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Fery Krill, la llamada de la Dama de cabello de fuego

Manny_LoneWolf

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PRIMERA PARTE​


Mestiza

Fery no llegó a conocer a su madre. Recibió maltrato prácticamente desde que tuvo consciencia al servicio de su padre, un caudillo orco llamado Xunag del clan Sangreardiente. Era obligada a las duras tareas como una esclava, sirviendo a los guerreros del clan y obligada a tolerar todas las faltas de respeto porque todos decían que había nacido con los rasgos de su madre. Todos la llamaban Krilge, que significaba «Aquella que sirve», hasta que una noche por fin y entre lágrimas, se armó de valor para huir sin mirar hacia atrás con tan solo diez años.


Encuentro en una noche de tormenta

Muerta de hambre, sin apenas fuerzas y tras unos días de viaje, la pequeña se cobijó dentro de un almacén de grano en las afueras de la ciudad de Púrskul. Empapada de la lluvia y helada hasta los huesos, Krilge se abrazó a sí misma, de nuevo entre lágrimas, dudando incluso de si había tomado una buena decisión.

Fue sorprendida por un repentino ruido, originado por un humano de mediana edad que sostenía una horca de manera algo amenazante. Este miró fijamente a la mestiza y la pequeña abrió sus ojos, tapándose la boca para no emitir ruido alguno, inmovilizada por el miedo que recorría su cuerpecito en ese momento.

—¿Qué haces aquí? ¿Vienes a robarnos? —preguntó el hombre, alzando un poco más la horca en dirección a Krilge.

La pequeña negó varias veces con rapidez, a pesar de no conocer el idioma khondazhano, pues bien hubiera hecho cualquier cosa por evitar que la atacaran.

—¡Señor Seibert! —exclamó una voz cerca de ellos, acompañada de unos apresurados pasos.

Entonces apareció un semiorco, garrote en mano, con edad de estar cerca de la adultez. Tan sorprendido como su patrón, acabó colocado a su lado parar mirar también a Krilge.

—Es una niña —dijo el humano dirigiéndose al joven que acababa de llegar—, Krothu, creo que es como tú.

—Mis ojos no pueden ser engañados durante la noche, señor Seibert: esos pequeños colmillos y facciones casi humanas la delatan.

El señor Seibert suspiró y terminó por dejar la horca reposando en vertical, alejando todo posible gesto hostil, para dirigirse de nuevo al semiorco.

—Encárgate de ella, anda —ordenó—. Que mi esposa le dé comida y bebida, y algo para descansar esta noche.

—Así lo haré, patrón —Asintió Krothu.

—Mañana por la mañana la quiero fuera, ¿entendido?

—De acuerdo.

El mestizo se acercó a la pequeña tras dejar el garrote apoyado en uno de los sacos de grano. Después, dobló una rodilla para acotar todavía más la distancia con ella, estirando el brazo y ofreciéndole la mano.

—Vamos a ayudarte —dijo en el idioma de los orcos—, ¿cómo te llamas?

Aún temerosa, pero viendo una pequeña luz entre tanta sombra al poder dirigirse a alguien que podría entenderla, decidió tomar la palabra por fin.

—Krilge…


Una nueva vida

Pero Krilge no marchó: la señora Grell decidió acogerla pues siempre había deseado tener una niña, apoyada por Krothu en la decisión. Los Krill eran una pareja de humanos de mediana edad desprovistos de poder tener descendencia y habían acogido a Krothu para que trabajara con ellos en el grano, por eso este último los consideraba sus patrones al trabajar para ellos, pero quizá también lo más cercano a una familia que había tenido nunca.

Y eso fue lo mismo para Krilge con el paso de los años. Aunque su trabajo seguía siendo forzado, por lo menos se veía recompensada por el afecto de una supuesta familia, un lugar alejado de las inclemencias del tiempo en el que dormir, y comida caliente conseguida con el sudor de su frente, no del saqueo de gente inocente. Krothu se había convertido en un amigo, como un hermano, y gracias a él pudo aprender el idioma khondazhano y encontrar un lugar allí, facilitándole enormemente las cosas.


Amor

Los mestizos se encontraban disfrutando del atardecer tras una jornada de trabajo, él ya todo un adulto y ella en los últimos pasos de la adolescencia. Sentados en el suelo gozaban de un tentempié a la espera de la cena.

—Los Krill no aguantarán muchos años más al cargo de estas pequeñas tierras —comentó Krothu con su mirada perdida en el horizonte, para luego girar el rostro hacia su amiga—. ¿Qué harás? —preguntó después.

—¿Qué haré? —dijo Krilge sin responder, algo sorprendida.

—Claro —Asintió el semiorco antes de volver la vista hacia el horizonte—. Has trabajado de manera formidable todo este tiempo, pero no creo que estés destinada a la tierra.

—¿Y por qué dices eso? —Volvió a preguntar ella tras recogerse un lado del cabello oscuro tras una de sus orejas picudas.

—Porque nunca he visto a una mestiza tan hermosa como tú.

Krilge se sonrojó y su compañero ladeó de nuevo el rostro para mirarla, dedicándole a esta una sonrisa. Durante muchos años, Krothu fue aquel que le enseñó, cobijó y siempre tuvo palabras amables para ella; la mestiza tenía esa amalgama de sensaciones confusas propias de su edad, pero sabía que dentro de ella crecía amor y deseo por él.

