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Erratas de una Errante

AreeluVorlesh

Minsorrano sin caminos
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I - De la Ciudad de la Moneda y sus caras y cruces.

S
e unían entre sí como dos amantes inseparables, a veces en lánguidas caricias y otras en apasionados latigazos hasta el éxtasis, expandiéndose entonces hasta llenar el ambiente de lágrimas ocre, naranja y carmesí.
En mi cabeza, esa era la única forma aceptable de describir un buen fuego. En cierto modo, los seres mortales no somos diferentes: alguien más aviva nuestras ascuas hasta convertirnos en un incendio incontrolable que arrasa con todo a su paso y después, cuando ya te sientes imparable, te golpea la devastadora realidad reduciéndote a cenizas.
Sin embargo, si observas una hoguera solo de pasada, parece un lugar apacible en el que detenerse a reponer fuerzas y entrar en calor; poca gente es capaz de pararse a observar el caos que se desata dentro y cómo esas llamas no son más que un foco de atención entre tanta oscuridad.
Me pregunté si alguien podría sentir lo mismo al mirarme a mí.

[...] pero no podía oponerme a mis ansias de venganza. Estuve años allí y nadie vino a buscarme. Ojalá yo hubiera tenido amigos como los suyos.

Sacudí la cabeza, abandonando mis propios pensamientos. La voz pertenecía a Boris, mi primer amigo de verdad desde que llegara a Athkatla. Su compañía era como un faro guiándome en el mar de lo desconocido; solo llevaba una dekhana en la ciudad de la moneda, pero él me había acompañado y enseñado el lugar y sus costumbres desde el primer paso que di dentro del Cruce.
Durante mi primer día me enseñó qué lugares evitar y cuáles concurrir, que caminos podía frecuentar sola y para cuáles era mejor buscarse compañía y, lo más importante, donde alojarme sin que me costara un ojo de la cara.

Al día siguiente, tras una larga jornada meditando, la suerte volvió a ponerme en su camino, esta vez acompañado de un nutrido grupo de personas. Allí conocí a gente de lo más fascinante.
Estaba Sarah, una dragona alucinante que podía hacer crecer anillos en tu pelo (lo sé, ¡es increíble!).
Temet, un druida con la habilidad de cambiar de forma que conocía toda clase de trucos que yo jamás había presenciado.
La dama Shiphae, serena y siempre impecable en sus modales; a primera vista podría no parecer tan abierta como los demás, pero en realidad tiene un buen corazón y unos principios fuertes y arraigados. Confeccionó un cinturón para mí con unas pieles que ya tenía curtidas, lo cuidaré como un tesoro... Además, prometió acompañarme a cazar para que pudiera conseguir las mías propias.
De todos, quien más despertó mi curiosidad fue una elfa encapuchada que siempre llevaba el rostro cubierto por una máscara; si teníamos que hacer una parada para reponer fuerzas, se alejaba de nosotros para poder alzársela y comer o beber. Además, su cuerpo estaba plagado de cicatrices, y parecía extremadamente delgada. Me pregunté si estaría bien un par de veces a lo largo del camino. Todo el mundo se refería a ella como Kytha.
¡Ah! Y por supuesto estaba Bonk, el grandullón más adorable y entrañable que haya conocido hasta la fecha. Cada vez que abría la boca le quería un poco más, y eso que no le conocía de nada.

Sea como fuere... Había hecho mi primer grupo de amigos en el Cruce; seguramente ni la mitad de ellos me considerase así, por supuesto... Pero a mí eso me daba igual.
Junto a ellos comencé mi primera aventura en tierras extranjeras. Estaba un tanto intranquila, pues nunca antes me había separado de mi troupe y más allá de las enseñanzas de mi mentor y las actuaciones ambulantes, nunca había tenido que enfrentarme a ningún peligro real... Pero esa sensación de miedo se desvaneció con la misma rapidez con la que había aflorado, pues durante el camino todos cuidaron de mí como si fuera una más de aquel pequeño y pintoresco equipo.

El trayecto tocó a su fin cuando llegamos a Caravassar por medio del transporte mágico. Fue una sensación horrible. El mareo, las náuseas... A día de hoy ya lo he repetido unas cuantas veces, pero sigo sin acostumbrarme a la sensación. Creo que nunca lo haré.
Aunque mirando el lado positivo, la dama Shiphae y la dragona Sarah dijeron que podía terminar en la costa si la concentración se desviaba un poquito.

Y de aquel día llegamos al que os narro hoy. Si me encontraba entre ellos en ese momento, compartiendo historias y alimento alrededor de una hoguera, era precisamente por la necesidad de devolver un poco de la atención y el cariño que se había invertido en mí desde mi llegada.

Unas horas antes estábamos en el Cruce discurriendo con normalidad. Conocí a Lucyus, un hombre recto y formal que forma parte de la guardia y a quien no le gusta nada que se obstruyan los caminos. También a Selene, una imponente y orgullosa combatiente Úthgard de cabellos de fuego. Iselle, una elfa que, si bien tardó un poco más en abrirse, demostró tener un gran carácter... Y por supuesto Boris, que recordando cómo había perdido mi instrumento a manos de unos bandidos en el camino había aparecido con una preciosa y elegante guitarra en sus manos. Mi amuleto de la suerte.

Precisamente me encontraba tocando unos acordes sueltos para Bonk, que parecía entusiasmado con la música, cuando escuchamos un angustiado jadeo acercándose.

A... Ayu... ¡Ayuda...! -Kytha se detuvo a la entrada del campamento, exhausta por la carrera. Todos nos pusimos inmediatamente en pie.
¿Qué ha pasado? ¿Os encontráis bien? -Boris y Lucyus fueron los primeros en acercarse.
Lore... Des... Desmayada... -Musitó, apenas respirando y señalando a su espalda, por el camino que acababa de llegar.

Todo lo demás sucedió de forma frenética. En un parpadeo estábamos sentados y al otro corríamos en dirección a aquel lugar maldito lleno de enormes criaturas que se movían a una velocidad nada desdeñosa para su impresionante tamaño.
Ya había visto a combatientes como Bonk luchar en un par de ocasiones y era simplemente brutal, sin embargo incluso a él parecía costarle hacer frente a esos monstruos.
No sabía quién era Lore, pero ya sentía lástima por ella.

La verdad es que esta parte de la historia la encuentro un tanto borrosa; en algún momento, cuando empezaron a salir criaturas desde todos los pasillos del intrínseco laberinto de túneles y cámaras, recibí un golpetazo en la parte trasera de la cabeza.
Perdí el conocimiento y lo siguiente que recuerdo es estar en un corredor lleno de puertas que se abrían y cerraban, justo una sala antes de encontrar a Loreliel.

Nos apresuramos al exterior, puesto que sus heridas fueron tratadas en el templo pero la radiante luz dorada del mismo parecía molestar a la mujer.
Cuando llegó el tiempo de los agradecimientos y presentaciones (aunque yo poco más había hecho que disparar flechas que no llegaron a atravesar la pétrea coraza de las criaturas y cantar un par de tonadas), descubrí que Loreliel era mucho más que una elfa... Concretamente una hermosísima Lythari, espíritus lupinos de nuestro pueblo de los que jamás pensé que oiría hablar más allá de la épica y los relatos.

Me ofrecieron parte del oro que habíamos conseguido con lo vendido, pero no me sentía en la potestad de aceptarlo; no sería yo quien le pusiera precio a una vida, por poco o mucho que hubiera podido aportar con mi presencia.
En su lugar, la Ly-tel-quessir propuso una pequeña reunión en la que cocinar para nosotros... ¡Y tampoco iba a ser yo quien se negara a una buena comida! La Abuela Meldamiriel me había educado mejor que eso.
Así pues, este capítulo termina en el mismo lugar que había comenzado.

[...] pero no podía oponerme a mis ansias de venganza. Estuve años allí y nadie vino a buscarme. Ojalá yo hubiera tenido amigos como los suyos.
Malnacidos, repugnantes... -La sarta de improperios que Iselle comenzó a soltar por sus delicados labios parecía que nunca iba a llegar a su fin.
Es horrible -dije, tras una breve pausa y un largo suspiro-, aunque si me permitís la impertinencia, mejor para vos; un líder que no se preocupa por el bienestar de sus subordinados no es un líder, solo un tirano.

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Mientras Boris contaba su historia de cómo se convirtió en "El Leal", Loreliel había adoptado su forma lupina, una impresionante loba de pelajes plateados que parecía brillar con luz propia bajo la luz de la luna. Cazó un jabalí para nosotros, limpiamente. Para cuando la historia tocaba a su fin, Kytha y ella ya habían despiezado y sazonado al animal con técnica y pericia y se cocinaba en la fogata desprendiendo un aroma delicioso.
Loreliel le entregó unas cuantas hojas a la encapuchada de verde, que procedió a servir y repartir cada una de las raciones. Cuando todos los que teníamos hambre (o comíamos carne, a diferencia de Bonk) tuvimos nuestra parte, ella se sirvió al menos cinco. ¡Cinco!

No lo digo a modo de crítica, no me entendáis mal... Es que, si habéis llegado hasta aquí, sabréis que se trata de una elfa realmente menuda. ¿Dónde pensaba meter tanta comida? Eso era lo que me preguntaba, en todo caso, mientras seguía su figura con la mirada hasta la tienda más alejada del improvisado campamento.
Cuando hubo termino con tres de las raciones le dio las otras al perro de Bonk, se unió de nuevo a la hoguera y se me quedó mirando, fijamente.

Puedes decir ya qué es lo que te ronda por la cabeza cada vez que te me quedas mirando.

Parpadeé un par de veces, asimilando lo que acababa de decirme. Me invadió la vergüenza y la culpa al pensar en cómo debía haberle hecho sentir. Es un gran defecto que, sin éxito, intento corregir. La curiosidad puede conmigo en más ocasiones de las que me gustaría admitir, aunque confieso que no hay maldad alguna en mi ejercicio de la misma.

Disculpadme, Kytha... Lo siento muchísimo, de veras. No era mi intención importunaros ni haceros sentir incómoda. Es solo que nunca os he visto sin la máscara, pues os apartáis incluso para comer... Solo me preguntaba si estaríais bien.
No pasa nada, no era un ataque; solo creo que es mejor que te sinceres y digas lo que piensas de verdad en lugar de seguir dándole vueltas durante días.
En algún momento habría terminado ocurriendo... -confesé, pues era la pura realidad- Sin embargo, esperaba haberlo a hecho solas, con más intimidad, si es que vos hubierais aceptado. Aún así, tenéis toda la razón; una vez más, os pido disculpas.

