AreeluVorlesh
Minsorrano sin caminos
- Registrado
- 15/12/22
- Mensajes
- 138
I - De la Ciudad de la Moneda y sus caras y cruces.
Se unían entre sí como dos amantes inseparables, a veces en lánguidas caricias y otras en apasionados latigazos hasta el éxtasis, expandiéndose entonces hasta llenar el ambiente de lágrimas ocre, naranja y carmesí.
En mi cabeza, esa era la única forma aceptable de describir un buen fuego. En cierto modo, los seres mortales no somos diferentes: alguien más aviva nuestras ascuas hasta convertirnos en un incendio incontrolable que arrasa con todo a su paso y después, cuando ya te sientes imparable, te golpea la devastadora realidad reduciéndote a cenizas.
Sin embargo, si observas una hoguera solo de pasada, parece un lugar apacible en el que detenerse a reponer fuerzas y entrar en calor; poca gente es capaz de pararse a observar el caos que se desata dentro y cómo esas llamas no son más que un foco de atención entre tanta oscuridad.
Me pregunté si alguien podría sentir lo mismo al mirarme a mí.
—[...] pero no podía oponerme a mis ansias de venganza. Estuve años allí y nadie vino a buscarme. Ojalá yo hubiera tenido amigos como los suyos.
Sacudí la cabeza, abandonando mis propios pensamientos. La voz pertenecía a Boris, mi primer amigo de verdad desde que llegara a Athkatla. Su compañía era como un faro guiándome en el mar de lo desconocido; solo llevaba una dekhana en la ciudad de la moneda, pero él me había acompañado y enseñado el lugar y sus costumbres desde el primer paso que di dentro del Cruce.
Durante mi primer día me enseñó qué lugares evitar y cuáles concurrir, que caminos podía frecuentar sola y para cuáles era mejor buscarse compañía y, lo más importante, donde alojarme sin que me costara un ojo de la cara.
Al día siguiente, tras una larga jornada meditando, la suerte volvió a ponerme en su camino, esta vez acompañado de un nutrido grupo de personas. Allí conocí a gente de lo más fascinante.
Estaba Sarah, una dragona alucinante que podía hacer crecer anillos en tu pelo (lo sé, ¡es increíble!).
Temet, un druida con la habilidad de cambiar de forma que conocía toda clase de trucos que yo jamás había presenciado.
La dama Shiphae, serena y siempre impecable en sus modales; a primera vista podría no parecer tan abierta como los demás, pero en realidad tiene un buen corazón y unos principios fuertes y arraigados. Confeccionó un cinturón para mí con unas pieles que ya tenía curtidas, lo cuidaré como un tesoro... Además, prometió acompañarme a cazar para que pudiera conseguir las mías propias.
De todos, quien más despertó mi curiosidad fue una elfa encapuchada que siempre llevaba el rostro cubierto por una máscara; si teníamos que hacer una parada para reponer fuerzas, se alejaba de nosotros para poder alzársela y comer o beber. Además, su cuerpo estaba plagado de cicatrices, y parecía extremadamente delgada. Me pregunté si estaría bien un par de veces a lo largo del camino. Todo el mundo se refería a ella como Kytha.
¡Ah! Y por supuesto estaba Bonk, el grandullón más adorable y entrañable que haya conocido hasta la fecha. Cada vez que abría la boca le quería un poco más, y eso que no le conocía de nada.
Sea como fuere... Había hecho mi primer grupo de amigos en el Cruce; seguramente ni la mitad de ellos me considerase así, por supuesto... Pero a mí eso me daba igual.
Junto a ellos comencé mi primera aventura en tierras extranjeras. Estaba un tanto intranquila, pues nunca antes me había separado de mi troupe y más allá de las enseñanzas de mi mentor y las actuaciones ambulantes, nunca había tenido que enfrentarme a ningún peligro real... Pero esa sensación de miedo se desvaneció con la misma rapidez con la que había aflorado, pues durante el camino todos cuidaron de mí como si fuera una más de aquel pequeño y pintoresco equipo.
El trayecto tocó a su fin cuando llegamos a Caravassar por medio del transporte mágico. Fue una sensación horrible. El mareo, las náuseas... A día de hoy ya lo he repetido unas cuantas veces, pero sigo sin acostumbrarme a la sensación. Creo que nunca lo haré.
Aunque mirando el lado positivo, la dama Shiphae y la dragona Sarah dijeron que podía terminar en la costa si la concentración se desviaba un poquito.