—Yo… —Trató ella de articular palabra antes de que él la interrumpiera para evitar más un momento incómodo.

—Mírame —Se señaló—. Tengo la mandíbula redonda, brazos largos y hasta la nariz hacia adentro. ¡Te llevaste toda la belleza! —exclamó al final haciendo broma—. Mi nombre significa «mano de la cosecha», por lo que igual estoy destinado a estar aquí para siempre.

Ella rio, primero de manera leve pero finalmente soltó una carcajada contagiosa en la que él le acompañó. Después el silencio se hizo entre ellos y Krilge tomó aire para pronunciarse, no sin antes dirigir la mirada hacia la casa de los Krill.

—No lo sé —Negó—. Si te soy sincera… no he pensado en nada de eso.

—Ya lo suponía. El trabajo en la tierra te ha vuelto fuerte, quizá podrías aprender a manejar un arma y unirte a la Patrulla de Paz en Púrskul.

Los recuerdos sobre sus primeros años volvieron a la mente de la mestiza. Recordó la dureza con la que el clan Sangreardiente la había maltratado, no teniendo nunca un gesto afectivo para ella, ni siquiera de su padre, que tenía la certeza de que había hecho desaparecer a su madre poco después de dar a luz. Aquellos orcos destrozaban, mataban y saqueaban a placer, no conocían otra cosa, y por eso Krilge detestaba esa vida: incluso las armas.

—Deberíamos volver… —Se dirigió a Krothu tras salir de su ensimismamiento.

El semiorco tan solo asintió y ayudó a recoger para que ambos pudieran emprender el camino a casa.


Revelación

Los gritos de los Krill se escucharon en todas partes. Krilge salió de su cama a toda prisa para llegar al exterior, donde pudo ver como el techo de la casa de los patrones estaba ardiendo. Divisó luego desde su posición como un orco arrastraba con una mano el cuerpo inerte del señor Seibert, mientras con la otra llevaba a la señora Grell de la cabellera, haciendo incluso un pequeño surco por el suelo con el cuerpo de esta que gritaba desesperada.

La mestiza, horrorizada, en un segundo se dio cuenta de que otro orco estaba cargando una ballesta para luego apuntar en dirección a ella. El sonido del mecanismo fue justo lo último que escuchó antes de que Krothu se colocara con rapidez justo en medio de la trayectoria, salvando la vida de su amiga. El cuerpo del semiorco cayó hacia adelante cuando este se llevó las manos al cuello en un último gesto antes de perder la vida, con el virote clavado en su garganta.

—¡Krothu! —exclamó Krilge paralizada ante la visión.

Otro orco apareció por un lado y tomó a Krilge por un hombro, para luego clavar en su estómago una espada.

—¡Tu presencia me repugna, sangresucia! ¡Voy a sacarte las entrañas!

Krilge llevó ambas manos hasta la empuñadura del arma que había atravesado su estómago, tomando también la de su enemigo. De sus ojos brotaron lágrimas de desesperación, dolor y miedo, mientras su enemigo reía mostrando sus colmillos; y fue entonces cuando escuchó algo en su cabeza proveniente de una voz femenina.​

«Debes proteger la belleza del mundo, la familia, el amor…»​

La mestiza sintió una punzada de vigor, y a diferencia de todas las sensaciones que había tenido instantes antes: el valor surgió entonces dentro de ella. Gracias al trabajo de años en la tierra, su cuerpo había sido esculpido con músculos fuertes, así que separó una de las manos para cerrar el puño y luego propinar con este un violento golpe en la cara del orco. Esto hizo que su enemigo soltara el arma, aún clavada en la barriga de ella, pero lejos de inmutarse, aguantó de manera estoica para sacar esta y emplearla contra su rival, insertándosela en la parte baja de la mandíbula y luego usar uno de sus hombros para alejarlo todo lo posible.

Krilge trastabilló y flaqueó por un instante, llevándose de manera instintiva sus manos hasta la herida de la que emanaba sangre. Miró el color carmesí contrastando con el verdoso de su piel y de nuevo unas palabras se instalaron en su mente.​

«Eso no es sangre, es fuego como el de mi cabello…»​

Los ojos de la mestiza se abrieron como platos cuando una luz surgió de sus palmas. Notó entonces un calor repentino, pero reconfortante, que cerró su herida lentamente: dejando la zona limpia.

Krilge miró el cuerpo de Krothu, dudosa, pero luego volvió a escuchar los gritos de la señora Grell, ya que todo había pasado en tan solo unos segundos. Emprendió la carrera hacia el orco que manejaba la ballesta, no sin antes tomar la espada que le había clavado a su anterior y muerto rival. El orco de la ballesta sonrió de manera maquiavélica y trato de alcanzar a la mestiza, pero falló, y ese fue el craso error que le llevó a la muerte cuando Krilge le clavó la hoja en todo el pecho, haciendo incluso que ambos cayeran al suelo por la inercia.

La mestiza trató de recobrar el aliento, espada en mano y mirando el cuerpo inerte de su enemigo, pero luego alzó la cabeza para ver aquel que la esperaba con la señora Grell cogida por los pelos. Lentamente se puso en pie y su vista se nubló un poco, justo en el momento en el cual escuchó otra vez esa voz en su cabeza.​

«Debes detener a los responsables de la destrucción de cosas hermosas, defendiendo estas y acabando con los seres de maldad atroz…»​

—¿Eres la hija de Xunag? —preguntó el orco de manera repentina.

