Davigochi12
Otro Cantoscuro
- Registrado
- 8/3/18
- Mensajes
- 743
El primer beso
Su presencia me envolvió antes incluso de tocarme.
El miedo no era abstracto: tenía peso, volumen, una forma definida que reclamaba su lugar en la estancia. La figura del vampiro no necesitaba amenazar; le bastaba con estar allí. Sentí su cercanía antes incluso del contacto. El peso de su acecho, como si desde la distancia pudiera medir no solo mi pulso, sino también mi voluntad.
Cuando obligada expuse el cuello por el peso de mis propias decisiones, el vértigo me recorrió entera. Y lo peor era saber que yo era mi propio verdugo en aquella situación. La piel era blanda, vulnerable, …delatora. Mi pulso galopaba desbocado, y por primera vez, aquel pago me pareció desmesurado. El pensamiento “huye” se abría paso con fuerza en mi mente… y, aun así, no fui capaz de moverme.
En realidad, ya lo sabía; no hubo escapatoria desde el mismo instante en que incliné la cabeza. Exponer el cuello era un mero trámite... No había elegancia ni voluntariedad, solo rendición.
Me atrapó contra él con firmeza absoluta.
Su cuerpo era una frontera cerrada; su agarre no pedía permiso, ni tampoco ofrecía consuelo. Tomaba lo que era suyo, lo que la deuda contraída le concedía.
No hubo cuidado.
No hubo delicadeza.
Sentí su aliento rozarme el cuello y su boca sobre mi piel. Ese instante suspendido antes de incidir fue deliberadamente cruel, casi insoportable.
Después, la mordida.
No miré. Mirar habría sido concederle forma, y yo no estaba allí para comprender, sino para pagar.
Era preciso; calculadamente despiadado. El dolor me arrancó un gemido que apenas pude contener. Los colmillos atravesaron la carne con violencia, una invasión directa y premeditada que me dejó sin aliento. Su presión era profunda, constante, y la forma en que bebía —sin pausa— me hizo estremecer contra él.
No pedía
No dudaba.
No se disculpaba.
Tomaba.
La debilidad llegó rápido. Las piernas flojas, el temblor incontrolable, la lividez, la sensación de que el mundo se estrechaba alrededor de un único punto de calor: La herida, …y sus labios. La sangre se escapaba de mí y con ella mis fuerzas. Y, sin embargo, la mente permanecía alerta. Consciente de cada instante y, sobre todo, de lo que despertaba en mí aquella criatura: el deseo de dejar de luchar. De entregarme por completo a esa figura que dominaba mi ser.
Dolía.
Dolía de verdad.
Y aun así, en lo más hondo, supe que no quería apartar el cuello. Que había algo intoxicante en sostener ese juego peligroso, en provocar a la encarnación de la muerte. Sentir el filo del final rozarme… y no bajar la cabeza. En querer ir siempre un poco más allá del límite.
Cuando por fin se apartó, el vacío fue brutal. Mi cuerpo cedió de inmediato, tembloroso, respirando con dificultad mortecina.
La deuda quedó saldada.
La herida, abierta.
Yo me llevé conmigo algo peor que su marca: la certeza -indecorosa y repudiable-de haber deseado, aunque fuera un instante, no sobrevivir intacta al abrazo de la bestia. Nunca admitiré lo cerca que estuve de inclinarme más. Nunca diré en voz alta cuánto me costó separarme de ese instante suspendido entre el pago de una deuda y el anhelo.
Pero sobre todo jamás reconoceré aquello que floreció en lo más hondo e íntimo de mi ser: el deseo secreto de no apartar el cuello.
El miedo no era abstracto: tenía peso, volumen, una forma definida que reclamaba su lugar en la estancia. La figura del vampiro no necesitaba amenazar; le bastaba con estar allí. Sentí su cercanía antes incluso del contacto. El peso de su acecho, como si desde la distancia pudiera medir no solo mi pulso, sino también mi voluntad.
Cuando obligada expuse el cuello por el peso de mis propias decisiones, el vértigo me recorrió entera. Y lo peor era saber que yo era mi propio verdugo en aquella situación. La piel era blanda, vulnerable, …delatora. Mi pulso galopaba desbocado, y por primera vez, aquel pago me pareció desmesurado. El pensamiento “huye” se abría paso con fuerza en mi mente… y, aun así, no fui capaz de moverme.
En realidad, ya lo sabía; no hubo escapatoria desde el mismo instante en que incliné la cabeza. Exponer el cuello era un mero trámite... No había elegancia ni voluntariedad, solo rendición.
Entonces me tomó.
Su cuerpo era una frontera cerrada; su agarre no pedía permiso, ni tampoco ofrecía consuelo. Tomaba lo que era suyo, lo que la deuda contraída le concedía.
No hubo cuidado.
No hubo delicadeza.
Sentí su aliento rozarme el cuello y su boca sobre mi piel. Ese instante suspendido antes de incidir fue deliberadamente cruel, casi insoportable.
Después, la mordida.
No miré. Mirar habría sido concederle forma, y yo no estaba allí para comprender, sino para pagar.
Era preciso; calculadamente despiadado. El dolor me arrancó un gemido que apenas pude contener. Los colmillos atravesaron la carne con violencia, una invasión directa y premeditada que me dejó sin aliento. Su presión era profunda, constante, y la forma en que bebía —sin pausa— me hizo estremecer contra él.
No pedía
No dudaba.
No se disculpaba.
Tomaba.
La debilidad llegó rápido. Las piernas flojas, el temblor incontrolable, la lividez, la sensación de que el mundo se estrechaba alrededor de un único punto de calor: La herida, …y sus labios. La sangre se escapaba de mí y con ella mis fuerzas. Y, sin embargo, la mente permanecía alerta. Consciente de cada instante y, sobre todo, de lo que despertaba en mí aquella criatura: el deseo de dejar de luchar. De entregarme por completo a esa figura que dominaba mi ser.
Dolía.
Dolía de verdad.
Y aun así, en lo más hondo, supe que no quería apartar el cuello. Que había algo intoxicante en sostener ese juego peligroso, en provocar a la encarnación de la muerte. Sentir el filo del final rozarme… y no bajar la cabeza. En querer ir siempre un poco más allá del límite.
Cuando por fin se apartó, el vacío fue brutal. Mi cuerpo cedió de inmediato, tembloroso, respirando con dificultad mortecina.
La deuda quedó saldada.
La herida, abierta.
Yo me llevé conmigo algo peor que su marca: la certeza -indecorosa y repudiable-de haber deseado, aunque fuera un instante, no sobrevivir intacta al abrazo de la bestia. Nunca admitiré lo cerca que estuve de inclinarme más. Nunca diré en voz alta cuánto me costó separarme de ese instante suspendido entre el pago de una deuda y el anhelo.
Pero sobre todo jamás reconoceré aquello que floreció en lo más hondo e íntimo de mi ser: el deseo secreto de no apartar el cuello.