Y de aquel día llegamos al que os narro hoy. Si me encontraba entre ellos en ese momento, compartiendo historias y alimento alrededor de una hoguera, era precisamente por la necesidad de devolver un poco de la atención y el cariño que se había invertido en mí desde mi llegada.
Unas horas antes estábamos en el Cruce discurriendo con normalidad. Conocí a Lucyus, un hombre recto y formal que forma parte de la guardia y a quien no le gusta nada que se obstruyan los caminos. También a Selene, una imponente y orgullosa combatiente Úthgard de cabellos de fuego. Iselle, una elfa que, si bien tardó un poco más en abrirse, demostró tener un gran carácter... Y por supuesto Boris, que recordando cómo había perdido mi instrumento a manos de unos bandidos en el camino había aparecido con una preciosa y elegante guitarra en sus manos. Mi amuleto de la suerte.
Precisamente me encontraba tocando unos acordes sueltos para Bonk, que parecía entusiasmado con la música, cuando escuchamos un angustiado jadeo acercándose.
—A... Ayu... ¡Ayuda...! -Kytha se detuvo a la entrada del campamento, exhausta por la carrera. Todos nos pusimos inmediatamente en pie.
—¿Qué ha pasado? ¿Os encontráis bien? -Boris y Lucyus fueron los primeros en acercarse.
—Lore... Des... Desmayada... -Musitó, apenas respirando y señalando a su espalda, por el camino que acababa de llegar.
Todo lo demás sucedió de forma frenética. En un parpadeo estábamos sentados y al otro corríamos en dirección a aquel lugar maldito lleno de enormes criaturas que se movían a una velocidad nada desdeñosa para su impresionante tamaño.
Ya había visto a combatientes como Bonk luchar en un par de ocasiones y era simplemente brutal, sin embargo incluso a él parecía costarle hacer frente a esos monstruos.
No sabía quién era Lore, pero ya sentía lástima por ella.
La verdad es que esta parte de la historia la encuentro un tanto borrosa; en algún momento, cuando empezaron a salir criaturas desde todos los pasillos del intrínseco laberinto de túneles y cámaras, recibí un golpetazo en la parte trasera de la cabeza.
Perdí el conocimiento y lo siguiente que recuerdo es estar en un corredor lleno de puertas que se abrían y cerraban, justo una sala antes de encontrar a Loreliel.
Nos apresuramos al exterior, puesto que sus heridas fueron tratadas en el templo pero la radiante luz dorada del mismo parecía molestar a la mujer.
Cuando llegó el tiempo de los agradecimientos y presentaciones (aunque yo poco más había hecho que disparar flechas que no llegaron a atravesar la pétrea coraza de las criaturas y cantar un par de tonadas), descubrí que Loreliel era mucho más que una elfa... Concretamente una hermosísima Lythari, espíritus lupinos de nuestro pueblo de los que jamás pensé que oiría hablar más allá de la épica y los relatos.
Me ofrecieron parte del oro que habíamos conseguido con lo vendido, pero no me sentía en la potestad de aceptarlo; no sería yo quien le pusiera precio a una vida, por poco o mucho que hubiera podido aportar con mi presencia.
En su lugar, la Ly-tel-quessir propuso una pequeña reunión en la que cocinar para nosotros... ¡Y tampoco iba a ser yo quien se negara a una buena comida! La Abuela Meldamiriel me había educado mejor que eso.
Así pues, este capítulo termina en el mismo lugar que había comenzado.
—Es horrible -dije, tras una breve pausa y un largo suspiro-, aunque si me permitís la impertinencia, mejor para vos; un líder que no se preocupa por el bienestar de sus subordinados no es un líder, solo un tirano.

Mientras Boris contaba su historia de cómo se convirtió en "El Leal", Loreliel había adoptado su forma lupina, una impresionante loba de pelajes plateados que parecía brillar con luz propia bajo la luz de la luna. Cazó un jabalí para nosotros, limpiamente. Para cuando la historia tocaba a su fin, Kytha y ella ya habían despiezado y sazonado al animal con técnica y pericia y se cocinaba en la fogata desprendiendo un aroma delicioso.
Loreliel le entregó unas cuantas hojas a la encapuchada de verde, que procedió a servir y repartir cada una de las raciones. Cuando todos los que teníamos hambre (o comíamos carne, a diferencia de Bonk) tuvimos nuestra parte, ella se sirvió al menos cinco. ¡Cinco!