Pero ella no contestó, sin embargo, la pobre humana utilizó todas sus fuerzas para gritar hacia la semiorca.

—¡Krilge! ¡Huye!

—Vaya si lo eres… —dijo entonces el orco, riendo luego de manera desagradable. —Disfrutaré contigo como tu padre hizo con tu madre: hasta romperla.

La mestiza cargó contra su rival y este soltó de manera violenta a la desvalida humana. Krilge se abalanzó con ira sobre su enemigo y ambos cayeron al suelo entre golpes, cortes y hasta algún mordisco. Finalmente, ella y sobre él, alzó ambos brazos para empuñar la espada con las dos manos y el arma obtuvo un halo brillante.

—¡Adelante, sangresucia! —espetó el orco caído, expulsando algo de sangre de su boca en el proceso.

Y el arma descendió con fuerza para entrar con facilidad por el pecho del orco, arrebatándole la vida lentamente gracias a ese halo que la había envuelto. Todo pasó muy rápido, y entonces Krilge desvió la mirada hasta sus manos manchadas de sangre. Su vista se tornó borrosa de nuevo y le costó respirar, pero marchó rápidamente hasta la señora Grell a pesar del dolor que sentía.

Tomó el cuerpo de esta con pesadez por el cansancio y los músculos algo engarrotados, y entonces la miró.

—Siempre… —tomó la palabra la pobre mujer, deslizando una mano hasta el rostro de la mestiza— Siempre supe que estarías destinada a algo mayor que cuidar del grano…

—Señora Grell… —dijo Krilge sin apenas poder articular palabra cuando unas lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas.

—Por eso te acogí. Deseé tener una hija a la que llamarla Fery… —Los ojos de la mujer empezaron a parecer perdidos— ¿Fery? ¿Eres tú, Fery? —preguntó finalmente presa del delirio.

La mestiza sollozó, sus lágrimas no dejaron de brotar.

—Soy yo, madre. Soy… Fery —contestó Krilge, aceptando las palabras delirantes de la pobre humana.

La señora Grell esbozó su última sonrisa y el peso de sus brazos hizo que estos cayeran por sí solos tras su última muestra de afecto.

Fery, la anteriormente Krilge, acercó su cuerpo al de la mujer y se maldijo a sí misma, pensando que por qué esa vez sus manos no brillaban para curar las heridas de la casi anciana. Después colocó con cuidado el cuerpo y recordó que Krothu había sido malherido, por lo que, corrió hasta este sin más dilación.

Cuando dio la vuelta al mestizo pudo ver con sus propios ojos la gravedad de la herida, habiéndolo matado de manera instantánea en el proceso. Fery lloró de nuevo y colocó con cuidado las manos en la garganta de él.

—¡Krothu! ¡No! ¡Por favor, no me dejes! —gritó desesperada— ¡Por qué no puedo curarte si lo hice conmigo misma! —exclamó de nuevo.

Abrazó el cuerpo caído del semiorco con todas sus fuerzas, notando como este perdía la temperatura.

—Siempre estuviste ahí para mí… por eso te amé —Le confesó entre sollozos. —Fui idiota al no decírtelo…

La voz volvió a su mente.​

«Sigue tu corazón hasta tu verdadero destino, pues el amor verdadero vencerá sobre todo…»​


La Ciudad de la Moneda

Las autoridades de Púrskul vieron claro el incidente en las tierras de los Krill y Fery quedó como heredera de los pocos bienes restantes. Apesadumbrada por todo lo acontecido y con infinidad de preguntas en su cabeza, decidió dar un paso al frente y deshacerse de todo para obtener algunas monedas. Consultando con un sacerdote de Khauntea allí en la ciudad del grano, Fery consiguió entrever que quizá lo que le había ocurrido era una llamada de Sune, la del cabello de fuego.

Con ello emprendió un viaje hasta Crimmor, y de ahí hasta Athkatla. Quedó asombrada de la gran urbe y de cómo la gente se preocupaba mucho por la moda, la estética y la presencia. Por el camino estuvo ayudando a todo aquel que pudo y finalmente dio con sus pasos hasta el templo de Sune, allí en el Distrito de los Templos de Athkatla, la Ciudad de la Moneda. Los guardias la detuvieron debido a su aspecto, porque, aunque hermosa de manera natural, Fery no había podido disfrutar de un momento de descanso para dedicarse a sí misma; pero finalmente la dejaron pasar tras encontrar las palabras adecuadas.

Una vez dentro y frente a la sacerdotisa al mando, la mestiza clavó su rodilla en tierra en señal de respeto. Observó los ropajes, adornos y belleza de esta, entendiendo claramente el por qué del hecho de que ostentara dicho cargo.

—¿Cuál es vuestro nombre? —preguntó la sacerdotisa.

—Fery Krill, mi señora.

—Los guardias me informaron de que dices haber sido llamada por la diosa del amor, la belleza y la pasión, nuestra querida Sune. ¿Es eso cierto?

—Perdí a mi familia en el ataque de unas criaturas sin corazón, y creo que ella me dio fuerzas para enfrentarme a esos seres. Sentí una voz femenina en mi cabeza en varias ocasiones, decía cosas sobre proteger la belleza del mundo, detener a los que destruyen las cosas hermosas y acabar con los seres de maldad atroz.

La sacerdotisa observó a Fery, pareció pensar en sus siguientes palabras.

