa y repudiable-de haber deseado, aunque fuera un instante, no sobrevivir intacta al abrazo de la bestia. Nunca admitiré lo cerca que estuve de inclinarme más. Nunca diré en voz alta cuánto me costó separarme de ese instante suspendido entre el pago de una deuda y el anhelo.


Pero sobre todo jamás reconoceré aquello que floreció en lo más hondo e íntimo de mi ser: el deseo secreto de no apartar el cuello.
 

Davigochi12

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Infancia y color

Aquel día entré al hospicio con la sensación de estar cruzando un umbral distinto al de la última vez.​



Me adentraba en un lugar en donde por unas horas, no tenía que ser nada en concreto: No una artista, no una dama, no un objeto de deseo, o una aprendiza... Allí, rodeada de niños, no hacía falta fingir ni sostener ninguna máscara en mi rostro.

No había normas, ni etiqueta.
Solo tiempo, sencillez e inocencia: lujos de los que hace mucho no podía permitirme disfrutar.

Cuando entré en la sala los niños ya me esperaban alrededor de las mesas. Me miraron con esa mezcla de curiosidad y confianza que desarma hasta al más inalcanzable.

Les expliqué lo justo, sin tecnicismos, ni correcciones innecesarias. No quería imponer nada. Quería que ellos, y yo, pudiéramos saborear la libertad. Pronto la sala se llenó de risas, de manos manchadas y de pinceles. Yo también me manché, y jugué dejándome llevar …y para mi sorpresa, encontré alivio.

Les hablé de los colores como si habláramos de juegos. De cómo podían mezclarlos sin pedir permiso, …o sin pedir perdón. De cómo no pasaba nada si algo salía “mal”. Los observé fascinada inclinarse sobre el papel con concentración absoluta, olvidándose del mundo.

En ese abandono reconocí algo en mí. Algo que hacía tiempo no me permitía sentir.

Cuando les propuse dibujar al padre Dick, todos aceptaron con entusiasmo. Algunos lo miraban como a un héroe cercano; otros simplemente como a alguien bueno que siempre estaba ahí. Lo dibujaron a su manera, sin preocuparse por proporciones ni parecido. Figuras grandes, pequeñas, torcidas, llenas de color. Cada dibujo distinto, y todos honestos.

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Había gratitud en cada trazo, una admiración sencilla, palpable y profunda.


Yo también tomé un papel y dibujé. Mientras lo hacía, sentí gratitud y una admiración, algo difícil de explicar. Tal vez porque en aquel hombre, en el padre Dick, veía algo que yo misma había echado de menos en otros momentos de mi vida: constancia, pertenencia, afecto... Alguien que no se va, que no te abandona…



¿Por qué todos los que alguna vez me fueron importantes se habían ido? ¿Acaso no era yo también como esos niños? ¿Dónde estaba mi héroe al que admirar?


Cada niño escribió su nombre con cuidado en su dibujo, firmando su obra. Al recogerlos sentí un impulso claro, casi físico, de protegerlos. No desde la lástima, sino desde el deseo y la nostalgia. Sabía lo que era sentirse sola, abandonada, invisible. Y precisamente por eso deseaba que ellos no lo estuvieran, que no lo sintieran… Eran inocentes, como yo lo fui en su día.

Cuando el bullicio ya se había calmado y los niños estaban de nuevo ocupados en otras cosas, logré escabullirme a los despachos y dejé todos los dibujos sobre la mesa del padre Dick.

Antes de abandonar la estancia sentí un impulso difícil de explicar.
Había estado trabajando en aquella acuarela a la vez que los niños en la suya. No supe muy bien por qué, pero quise dejársela.

Así que abrí el cajón del padre Dick con cuidado, consciente de mi atrevimiento, y deposité la acuarela dentro; sin envolverla, sin nota alguna. No como un regalo, sino por capricho: Uno de esos gestos que no piden respuesta, ni buscan agradecimiento o reconocimiento; de esos que tratan de pasar inadvertidos.

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Cerré el cajón y me quedé un instante quieta ¿Había sido solo un impulso? ¿Tal vez una necesidad egoísta de dar algo a quien da tanto sin pedir nada por el mero placer de sentirme mejor conmigo misma? No lo sabía... Sea como fuera, para mi estaba bien así. Había cosas que no necesitaban explicación, …o que no debían depender de la lógica.