No lo digo a modo de crítica, no me entendáis mal... Es que, si habéis llegado hasta aquí, sabréis que se trata de una elfa realmente menuda. ¿Dónde pensaba meter tanta comida? Eso era lo que me preguntaba, en todo caso, mientras seguía su figura con la mirada hasta la tienda más alejada del improvisado campamento.
Cuando hubo termino con tres de las raciones le dio las otras al perro de Bonk, se unió de nuevo a la hoguera y se me quedó mirando, fijamente.
—Puedes decir ya qué es lo que te ronda por la cabeza cada vez que te me quedas mirando.
Parpadeé un par de veces, asimilando lo que acababa de decirme. Me invadió la vergüenza y la culpa al pensar en cómo debía haberle hecho sentir. Es un gran defecto que, sin éxito, intento corregir. La curiosidad puede conmigo en más ocasiones de las que me gustaría admitir, aunque confieso que no hay maldad alguna en mi ejercicio de la misma.
—Disculpadme, Kytha... Lo siento muchísimo, de veras. No era mi intención importunaros ni haceros sentir incómoda. Es solo que nunca os he visto sin la máscara, pues os apartáis incluso para comer... Solo me preguntaba si estaríais bien.
—No pasa nada, no era un ataque; solo creo que es mejor que te sinceres y digas lo que piensas de verdad en lugar de seguir dándole vueltas durante días.
—En algún momento habría terminado ocurriendo... -confesé, pues era la pura realidad- Sin embargo, esperaba haberlo a hecho solas, con más intimidad, si es que vos hubierais aceptado. Aún así, tenéis toda la razón; una vez más, os pido disculpas.
Me miró durante un rato en silencio. Como yo unos minutos atrás, parecía estar buscando la respuesta a sus problemas en el ir y venir de las ascuas. Recordé cómo se había puesto en Caravassar, donde pareció haber caído presa de un inexplicable pánico, y cómo Boris había tratado de consolarle con un gesto a cuyo contacto ella parecía tenerle aún más temor. Temblaba y parecía a punto de romperse en mil pedazos.
Pensé en la carga que seguramente llevaba por dentro, y sentí todo ese peso sobre mis propios hombros por haberlo sacado a relucir con mis insensatas acciones.
Finalmente, cuando el silencio había dado paso a nuevas conversaciones, su voz volvió a nacer con algo más de suavidad (o, al menos, eso me pareció a mí).
—Em, Lind... -Comenzó, como tanteando. Desvié la mirada hacia ella, sonriéndole.
—¿Sí?
—No quiero que te sientas mal... De verdad que no me ha molestado. Es solo que me juré a mí misma que no volvería a sonreír. Que ocultaría todas mis emociones tras esta máscara hasta que hubiera pagado la deuda que me ata a ella.
Escuché toda su historia en silencio y con atención. Dejé que se desahogara sobre cómo su hermano y ella se habían aventurado a perseguir su propio sueño, el mismo que hubiera seguido su padre tiempo atrás. Querían ser como él, pero la oscuridad que asola Toril había puesto más de un impedimento que su hermano había pagado con la vida y ella con la esclavitud. Nos conocíamos hace poco, pero sentía hervir la rabia dentro de mí como sus cadenas hubieran sido también las mías.
—La libertad es lo más valioso que tenemos, después de nuestra propia vida. No fue culpa vuestra, Kytha... Si seguís una senda distinta porque ahora sois una elfa diferente, está bien; pero no la abandonéis solo porque alguien haya ejercido su libertad para privaros de la vuestra. Espero que pronto podáis saldar esa deuda y encontréis la paz. Si no es así... Entonces espero que al menos encontréis el camino de vuelta a vuestra propia sonrisa, y que algún día la compartáis conmigo.
Nos miramos la una a la otra sin añadir nada más al respecto, hasta que finalmente la encapuchada desvió la mirada de vuelta a las llamas, que para ese momento ya habían reducido considerablemente su tamaño.
Como ellas, nuestras conversaciones también se fueron consumiendo poco a poco, presas del inevitable cansancio de todo lo que habíamos vivido en tan pocas horas.
El fuego terminó por apagarse, desde luego... Pero solo la Diosa sabe qué chispas había encendido dentro de nosotros.