—¿Y… quieres seguir tu corazón hasta tu verdadero destino?

Las palabras de la sacerdotisa hicieron eco en la cabeza de Fery, quedó tan sorprendida de volverlas a escuchar que la mujer devota de Sune sonrió de manera sutil.

—Así es, mi señora —respondió finalmente Fery de manera firme, con gran voluntad.

La sacerdotisa juntó ambas palmas de las manos sin emitir sonido alguno y luego hizo un gesto a un par de novicias que había cerca. Estas avanzaron con paso raudo hasta Fery, quedando cada una a un lado de ella.

—Tu nueva vida empezará a partir del siguiente amanecer, así que escuchadme con atención, Fery —La sacerdotisa se aclaró levemente la garganta antes de continuar—: Tomad el mejor baño, teñiros el cabello de color carmesí, escoged las mejores prendas para vos y haced uso de todo aquello que resalte vuestra ya hermosura. Se os asignará un caballero que os enseñará toda la esencia marcial para hacer de vos una imponente y bella figura implacable contra el mal, que jamás perderá el porte. —Tomó aire para volver a pronunciarse tras unos segundos. —Si la dama de cabellos de fuego tiene un lugar especial para vos, tarde o temprano os hará un hueco entre los Hermanas y hermanos del Rubí Rosa, nuestra más prestigiosa orden de paladines.

Las palabras de la mujer, claras y concisas dieron algo de cobijo a la mestiza. Fery estaba a punto de cruzar el umbral hacia su nueva vida y tenía claro que quería decepcionar a nadie, empezando por ella misma.

—Así lo haré, mi señora —dijo finalmente.

—Bien —Asintió la sacerdotisa para luego volver a hacer un gesto hacia las novicias—. Acompañadla y mostrarle todo lo que necesita. Ah, y Fery, dejadme daros una advertencia…

—Os escucho.

—Jamás volváis a entrar en este templo con esa presencia.

Fery se sonrojó un poco, sintiendo algo de vergüenza, pero luego se armó de valor y se puso de pie para despedir a la sacerdotisa de manera cortés. Dio sus primeros pasos acompañada de las novicias y por fin pudo tomar ese baño tan relajante y a la vez revitalizador para poder ordenar las cosas en su cabeza, preparándose para todo lo que tendría que enfrentar desde aquel momento en adelante. Se preguntó y divagó sobre aquel o aquella que sería quien le iba a enseñar en los siguientes pasos…​
 

Manny_LoneWolf

Donante voluntario de sangre
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SEGUNDA PARTE​



Renaud Duval

Fery nunca había tenido un baño como el que le dieron las novicias, y mucho menos las atenciones que le brindaron después. Su cabello fue teñido de color carmesí, desprovista de cualquier pelo innecesario en el resto de su cuerpo, vestida formal, ataviada con diversas joyas, también de un bonito pero discreto toque de maquillaje en su rostro y finalmente acompañada con unas notas de fresco perfume. Todo el conjunto estaba hecho para atraer cuanta más atención posible y ella se dejó hacer con el fin de aprender, pues sabía que tenía mucho camino por delante.

—Vosotras… ¿sabéis quién será mi maestro? —preguntó Fery con algo de timidez hacia las novicias.

—Ay… —Suspiró la primera de ellas, sin poder evitar el acabar con una gran sonrisa— Don Renaud Duval, caballero de la orden de las Hermanas y hermanos del rubí rosa.

—Y… ¿cómo es? ¿Lo conocéis? —volvió a preguntar la mestiza mientras la otra novicia le ajustaba los puños de la chaqueta.

—Bueno… no lo hemos conocido demasiado, la verdad —comentó la otra mientras plisaba un poco la falda de Fery—. Sabemos que viene del norte y es algo peculiar, pero no creo que congeniéis mal.

Las novicias rieron un poco de manera simpática y Fery se abstuvo de continuar con sus preguntas. Si bien la curiosidad estaba haciendo mella en su interior, sabía que cuanto antes conociera a su maestro, antes podría intentar responder a muchas preguntas y comenzar su adiestramiento.

Tras acabar con ella, las dos muchachas la acompañaron de nuevo hasta el Distrito de los Templos y se separaron un poco antes de llegar a la puerta del lugar de culto hacia Sune, donde, a unos metros y alejado, parecía esperarla un hombre que miraba hacia el horizonte. Se podía apreciar en él la elegancia de sus ropas a pesar de estar de espaldas, así como que poseía la cabeza afeitada, y aunque estaba por debajo de la estatura media, era fácil discernir sus espaldas anchas, probablemente fruto de su entrenamiento marcial.

—Disculpadme, señor… —tomó la palabra Fery, ya habiendo acortado la distancia de manera considerable— ¿Sois don Renaud Duval?

Entonces el hombre se giró para poder dirigir su mirada hacia la voz que había escuchado. Una vez de cara, la mestiza pudo ver que Renaud era un humano que llevaba un perfil de ojos muy sutil para resaltar estos, y su mandíbula cuadrada estaba adornada por una barba muy fina de color cobrizo meticulosamente arreglada: era claramente atractivo a ojos mundanos. El caballero le dedicó una amplia sonrisa, mostrando de ese modo una dentadura brillante y casi perfecta.

—En efecto —Asintió tras responder. —¿Sois vos Fery?