Me miró durante un rato en silencio. Como yo unos minutos atrás, parecía estar buscando la respuesta a sus problemas en el ir y venir de las ascuas. Recordé cómo se había puesto en Caravassar, donde pareció haber caído presa de un inexplicable pánico, y cómo Boris había tratado de consolarle con un gesto a cuyo contacto ella parecía tenerle aún más temor. Temblaba y parecía a punto de romperse en mil pedazos.
Pensé en la carga que seguramente llevaba por dentro, y sentí todo ese peso sobre mis propios hombros por haberlo sacado a relucir con mis insensatas acciones.
Finalmente, cuando el silencio había dado paso a nuevas conversaciones, su voz volvió a nacer con algo más de suavidad (o, al menos, eso me pareció a mí).

Em, Lind... -Comenzó, como tanteando. Desvié la mirada hacia ella, sonriéndole.
¿Sí?
No quiero que te sientas mal... De verdad que no me ha molestado. Es solo que me juré a mí misma que no volvería a sonreír. Que ocultaría todas mis emociones tras esta máscara hasta que hubiera pagado la deuda que me ata a ella.

Escuché toda su historia en silencio y con atención. Dejé que se desahogara sobre cómo su hermano y ella se habían aventurado a perseguir su propio sueño, el mismo que hubiera seguido su padre tiempo atrás. Querían ser como él, pero la oscuridad que asola Toril había puesto más de un impedimento que su hermano había pagado con la vida y ella con la esclavitud. Nos conocíamos hace poco, pero sentía hervir la rabia dentro de mí como sus cadenas hubieran sido también las mías.

La libertad es lo más valioso que tenemos, después de nuestra propia vida. No fue culpa vuestra, Kytha... Si seguís una senda distinta porque ahora sois una elfa diferente, está bien; pero no la abandonéis solo porque alguien haya ejercido su libertad para privaros de la vuestra. Espero que pronto podáis saldar esa deuda y encontréis la paz. Si no es así... Entonces espero que al menos encontréis el camino de vuelta a vuestra propia sonrisa, y que algún día la compartáis conmigo.

Nos miramos la una a la otra sin añadir nada más al respecto, hasta que finalmente la encapuchada desvió la mirada de vuelta a las llamas, que para ese momento ya habían reducido considerablemente su tamaño.
Como ellas, nuestras conversaciones también se fueron consumiendo poco a poco, presas del inevitable cansancio de todo lo que habíamos vivido en tan pocas horas.

El fuego terminó por apagarse, desde luego... Pero solo la Diosa sabe qué chispas había encendido dentro de nosotros.
 

AreeluVorlesh

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II - De jefes, mentores y protectores.

El caballero Boris había acomodado uno de los divanes para mí, ahuecando incluso uno de los cojines para que estuviera perfecto. Tomé asiento, claro, pues tampoco era menester hacerle ese feo. Unos segundos después, volví a ponerme en pie, paseándome de un lado a otro de la chimenea que alumbraba la zona de reunión temporal de El Faisán Escarlata, donde iba a tener lugar mi entrevista de ingreso.

¿Estáis bien? -Inquirió, siguiéndome con la mirada.
¡Claro! Bueno, un poco nerviosa.
No tenéis motivo; habéis demostrado tener don de gentes y capacidad diplomática de sobra para el cargo. Lo haréis bien -Sonrió, tranquilizador. Me sentí un poco mejor, pero las dudas seguían rondando mi cabeza.
Bueno, sí... Las personas se me dan bien, pero yo soy artista de troupe, nunca he ejercido mi oficio en un lugar como...

A mitad de la frase escuché unos pasos a mi espalda, justo unos segundos antes de que la voz de Boris se alzara un poco más, animada.

Salve, Howl.
Suave brisa -incliné suavemente la cabeza, maldiciéndome a mí misma por bocazas. Howl sonrió en nuestra dirección.
Lamento la tardanza, me han retenido unos asuntos ajenos a mi voluntad.

Howl era... Diferente a lo que me había imaginado en mi cabeza. Como os habré contado en más de una ocasión, nací y me críe en los caminos. Bebí un poco de diferentes culturas y costumbres. Traté con humanos y otras razas ajenas al pueblo desde una edad muy temprana. Asimismo, estábamos muy poco tiempo en el mismo lugar y muy a menudo en movimiento, con nuestra voluntad de propagar el arte como único gobernante. No había labores establecidas: todo lo que supieras hacer era una contribución válida y lo único que se esperaba como moneda de cambio.
Es por eso que la idea de tener a alguien dándome órdenes no me resultaba especialmente atractiva; la gente que recogíamos en las rutas de caravana nunca hablaba bien de ellos, en especial otros hermanos que se habían visto en necesidad de colaborar con los humanos.

Sin embargo, Howl era (como he dicho arriba) diferente. Era elegante, pero no presuntuoso. Sereno y seguro de sí mismo, pero no prepotente. Educado y, aparentemente, un hombre de cultura, pero no hablaba con la condescendencia habitual que esperaríais encontrar en alguien así; por el contrario, se mostraba afable y su tono de voz era suave y conciliador, tratando de tranquilizar, y no de imponer, con su presencia (una que, aún así, de alguna manera llenaba la sala).

Lindara, este es Howl, uno de los líderes a cargo del Faisán.
Así que ella es la chica de la que me habíais hablado para el puesto de cronista... -Miró a Boris con una sonrisa en los labios que no supe identificar. Con un delicado ademán, me ofreció asiento de nuevo, mientras lo tomaba él mismo. Boris se mantuvo de pie, a mi espalda.
Sí, Lindara ha demostrado tener una gran capacidad para el comercio y la diplomacia, y se maneja bien con la gente.
Sus credenciales ya me los conozco... -Asintió, con aire divertido, mirándome a mí en lugar de a él- Pero dejad que sea ella quien se explique. Quiero escucharle hablar a ella.

Boris asintió ligeramente, guardando silencio. Le miré, esperando que me preguntara algo, pero se limitó a fijar los extraños ojos dorados en mí. Bueno, a mí me parecieron dorados. También me pareció que no me preguntaba nada, aunque a lo mejor lo iba a hacer y no le di tiempo, porque tenía un discurso muy profesional ensayado, pero al final pasó lo mismo de siempre: me dispersé y empecé a hablar, sin pensar.

Es un placer conoceros, Howl. Lindara Meldamiriel -recalqué, ya que Boris había olvidado mencionar mi apellido-, de la casa Meldamiriel, que no es una casa noble, como mi mentor se encargaba de repetir una y otra vez, pero es una casa de artistas, que es mucho más importante; porque al final, ¿un noble qué hace? Nada, mientras que un artista se dedica a repartir alegría y cultura.

Podía sentir la mirada de soslayo de Boris en mi nuca y ver con claridad la sonrisilla divertida que se dibujaba en los labios de Howl, aunque no abandonaba su semblante tranquilo y sereno. En algún momento, supongo que porque se dio cuenta de que necesitaba respirar, decidió cortarme para darme la razón.

Desde luego, una casa de artistas no tiene nada que envidiar a una noble; los últimos solo saben de miradas de superioridad y ropajes caros.
¡Exacto, muchísimas gracias! -Cogí aire, agradeciendo la pausa en mi cabeza.
Y decidme, Lindara, ¿qué ha hecho que tomarais la decisión de asentaros aquí, en Athkatla?

La pregunta cayó sobre mí como una lápida. Durante esos días, ni siquiera había tenido tiempo de dedicarme a lo que realmente me había llevado hasta allí. Había tenido que buscar un lugar en el que alojarme, reponer las pertenencias que había perdido en el camino, como mi arco o mi instrumento, hacerme con ropa de viaje... Pero también había hecho amistades y empezado a forjar vínculos, y de pronto me sentí terriblemente triste y culpable por haberme permitido desconectar de mi realidad de aquella manera. Aunque tampoco sabía por dónde empezar y, además... ¿Cómo iba a contarle todo eso a un desconocido?
Aparté mis ojos de los suyos al darme cuenta de que le estaba mirando fijamente, esperando que no se hubiera percatado de la pequeña grieta en mi fachada. Para cuando volví a alzarla, en mis labios había una sonrisa que no se reflejaba en mi mirada, y en la suya un brillo de empatía y comprensión.

En realidad... Abandoné mi troupe buscando a una persona muy querida para mí, mi antiguo Mentor, y las pocas pistas que tenía me trajeron hasta aquí; de momento estoy estancada y no tengo adónde ir, así que no pienso marcharme hasta que averigüe algo más.
Ya veo...

Esperaba que empezara a hacer preguntas incómodas, pero no lo hizo. Recuperó su sonrisa calmada y siguió hablando de forma pausada, explicándome cada una de las divisiones de la Casa Comercial, a lo que se dedicaban y a lo que podría dedicarme yo. Me ofreció diversas opciones, buscando el lugar en el que me sentiría más cómoda. No pude evitar recordar las palabras que le había dicho a Boris unos días atrás, en el campamento de la Plateada: un buen líder se preocupa por la gente que termina a su cargo.

Entonces, es oficial. Os probaremos como Cronista del Faisán Escarlata -sonrió en mi dirección al ver las dos palmaditas entusiasmadas que no pude contener.
¡Genial! Muchas gracias, no os arrepentiréis. Sé hacer muchas cosas, y las que no, las aprendo rápido. Haré lo posible por no decepcionaros.
Lo único que tenéis que hacer es ser vos misma, estoy seguro de que os irá bien.
Enhorabuena, Lindara. Ahora eres nuestra Cronista Oficial -dijo, sonriendo con genuina felicidad. Miré a uno y a otro.
Cronista Oficial, ¿hm? -Ensanché la sonrisa- ¡Suena muy bien! Tendré que empezar a decirlo en todas mis presentaciones.
Y aquí vuestros honorarios, para que empecéis a estableceros. No quiero que ninguno de los míos lo pase mal o le falte material de trabajo.

Cogí la bolsita que me ofrecía, sopesándola. Afilé la mirada. La abrí, para asegurarme de que la sensación era correcta. Empecé a contar monedas, alzando finalmente la mirada hacia Howl, inquisitiva. Él seguía impecablemente sosegado, sonriendo con suavidad.