Se unían entre sí como dos amantes inseparables, a veces en lánguidas caricias y otras en apasionados latigazos hasta el éxtasis, expandiéndose entonces hasta llenar el ambiente de lágrimas ocre, naranja y carmesí.
En mi cabeza, esa era la única forma aceptable de describir un buen fuego. En cierto modo, los seres mortales no somos diferentes: alguien más aviva nuestras ascuas hasta convertirnos en un incendio incontrolable que arrasa con todo a su paso y después, cuando ya te sientes imparable, te golpea la devastadora realidad reduciéndote a cenizas.
Sin embargo, si observas una hoguera solo de pasada, parece un lugar apacible en el que detenerse a reponer fuerzas y entrar en calor; poca gente es capaz de pararse a observar el caos que se desata dentro y cómo esas llamas no son más que un foco de atención entre tanta oscuridad.
Me pregunté si alguien podría sentir lo mismo al mirarme a mí.
—[...] pero no podía oponerme a mis ansias de venganza. Estuve años allí y nadie vino a buscarme. Ojalá yo hubiera tenido amigos como los suyos.
Sacudí la cabeza, abandonando mis propios pensamientos. La voz pertenecía a Boris, mi primer amigo de verdad desde que llegara a Athkatla. Su compañía era como un faro guiándome en el mar de lo desconocido; solo llevaba una dekhana en la ciudad de la moneda, pero él me había acompañado y enseñado el lugar y sus costumbres desde el primer paso que di dentro del Cruce.
Durante mi primer día me enseñó qué lugares evitar y cuáles concurrir, que caminos podía frecuentar sola y para cuáles era mejor buscarse compañía y, lo más importante, donde alojarme sin que me costara un ojo de la cara.
Al día siguiente, tras una larga jornada meditando, la suerte volvió a ponerme en su camino, esta vez acompañado de un nutrido grupo de personas. Allí conocí a gente de lo más fascinante.
Estaba Sarah, una dragona alucinante que podía hacer crecer anillos en tu pelo (lo sé, ¡es increíble!).
Temet, un druida con la habilidad de cambiar de forma que conocía toda clase de trucos que yo jamás había presenciado.
La dama Shiphae, serena y siempre impecable en sus modales; a primera vista podría no parecer tan abierta como los demás, pero en realidad tiene un buen corazón y unos principios fuertes y arraigados. Confeccionó un cinturón para mí con unas pieles que ya tenía curtidas, lo cuidaré como un tesoro... Además, prometió acompañarme a cazar para que pudiera conseguir las mías propias.
De todos, quien más despertó mi curiosidad fue una elfa encapuchada que siempre llevaba el rostro cubierto por una máscara; si teníamos que hacer una parada para reponer fuerzas, se alejaba de nosotros para poder alzársela y comer o beber. Además, su cuerpo estaba plagado de cicatrices, y parecía extremadamente delgada. Me pregunté si estaría bien un par de veces a lo largo del camino. Todo el mundo se refería a ella como Kytha.
¡Ah! Y por supuesto estaba Bonk, el grandullón más adorable y entrañable que haya conocido hasta la fecha. Cada vez que abría la boca le quería un poco más, y eso que no le conocía de nada.
Sea como fuere... Había hecho mi primer grupo de amigos en el Cruce; seguramente ni la mitad de ellos me considerase así, por supuesto... Pero a mí eso me daba igual.
Junto a ellos comencé mi primera aventura en tierras extranjeras. Estaba un tanto intranquila, pues nunca antes me había separado de mi troupe y más allá de las enseñanzas de mi mentor y las actuaciones ambulantes, nunca había tenido que enfrentarme a ningún peligro real... Pero esa sensación de miedo se desvaneció con la misma rapidez con la que había aflorado, pues durante el camino todos cuidaron de mí como si fuera una más de aquel pequeño y pintoresco equipo.
El trayecto tocó a su fin cuando llegamos a Caravassar por medio del transporte mágico. Fue una sensación horrible. El mareo, las náuseas... A día de hoy ya lo he repetido unas cuantas veces, pero sigo sin acostumbrarme a la sensación. Creo que nunca lo haré.
Aunque mirando el lado positivo, la dama Shiphae y la dragona Sarah dijeron que podía terminar en la costa si la concentración se desviaba un poquito.
Y de aquel día llegamos al que os narro hoy. Si me encontraba entre ellos en ese momento, compartiendo historias y alimento alrededor de una hoguera, era precisamente por la necesidad de devolver un poco de la atención y el cariño que se había invertido en mí desde mi llegada.