—Así es. Me dijeron…

—Vaya, no os imaginaba tan alta —Rio un poco el hombre, aunque manteniendo su postura de igual modo. —Las novicias han hecho un buen trabajo con vos, sí: estáis realmente impresionante —Asintió luego convencido.

—Bueno, yo… —Trató de articular palabra la mestiza, pero fue rápidamente interrumpida.

—Vamos, vamos —dijo él, avanzando unos pasos y acompañándose de un gesto para que Fery le siguiera.



El qué

Caminando llegaron hasta el Distrito de la Gema, donde ella puedo apreciar a la gente de alta cuna pasear con normalidad; vestían con sus enormes sombreros emplumados, o decorados con brillantes y valiosas joyas, incluso acompañados por séquitos de sirvientes que no paraban de adularles.

Renaud juntó las palmas de sus manos mientras continuaba caminando, seguido por Fery, y entonces la miró para dirigirse a ella.

—¿Y cuál es vuestra historia? —preguntó, separando por un instante una de sus manos para saludar a algún transeúnte y dedicarle una sonrisa.

La mestiza suspiró antes de tomar la palabra, haciendo acopio de valor para relatar sus dolorosos recuerdos.

—No conocí a mi madre y desciendo de un temible caudillo orco, conseguí escapar de sus garras de bien pequeña y una familia de campesinos me adoptaron muy cerca de la Ciudad Granero.

—Ah, Púrskul —Asintió el hombre mientras seguía las palabras de su nueva aprendiz.

—Viví con ellos unos años y me enseñaron un trabajo digno, incluso a formar parte de la sociedad —continuó ella con el relato—. Pero por desgracia… una noche nos asaltaron y tan solo pude salvar mi vida.

—¿Sentisteis entonces la llamada de la dama de cabello de fuego?

—Diría que sí.

El hombre sonrió y ambos prosiguieron con el paseo, caminando con calma y disfrutando de la cálida temperatura.

—Bien, Fery… —Carraspeó Renaud. —Exploraremos vuestras aptitudes: me esforzaré por hacer de vos una combatiente temible, una gran dama en la sociedad y una persona de voluntad inquebrantable. Seguir los designios de Sune como paladín no es un camino fácil, pues en esta nación hay mucho trabajo, pero creedme que el resultado es altamente gratificante.

—Tengo dudas, don Duval…

—Renaud a secas estará bien —Alzó él una mano, sonriente, aceptando que ella pudiera ser más escueta al dirigirse a él, para luego prestarle toda la atención. —¿Qué dudas tenéis?

La mestiza emitió un leve suspiro, luego paseó la mirada por la gente que iba y venía, pero finalmente dirigió su mirada hacia su nuevo maestro.

—Creo que ella me dio el valor y las capacidades para enfrentarme a mis enemigos aquella noche, pero, ¿por qué no pude salvar a mi familia?

El rostro de Renaud se volvió sereno, perdiendo la sonrisa, sin embargo, acabó por relajar un poco el gesto antes de tomar la palabra.

—Estoy prácticamente seguro de que pudisteis acabar con esa amenaza porque Sune puso sus ojos en vos, Fery. Los que son como nosotros adquieren lo necesario para la lucha contra el mal y la nomuerte, así como fuerza de voluntad para hacer frente a las adversidades.

—Me vi envuelta en una energía que no había sentido nunca: fue lo que me permitió abrir sin problemas el pecho de uno de esos malignos seres para acabar con su vida.

—Yo os enseñaré a controlar eso, a tomar la decisión y el momento exacto en el que debemos de usar nuestra bendición para golpear al mal con la mayor fuerza posible.

—Por otra parte, pude sanar mis heridas con tan solo tocarlas, pero no pude… curar las de mis familiares heridos.

El hombre negó.

—Fue un acto inconsciente y por eso lo empleasteis en salvar vuestra vida, de lo contrario no podríais haber acabado con la amenaza. También seréis capaz de controlar eso, pudiendo optar por hacer lo que hicisteis, pero de igual modo curar las heridas de otros o incluso utilizar esa energía para destruir a un nomuerto.

—Cuando esas bestias atacaron… al principio sentí miedo. —Fery hizo una breve pausa antes de continuar. —Pero en cuanto escuché las palabras de ella en mi cabeza… todo ese miedo se disipó, de tal modo que pude atacar de manera algo temeraria, aunque con decisión.

Él sonrió esta vez.

—Aprenderéis a dar pasos al frente, a poneros entre los enemigos y los necesitados, aquellos que no pueden defenderse por sí mismos y que requieren de un baluarte que les proteja: sentiréis el miedo, pero este no os obligará jamás a renunciar a vuestras obligaciones pues podréis sobrepasarlo.

Ambos siguieron caminando hasta llegar al medio de la plaza central, con su imponente estatua.

—Renaud… —Fery se humedeció un poco los labios antes de proseguir. —Si realmente he sido bendecida, quisiera entregar mi cuerpo y alma a la dama de cabello de fuego, quiero que ella forme parte de mí: tratar de evitar que sucedan las tragedias como la que le ocurrió a mi familia.

El hombre posó una mano en el brazo de la mestiza, sonriéndole ampliamente, con gesto complacido.

—Pues cuanto antes comencemos: mejor.



Los detalles

Ya habían pasado algunas decanas en las cuales Fery y su nuevo maestro habían compartido horas de adiestramiento. Esta vez, ambos estaban reunidos en una pequeña habitación privada de una lujosa tienda, un lugar apartado a disposición de los clientes.