Al despedirme, los niños me abrazaron. Me pidieron que volviera. Y yo, incapaz de negarme les prometí hacerlo, y a la vez me prometí a mi misma que no sería una promesa vacía. Salí del hospicio cuando el sol ya empezaba a bajar, con las manos aún manchadas del mismo color del ocaso.



Mientras me alejaba, pensé en mis responsabilidades, en mi trabajo, en las penas que arrastro conmigo... Pero aquel día había sido un paréntesis necesario.
Un recordatorio de que existen lugares donde no hace falta aparentar nada. Donde la pureza y la libertad todavía existen. Donde el mal parece no saber cómo entrar.
Y supe, con una claridad casi cegadora, que los niños deben ser protegidos. Siempre. Porque cuidarlos también es una forma de cuidar aquello que aún permanece puro en el mundo… aunque en mí ya no quedara nada de eso.
 
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Davigochi12

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Esmeraldas sobre la piel.​


Aguardaba junto a la fuente su llegada, aunque sabía —desde antes incluso de verme reflejada en su superficie cristalina— que aquella noche no pasaría inadvertida a ojos de nadie.

El vestido azul cielo y dorado había sido una elección premeditada; ceñía mi cuerpo con una osadía que rozaba lo lícito; con un escote vertiginoso que parecía sostenerse más por la férrea voluntad del tejido que por arquitectura en la costura.
No era vulgar, pero tampoco casto, ...y mucho menos inocente.

¿Tan malo es querer sentirse deseada?


Cuando finalmente arribó Dick lo primero que nació de sus labios fueron palabras amables:

—Hoy está especialmente hermosa, dama Eileen; seré el hombre más envidiado de toda la boda.— Dijo, arrodillándose para besar mi mano. —¿Me permitís una cosa?

Asentí.
—Solo… pedidla, estimado.


Y lanzó aquella cuestión mortificante; aquella que en tantas ocasiones había puesto en jaque a más de un corazón anhelante; una que en otros contextos resultaría devastadora, …pero que en aquel momento, y sin saber yo porque, se sentía como un bálsamo:
—¿Confía en mí?


No dudé.
—Confío en vos, en el mismo grado que vos vertéis en mí vuestra confianza.
Sabía que mis palabras eran ambiguas; lo fueron deliberadamente. Un pequeño juego, inocente en apariencia… peligroso en el fondo. Como una hermosa flor que se protege con enredaderas.


Entonces me pidió que me diera la vuelta, y yo lo hice. Mantuve la sonrisa pese a lo osado de la petición. Giré con elegancia, casi cual danza, desde la punta de mis pies, liberándole de mi mirada para conceder la retaguardia.
Y entonces ocurrió. Sentí el contacto en mis hombros, el roce leve del noble metal, y luego un peso que descendió sobre mi pecho.
Me sobresalté al notar el collar cerrarse en torno a mi cuello, llevando de inmediato la mirada hacia las esmeraldas que centelleaban contra mi piel.



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Finalmente eran mías...
Eran preciosas; y no solo bellas: Ostentosas.
...Demasiado para que un clérigo de Ilmater pudiera permitírselas.


Las contemplé unos instantes, asombrada por su belleza. El verde profundo contrastaba con mi piel, reclamándola, realzándola. Sentí una punzada de satisfacción cálida nacerme bajo el esternón.

Lo había logrado. Si
No con exigencias.
No con palabras.
Solo siendo… yo.


Me volqué hacia él en un arrebato espontáneo, iba a decir algo, pero se me adelantó... Cuando me miró a los ojos, su expresión me detuvo, silenciándome en el acto; y dijo:
—Quiero pedirte mi perdón más sincero por cómo actué el otro día. No te lo merecías; eres una magnífica mujer y no supe estar a la altura del momento. Perdóname, Eileen.