Unas horas antes estábamos en el Cruce discurriendo con normalidad. Conocí a Lucyus, un hombre recto y formal que forma parte de la guardia y a quien no le gusta nada que se obstruyan los caminos. También a Selene, una imponente y orgullosa combatiente Úthgard de cabellos de fuego. Iselle, una elfa que, si bien tardó un poco más en abrirse, demostró tener un gran carácter... Y por supuesto Boris, que recordando cómo había perdido mi instrumento a manos de unos bandidos en el camino había aparecido con una preciosa y elegante guitarra en sus manos. Mi amuleto de la suerte.
Precisamente me encontraba tocando unos acordes sueltos para Bonk, que parecía entusiasmado con la música, cuando escuchamos un angustiado jadeo acercándose.
—A... Ayu... ¡Ayuda...! -Kytha se detuvo a la entrada del campamento, exhausta por la carrera. Todos nos pusimos inmediatamente en pie.
—¿Qué ha pasado? ¿Os encontráis bien? -Boris y Lucyus fueron los primeros en acercarse.
—Lore... Des... Desmayada... -Musitó, apenas respirando y señalando a su espalda, por el camino que acababa de llegar.
Todo lo demás sucedió de forma frenética. En un parpadeo estábamos sentados y al otro corríamos en dirección a aquel lugar maldito lleno de enormes criaturas que se movían a una velocidad nada desdeñosa para su impresionante tamaño.
Ya había visto a combatientes como Bonk luchar en un par de ocasiones y era simplemente brutal, sin embargo incluso a él parecía costarle hacer frente a esos monstruos.
No sabía quién era Lore, pero ya sentía lástima por ella.
La verdad es que esta parte de la historia la encuentro un tanto borrosa; en algún momento, cuando empezaron a salir criaturas desde todos los pasillos del intrínseco laberinto de túneles y cámaras, recibí un golpetazo en la parte trasera de la cabeza.
Perdí el conocimiento y lo siguiente que recuerdo es estar en un corredor lleno de puertas que se abrían y cerraban, justo una sala antes de encontrar a Loreliel.
Nos apresuramos al exterior, puesto que sus heridas fueron tratadas en el templo pero la radiante luz dorada del mismo parecía molestar a la mujer.
Cuando llegó el tiempo de los agradecimientos y presentaciones (aunque yo poco más había hecho que disparar flechas que no llegaron a atravesar la pétrea coraza de las criaturas y cantar un par de tonadas), descubrí que Loreliel era mucho más que una elfa... Concretamente una hermosísima Lythari, espíritus lupinos de nuestro pueblo de los que jamás pensé que oiría hablar más allá de la épica y los relatos.
Me ofrecieron parte del oro que habíamos conseguido con lo vendido, pero no me sentía en la potestad de aceptarlo; no sería yo quien le pusiera precio a una vida, por poco o mucho que hubiera podido aportar con mi presencia.
En su lugar, la Ly-tel-quessir propuso una pequeña reunión en la que cocinar para nosotros... ¡Y tampoco iba a ser yo quien se negara a una buena comida! La Abuela Meldamiriel me había educado mejor que eso.
Así pues, este capítulo termina en el mismo lugar que había comenzado.
—Malnacidos, repugnantes... -La sarta de improperios que Iselle comenzó a soltar por sus delicados labios parecía que nunca iba a llegar a su fin.—[...] pero no podía oponerme a mis ansias de venganza. Estuve años allí y nadie vino a buscarme. Ojalá yo hubiera tenido amigos como los suyos.
—Es horrible -dije, tras una breve pausa y un largo suspiro-, aunque si me permitís la impertinencia, mejor para vos; un líder que no se preocupa por el bienestar de sus subordinados no es un líder, solo un tirano.

Mientras Boris contaba su historia de cómo se convirtió en "El Leal", Loreliel había adoptado su forma lupina, una impresionante loba de pelajes plateados que parecía brillar con luz propia bajo la luz de la luna. Cazó un jabalí para nosotros, limpiamente. Para cuando la historia tocaba a su fin, Kytha y ella ya habían despiezado y sazonado al animal con técnica y pericia y se cocinaba en la fogata desprendiendo un aroma delicioso.