¿De todo el año?
Del primer pago.
¿Seguro?
Segurísimo... -Se rió, despachando mis dudas con un breve ademán.
¡Genial! ¡Gracias, Jefe!
Lindara... No le llames Jefe, suena muy poco profesional...
Perdóoon, perdón... -Suspiré. Howl se río, de forma un poco más amplia.
Déjala, Boris... -Me miró de nuevo- Podéis llamarme como queráis, siempre y cuando no incluya nada humillante, me veo en la obligación de matizar...
Ah, Lindara... Howl también es un compañero de fe.
¿Vos también sois Hoarita?
Tocado por Hoar -Asintió en mi dirección-. Recibí de alguna manera su sacra voluntad, sin ser sacerdote ni pertenecer activamente al clero -Fue el único momento en el que percibí un atisbo de orgullo que no era capaz de ocultar.
¡Eso es increíble! -Exclamé, con sincera admiración- Quiero decir, no es que yo particularmente le siga... Pero de algún modo, toda la gente que conozco por aquí tiene algo impresionante: una dragona, una lythari, un cambiaformas...
¿Y no os empezáis a sentir algo elitista, inevitablemente? -Sus labios se fruncieron con suavidad, alzando ambas cejas- Elegís solo a la gente impresionante para juntaros.

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Se rió ante su propia broma y yo le acompañé. Se me ocurrían dones peores que ese, la verdad; sobre todo para una artista.
El resto de la velada aconteció de forma orgánica y natural. Yo sentía que había encontrado mi sitio, pues trabajaba mejor en equipo que por mi cuenta; nunca me había gustado la soledad y, francamente, me resultaba además tremendamente aburrida.

Entre chanza y risas, los tres esperamos a la hermosa dama Valrieth... Pero me temo que esos pasan a ser asuntos oficiales del Faisán, y no competen a este libro.
 

AreeluVorlesh

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III - Un poco de música.

En la posada La Luz del Álandor reinaba la oscuridad. Al menos, lo hacía en aquella apartada estancia de la misma, en la que el foco de atención era una enorme mesa adornada y donde siempre acudía con Temet y la dama Shiphae.
Deseé con todas mis fuerzas que ella estuviera allí.
De hecho, los motivos que me habían llevado hasta allí de forma casi inconsciente no eran muy distintos a los suyos: me faltaba el aire, necesitaba sentirlo directamente en mi piel, pero en ese momento no tenía la fuerza necesaria para salir a los llanos y sus decenas de caras conocidas.

Retiré las pesadas cortinas casi con fiereza, descargando en ellas una rabia que no sabía que era capaz de sentir. Demasiado altas para mí, me puse de puntillas sobre mis pies para alcanzar las manijas de los grandes ventanales, abriéndolos de par en par.
Sentí una ráfaga de aire gélido sobre el rostro; normalmente, me habría molestado sobremanera, pero en aquella ocasión no parecía siquiera suficiente.

Afuera, como tantas otras noches en esa época del año, la nieve caía copiosamente sobre los senderos del cruce, tiñendo el interior del edificio de un etéreo haz de luz cerúleo. Me giré, apoyando el poco peso de mi cuerpo en la cornisa de la ventana, aferrándome a ella con todas mis fuerzas y cerrando los ojos.
En la distancia, mucho más de lo que estaban en realidad, percibía los vestigios de la algarabía que habitualmente se formaba en la sala común, pero sus voces llegaban a mis oídos como ecos lejanos de una realidad paralela a la que no pertenecía. Las paredes azuladas parecían estrecharse a mi alrededor, como la marea de un océano incansable elevándose hasta ahogarme. Y es que así me sentía: asfixiada.

En mi cabeza, las imágenes se sucedían a un ritmo vertiginoso, tanto que no era capaz de darles forma, de otorgarles voz. Mi mente no era capaz de procesar lo que estaba pasando, pues nunca me había sentido de aquella manera. Ni siquiera sabía por qué.
Estaba bien, o eso creía, cuando abandoné el dormitorio en el que me había reunido con Felaern y la dama Azalea. Sin embargo, en cuanto cerré la puerta a mi espalda tras una vaga excusa, sentí el peso de todo lo que estaba guardando cayéndome con la fuerza de un latigazo.

Abrí los ojos. En la posada La Luz del Álandor reinaba la oscuridad. Al menos, lo hacía en aquella apartada estancia de la misma, en la que el foco de atención era una enorme mesa adornada... O así era para la mayoría de sus clientes; para mí, sin embargo, solo había un protagonista indiscutible.
Con renovada decisión, me acerqué finalmente al gran piano de ébano. No tenía el permiso de Bentler, tampoco lo había consultado con Kaile... Pero esperaba que supieran perdonarme y, si no, ya habría tiempo de lidiar con ello.

Tomé asiento, irguiendo la espalda en toda su escasa longitud, y coloqué las temblorosas manos sobre las teclas, sin hacer otra cosa que deslizarlas, reconociendo y saludando a un viejo amigo. La música me hablaba, desde pequeña. Me llamaba en tantos momentos y de tan variadas formas que nunca estaba segura de cómo o cuándo iba a ocurrir.
Ese, no parecía más que otro de esos instantes.​


Dejé escapar el aire en un tenue suspiro y, obedeciendo a esa necesidad imperiosa y movidos por una fuerza que parecía ajena a mí, los largos dedos comenzaron a pulsar las teclas del formidable instrumento, arrancándole notas tan suaves como livianos jadeos hechos de fragmentos de cristal. Los sentía flotando a mi alrededor, como si la música se volviera corpórea y en cada esquirla, la vorágine desordenada de mis pensamientos fuera por fin tomando forma (o muchas de ellas) en su reflejo.
Y en todas estaba yo, en distintos lugares, con distintos rostros.

"Es porque eres demasiado agradable de ver, Lindara... Y de escuchar".
"Sí que eres una visión agradable".
Siento una mano posarse en mi cabeza, acariciándome, pero no lo entiendo y me hace sentir mal. No sé quién es, no sé qué decir. Así que no digo nada, esperando a que pase el chaparrón, como siempre hago.

Sentía que mis manos se movían de un lado a otro, aunque yo no las controlaba, dejando que la melodía dominara mi ser y hablara por mí. Las paredes que se cernían sobre mí comenzaron a alejarse, y el agua del que está hecho mi propio cuerpo ya no intentaba hundirme, dejando por fin pasar el aire a los pulmones.
Y otro rostro, otra voz.

"Por eso te he traído aquí, Lindara. Conmigo, pero no por mí."
Observo el difuminado rostro y aunque no tiene facciones y parece esculpido solo por el viento, lo reconozco como el de una amiga.
"Desde que llegaste he visto como todos te colman de alabanzas y regalos, pero a pocos de ellos les importa realmente quién eres, más allá de tu hermoso rostro y tu agradable compañía. Te he traído aquí por ti. Este es mi regalo. Este es tu momento.

El momento de Lindara."

Mi cuerpo se inclinaba sobre el piano con la misma intensidad que la melodía aumentaba su tempo, tal vez intentando regresar a ese momento.
La luz de la luna, reflejada en los ventanales que se mecían en un liviano pero constante vaivén por el frío viento del norte, destellaba aquí y allá, como si la propia Selûne hubiera decidido acompañarme aquella noche.

"¿También quieres tener a Lindara en tu mano?"
Sus palabras suenan amigables, pero sus acciones distan de ser amistosas. Están muy cerca de mí, intentando probar algo.
Siento que estoy a punto de hundirme de nuevo, pero un brazo me rodea la cintura con impasible firmeza, atrayéndome hacia su cuerpo. El contacto vuelve a pillarme por sorpresa, mas mi cuerpo no reacciona con hostilidad. Alzo la mirada hasta la cegadora luz de sus ojos, que me observa con cariño fraternal.
"Ella es completamente libre", dice solamente. El fuego de su cabello parece calentar mi propio corazón cuando la mano se desliza por mi espalda, de manera reconfortante, como un cobijo hogareño en mitad de la oscuridad.

Apoyo mi mejilla en su cuerpo, abandonándome a su seguridad.

La cadencia de la armonía se había elevado hasta su punto más álgido y por un momento me pareció escuchar mi propia respiración alcanzar el mismo ritmo acelerado. La punta del tacón martilleaba sobre el pedal con la misma reverberación que manaba de la caja de resonancia y a través del cordal.

"Bueno, sí. Pedir eso por vuestro cumpleaños es un poco infantil".
Una sonrisa cariñosa, acompañada de un trocito de chocolate y unas suaves palmaditas en la cabeza. Como a una niña.
"Una pena que vuestras vivencias os hayan alejado más de la Ciudadela y su bosque que de los humanos y sus efímeras costumbres".

"Deberíais comportaros de forma más adecuada. Sois una Tel'quessir, no una mortal de vida breve".

Apreté los labios hasta que formaron una delgada línea, reprimiendo un grito de angustia e irritación. Cada palabra caía sobre mí como una nueva puñalada, pulsando las teclas con la misma rabia que había sentido al correr las cortinas.
Pensé que, si apretaba un poco más, quizá llegaría a romperlas, como ellos a mí sin darse demasiada cuenta.

Los violentos movimientos de mi cuerpo hicieron que la melena cayera sobre mis hombros, entremezclándose con mis dedos. Percibí el destello dorado serpenteando sobre las pálidas teclas.

Nívea y áurea, tal es su presencia. No hay palabras (casi nunca las hay), pero sí una sonrisa que se amplía, eliminando cualquier atisbo de frío atenazador. Un intercambio de miradas donde se percibe una tácita comprensión. Y su risa, las pocas veces que una puede disfrutarla en la totalidad de su plenitud, abriéndose paso entre el caos con una serenidad imperturbable.
No hay palabras, pero cuántas guarda este constante silencio que me atenaza...


Cerré los ojos cuando las últimas notas se alzaban en el aire, desvaneciéndose con la misma reticencia.
Por cada última pulsación un doloroso latido; por cada latido, una nueva lágrima, uniéndose al pequeño pero incontrolable torrente que se deslizaba desde mis mejillas hasta mis dedos y el teclado.

En ese momento, lo único que sentía era una angustiosa soledad y decidí abandonarme a ella. Me agarré al piano como un moribundo se aferra a su última esperanza de vida y dejé que los temblores de mi cuerpo sacudieran todas las lágrimas, todo el dolor y toda la tristeza de dentro de mí.
Después, recogí mis pertenencias y lo que quedaba de mi dignidad, componiendo una amable sonrisa para todo el que se hubiera parado a escuchar, de camino a la salida.