Algo se apretó dentro de mí. No era triunfo. Era… ¿Gratitud? ¿Reconocimiento? ¿Alivio?.
Sin pedir permiso, sin esperar más réplicas, le abracé. Un afecto sincero, nacido de un impulso momentáneo que buscaba corresponderle. Y... sin embargo, pese a obtener lo que quise, una chispa de ambición despertó en mi
¡Quería más!
—Acepto vuestras disculpas... Pero… os pondré una condición. Solo hoy… y espero la aceptéis. Me gustaría que hoy fuerais vos; un simple hombre… y yo, una dama, que van juntos a la ceremonia de compromiso de unos queridos amigos. ¿Podéis, solo por hoy, por esta noche, desprenderos de la capa… y dejar que vuestras prendas luzcan sin óbices a la vista?


Sabía lo que significaba aquella capa. Lo sabía demasiado bien.
—Oh claro, lo que me pidáis.— Respondió de forma diligente.


Y vi cómo la doblaba con cuidado y la deja al lado de la fuente.
Sentí una punzada de victoria… y otra de …¿Culpa?. Pedirle que se quitara la capa no fue un gesto trivial. No era tela lo que descansaba sobre sus hombros, sino voto. Dolor asumido. Fe. Aquella prenda hablaba antes que él, lo precedía, lo protegía… y también lo separaba de mi influjo.


Yo lo sabía. Y por eso se lo pedí.

No como desafío abierto, ni como burla, sino como un desquite silencioso. Porque el otro día su propia fe había juzgado mi vanidad como un exceso, como un pecado. Me había ofendido.
Y... esta noche deseaba equilibrio.

Que él dejara atrás los símbolos por unas horas.
Que no fuera Ilmater quien caminara a mi lado, sino un hombre.
Y que yo fuera simplemente una mujer.

No buscaba romper su creencia, solo apartarlas lo suficiente para que ambos pudiéramos respirar sin juicios de moral. Para que todo fluyera. Para que yo fluyera.

Me sentí hermosa.
Deseada.
Satisfecha.

Y, al mismo tiempo, inquieta.
Tal vez había pedido demasiado.
Tal vez no...


Pero mientras Sus pasos acompañaban los míos camino a la ceremonia, pensé que algunas cosas bellas…

…comienzan siempre en el mismo lugar en donde nace la duda.
 

Davigochi12

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MUROS QUE SE DERRUMBAN​


Cuando Dick me ofreció su mano para bailar, lo hizo con una timidez que contrastaba con la solemnidad habitual de su porte. Acepté con una sonrisa. La música llenaba la pista con un ritmo suave y envolvente, las luces temblaban sobre los cuerpos en movimiento y el murmullo de la celebración se diluía mientras nos alejábamos del grupo.

Su mano se posó en mi cintura, guiada por mi, con una torpeza que rozaba lo cómico, mientras la mía descansó sobre su hombro siguiendo un protocolo que ya había repetido demasiadas veces en mi niñez.

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Bailamos.

Nuestros cuerpos se movían al compás, próximos. No había prisa, solo ese vaivén lento que obligaba a acompasarse al otro, a ceder tu ritmo, y a hacerlo respirar con el de la pareja.

Sentí cómo su respiración cambiaba poco a poco mientras nos mecíamos. Me observaba con una atención ...distinta. Aquello era agradable. Inofensivo. Exactamente como debía ser.




Y sin embargo… Había algo en su forma de mirarme que no encajaba.
¿Había hecho yo algo indebido sin darme cuenta? ¿Había provocado de más sin pretenderlo? Busqué el error en mis gestos, repasé mentalmente mis palabras, sopesé sobre alguna sonrisa mal dedicada... No lo encontré la respuesta.
El vino enturbiaba mis pensamientos, suavizaba mis intuiciones. La música nos acompañaba y, en algún punto, dejé de contar los pasos, de anticipar....y empecé a dejarme llevar.


Por un instante, me permití no ser la mujer que calculaba; ser solo una más en la pista. Bailando. Divirtiéndome. Disfrutando.


Cuando nuestras miradas se encontraron, el mundo alrededor se volvió borroso. La música descendió y el silencio entre ambos se volvió demasiado elocuente; palpable. Noté cómo su mano se afirmaba apenas un poco más sobre mi cintura, como quien necesita armarse de valor aferrándose a algo sólido.


Me miró de forma profunda. No intentaba impresionarme, ni dominar. Me observaba como si yo fuera un milagro: no algo que poseer, …sino algo por lo que agradecer.


