Madao-san
Karonte está escribiendo...
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ERIS MATRELOBO
Eris es una muchacha joven, quizá demasiado para la vida de aventurera, pero su caracter decidido y la forma de moverse dentro de ese delgado y fibroso cuerpo dicen lo contrario.
Sus cabellos son oscuros y lisos, a menudo muy bien cuidados y perfumados con hierbas y flores frescas del camino. Su tez algo pálida y rosada contrasta con el brillo y la viveza de sus ojos azul claro, casi, casi grises.
Si hay algo por lo que no destacaría nunca es por la voluptuosidad. Quizá sea la juventud o quizá la vida en los caminos, el caso es que, al contrario que las típicas cortesanas amnianas y lo que los cánones de belleza exigen, Eris, carece de abultados senos o anchas caderas. A veces se la puede ver un poco acomplejada en compañía de mujeres mas llamativas.
Cabe destacar, si se tiene la oportunidad de verlo un gran tatuaje que le recorre desde el cuello hasta la cintura bajando desde el hombro por el costado derecho. En el se pueden ver muchos motivos florales, rios, carpas, olas, montañas. Todo en diversos colores.
En cuanto a su forma de hablar y a sus modales, son algo extraños. En sociedad parece querer ser educada, pero a menudo confunde el uso del "tú", el "su" y el "usted" ignorando completamente cual usar en cada momento. Por lo demás es afable, tranquila y, a menudo, bastante habladora.
"Eris es todavía una niña!", no dejaba de oír eso allá dónde fuera. Las gentes de las aldeas que cruzábamos parecían conocer bien a mi padre. Lo cierto es que tal vez fuera así, pero he de reconocer que me enfadaba un poco. Hacía ya años de muerte de Madre. Fueron momentos tristes, la plaga se cebó llevándose a muchos como a ella.
A la plaga se le añadieron los rumores de una maldición que azotaba la aldea era la causa de la escasa lluvias y de las ratas. Cientos de miles de ratas que aparecieron de la nada y arruinaron las cosechas.
Pronto, las gentes comenzaron a emigrar en busca de otro lugar dónde vivir. Muchos se marcharon a la ciudad, otros pusieron rumbo a otras naciones.
Mi padre, terco como una mula a veces, se empeñó en quedarse allí, junto a la tumba de su esposa. De la noche a la mañana nos quedamos solos en aquella aldea.
A pesar de las adversidades, mi padre me enseñó a conservar la fe, el tesón y a no desfallecer. Él había sido cazador toda la vida, como lo fue su padre y supongo que caminando por los alrededores de la aldea junto a mi padre, fue como aprendí a valerme del entorno.
Pasaron los años, creo que ya tendría en ese momento unas siete primaveras, y aquellas nubes negras de desasosiego abandonaron por fin la aldea. Las ratas buscaron tierras más prosperas, las lluvias volvieron y con ellas las cosechas. Con tiempos favorables, la aldea no tardó en recuperar a nuevos pobladores, incluso antiguos volvieron a ella al llegar buenas noticias a sus oídos.
La villa prosperó rápido, al principio era sorprendente contemplar las caravanas de mercaderes que llegaban y partían al día. Todo el mundo parecía de nuevo feliz. Todo el mundo, menos mi padre.
Se enfadaba a menudo con los nuevos vecinos, tipos de ciudad que no respetaban a las gentes de campo. Le irritaba el nuevo tipo que se autoproclamó alcalde legitimo de las tierras. Pero quizá lo que más le enfadaba era ver como aquella tranquila villa de campesinos se estaba empezando a convertir en una pequeña ciudad. Las cosechas pasaron a segundo plano ante el comercio de mercancías finas. Sedas, joyas, especias llegadas de todo Faerún. Quizá la gota que colmó el vaso fue cuando el alcalde ordenó la tala del gran cedro a cuyos pies mi padre enterró a mi madre. Desde aquel día, recuperó las cenizas de su amada y, sin dar tiempo a despedidas, me tomó de la mano y partimos de viaje.
Sin rumbo, sin saber dónde acabaríamos, viajamos por la sendas y caminos de aldea en aldea, sin asentarnos en ninguna por más de un día o dos.
Pronto se nos conocía allá dónde íbamos porque siempre acabábamos volviendo a algún poblado en el que ya habíamos estado. En cualquiera menos en aquella pequeña aldea cerca de Argluna y que ahora crecía al ritmo del comercio.
A pesar de todo, crecí feliz. Me gustaba aquella vida nómada y aprendí muchísimo. Con tan sólo 10 años ya podía pasar varios días sola y después era capaz de encontrar de nuevo a mi padre.
Argluna, Aguasprofundas, Cormyr, fue pasando el tiempo de lugar en lugar y antes de darme cuenta me había convertido en lo que soy ahora.
Mi padre también enfermo en esos años y poco a poco fue volviéndose menos impetuoso y aventurero. Le agradeceré siempre todo el tiempo que pasé con él, pero como puedes suponer viéndome aquí sola, falleció no hace demasiado. Se lo llevó una enfermedad, justo como a mi madre, de la que todavía portaba consigo las cenizas. Con sus últimas fuerzas me dijo "Eris, tu madre, aunque nunca lo dijo, era Amniana y tenía un ultimo un deseo que por tristeza no pude cumplir, pero se que tu lo harás y a la vez cumplirás el mío. Llévanos a los picos de las nubes y esparce alli nuestras cenizas al viento. Crece fuerte y libre."
Es por eso por lo que estoy aquí. Viviendo igual que hace años, de aldea en aldea, pasando la mayor parte del tiempo bajo el cielo. Mirando con recelo como crece esa mole de piedra que llamáis capital. Buscando quizá una nueva aventura, tal y cómo he vivido hasta ahora.