Al fin y al cabo, acababa de enfrentarme a mí misma pero, para ellos, solo había sido un poco de música.​
 

AreeluVorlesh

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IV - Crónicas de Maztica, parte I.

Diario de a bordo, día 1:

Bien, subid a bordo entonces. Aunque antes, os informo de que como habéis venido más personas de lo acordado, parte de mi tripulación se quedará en tierra para compensar el espacio. Eso significa que vosotros tendréis que ocupar sus labores. En marcha.

Si me preguntáis a mí, ese había sido el primero de muchos indicativos de que este no iba a ser un viaje tranquilo... Y por si fuera poco, antes incluso de poner un pie en el navío, Boris (ennortado como casi siempre en los últimos tiempos) había pasado con tan poco cuidado que las placas de su armadura empujaron ligeramente a Lucy.

Vuelve a hacer eso y estás muerto -advirtió la mujer, dirigiéndole una mirada que daba aún más credibilidad a su amenaza.

Lucy, a la que su tripulación (aunque yo aún estoy buscando el motivo) se refería por el apodo de "Sonrisas", era la curtida y experimentada mujer que se encargaría de capitanear La Bruma Carmesí rumbo a Nuevo Amn.
Huelga decir que cualquiera habría considerado inteligente estar a bien con la persona encargada de nuestra seguridad, pero pareciera que Boris estimaba lo contrario, enzarzándose con la mujer en una tosca e innecesaria disputa hasta que el Jefe puso un poco de orden.

Pese a todo, en un principio no dejé que me venciera el desánimo. Me había preparado mucho para el viaje en las últimas dekhanas, desde clases de nado con el maestro Elrid y Temet en la cala junto a la ciudad hasta pequeños viajes fluviales con la dama Shiphae, mi gran amiga, para acostumbrarme a los mareos.
Y todo parecía ir bastante bien, en un principio... Mis ojos paseaban por el navío con curiosidad, descubriendo cada pequeño detalle mientras ponía la oreja a las animadas conversaciones de mis compañeros. Todo el mundo parecía entusiasmado ante el abanico de posibilidades que estaba a punto de abrirse ante nosotros.

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Cuando estuvimos en movimiento, me invadió la curiosidad.

Disculpad... -me dirigí a la Capitana, que me devolvió la mirada de manera inquisitiva- Cuando decíais que tendríamos que encargarnos de las tareas de la tripulación... ¿A qué os referíais, exactamente?
Sí, bien. Por un lado, tenemos las defensas del navío -cabeceó de manera hosca a las balistas-, imprescindibles si sufrimos un ataque en alta mar. Hará falta gente capaz para cargar, apuntar y disparar, de modo que tendréis que hacer un trabajo conjunto.
Cargarlas no será tarea difícil teniendo la fuerza de Bonk de nuestro lado... -Elrid sonrió, palmeando la espalda del chico.
¡Bonk ser el más fuerte! -Exclamó, tan contento como siempre de poder ayudar. Sonreí con ternura al escucharle con la ilusión y actitud de un niño pese a su fuerza y tamaño.
Mmm... Me temo que poco podré ayudar en ese aspecto... ¿Qué más? -Lucy paseó la mirada por todos nosotros, pensativa.
¿Qué tal os manejáis con las cuerdas? Si nos pilla la tormenta, un manejo rápido de las velas será crucial para nuestra supervivencia, entre otras cosas.

Abrí los labios, a punto de decir algo. Los cerré, torciéndolos después con un gesto que portaba solamente malas noticias para la mujer, que no parecía haber empaquetado muchas de sus famosas "Sonrisas" para el viaje.
Me miró con cierta impaciencia, desentendiéndose al final.
Los que no sepáis hacer nada, ayudad con la limpieza de cubierta.
¡Oh, eso sí puedo hacerlo! -Exclamé, contenta.

Se ve que Felaern también había aceptado su destino, porque cuando encontré los útiles de limpieza él ya estaba manos a la obra, silbando alguna suerte de cancioncilla marinera para animar a la tripulación.
Me uní a él, acompañándole con las palmas y suaves taconeos, por lo que realmente, cuando lo miro en perspectiva, no se puede decir que ayudara demasiado (o en absoluto).

De todos modos, fue en ese momento, cuando cantaba alegremente con mi Mentor, entre risas, cuando cometí el error de alzar la mirada para ver qué hacían los demás. Fui consciente de unas cuantas cosas.
La primera, que Elrid sabía muchísimo del mar y la vida en el mismo, tanto que Lucy le había dejado a cargo de la explicación del funcionamiento de la artillería, por lo que se dedicó a enseñar al resto de la división armada.
La segunda, que la capitana había subido hasta el timón, cuchicheando algo con Howl, el Jefe, que estaba apoyado cerca de ella, observándonos con su eterna media sonrisa. Podría haber mirado un poco más, pero de Howl pasé al océano y en ese momento, me di cuenta del tercer punto: ya no se veía puerto. Ni siquiera un pedacito de tierra.
Solo un océano profundo e inconmensurable que parecía no tener fin.

Inevitablemente, esa conclusión me llevó a otras dos: primero, que las clases de nado no servirían de mucho si el barco se hundía, porque no tenía ningún lugar seguro al que nadar; dos: íbamos a morir todos. Todos. De forma lenta, horrible y dolorosa, devorados por alguna criatura marina, ahogados en las profundidades o esclavizados por alguna raza exótica y desconocida hasta que decidieran cocinarnos y engullirnos como buñuelitos de San Annur.

Entré en pánico, palideciendo. Alcé la mirada hacia Felaern para buscar su apoyo y vi que él estaba más pálido que yo. Contuvo una arcada y, el sonido de la misma, me produjo otra a mí. Nos quedamos muy quietos bajo la cubierta de proa, bajo la recomendación de Aryan, lo más al centro posible, protegiéndonos.

¿Para los mareos tiene algún consejo...? -Preguntó Felaern, aunque nadie respondió.
Creo que me voy a desmayar. Además, estamos condenados a limpiar, pensad en cómo van a quedar nuestras manos... -Dije, con una preocupación que fue contagiándose al rostro del Celadrin. Podría haberlo interpretado como una señal para dejar de hablar, pero siendo honestos, si estando tranquila difícilmente guardo silencio, atacada de los nervios era aún más improbable- Y ni penséis en el cutis, ¿con la humedad? Decidle adiós, igual que a vuestro pelo.

Felaern se acarició la rojiza melena durante un instante, como queriendo protegerla con ese gesto. Luego me miró, intentando transmitir (sin mucho éxito) un mensaje de calma.

He traído algunas cosas, podemos ralentizar el proceso lo máximo posible cuando vayamos a los camarotes -asentí, pensativa.
De todos modos, tampoco es que las náuseas nos vayan a dejar hacer mucho más.

Felaern hizo un poco de ruido al tragar y se forzó a seguir con su canción, para intentar distraerse. Hice lo propio, lanzando una última mirada a mis compañeros. Lucy nos miraba como si se preguntara si siempre éramos así de inútiles, mientras que Howl sonreía divertido, solo con una de las comisuras. Elrid seguía dando instrucciones aquí y allá y la dama Aurithel, más valiente que nosotros, ascendió al carajo para tener una visión más limpia.

Así se repartieron pues nuestras tareas y, por unos días, todo discurrió con normalidad.
Por unos días.

Diario de a bordo, día 6:

Los primeros días pasaron con relativa tranquilidad. El mareo se había hecho algo más soportable para todos los que lo acusábamos, aunque aún nos costaba acostumbrarnos al cada vez más sofocante calor, máxime en un ambiente tan húmedo como en el que nos encontrábamos.

El maestro Elrid había utilizado todos esos días para instruir a Bonk, Boris, Aryan y el Comandante Reihall en el uso de la artillería, de modo que ya se consideraban pequeños expertos. Por recomendación de la Capitana, además, todos habían abandonado sus placas metálicas en favor de ropajes más livianos y cómodos.
Howl y la dama Azalea se turnaban el descanso y la supervisión, aunque la última pasaba más tiempo en el interior; no es de extrañar, en cualquier caso... No era un entorno apropiado para una dama de su categoría.

Aurithel parecía cómoda con su improvisado papel de vigía, por su parte; cada mañana subía al carajo y solo bajaba para descansar y comer, prácticamente, manteniéndose alerta y vigilante a posibles peligros.
Algo por lo que a día de hoy aún le estamos agradecidos, pues de no ser por ella habríamos tardado mucho más tiempo en divisar lo que se nos venía encima y quizá entonces habría sido demasiado tarde.

¡Howl, delante! ¡Se aproxima tormenta! -Exclamó, tomándonos a todos por sorpresa. Fel y yo palidecimos (aún un poco más) de forma instantánea.

Aryan y Elrid se asomaron por proa, mientras que Lucy y Howl observaban, desde su aventajada posición, el horizonte con el ceño fruncido en un semblante de gravedad.

¡Podemos esquivarla! -Gritó Lucy, valorando nuestras posibilidades en aquel momento- ¡Pero la otra ruta nos es desconocida, no sabemos qué peligros podrían aguardarnos!

Howl, que estaba observando fijamente la tormenta como si pudiera apaciguarla con el poder de su mirada, repuso con tono serio pero tranquilo.

O podemos intentar controlarla. Valoramos esta posibilidad antes de embarcar, tenemos algunos recursos.
¡Haced lo que tengáis que hacer, pero que sea rápido, nos estamos acercando!

Howl asintió en un quedo gesto a la dama Azalea, que devolvió el asentimiento con la mayestática determinación y presencia que siempre la rodeaba. Combó la falda del vestido y, con ayuda siempre de uno de los tripulantes, subió hasta colocarse junto al Jefe, tomando el pergamino que le tendía.
Diría que no reconocí el conjuro, pero lo cierto es que ni siquiera presté atención, porque sentía como mi cuerpo se tambaleaba de un lado a otro pese a haberme sentado bajo la cubierta, como una silenciosa admonición de lo que nos esperaba.
En todo caso, sea como fuere, no funcionó. El ceño de Howl se frunció un poco más, aunque el hombre se mantuvo silente durante varios segundos. La dama Azalea, por su parte, alzó el mentón como retando al propio clima a que fuera a por ella, o como si el mismo cielo le perteneciera también.

Durante mucho rato, o al menos a mí se me hizo eterno, nadie dijo nada. La voz de Elrid rompió el silencio en un rugido, entonces.