—Escoger la ropa es una de las cosas más importantes. Debemos producir amor y deseo en los demás: por ello hay que vestirse de manera adecuada para cada ocasión, sin obviar el peso que hay en los detalles, esos pequeños causantes de las grandes diferencias.

—Maestro, ¿y cómo hemos de hacerlo cuando llevamos la armadura?

—Escoged un maquillaje que resalte vuestras facciones, Fery, haced que el resto se fije en vuestros ojos, labios, incluso el cabello, llevando este último siempre en perfectas condiciones. Acompañaos de unos pendientes que provoquen un leve tintineo, similar al efecto rítmico de unos tacones: es un tipo de sonido que siempre atrae de manera inconsciente.

—Creo que rojo es un color que conjunta bien con mi piel —comentó Fery a la vez que se llevaba el índice a los labios como gesto reflexivo.

—Tenéis una amplia disposición de ropajes para cuando no portéis la armadura, así como bisutería de calidad. Esta nación es importadora de un sinfín de telas y os ayudará el hecho de que normalmente hace un clima cálido, pudiendo resaltar vuestro cuerpo al elegir prendas que evoquen a la sugerencia, pero siempre sin caer en lo indecoroso: no debéis olvidar que algún día seréis caballero y se os tiene que respetar.

—Debo recuperar mis manos destrozadas por los años de trabajo en el campo, incluso la piel castigada por las inclemencias del tiempo.

—Por eso es importante que dediquéis un buen rato por la mañana a cuidar de vuestro cuerpo, antes de nuestro rezo a Sune. Os recomiendo llevar las uñas largas, cuidadas y bien pintadas, pero si os supone un problema con los guanteletes… también hay maneras de llevarlas bonitas estando cortas. Por otra parte… —Negó suavemente— Si tenéis la opción, escoged posadas donde dispongan de baños con leche de burra: esta protege nuestra piel, pudiendo aliviar irritaciones, picores y descamaciones, manteniéndola siempre en buen estado.

—¿Y en las ocasiones que no podemos darnos un baño?

—Siempre, y digo siempre —Gesticuló Renaud juntando el pulgar y el índice—: como mínimo debéis lavaros las manos y asearos todo lo posible. Además, podéis acompañaros de unas ligeras notas de perfume, ya no para uso cotidiano, más para ocasiones especiales donde haya que enmascarar algunos olores. Pero recordad: esto no debe eximiros de vuestra obligación de cuidar del cuerpo en todas las ocasiones permitidas.

—¿Y qué hay del perfume? ¿Dónde es mejor poner esas gotas?

—Siempre que tengáis dudas, recordad esto: donde las venas se encuentran cerca de la piel. Lugares como el cuello, las muñecas, incluso… —Señaló las piernas de Fery— Detrás de las rodillas. Las zonas donde la temperatura del cuerpo es más alta ayuda a que el perfume se evapore. —Renaud hizo una breve pausa, sonriendo de un lado antes de continuar. —Allí en el norte, de donde vengo, se dice que también está bien rociar en aquellas zonas donde queremos que nos besen de manera sutil.

La mestiza sonrió, ladeando un poco el rostro para hacer mecer su melena de manera inconsciente.



La luz

Las estaciones pasaron y la relación de maestro y aprendiz se fortaleció. Fery absorbía todo lo que Renaud le enseñaba como si de una esponja se tratara, cada vez más segura de sí misma, determinada y feliz de su nuevo camino y de que el destino colocara a ese hombre como su mentor.

A lomos de sus respectivas monturas, ambos llegaron hasta la entrada de una oscura y profunda cueva tras las indicaciones de unos campesinos de la zona. Los rumores habían hablado de la presencia de nomuertos y era algo que Renaud y Fery habían decidido investigar como gesta propia.

—Debe de ser aquí —dijo el caballero justo antes de bajar de su montura, haciendo sonar las placas de su armadura en el proceso.

Fery paseó su vista por la zona frondosa, llena de árboles, arbustos y naturaleza libre; después, decidió bajar de su caballo del mismo modo que había hecho su maestro.

—¿Qué crees que vamos a encontrar? —preguntó esta, ya tuteando a Renaud tras el tiempo juntos en confianza.

—Solo hay una manera de saberlo —contestó él, no sin antes sonreír de manera simpática a la mestiza.

Sus pesados pasos resonaron por la entrada del lugar, haciendo eco por la amplitud de las paredes con el choque de piedra y metal. Renaud llevó un par de dedos hasta su colgante en honor a Sune y este empezó a brillar con una luz tenue, ayudando a que pudiera ver en la oscuridad. Fery frunció el ceño por un instante, incluso arrugó la nariz, aguardando a que su vista de ascendencia orca se adaptara a la penumbra. Acto seguido y de manera sistemática, casi en sincronía, hombre y mujer desenvainaron sus espadas.

—Desde luego el hedor es… realmente revelador —comentó Fery antes de emitir un profundo suspiro, habiéndose dado cuenta de que los rumores habían dejado de serlo.

Los pasos siguieron sonando conforme avanzaban, aunque no por ello iban desprovistos de toda la cautela posible.

—Quizá si estaban… —comenzó a decir Renaud, pero obligado a cortar su frase ante la sorpresa de ver algo o alguien tras girar y alumbrar a uno de sus lados—. ¡En lo cierto!

