MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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El entrenamiento empezó como cualquier otro.
El monje le pidió el silencio de siempre. Kennan se sentó. Cerró los ojos. Intentó vaciarse como llevaba meses aprendiendo a hacer.
No funcionó.
No esa noche.
Llevaba días acumulando cosas sin decirlo. El pueblo cerca de Purskul, los cuerpos apilados esperando sepultura. Los niños entre ellos. La sacerdotisa que encontraron malherida detrás de aquella puerta en el templo de Malar,la muerte del padre Ossian. La herida que dejó de quemar de un día para otro sin explicación, como si algo se hubiera apagado dentro sin avisar.
El monje le pidió que respirara.
Kennan no pudo.
"Levántate."
Se levantó. Las manos ya temblando antes de tocar nada.
El monje inició el primer movimiento, despacio, esperando que Kennan le siguiera con el control de siempre.
Kennan golpeó antes de tiempo.
Sin ritmo. Sin control. Directamente a la fuerza, sin haber pasado por nada de lo anterior.
El ki no salió negro y contenido como siempre.
Salió morado. Descontrolado. Extendiéndose a su alrededor como algo que llevaba mucho tiempo esperando una grieta por donde escapar.
El monje retrocedió un paso. No por miedo — por cálculo. Para darle espacio a lo que fuera que estaba pasando.
Kennan siguió golpeando. Al aire. A nada. Los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos protestaron. Las lágrimas mezclándose con el sudor sin que él las notara siquiera.
Gritó.
No una palabra. No un nombre. Solo sonido, saliendo desde algún sitio que llevaba demasiado tiempo cerrado.
El tatami crujió bajo sus pies. El ki golpeó las paredes del claro donde entrenaban, doblando la hierba a su alrededor, como si toda la fuerza contenida durante meses hubiera decidido salir de golpe sin pedir permiso.
El monje no intentó detenerle.
Solo esperó.
Como esperaba siempre. Como le había enseñado a esperar a él.
Cuando por fin Kennan se quedó sin aire para seguir gritando, cayó de rodillas en mitad del claro. El ki morado se fue apagando poco a poco, como una tormenta que por fin decide alejarse.
Silencio.
Solo su respiración, entrecortada, y la hierba doblada a su alrededor lentamente volviendo a levantarse.
El monje se acercó despacio.
No dijo nada sobre la técnica. No corrigió ninguna postura.
Solo se sentó a su lado, en el suelo, esperando a que Kennan encontrara el camino de vuelta a sus propias palabras.
Tardó un buen rato.
Cuando por fin habló, fue solo esto:
"No sabía que llevaba dentro tanto."
El monje asintió.
"Ahora lo sabes."
"¿Y qué hago con ello?"
"Lo mismo que con todo lo demás que llevas. Aprender a que no te controle a ti."
Esa noche Kennan no volvió a intentar nada más.
Se quedó sentado en el tatami hasta que el cielo empezó a cambiar hacia el amanecer, con el monje al lado, sin necesitar palabras.
imgbb términos del servicio
El monje le pidió el silencio de siempre. Kennan se sentó. Cerró los ojos. Intentó vaciarse como llevaba meses aprendiendo a hacer.
No funcionó.
No esa noche.
Llevaba días acumulando cosas sin decirlo. El pueblo cerca de Purskul, los cuerpos apilados esperando sepultura. Los niños entre ellos. La sacerdotisa que encontraron malherida detrás de aquella puerta en el templo de Malar,la muerte del padre Ossian. La herida que dejó de quemar de un día para otro sin explicación, como si algo se hubiera apagado dentro sin avisar.
El monje le pidió que respirara.
Kennan no pudo.
"Levántate."
Se levantó. Las manos ya temblando antes de tocar nada.
El monje inició el primer movimiento, despacio, esperando que Kennan le siguiera con el control de siempre.
Kennan golpeó antes de tiempo.
Sin ritmo. Sin control. Directamente a la fuerza, sin haber pasado por nada de lo anterior.
El ki no salió negro y contenido como siempre.
Salió morado. Descontrolado. Extendiéndose a su alrededor como algo que llevaba mucho tiempo esperando una grieta por donde escapar.
El monje retrocedió un paso. No por miedo — por cálculo. Para darle espacio a lo que fuera que estaba pasando.
Kennan siguió golpeando. Al aire. A nada. Los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos protestaron. Las lágrimas mezclándose con el sudor sin que él las notara siquiera.
Gritó.
No una palabra. No un nombre. Solo sonido, saliendo desde algún sitio que llevaba demasiado tiempo cerrado.
El tatami crujió bajo sus pies. El ki golpeó las paredes del claro donde entrenaban, doblando la hierba a su alrededor, como si toda la fuerza contenida durante meses hubiera decidido salir de golpe sin pedir permiso.
El monje no intentó detenerle.
Solo esperó.
Como esperaba siempre. Como le había enseñado a esperar a él.
Cuando por fin Kennan se quedó sin aire para seguir gritando, cayó de rodillas en mitad del claro. El ki morado se fue apagando poco a poco, como una tormenta que por fin decide alejarse.
Silencio.
Solo su respiración, entrecortada, y la hierba doblada a su alrededor lentamente volviendo a levantarse.
El monje se acercó despacio.
No dijo nada sobre la técnica. No corrigió ninguna postura.
Solo se sentó a su lado, en el suelo, esperando a que Kennan encontrara el camino de vuelta a sus propias palabras.
Tardó un buen rato.
Cuando por fin habló, fue solo esto:
"No sabía que llevaba dentro tanto."
El monje asintió.
"Ahora lo sabes."
"¿Y qué hago con ello?"
"Lo mismo que con todo lo demás que llevas. Aprender a que no te controle a ti."
Esa noche Kennan no volvió a intentar nada más.
Se quedó sentado en el tatami hasta que el cielo empezó a cambiar hacia el amanecer, con el monje al lado, sin necesitar palabras.
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