¡Howl! ¡Agotemos nuestras opciones! ¡Aquí sabemos a lo que nos enfrentamos, al menos! -El Jefe pareció dudar, tomándose un par de segundos para responder, pero finalmente depositó la confianza en el más veterano de nosotros, asintiendo.
Sea.
¡PERRO VIEJO! ¡TÚ Y LOS TUYOS A LAS VELAS! ¡LA COSA SE VA A PONER FEA!
¿Por qué es tan grosera con el pobre Elrid...? -Pregunté a Felaern, confusa. Me miró desde arriba, siempre paciente con mis inoportunas cuestiones.
Creo que la gente de mar se da esos apodos en señal de respeto, aunque a nosotros nos suenen mal. Como una forma de reconocimiento.

Formé un "oh" silencioso con los labios, pues no tuve tiempo de decir nada más.
Un rayo de luz partió en dos la noche nublada, como una advertencia primeramente muda, después atronadora cuando el relámpago dio paso al trueno.
Las olas eran cada vez más altas, cada vez más fuertes, más continuas.
El barco se movía como si en vez de madera estuviera hecho de pergamino.
Me estremecí.

¡YA VIENE! -Lucy manejaba el timón con una valentía y una destreza dignas de admiración, sobre todo en esas circunstancias.

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Nos sostuvimos como pudimos. Sentada como estaba era más fácil mantener el equilibrio, pero la mayoría de mis amigos no tuvieron tanta suerte. Cuando el mar golpeó por babor vi a casi todos ellos salir disparados hacia estribor, como marionetas manejadas por un titiritero invisible. Lancé un grito ahogado, encogiéndome sobre mí misma.

¡ESTABILIZAD LAS VELAS!

Los rugidos de Lucy nos mantenían alerta y con un propósito, pero también añadían a un caos que no seréis capaces de imaginar si no habéis vivido nunca una tormenta en el mar.
Howl, Boris y Bonk afianzaron parte de las cuerdas, mientras que Elrid, Aryan y Reihall se hicieron cargo de las otras... Pero el Comandante tenía demasiada fuerza, de modo que desestabilizó a Elrid, y ambos salieron disparados. Otro golpe sordo. Los cuerpos chocando y rodando como si estuvieran hechos de trapo, tal era el ímpetu con el que la Rabiosa parecía golpearnos.

¡OTRA!

Girando a toda velocidad el timón para intentar estabilizar el navío, Lucy fue de las pocas que consiguió mantener la posición durante todo el contratiempo. Azalea, Felaern y Reihall parecían un saco de golpes, y en esa nueva arremetida también yo salí disparada, golpeándome contra uno de los mástiles.

¡NO ME PAGAN LO SUFICIENTE PARA ESTO!

Chillé, desde lo más profundo de mis pulmones, liberando la ansiedad y el estrés de la única forma que se me ocurrió, mientras trataba de incorporarme. Al hacerlo, vi cómo el señor Howl alzaba lentamente las cejas, mirándome... Y entonces, en mitad de todo aquel desgobierno, soltó una sonora y abierta carcajada.
Vosotros no lo entenderíais, pero su risa era como un bálsamo de paz capaz de aliviarlo todo.

¡NOS DIRIGIMOS AL OJO DE LA TORMENTA! ¡TODO EL QUE NO SEPA MANEJAR LAS VELAS, A LOS CAMAROTES! ¡QUE NADIE ESTORBE O NOS COSTARÁ MÁS DE UNA VIDA!

Sólo nos retiramos Boris y yo. Pensé que Azalea y Felaern vendrían con nosotros, pero supongo que la primera quiso quedarse por si alguien necesitaba asistencia y, en cuanto al segundo... Bueno, su buen corazón a menudo puede más que su buen juicio.

Lo que pasara allí afuera... Me temo que otra persona tendrá que encargarse de narrarlo, pues lamentablemente yo no lo presencié.
Quería ayudar, lo saben las Diosas, pero era plenamente consciente de que no tenía ni idea de qué hacer en una situación así. Si me ponía en peligro, alguien intentaría ayudarme y las cosas habrían sido peores.

Dentro, no obstante, no creáis que la situación era mejor. Boris estaba dando tumbos como una canica, chocando y rebotando contra las paredes y muebles. Y si un hombre de esa envergadura se encontraba en esa tesitura, os podéis imaginar en el estado que estaba esta pobre Cronista.

Solo cuando escuché gritar a Felaern a todo pulmón reuní la fuerza de voluntad suficiente para ponerme en pie, entreabriendo la puerta y asomando la cabeza para comprobar el estado de mi amigo y mentor.
Justo en ese momento le vi, literalmente volando por los aires. Imagino que trató de ayudar con las velas y algo salió terriblemente mal, porque ya ni siquiera estaba sujeto a ninguna cuerda. Estaba, simple y llanamente, a merced de una caída libre.

Sentí una oleada de pánico cuando comprendí cuál sería su destino y me dispuse a conjurar, pero lo hice demasiado tarde... Y no porque ya se hubiera encontrado con su fatal desenlace, si no porque un segundo hombre se alzaba en el aire con presencia imponente, la nívea melena ondeando al son que marcaba el tempestuoso viento y la áurea mirada brillando con intensa determinación.
Howl atrapó a Felaern al vuelo, sosteniéndole entre la seguridad de sus brazos como si de dos protagonistas de una gran gesta romántica se tratara.

Pensé que, viendo lo visto, era normal que el Jefe tuviera el corazón dividido entre su dama y Felaern, pues la historia de amor clandestina que vivía con el Celadrin poseía un cariz de diferente intensidad. Dispersa en esa viva imagen en mi cabeza, no escuché el siguiente grito de Lucy.

Sentí como si una mano invisible tirara de mi cuerpo con descontrolada violencia y me golpeara contra todas y cada una de las paredes del navío. Escuché el inconfundible chasquido de los huesos al romperse y un pitido sordo que parecía nacer del interior de mi propia cabeza. Sentí el insoportable dolor y la calidez de la sangre bajando por mi sien y mis fosas nasales.

Lo último que recuerdo son unos ladridos desesperados y ver a Brok, el perrito de Bonk, debajo de mí, deteniendo la fuerza del impacto con su propio cuerpo.
Escuché sus gemidos lastimeros mientras mi mente se sumergía en la oscuridad.

Offtopic :
Dividiré el relato en partes, poco a poco, porque incluso así ya es demasiado largo. ¡Lo siento! Muchísimas gracias a DM Suerte por la quest tan currada (también mi primerita en el servidor), y a todos mis compañeros del Faisán por el rol y las risas. ♥
 
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AreeluVorlesh

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V - Endecha de miedo y sombras, parte I - Agujas.

O
bservé al enorme norteño a mi diestra con una sonrisa cargada de ternura; mientras esperábamos a que Aryan regresara de nuestra habitación con el tablero de ajedrez, Bonk sonreía con la ilusión de un niño pequeño, siempre contento de aprender algo nuevo.

¿Tú qué opinas, Bonk? Yo creo que se va a aprovechar de nosot...

Dejé la frase en el aire para desviar la atención a la puerta de la Luz del Álandor. Atravesando el umbral resonaban los acelerados y pesados pasos de Boris enfundado como era costumbre en su pesada armadura. A ese sonido se sumó uno muy parecido, a mi espalda esta vez, siendo Aryan quien se unía a nosotros casi al tiempo.

Te estaba buscando... -La voz de Boris sonó entrecortada por un quejido cansado; debía haberse pegado una buena carrera. Ladeé el rostro, observándole con curiosidad.
¿A mí? ¿Es que tenéis algún problema? -Fruncí el ceño. Sin duda, mi relación con Boris había pasado por muchos altibajos, no obstante fue mi primer amigo en la Ciudad de la Moneda y aún hoy nos une un gran respeto.​
Yo no... .
¿Yo...? -Alcé ambas cejas, perdida por el rumbo de la inconexa conversación.
Lindara... Estás en peligro.

Miré un momento a Aryan y Donovan, que parecían tan confusos como yo. Bonk se mantuvo en silencio, aguardando, con la atención fija en el Leal. Sin saber muy bien qué decir, devolví la mirada hasta él, instándole a continuar.
Estábamos en el sótano de Waukeen cuando nos topamos con un encapuchado. Empezó a hacer preguntas sobre ti.
¿Qué tipo de preguntas? -Sentí la tensión acumularse lentamente en mis hombros.
Preguntas. Te estaba buscando, era evidente, así que les dimos una paliza... El sujeto no estaba solo -sacudí un poco la cabeza, pero no le interrumpí. En su lugar, Aryan intervino.​
¿Qué aspecto tenían? ¿Cómo vestían, llevaban algún símbolo...? ¿No interrogasteis a ninguno? -Boris negó.
Alguien de el grupo se emocionó y les calcinó directamente. Vestían de negro, sin distintivos. Pero encontramos un pergamino entre las cosas que se habían salvado. Una lista de objetivos, en la que ponía: Lindara Meldamiriel - CAPTURAR.
¿Disculpad? Pero...
Hm...

Sentí un escalofrío recorriendo toda la curva de mi espalda hasta la nuca. ¿Un grupo de qué? ¿Mercenarios? ¿Y por qué querría nadie capturarme a mí? Si no tengo enemigos... Ni siquiera suelo tener problemas, en general. La voz de Bonk, agravada aún más por el eco del propio yelmo, resonó con una furia que helaría la sangre del guerrero más veterano.

¡Si hombres malos hacer daño a amigos de Bonk, Bonk matarlos a todos! -La exclamación sonó más como un rugido, que añadió un nuevo miedo al que ya sentía por mi propia vida: la certeza de que mis amigos se pondrían en peligro por mi culpa, si llegara el caso. Coloqué una mano en el hombro de Bonk, con suavidad.
El problema es que no sabemos quiénes son, ni qué aspecto tienen, así que no sabemos por dónde buscar. Primero tenemos que encontrarlos -hubo un segundo de silencio- y después sí, Bonk... Los mataremos a todos -La voz de Aryan sonó algo más grave de lo normal, con más dureza pero llena de convicción. Suspiré.
¿Qué otros nombres había en esa lista, Boris?
Ninguno. Solo el tuyo.

Junté las manos en mi regazo, girando la solitaria pulsera de la zurda que siempre me servía de salvavidas cuando los nervios o el pánico hacían presa de mí.