Una criatura con apariencia de cadáver humanoide avanzó hacia el caballero. Esta, de ojos salvajes que brillaban con desesperada malevolencia, abrió las fauces para mostrar unos dientes irregulares afilados como agujas. Renaud embrazó su escudo con rapidez y desvió los intentos del ser por sobrepasar la armadura en busca de rasgar su carne, por lo que, y tras un empujón con ganas: alejó al nomuerto lo suficiente como para poder dirigirse a su aprendiz.

—¡Bendice tu arma! —exclamó a Fery.

La mestiza hizo caso y su espada se imbuyó de un fulgor tenuemente dorado tras musitar una pequeña plegaria en honor a la protección de su diosa: fue entonces cuando se dieron cuenta de que había más de esos monstruos y que habían conseguido rodearles.

Espalda contra espalda, maestro y aprendiz luchaban por hacer retroceder a los muertos vivientes, haciendo a estos añicos en alguna ocasión gracias a los dones.

—¡Salen de todas partes! —espetó Fery mientras apretaba los dientes, manteniéndose firme en la lucha.

Poco a poco, la mestiza y el humano fueron separándose debido al combate, y entonces fue cuando la espada de ella se quedó clavada en uno de los malvados seres, que, aunque habiendo acabado con este, permitió que otro se abalanzara sobre ella para hacerla caer.

—¡Fery!

Con el cuerpo del nomuerto encima, Fery colocó su antebrazo justo en el cuello de aquel que trataba de morderla para evitar que esas fauces la alcanzaran. Hizo acopio de todas sus fuerzas para mantener la posición y golpear a este en un costado, pero entonces solo logró hacer enfadar más si cabía al muerto viviente.

Renaud, rodeado, se abría paso como podía a golpe de espada bendita, destrozando los cuerpos y prendiéndolos en llamas purificadoras; sin embargo, la situación lo había alejado y sabía que un mal movimiento podía acabar con la vida de ambos paladines de Sune, por lo que, optó por darle una idea a su aprendiz.

—¡Ponle las manos encima! ¡Enséñale el poder de la vida!

La mestiza abrió los ojos como si hubiera obtenido una revelación, opuestamente a la expresión ceñuda que estaba manteniendo en todo momento debido al esfuerzo de evitar ser mordida. Y así fue: llevó su mano libre hasta el rostro del ser, agarrando el cráneo con firmeza, incluso hundiendo el pulgar en uno de los ojos en el proceso. Luego, hizo brillar su mano con un halo de vigorosa luz, candente y de igual modo brillante, llenando al ser de energía positiva para conseguir hacerle estallar la cabeza en pedazos.

—¡Sí! —exclamó Renaud desde su posición. Después propinó varios cortes a sus enemigos hasta poder acercarse a la mestiza, ayudándola a levantarse. —Toma tu arma: hemos de salir de aquí.

Fery recuperó su espada del cuerpo de su anterior enemigo y alzó el escudo para defenderse. De nuevo, espalda contra espalda, ambos paladines pudieron retroceder y mantener a raya a sus enemigos hasta dar con la salida de la cueva. Los enemigos no cruzaron hacia la luz del día y los ojos brillantes se perdieron de nuevo en la oscuridad del profundo lugar.

Renaud negó, tratando de recobrar el aliento, para después mirar a su aprendiz.

—Avisaremos a las autoridades y trataremos de apoyarles para limpiar este lugar.

Fery emitió un profundo suspiro y luego se retiró un trozo de los restos de sus enemigos que le había caído en el cabello, dibujando en su rostro una expresión de clara repulsión.

—Qué asco —dijo a desgana.

Su maestro rio de manera sonora y luego envainó para llevar sus pasos hacia su montura.

—Venga, vamos —ordenó.



A los ojos de la diosa

La sala de fiestas más ostentosa del Distrito de la Gema estaba realmente concurrida. Fery y Renaud habían establecido un gran lazo con el paso de todavía más estaciones, y disfrutaban de un breve pero merecido descanso. Con sus mejores galas, esta vez disfrutaban de un par de copas de vino junto a la barra.

A lo lejos y desde la distancia, dos damas parecían cuchichear en dirección al humano y a la mestiza, pero las miradas de estas iban en dirección al caballero. Fery sonrió de un lado, sosteniendo la copa entre sus grandes dedos.

—Parece ser que alguien ha obtenido la bendición de la dama de cabello de fuego… —comentó de manera repentina ante lo que había visto, manteniendo la sonrisa a la vez que miraba de reojo a su maestro.

Renaud se giró un poco para ojear en dirección donde la vista de su alumna acabó por posarse.

—Ni hablar… —dijo luego y tras haberse percatado, recuperando la postura para mirar al frente.

Fery, sorprendida, enarcó una ceja y giró levemente su cuerpo para dirigirse a él.

—¿Cuál es el problema? Son hermosas, sin lugar a duda.

—La del cabello rubio está comprometida con un tratante de arte, un hombre con el que tengo un negocio en ciernes en nombre de nuestra diosa y obtener una generosa donación.

La mestiza chasqueó un poco la lengua, acabando por torcer un poco el morro.

—Pues es la que te está comiendo con la mirada —dijo después tras mirar de nuevo a las mujeres en la distancia.

Renaud soltó una pequeña y contagiosa carcajada ante el comentario de la mestiza.

—Tenemos que crear amor: no destruirlo. —Aprovechó para tomar un traguito del líquido en la coma que sostenía. —Cualquier cosa que haga con esa dama solo va a provocar problemas.