Descripción:
Eris es una muchacha joven, quizá demasiado para la vida de aventurera, pero su caracter decidido y la forma de moverse dentro de ese delgado y fibroso cuerpo dicen lo contrario.
Sus cabellos son oscuros y lisos, a menudo muy bien cuidados y perfumados con hierbas y flores frescas del camino. Su tez algo pálida y rosada contrasta con el brillo y la viveza de sus ojos azul claro, casi, casi grises.
Si hay algo por lo que no destacaría nunca es por la voluptuosidad. Quizá sea la juventud o quizá la vida en los caminos, el caso es que, al contrario que las típicas cortesanas amnianas y lo que los cánones de belleza exigen, Eris, carece de abultados senos o anchas caderas. A veces se la puede ver un poco acomplejada en compañía de mujeres mas llamativas.
Cabe destacar, si se tiene la oportunidad de verlo un gran tatuaje que le recorre desde el cuello hasta la cintura bajando desde el hombro por el costado derecho. En el se pueden ver muchos motivos florales, rios, carpas, olas, montañas. Todo en diversos colores.
En cuanto a su forma de hablar y a sus modales, son algo extraños. En sociedad parece querer ser educada, pero a menudo confunde el uso del "tú", el "su" y el "usted" ignorando completamente cual usar en cada momento. Por lo demás es afable, tranquila y, a menudo, bastante habladora.
Introducción a la historia:
"Eris es todavía una niña!", no dejaba de oír eso allá dónde fuera. Las gentes de las aldeas que cruzábamos parecían conocer bien a mi padre. Lo cierto es que tal vez fuera así, pero he de reconocer que me enfadaba un poco. Hacía ya años de muerte de Madre. Fueron momentos tristes, la plaga se cebó llevándose a muchos como a ella.
A la plaga se le añadieron los rumores de una maldición que azotaba la aldea era la causa de la escasa lluvias y de las ratas. Cientos de miles de ratas que aparecieron de la nada y arruinaron las cosechas.
Pronto, las gentes comenzaron a emigrar en busca de otro lugar dónde vivir. Muchos se marcharon a la ciudad, otros pusieron rumbo a otras naciones.
Mi padre, terco como una mula a veces, se empeñó en quedarse allí, junto a la tumba de su esposa. De la noche a la mañana nos quedamos solos en aquella aldea.
A pesar de las adversidades, mi padre me enseñó a conservar la fe, el tesón y a no desfallecer. Él había sido cazador toda la vida, como lo fue su padre y supongo que caminando por los alrededores de la aldea junto a mi padre, fue como aprendí a valerme del entorno.
Pasaron los años, creo que ya tendría en ese momento unas siete primaveras, y aquellas nubes negras de desasosiego abandonaron por fin la aldea. Las ratas buscaron tierras más prosperas, las lluvias volvieron y con ellas las cosechas. Con tiempos favorables, la aldea no tardó en recuperar a nuevos pobladores, incluso antiguos volvieron a ella al llegar buenas noticias a sus oídos.
La villa prosperó rápido, al principio era sorprendente contemplar las caravanas de mercaderes que llegaban y partían al día. Todo el mundo parecía de nuevo feliz. Todo el mundo, menos mi padre.
Se enfadaba a menudo con los nuevos vecinos, tipos de ciudad que no respetaban a las gentes de campo. Le irritaba el nuevo tipo que se autoproclamó alcalde legitimo de las tierras. Pero quizá lo que más le enfadaba era ver como aquella tranquila villa de campesinos se estaba empezando a convertir en una pequeña ciudad. Las cosechas pasaron a segundo plano ante el comercio de mercancías finas. Sedas, joyas, especias llegadas de todo Faerún. Quizá la gota que colmó el vaso fue cuando el alcalde ordenó la tala del gran cedro a cuyos pies mi padre enterró a mi madre. Desde aquel día, recuperó las cenizas de su amada y, sin dar tiempo a despedidas, me tomó de la mano y partimos de viaje.
Sin rumbo, sin saber dónde acabaríamos, viajamos por la sendas y caminos de aldea en aldea, sin asentarnos en ninguna por más de un día o dos.
Pronto se nos conocía allá dónde íbamos porque siempre acabábamos volviendo a algún poblado en el que ya habíamos estado. En cualquiera menos en aquella pequeña aldea cerca de Argluna y que ahora crecía al ritmo del comercio.
A pesar de todo, crecí feliz. Me gustaba aquella vida nómada y aprendí muchísimo. Con tan sólo 10 años ya podía pasar varios días sola y después era capaz de encontrar de nuevo a mi padre.
Argluna, Aguasprofundas, Cormyr, fue pasando el tiempo de lugar en lugar y antes de darme cuenta me había convertido en lo que soy ahora.
Mi padre también enfermo en esos años y poco a poco fue volviéndose menos impetuoso y aventurero. Le agradeceré siempre todo el tiempo que pasé con él, pero como puedes suponer viéndome aquí sola, falleció no hace demasiado. Se lo llevó una enfermedad, justo como a mi madre, de la que todavía portaba consigo las cenizas. Con sus últimas fuerzas me dijo "Eris, tu madre, aunque nunca lo dijo, era Amniana y tenía un ultimo un deseo que por tristeza no pude cumplir, pero se que tu lo harás y a la vez cumplirás el mío. Llévanos a los picos de las nubes y esparce alli nuestras cenizas al viento. Crece fuerte y libre."
Es por eso por lo que estoy aquí. Viviendo igual que hace años, de aldea en aldea, pasando la mayor parte del tiempo bajo el cielo. Mirando con recelo como crece esa mole de piedra que llamáis capital. Buscando quizá una nueva aventura, tal y cómo he vivido hasta ahora.