No entiendo nada... -Declaré finalmente- No tengo mala sangre con nadie hasta donde yo sé, al menos por mi parte. ¿Será esa gente de los Páramos...? -Aryan negó.
No tendría sentido, buscaban respuestas sobre los orcos, no a ti específicamente. Puede... -Su voz se quebró un instante, observándome; pasábamos el suficiente tiempo juntos como para saber cuándo le comía la preocupación, incluso si no lo expresaba con palabras- Puede que no te quieran específicamente a ti, Linda, si no utilizarte para llegar hasta otra persona.
¿Es que creéis que os siguen buscando? -Inquirí, sin dar mucho más detalle a la pregunta.
Es posible... Acabé con muchos, pero no con todos.

Dejé escapar un nuevo, largo y lento suspiro, alzando la mirada al techo. De alguna manera, la nueva posibilidad parecía aún peor que todas las anteriores.
Dimos vueltas sobre el mismo tema durante un buen rato, hasta que nos dimos cuenta de que no tenía sentido elucubrar sin más pistas de las que teníamos. Boris debía ir al campamento de los llanos, así que finalmente salimos tras él, acercándonos al grupo que le había acompañado hasta Agujas.

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Se cruzaron muchas conversaciones, pero sentía la mirada de todo el mundo puesta en mí de alguna manera; algunos con preocupación, otros con simpatía, también con curiosidad y ciertas dudas. Me oculté un poco tras la espalda de Aryan, discretamente. Lo crean o no, fuera del escenario me gusta mi vida tranquila, sin atenciones indeseadas.

¡Algo habrás hecho, moza! -La voz de Rainde tenía el mismo tono de siempre, difícil de descifrar si bromeaba o no. La voz de Marcus era más distendida, tratando de quitarle hierro al asunto.
Confiesa lo de las drogas, te vamos a ayudar igual.
Te apoyaremos en todo lo que necesites, Lindara, sabes que puedes contar con nosotros... -Selene siempre tenía cierta calidez con ella, acompañada de una sonrisa afable que contrastaba con su robusto e imponente físico.
Si necesitáis esconderos, en el templo de Bast, Sharess para la gente de estas tierras, siempre tenemos a bien proteger la vida, que es el inicio de todos los placeres, a cambio de un pequeño donativo...

Esa fue la voz de "La Gran Ankha", como se había autoimpuesto; la verdad es que no tenía la mejor relación con ella, no habíamos empezado precisamente con buen pie... Pero agradecí sus buenas intenciones, pues parecían sinceras. Además, por lo que había podido recoger de todo lo hablado, había sido ella quien había registrado los cuerpos en busca de nuevas pistas, y dado finalmente con el pergamino.

De mercenarios, las teorías pasaron rápidamente a asesinos. Hablaban de esconderme en toda clase de lugares, de huir. ¿Huir de qué o quién? Ni siquiera sabía lo que me estaba persiguiendo ni por qué, para empezar. ¿Qué me garantizaba que no me siguieran? ¿Y cómo sabría cuándo podría volver? Necesitaba respuestas, no escondrijos.

...y tengan claro que CAPTURAR solo significa que quieren a la dama con vida; todos los que la acompañen para protegerla, serán prescindibles.

Sentí como si me faltara el aire. De hecho, probablemente era así. Ya me parecía que últimamente casi toda mi vida estaba tocada por Beshaba, pero esa era la gota que colmaba el vaso; se había puesto patas arriba de la noche a la mañana y ni siquiera entendía el por qué.
Me encogí sobre mí misma, a punto de ceder a la acuciante ansiedad cuando sentí la mano de Aryan deslizarse por mi espalda, rodeándome después por la cintura para apretarme contra él. Me mantuve así, acurrucada en la seguridad de su presencia.

Bonk ya advertir... -repitió de nuevo, muy despacio, como siempre que se enfadaba de verdad- Bonk no en peligro. Hombres malos en peligro si tocar a amigos de Bonk. ¡Hombres malos morir todos! -Rugió de nuevo.
Pero tendremos que dejar vivo a uno, Bonk... Para poder interrogarle y sacarle información -dijo Aryan, mirándole de reojo, como midiendo al norteño. Bonk le miró fijamente.
¿Y después de hombre malo hablar, Bonk matar a hombre malo...? -La pregunta salió con la misma lentitud, midiéndole en igual medida.
Desde luego, le mataremos como a los demás -asintió. La respuesta pareció complacer al berserker, que añadió en tono conciliador.
Bonk matar a hombres malos tranquilamente...

No pude evitar esbozar una tenue sonrisa pese a la complejidad del asunto, algo que solía ocurrir en la presencia de mi enorme amigo. A nuestra espalda, escuchamos la familiar voz de otro de los más cercanos: Salathar, que llegaba en ese momento después de estar varios días desaparecido.
Creo que tuvimos la misma idea a la vez.

¡Salathar! Precisamente tú y tu magia nos vais a venir bien...

Offtopic :
// Gracias a DM Ragnaros por intentar secuestrarme (?) y por el rol, aunque ya no pueda ir a farmear oro sola. *Sad violin noises*
 

AreeluVorlesh

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VI - De la chispa del rechazo y puntos de inflexión.

P
aseaba parsimoniosamente por las nevadas y familiares laderas que conducían a la ciudad de Náshkel acompañada de algunos de mis amigos: el maestro Elrid, que me había acogido como aprendiz poco después de mi llegada al antiguo Faisán Escarlata y a quien quiero como un padre; Sig, que prácticamente es la hermana que nunca tuve; el caballero Arnaud, con quien había coincidido poco pero de forma cordial y Aerin, una elfa cuyos valores chocan fuertemente con mis ideales.

De ella fue la idea del viaje que nos ocupaba; por algún motivo que hasta el día de hoy desconozco, parecía muy interesada en medir sus habilidades de arquería con las mías (sin importar cuánto le dijera que yo aún estaba aprendiendo) y enseñarme a cazar. Como nos dijo "ustedes solo miren y quizá aprendan algo", eso hicimos el maestro Elrid y yo durante todo el camino: mirar y conversar.
Mejor para mí, que las flechas estaban muy caras.

¿Cuándo serán las próximas clases de baile, Lindara? -La pregunta de Arnaud me sacó de mis pensamientos.
¿Hm? Bueno... La verdad es que no he pensado en una fecha temprana, supuse que si las hacía poco espaciadas, la gente se cansaría y dejaría de venir. ¿Es que vos tenéis ganas de la siguiente?
Me gustó mucho la primera -asintió- y también me gustaría bailar con vos -abrí los labios para responder, pero la voz de Aerin se me adelantó.
Ella tiene pareja.
¿Y eso qué tiene que ver? Es maestra de baile.
Ha sido un buen intento, pero ya habrá otra para ti, muchacho.

Suspiré mientras escuchaba las idas y venidas de uno y otra. El caballero Arnaud solía ser un hombre tranquilo, pero Aerin tenía tendencia a traspasar el límite a la hora de expresarse, de modo que decidí que lo mejor era intervenir.

No suelo bailar con los asistentes a mis clases, prefiero mostrar los pasos a todo el grupo para que puedan reproducirlo con sus parejas o en solitario, lo que toque... Además, es posible que Aryan se pusiera un poco nervioso.

Por decirlo de alguna manera.

Entiendo... Si os he ofendido, lo lamento.
De todos modos, Lindara... Siendo Aryan un humano, ¿qué vas a hacer cuando sea demasiado viejo? Seguirás siendo joven cuando él muera.

La pregunta cayó en mí como un jarro de agua fría, más heladora que el clima que nos acosaba en ese momento bajo la nieve implacable. Me pareció escuchar a Elrid decir algo de hijos y nietos y a Arnaud hablar sobre la importancia de la intensidad del amor, no su duración... Pero sus voces sonaban mucho más lejanas de lo que avistaba sus cuerpos.

Me mantuve en silencio durante todo el tiempo que la pregunta se hacía eco en mi cabeza. No era una invitada desconocida a la reciente colección de miedos que se había ido apilando en mi corazón en los últimos meses; era de hecho, quizá, la visitante más asidua.
Cuando Aryan fuera demasiado viejo...

Mi mente viajó de ese pensamiento a otro, frente al acantilado de la Costa Sur y junto a mi gran amigo Salathar, cuando tratamos un tema no muy diferente. Él fue la segunda persona en percibir lo que guardo en mi interior, pero la primera en reconocerlo. No hubo miedo ni juicio, y encontré aquella sensación reconfortante.

...pero es una elfa y los humanos son efímeros, es un hecho. Solo digo las cosas como son, era una curiosidad sin mala intención. Mantente al margen, "viejo" -cada palabra que escuchaba de labios de la otra elfa iba encendiendo una chispa de odio dentro de mí que pocas veces salía a la luz.
Tanto bosque y tantas maripositas os deben estar haciendo perder los buenos modales -espeté, con cierta rabia- ¿Qué pasa con ustedes, los tan orgullosos "elfos del Pueblo"? Suenan todos iguales, parecen un enjambre que compartan pensamiento colmena, más que individuos. Efímeros, humanos de vida breve, el orgullo, las raíces... No saben hablar de otra cosa.
Eres una de los nuestros, parte del Pueblo, te guste o no.
No soy "del Pueblo", soy de las Meldamiriel, artistas errantes de Argluna y los caminos; no quisiera ser de ningún otro sitio, especialmente no de uno que me hiciera ser como vos.
Si lo que he dicho te ha ofendido, te pido disculpas. No era mi intención, solo tenía curiosidad.

Asentí, pero no dije nada. Durante todo el camino a la ciudad sus salidas de tono, sobre todo hacia el maestro Elrid, fueron constantes. La paciencia de ese hombre sí que debería ser objeto de estudio, porque no sé cómo habría reaccionado yo en su lugar... Y prefería no explorar esa idea, por el momento.

Cuando llegamos a Náshkel nos dirigimos hacia una de las posadas principales. El maestro Elrid nos invitó a todos a una jarra de leche caliente para sacudirnos el frío de encima y después nos enseñó que si añades una tableta de chocolate mientras aún está hirviendo, puedes hacer cacao "bebestible", como lo llama él. Hehé, bebestible... En fin.
De camino a la mesa que había localizado el caballero Arnaud, escuché de nuevo la voz de la elfa dirigiéndose a mí.

Lindara. Vamos arriba, quiero que hablemos.
Ahora mismo no tengo ganas de hablar de ese tema, quiero pasar el rato con mis amigos. En otra ocasión.
Será ahora -su tono de voz sonaba como una orden, de modo que alcé una sola de mis cejas.
No, no será ahora -repliqué, de forma más tajante.

