[CR: Discernir ubicación por Sariel]
La Alta Sacerdotisa bañada por la Luna reclamó los dones de su diosa para vincularse con el artefacto. La paz de la Dama Plateada inhundo su ser, y la transportó más allá de la carcasa de su cuerpo mortal.
Lo que siguió a tales sucesos fue una experiencia onírica: Un viaje, cuya percepción distorsionada tardaría días en procesar, pues poco a poco la información adquirida se asentaría en su mente, encontrando sentido de aquello que contempló tras largas horas de meditación e introspección.
Caravassar quedó atrás, así como su cuerpo, compañeros y amistades.
Su mente viajó, lejos, y pronto la ciudad de los genios quedó reducida a un pequeño punto brillante que no tardó en desaparecer, empequeñecido en la esfera que hasta hace unos instantes era Toril.
El firmamento abrazó a la sacerdotisa, una lluvia caleidoscópica de astros ardientes y mundos distantes que fluían a su alrededor con una velocidad distorsionada. La oscuridad de la noche se volvió en un abrazo cálido, y pronto las barreras del fuego y la magia se abrieron paso, cruzando un velo y umbral que separa las realidades. Lo que era un punto minúsculo y distante pronto se hizo inmenso a su percepción. Nubes daban paso a continentes y estos a montañas, mares y ríos. Nombres, voces, gritos de batalla, suplicas y rezos cruzaban su mente entremezcladas en una cacofonía inteligible: Krynn, Ansalon, un mundo y un continente.
Pero aquel que era dueño del artefacto escudriñado no se encontraba entre bosques, calles, valles y ciudades. Su percepción se alzó, elevada: Y con el fulgor dorado envolviendo toda su percepción mágica, contempló figuras, sentadas en tronos de luz, de plata, de nácar y de mármol ,entre nube y estrella cielo y tierra, que pronto su memoria mortal olvidaría para no ser recordadas: Una figura, risueña, de orejas afiladas y un arpa que brillaba con el fulgor de mil esmeraldas; ardiente y helado, un enorme fénix, cuya mirada transmitía la tenacidad de los eones y la resolución inquebrantable de la justicia; en un trono de hierro ardiente, una criatura astada, un enorme minotauro que sostenía un hacha brillante, capaz de partir en dos una montaña; una figura, menuda y de apariencia mundana, un viejo y encogido hombre, cuya mirada era profunda como un cielo sin estrellas; una figura, plateada su melena y pálida su tez, que iluminada con una sutil sonrisa, lucia vaporosas togas cerúleas; y una figura ajada, de larga barba plateada, con togas blancas y un orbe brillante en su regazo.
Y sobre todas las demás, en un trono dorado sobre el cual reposaba en su corpulencia inmensa, una criatura de magnificencia divina: Una enorme sierpe, de alas recogidas a su espalda y cubierta de iridiscentes escamas de un color más puro y hermoso que la plata , pues estas eran de puro platino, que danzaba entre sólido y líquido allá donde la mirada etérea de la sacerdotisa intentaba percibir algo que los mortales no debían.
La enorme testa de la criatura se giró hacia la mujer, y en lo profundo de unos ojos que parecían pozos de oro líquido, Sariel encontró a aquel que había enviado este artefacto a su mundo.
Tardaría días en encontrar sentido y recordar retazos de su experiencia astral, pero cuando una sesión de rezos matutinos, en el frio del campamento de la Alianza, y con la amenaza de las tierras sombrías siempre presente pesando sobre espíritu y ánimo, terminó, una palabra llegó veloz como una flecha a la mente de la mujer y todas sus cuitas y dudas desaparecieron: Paladine.