Eso me desconcertó.

Porque yo sé manejar el deseo.
Sé torcer la ambición.
Sé anticipar la codicia.

Pero la bondad… la bondad no sigue reglas. Solo es.


Tal vez fuera el vino —dos copas, quizá alguna más generosa de lo prudente— lo que aflojó mis límites. O tal vez fue el ambiente festivo, esa ligereza engañosa que invita a olvidar y a desinhibirse. El caso es que cuando se acercó, no lo vi venir... Y... antes de que pudiera ordenar mis pensamientos, sus labios rozaron los míos.


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Me quedé inmóvil. Un segundo. Tal vez dos.



Sentí el roce inesperado de sus labios y el mundo se contrajo hasta ese punto mínimo entre ambos. La música quedó lejos. Las luces se disolvieron. Incluso mis pensamientos —siempre tan ruidosos— callaron de golpe.





El contacto fue cálido, lento, sorprendentemente dulce. No me tomó; me alcanzó. Y en ese momento algo en mi interior cedió sin oponer resistencia.
Sentí el calor expandirse, suave al principio, luego más intenso, como un vino que sube despacio y embriaga sin que lo notes. Mis labios respondieron antes de que pudiera detenerlos, mi cuerpo inclinándose hacia el suyo, ajeno a mi control.


Y me dejé llevar, sin pensar, sin medir, … y para mi propia sorpresa, no quise apartarme. Era un beso torpe. Sincero. Humano. Y quizá por eso lo encontré peligrosamente atractivo.

Lo disfruté.

Cuando nos separamos, el temblor en mi pecho no era vergüenza: Era certeza. Dick me miraba con nervios, como si no comprendiera del todo cómo había llegado hasta allí, pero agradeciera cada segundo.


Vi en él a un hombre bueno. Imperfecto. Torpe. Demasiado franco para su propio bien. Con una patanería honesta que no sabía esconderse. No buscaba conquistarme como un trofeo, sino acercarse como quien teme romper algo frágil solo con tocarlo.


Y sin yo saber cómo, ese hombre estaba contaminando mis pensamientos. Desordenándolos. Haciendo que mis defensas —esas que jamás bajo— crujieran y se tambalearan.


Eso me sorprendió; Pero me dio igual: Por una vez decidí callar las voces internas. Las que analizan, las que prevén, las que convierten cada gesto en una jugada. Era una noche de celebración. No me exigiría lucidez absoluta, podía existir sin estrategia; y lo deseaba


Le sonreí, con el pulso aún alterado, y acepté aquel instante como lo que era: Un descuido dulce, muy dulce.




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Mas tarde, una vez la fiesta había acabado, y me dirigía a casa caminando a solas por las desiertas calles de la urbe, con los tacones en la mano y los pies adoloridos; me sorprendí a mi misma rememorando aquel momento.



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Había cedido. No como suelo hacerlo —no con intención, ni con cálculo—, sino correspondiendo.
Y eso me inquietaba porque yo no me permitía errores. Cada gesto mío suelía tener un propósito, cada cercanía una razón. Pero aquello no respondía a ninguna lógica que pudiera justificarse.

Y aun así… Cuando intenté convencerme de que había sido un fallo, mis emociones no obedecieron al argumento.

No sentía vergüenza.
No sentía rechazo.



Solo una calidez persistente. Un eco suave que se negaba a desaparecer. Había reconocido en él algo que no se finge. —Bondad.— Y para alguien como yo, que ha vivido siempre alerta, siempre sola, eso resultaba peligrosamente atractivo. Incluso intoxicante.


Quizás mañana volvería a ser la de siempre: La que mide, la que dirige, la que planea, y convierte los sentimientos en herramientas ordenadas.


Pero esa noche… Esa noche decidí concederle a mi corazón un margen de libertad, y atesorarlo. No para cambiar el rumbo. Sino para aceptar que, incluso sabiendo lo que soy, incluso comprendiendo el peligro que suponía para mi dejarse llevar, una parte de mí deseaba ceder... entregarse.

Y lo más inquietante de todo… Era que empezaba a preguntarme si, llegado el momento, una vez más... podría —o querría— resistirme.
 
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