Parecería que todo el mundo siente que puede manejarme como a una muñeca de trapo, como si el ser de naturaleza amable y social me excluyera de cualquier ápice de personalidad restante.

No quiero pelear, solo quiero que me expliques bien lo de Aryan y por qué te ha molestado tanto -parpadeé con cierta incredulidad.
Va, va, la chica ya te ha dicho que ahora no quiere eh...
No te metas en esto, humano. No va contigo.

Tomé asiento en una de las sillas vacías, junto a Sigrid. Sentía mucha rabia recorriéndome por dentro, pero prometí a Felaern y Aryan que no volvería a explotar como la última vez, así que traté de contenerme.

¿...y qué se siente sabiendo que dentro de poco no serás más que huesos en una tumba?

Apreté los dedos alrededor de la jarra con tanta fuerza que estaba segura de que alguna de las dos cosas se iba a romper en cualquier momento, aunque no pasó.

Como Aryan, ¿hm? Según vos -puso su mano sobre mi hombro al escuchar mis palabras.
No quería ofenderos -repitió-, solo sentía curiosidad.
Preguntarle a alguien qué hará cuando la persona más importante de su vida desaparezca de la misma no es curiosidad, es crueldad.
No lo veo así, por eso quiero que subamos y me lo expliques.
¿Para qué, para que podáis ofender al hombre que amo también?
No metas al viejo humano en esto, es cosa nuestra -aparté el hombro de su mano, pues su contacto se me hacía repugnante.
El maestro Elrid es mi familia; al menos, así lo siento yo. Si no podéis tratarle con el respeto que merece, tampoco esperéis el mío.
La muerte es algo natural. Verás marchitarse a muchos humanos antes de que nuestra vida finalice, es el ciclo de la vida.

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De milagro contuve el impulso de golpear la jarra contra la mesa, o contra su cabeza, tal vez, no estoy muy segura.
Agaché el rostro para cubrirlo tras el dorado flequillo con la esperanza de que nadie mirara en mi dirección, ocultando un par de lágrimas que terminaron por evaporarse sobre mis mejillas antes de que nadie alcanzara a verlas.

Eventualmente, después de que Elrid pusiera a Aerin en su sitio un par de veces más, la conversación terminó.
La elfa terminó por cansarse de insistirme, aunque aseguró que hablaríamos en otra ocasión casi como una amenaza; con su ausencia, la tensión terminó.
Terminaron también los dulces, las risas y las conversaciones superfluas, poco después, cuando hubimos dado fin al contenido de nuestras jarras y cada uno se retiró a sus habitaciones.

Sin embargo, tendida en el frío lecho de aquella posada perdida del mundo, un atisbo de duda dio pie a una certeza más absoluta y oscura.
Y se mantuvo.
 

AreeluVorlesh

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VII - De clases de danza que son pruebas de amistad.
Bien, ¿lo tenemos todos? ¡Genial! Entonces... ¡La música desde el principio! ¡Fel, por favor!

Felaern sonrió con su habitual serenidad, asintiendo a mis palabras y dando comienzo a la melodía que había memorizado en cuestión de minutos para su flauta.
Pocos lo saben pero, en realidad, aquellas clases habían comenzado gracias a Eileen y él, a todo el cariño, apoyo y confianza que habían puesto en mí y mis capacidades desde prácticamente el momento en que nos conocimos. Mi idea inicial había sido unas simples clases privadas, porque no pensé que la gente fuera a acudir si las hacía públicas... Pero al final consiguieron convencerme. Y nunca podré agradecérselo lo suficiente.

Como hoy bailaremos todos con todos, quiero que os acerquéis a quien prefiráis. Montad parejas, contad una historia. La Danza Alegre trata del caos y la libertad, no hay normas, solo relatos que contar. Por ejemplo, Felaern y Eileen podrían hablar sobre el amor... -Les guiñé un ojo, esbozando luego una sonrisa más juguetona al desviar la mirada a otros dos de mis viejos amigos- Mientras que Boris y Temet seguramente contarían una historia muy diferente...

Dejé escapar una risita ante las risas de los demás, ignorando las protestas de Boris por lo bajo. A petición del mismo, repetí una última vez los pasos más básicos, que no entrañaban mayor dificultad que la de mantenerse constantemente en el aire, saltando de un lado a otro sin descanso. Cuando todos lo tuvieron, dio comienzo la clase.
Recogí mi pandereta en forma de media luna y me sumé a la melodía de la flauta; un ritmo simple pero muy alegre que me transportó a tiempos pasados, recorriendo los caminos con mi familia, mi troupe.

Paseé la mirada por todos ellos. Felaern y Eileen danzaban con su maestría y soltura habitual, pues además de talento tenían una complicidad innegable, y todo es mucho más sencillo cuando se hace desde el amor verdadero.
La verdad, no estoy muy segura de cómo llevaron los demás el principio de la clase, porque en ese momento me di cuenta del... Atuendo, que había elegido Felaern para la ocasión, y aunque puedo decir con absoluta certeza que nunca le vería con otros ojos que los de una hermana, era difícil desviar la atención.

Cuando pude salir de mi estupor, me fijé en otra de las parejas formada por Jamgön y Zhou. Su estilo de baile era diferente, más técnico y menos interpretativo, pero resultaba muy agradable a la vista y sin duda tenía mucha dificultad añadida, pues había una regia elegancia difícil de imitar que contrastaba con sus divertidas expresiones, jugando entre ellos.
No pude evitar sonreír. Les había invitado hacía una dekhana a las puertas del Hospicio y no parecían muy convencidos, pues aseguraban que no sabían bailar. Recordé entonces que, cuando vieron la ilusión que me hacía, ambos accedieron a asistir, pero nunca me paré a valorar si realmente lo harían.
Mientras saltaban en el aire, recordé los tiempos del Faisán, las intendencias con el maestro Elrid, que también estaba por allí; las historias de Jamgön y cuando Zhou se llevó un montón de flechazos por intentar protegerme con su escudo.

Mientras yo misma giraba de un lado al otro del escenario con Temet de los antebrazos, al girar sobre mí misma pude echar un rápido vistazo a las gradas.
Shiphae estaba allí, sentada junto a Valrieth y observando el espectáculo, pues se había convertido en tal más que una clase. Me hizo mucha ilusión ver a ambas allí.
Por un momento, mi mente viajó a aquellos viajes con Shiphae a lo largo y ancho de Amn, descubriendo sus tierras y secretos, descubriendo algunos dentro de mí de los que no era consciente y, sobre todo, descubriendo a mi mejor amiga.
También a aquella charla más íntima con Valrieth a los pies del acantilado junto a la Cala, donde ambas compartimos algunos de nuestros miedos e ilusiones, donde me mostró algo que parecía muy valioso para ella y en la que accedió a ser las manos que confeccionaran lo más importante para mí.

¡Veo muchas parejas con grandes capacidades, pero no lo que no veo es drama! ¿Dónde están los robos, hm? ¡Dónde el juego! Ahora, cuando aumente el ritmo, quiero que las parejas pasen a ser tríos. Lucharéis por conquistar con vuestro arte al tercero en discordia, ¡y solo el mejor puede ganar! ¡Adelante!

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Con esa última palabra empujé a Temet hacia Boris, ya que le veía pasárselo demasiado bien con Lux y Paz bailando de una forma que jamás habría imaginado verlas danzar... Al menos a Lux, con sinceridad.
Paz siempre parecía acompañada de esa alegría y sensualidad que le hacía perfecta para un evento así, siempre amable y risueña, como el primer día que nos conocimos en las Cimas y salvó mi vida. A Lux, sin embargo, no la había conocido más allá de su faceta responsable y casi maternal; cuando enfermé a causa del veneno, fue una de las personas más pendientes de mí y de mi mejoría. Creo que probó todo lo posible y después un poco más por verme mejor.

¡ESTÁS LOCA!

Ese había sido el rugido de Boris cuando tuvo que sostener a Temet entre sus brazos, que le separó de las dos damas de sus sueños.
La verdad, esos dos siempre estaban como el perro y el gato desde que les conocí. Fueron mis primeros amigos en los llanos, desde que Boris me encontrara perdida en la fuente, preguntándome si atravesar o no la muralla y decidiera enseñarme la ciudad hasta que me presentara al druida, que me había ayudado a entrenar y mejorar mis habilidades aprendiendo un poco de sus travesuras en el proceso.
A mi parecer, si no encontraban el amor es porque los dos están hechos el uno para el otro, solo que aún no se dan cuenta. Pero ya lo harán, estoy segura.

Ah, lamento interrumpir, querida Sig, pero temo que voy a tener que poner a prueba nuestra amistad robándoos al maestro Elrid... -La broma era evidente en mis palabras, pero se reflejaba además en mi sonrisa.
Tú lo has empezado... -Sonrió del mismo modo.

Pese a nuestras palabras, lo cierto es que fue, quizá, el baile más familiar de todos. El maestro Elrid, que en realidad me había dado media clase oficial desde que nos conocemos, se había ido convirtiendo en mucho más que un amigo con el paso del tiempo. Creo que fue el primero en darse cuenta de lo que pasaba entre Aryan y yo, e hizo todo lo posible porque terminara sucediendo. Me dio mis primeras clases de nado para que no tuviera miedo en el viaje a Maztica y me ha enseñado otras cosas muy importantes que solo un padre te puede enseñar, como por ejemplo que si metes una tableta de cacao en una jarra de leche muy caliente, consigues chocolate "bebestible" calentito; y es una de las mejores cosas de la vida.
Y Sig, bueno... Me explicó cosas que no puedo relatar aquí, después de una conversación con el señor Musgoverde sobre "atragantar mujeres en la cama", y desde entonces hemos sido como hermanas. Por cierto, el caballero Steinn también es asiduo a esas prácticas; por si no lo sabían.

¡Y bueno! Para sorpresa de NADIE, mientras Sig me daba una vuelta por los aires, pude ver a mi Aryan bailando con el Señor con Estilo, el pulpo rosa al que conocimos en la Subasta de Solteros de Oro.
La verdad... No sabría definir exactamente qué tipo de baile estaban haciendo, porque daban patadas muy extrañas al cielo y todo tenía un aire un poco como a Murann, como de que si te descuidabas un momento invadían tus tierras y te echaban la culpa a ti, pero aún así era muy divertido de ver.