Loreliel le entregó unas cuantas hojas a la encapuchada de verde, que procedió a servir y repartir cada una de las raciones. Cuando todos los que teníamos hambre (o comíamos carne, a diferencia de Bonk) tuvimos nuestra parte, ella se sirvió al menos cinco. ¡Cinco!
No lo digo a modo de crítica, no me entendáis mal... Es que, si habéis llegado hasta aquí, sabréis que se trata de una elfa realmente menuda. ¿Dónde pensaba meter tanta comida? Eso era lo que me preguntaba, en todo caso, mientras seguía su figura con la mirada hasta la tienda más alejada del improvisado campamento.
Cuando hubo termino con tres de las raciones le dio las otras al perro de Bonk, se unió de nuevo a la hoguera y se me quedó mirando, fijamente.
—Puedes decir ya qué es lo que te ronda por la cabeza cada vez que te me quedas mirando.
Parpadeé un par de veces, asimilando lo que acababa de decirme. Me invadió la vergüenza y la culpa al pensar en cómo debía haberle hecho sentir. Es un gran defecto que, sin éxito, intento corregir. La curiosidad puede conmigo en más ocasiones de las que me gustaría admitir, aunque confieso que no hay maldad alguna en mi ejercicio de la misma.
—Disculpadme, Kytha... Lo siento muchísimo, de veras. No era mi intención importunaros ni haceros sentir incómoda. Es solo que nunca os he visto sin la máscara, pues os apartáis incluso para comer... Solo me preguntaba si estaríais bien.
—No pasa nada, no era un ataque; solo creo que es mejor que te sinceres y digas lo que piensas de verdad en lugar de seguir dándole vueltas durante días.
—En algún momento habría terminado ocurriendo... -confesé, pues era la pura realidad- Sin embargo, esperaba haberlo a hecho solas, con más intimidad, si es que vos hubierais aceptado. Aún así, tenéis toda la razón; una vez más, os pido disculpas.
Me miró durante un rato en silencio. Como yo unos minutos atrás, parecía estar buscando la respuesta a sus problemas en el ir y venir de las ascuas. Recordé cómo se había puesto en Caravassar, donde pareció haber caído presa de un inexplicable pánico, y cómo Boris había tratado de consolarle con un gesto a cuyo contacto ella parecía tenerle aún más temor. Temblaba y parecía a punto de romperse en mil pedazos.
Pensé en la carga que seguramente llevaba por dentro, y sentí todo ese peso sobre mis propios hombros por haberlo sacado a relucir con mis insensatas acciones.
Finalmente, cuando el silencio había dado paso a nuevas conversaciones, su voz volvió a nacer con algo más de suavidad (o, al menos, eso me pareció a mí).
—Em, Lind... -Comenzó, como tanteando. Desvié la mirada hacia ella, sonriéndole.
—¿Sí?
—No quiero que te sientas mal... De verdad que no me ha molestado. Es solo que me juré a mí misma que no volvería a sonreír. Que ocultaría todas mis emociones tras esta máscara hasta que hubiera pagado la deuda que me ata a ella.
Escuché toda su historia en silencio y con atención. Dejé que se desahogara sobre cómo su hermano y ella se habían aventurado a perseguir su propio sueño, el mismo que hubiera seguido su padre tiempo atrás. Querían ser como él, pero la oscuridad que asola Toril había puesto más de un impedimento que su hermano había pagado con la vida y ella con la esclavitud. Nos conocíamos hace poco, pero sentía hervir la rabia dentro de mí como sus cadenas hubieran sido también las mías.
—La libertad es lo más valioso que tenemos, después de nuestra propia vida. No fue culpa vuestra, Kytha... Si seguís una senda distinta porque ahora sois una elfa diferente, está bien; pero no la abandonéis solo porque alguien haya ejercido su libertad para privaros de la vuestra. Espero que pronto podáis saldar esa deuda y encontréis la paz. Si no es así... Entonces espero que al menos encontréis el camino de vuelta a vuestra propia sonrisa, y que algún día la compartáis conmigo.
Nos miramos la una a la otra sin añadir nada más al respecto, hasta que finalmente la encapuchada desvió la mirada de vuelta a las llamas, que para ese momento ya habían reducido considerablemente su tamaño.
Como ellas, nuestras conversaciones también se fueron consumiendo poco a poco, presas del inevitable cansancio de todo lo que habíamos vivido en tan pocas horas.
El fuego terminó por apagarse, desde luego... Pero solo la Diosa sabe qué chispas había encendido dentro de nosotros.