El señor Pulpo Rosa, de ahora en adelante "Don Olaf", es el nuevo y flamante miembro de la troupe Meldamiriel. Me cae muy bien; tiene muchísimas canciones geniales, así que no es de extrañar que acabara en pareja con Aryan "Dedos Rápidos" (no explicaré el por qué de su apodo), que había sido el último miembro de la troupe hasta ese momento.

Mientras me acercaba a los grandes tambores que adornaban el centro del escenario para pasar a la fase final de la clase, el Caos absoluto se apoderó del escenario. Por un lado, Aryan estaba por ahí rompiendo parejas, metiéndose entre Jamgön y Zhou (ojalá hagan su romance oficial algún día) y Felaern y Eileen con su sonrisa ladina de cuando se pone traviesillo. En realidad, cuando le veo divertirse me hace muy feliz. Siempre parece cansado y agobiado por la cantidad de trabajo que hace por nosotros, así que es un alivio cuando consigue despejar la cabeza.

Al otro lado del escenario, Jamgön se emocionó tanto con el aumento de ritmo que el pobre Zhou salió volando por los aires. Igual es que yo ya estaba alucinando por la música, pero me pareció que daba varias vueltas antes de caer de boca.
Mientras le atendíamos entre todos, sentimos temblar el suelo y un rugido enfadado. Miré a mi izquierda justo a tiempo para ver a Inti, el enorme oso compañero de Lux, cargar contra Boris con cara de pocos amigos. Al parecer no le sentó muy bien que le estuviera robando la atención de la mujer, y lo sacó a bocados del escenario. No debí reírme, porque parecía que se lo quería comer, pero no pude evitarlo.

¡Como ya os había explicado... En la clase de hoy tendremos un ganador! Aquel que haya contado la mejor historia y que se haya esforzado al máximo en...

Parpadeé un segundo. No sé en qué momento había pasado, ni cómo, pero miré a mi izquierda y había un pulpo rosa meneándome el trasero casi en la cara. ¿Huh? Escuché como un "clap clap" misterioso, miré a mi derecha y me encontré a mi Aryan imitando el mismo movimiento. Me quedé mirando un par de segundos (bueno, o quince o veinte) más, con cierta intensidad. Carraspeé, ya le exploraría esos movimientos más entrada la noche, en otro escenario...

...en contar su historia, sí. Como a estos dos que tengo al lado sería imposible juzgarles, ¡quiero que suban a los tambores Jamgön... y Felaern!
¿Pero están preparados para aguantar nuestro peso? -Preguntó Jamgön.
¡Claro que sí!

No tenía la menor idea, la verdad.
¿Pero qué era un par de huesos rotos en pos del buen arte?
Ambos subieron a sendos tambores, pero como era de esperar, el duelo final generaba mucha expectación y la gente se iba amontonando delante sin acordarse de que soy una elfa en miniatura.

¡Oigan, pero no se pongan todos delante de mí, que estoy chiquita y no veo!

Casi no había terminado de chillar cuando vi a Aryan echar las manos atrás y flexionar las piernas, en silencio pero con una sonrisa ladina. Noté en mis mejillas la misma calidez que se reflejaba en mi sonrisa, observándole con atención unos segundos antes de saltar sobre la fuerte espalda, abrazándome a él con brazos y piernas.
Me afianzó más contra su cuerpo mientras yo apoyaba mi mejilla en la de él, viendo juntos las increíbles acrobacias que realizaban tanto el Celadrin como el monje.

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En ese momento, acompasando la agitada respiración con la de mi compañero y sintiendo el calor de su piel junto a la mía, me sentí a salvo y en paz por primera vez en mucho tiempo. Comprendí que desde que nuestros caminos se habían cruzado y convertido en uno solo, me había sostenido en muchas más ocasiones que aquella que nos ocupaba, literal y figuradamente. Había sido mi pilar, la roca inamovible que se interponía entre todos los peligros y problemas y yo; y al hacerlo, me había enseñado también a ser más fuerte, a defender mi terreno y valerme por mí misma para cuando no estuviera él; aunque esperaba, a decir verdad, que ese día no llegara nunca.

Deposité un único beso en la línea de su mandíbula, ampliando la sonrisa cuando Jamgön y Felaern saltaron de vuelta a las flores que adornaban el escenario en una pirueta imposible.
Tan imposible como decidir un ganador, así que por unanimidad acordamos que ambos merecían el premio, algo que tal vez no sea demasiado para muchos, pero significa el mundo entero para mí: la banda de las Meldamiriel que adornaba mi laúd desde que abandonara mi troupe y con la que, aquel que la porte, será reconocido como uno más de la familia cada vez que se encuentre con los artistas ambulantes por las ciudades y caminos.

Pero en realidad, habíamos salido victoriosos todos, pues la clase se había convertido en una fiesta y los asistentes eran, a decir verdad, viejos y nuevos amigos. Personas que llevaba cerca de mi corazón, de un modo u otro, y a los que no siempre tenía la oportunidad de ver.
Por eso, por encima de todo había ganado yo, pues sin saberlo ellos me habían enseñado a mí que, aquella noche, el mejor lugar del mundo era allí mismo.

Offtopic :
Una vez más, muchísimas gracias a todos por el rol y por siempre ser tantos los que aparecéis para apoyar tanto a Lindara como a mí, lo valoro mucho de todo corazón. Nos vemos en la próxima. ✨
 

AreeluVorlesh

Minsorrano sin caminos
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VIII - Hasta el hartazgo.

No te creo. No es verdad.

Trobamorte negaba con gesto sereno, los largos mechones de cabello negro danzando alrededor del anguloso y maduro rostro. En los finos labios se despuntaba el atisbo de una sonrisa que correspondí con una propia, amplia y radiante.

¡Te juro que así fue! La mujer es una criatura abisal, o algo así dijeron la otra dekhana, yo no estoy segura, la verdad; tiene un nombre muy raro, pero yo le llamo La Lianta. Total... Estábamos cruzando los barrios bajos para buscar una tetera, porque Felaern...
¿Tu nuevo mentor?
¡Sí, el mismo! ...porque Felaern había roto la de Eileen intentando darle una de sus famosas sorpresas. Y de repente, apareció detrás de nosotros y nos dijo que era un atraco.
¿Eileen?
¡Nooo, La Lianta!
Ahá...
Y entonces, Felaern le dijo... "¿Quién lo decide? Os atraco de vuelta. Entregad todas las manzanas". Y la mujer se quedó tan confusa, ¡que le tiró la manzana y salió corriendo!

Golpeé ligeramente mi jarra contra la superficie de una de las mesas del Mordisco de Bharken mientras que, doblada sobre mí misma, con la otra mano me sujetaba el vientre dolorido por el ataque de risa. Él acompañaba mi risa con la suya de manera descontrolada, algo poco habitual.
Cuando Mamá Meldamiriel le acogió en la troupe apenas era un niño humano que acababa de perder a toda su familia en un asalto brutal. Aunque habría cabido esperar que a una edad tan corta no recordara demasiado del suceso, lo cierto es que la tristeza había pesado en él como una losa a lo largo de toda su vida, silenciosa e inmutable, como otra extremidad más de su cuerpo imposible de extirpar. Ahora, como a menudo sucede en las relaciones entre elfos y humanos, el tiempo había pasado de forma distinta para ambos, convirtiéndole en un hombre de mediana edad cargado de una nueva sabiduría, pero atormentado por la misma oscuridad del peso de su memoria.

De todos modos, Lindara... ¿Qué estás haciendo aquí? Te hacía asentada en la Ciudad de la Moneda. Escuché los rumores cuando la troupe pasó cerca del Imnescurso.

Me encogí de hombros, pensativa, insegura de cuánto debería compartir con él por el bien de su seguridad y de nuestras propias pesquisas.

Ya sabes que yo me muevo siempre con el viento -sonreí, dando buena cuenta del contenido de la jarra, que quedó vacía por cuarta o quinta vez consecutiva; había perdido la cuenta, aunque sentía el calor arremolinarse en las mejillas.
Ya... Y seguro que el viento no ha soplado en esta dirección a causa de esa extraña leyenda negra que todo el mundo comenta por los caminos -me dedicó una mirada inquisitiva que correspondí con una sonrisa de disculpa.
Bueno, en mi defensa, tú tampoco me lo estás contando todo -repliqué.

Hubo un instante de silencio compartido.
Nuestra amistad se extendía larga y próspera en el tiempo. Cuando esto sucede, rara vez hace falta más de una mirada para entender que las cosas no van del todo bien.

La troupe no recorre habitualmente caminos como el del Imnescurso; de noche está plagado de peligros y no hablo solo de los naturales.
Ha llegado otra misiva a tu nombre. Ya sabes de quién. Lalaith dijo que era mejor quemarla, que no necesitabas...
Pero la has traído.

Alcé una mirada vacía hacia sus ojos grises y cansados, profundamente marcados por unas ojeras tan negras como los costosos ropajes de seda y terciopelo que acostumbraba a vestir. Se limitó a responder con un asentimiento, deslizando el pergamino lacrado en mi dirección y empujándolo con un solo dedo.
Lo observé durante largos segundos sin alzar ni una sola de las manos, que permanecían unidas sobre mi regazo.

No tienes por qué leerla. De hecho, puedes quemarla si ese es tu deseo; pero creo que la decisión, en todo caso, te corresponde a ti tomarla.

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Vacilé durante un rato más, pero terminé por tomar la misiva con la diestra; no le dediqué ni una sola mirada, lanzándola al fondo de la pequeña mochila que me había llevado en esa ocasión.

De todos modos, sea cual fuere... Esa decisión puede esperar, ¿hm? -Me forcé a recuperar una sonrisa amplia y alegre, la misma que viste siempre mi rostro. Trobamorte se entregó exactamente a la misma lucha interna.

Alzó la zurda, que llevaba adornada con grandes y aparatosos sellos y anillos de plata, haciendo un gesto al tabernero para que trajera una nueva botella de licor.
Compartimos historias de los Llanos y de la troupe. Rememoramos viejos y nuevos recuerdos y debatimos sobre la pérdida y el amor y todos sus misterios entre medias.
Tocó su flauta travesera y, por una vez, en lugar del laúd le acompañé con mi viejo violín e hicimos aquella taberna oscura, sucia y silenciosa nuestra por una noche.

La música habló con todas las voces que callaban nuestros corazones y, para cuando terminamos, si algún pensamiento intrusivo aún acosaba nuestras mentes terminamos de silenciarlos bebiendo y danzando al estilo Meldamiriel: hasta el hartazgo.
 
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