Fery perdió su vista entre toda la gente, absorta, algo inundada entre sus pensamientos.

—Por cierto… —dijo Renaud tras tomar de nuevo la palabra.

—¿Sí?

—Debo volver al norte en cuanto acabe esta estación.

El hombre volvió a esbozar una sonrisa, aunque fugaz esta vez, para luego bajar su mirada hacia el líquido de la copa. Por su parte, Fery, observó el gesto y terminó por posar su vista en la suya propia, de modo similar.

—Bueno, que sepas que te has comportado muy bien conmigo y creo haber tenido el mejor maestro.

—Oh, vaya, ¿en serio?

—Sí, en serio.

A la mestiza se le escapó una pequeña risa, obligada a taparse un poco la boca.

—Yo iba a decir que me alegro de haber tenido a una aprendiz tan capaz como tú. Pero… no hagamos un drama de esto. ¿Sí?

Fery asintió para tomar luego un trago que le pareció tan amargo como el momento que estaba presenciando, sin embargo, y tal y como le había enseñado el hombre que tenía delante: debía disponer siempre de la mejor sonrisa.

—No, claro que no —Negó con la cabeza. —Oye, Renaud, solo por curiosidad: ¿te costó mucho entrar en la orden de las Hermanas y hermanos del rubí rosa?

—No sabría decirte —respondió tras parecer sopesar la respuesta—. ¿Por qué lo preguntas?

—Nada en especial, pues me pregunto si algún día seré digna de ello.

La mestiza echó un vistazo a la sala para admirar el gentío, tomando luego otro pequeño trago del líquido de color burdeos.

—Mira, Fery, eres una persona muy capaz y no creo que te pueda enseñar nada más. Pienso que… es el momento para que alces el vuelo sola y sigas tu camino, pues estoy seguro de que serás capaz de encontrar tus propias búsquedas, gestas y misiones en nombre de nuestra diosa.

—Sabes…

Renaud miró a su aprendiz al ver que dejó la frase sin acabar, habiéndola tan solo empezado con una palabra. Entonces Fery apoyó parte de su espalda en la barra y flexionó la rodilla para hacer lo mismo con el tacón de su zapato, obligando a que la abertura de su vestido enseñara prácticamente toda su pierna. Después, echó su cabeza un poco hacia atrás para mostrar su cuello y sacar un poco de pecho al curvar levemente su columna. Meció su melena con un sutil vaivén y terminó por suspirar un poco. Recordó entonces lo ocurrido años atrás con Krothu, al que perdió sin haberle podido expresar lo que sentía, por lo que tenía claro que no iba a cometer el mismo error ahora ya más segura de sí misma.

—¿Qué? —preguntó el hombre tras haber presenciado todos los gestos.

—Creo que todavía hay algo que me puedes enseñar…

Renaud ladeó levemente la cabeza y la mestiza relajó la postura, para luego acercarse a su maestro; acto seguido, llevó su mano hasta el mentón de él, acariciando un poco y con cariño la bien arreglada barba cobriza.

—No me hagas esperar… —susurró tras acortar la distancia con él, habiéndose aproximado a su oído.

Sorprendido ante lo que estaba sucediendo, el caballero solo pudo parpadear mientras veía a Fery marcharse al sonido rítmico de sus tacones. Raudo, hizo por tragar todo el líquido restante de su copa de vino de una sola vez, para luego dirigirse a las habitaciones de lujo que había en el piso superior. Una vez en el pasillo y entre tantas puertas, caminó buscando alguna señal hasta que dio con los tacones de su aprendiz colgados en el pomo de una de las puertas, y entonces, cruzó el umbral con decisión al abrir y luego cerrar tras de sí. Sorprendido, y después de ver que la cama estaba completamente vacía, su cuerpo fue alzado por los fuertes brazos de Fery, desprovista del caro vestido que la había acompañado en la velada, para mostrar un hermoso conjunto de ropa interior de encaje con color rojo intenso.

—A los ojos de esta: deleitemos a nuestra diosa del amor, la belleza y la pasión con nuestra mejor despedida… —susurró con él aún en brazos, para luego besarle en los labios.​
 

Manny_LoneWolf

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TERCERA Y ÚLTIMA PARTE​



Soledad

Fery se prometió el ser fuerte y no derramar una lágrima por la marcha de su maestro. Hizo acopio de toda su madurez y fuerza de voluntad para entender que debía de quedarse con todo lo bonito que habían vivido, más con esa despedida bajo la atenta mirada de Sune. Al fin y al cabo, Renaud se había comportado de manera excelente con ella, cuidado y esforzado por darle lo mejor. Tenía claro que no iba a dejar que el recuerdo fuera el de un corazón roto, más bien al contrario: el de haber creado un lazo de amor verdadero que jamás sería olvidado.

Sin él ya presente, la paladín debía de emprender sus pasos sola, pues tenía claro que eso es lo que se esperaba de ella. Sus movimientos para dar valor al templo de Sune en la capital de Athkatla empezaron en un círculo pequeño, pero este se fue ampliando con el paso de los días.

Alquiló de manera indefinida una gran y lujosa habitación en la Jarra Adamantina del Distrito de la Gema, y su presencia iba pasando «desapercibida» por los alrededores gracias a sus atuendos y maneras de comportarse en sociedad. Le fue bien el pasearse por la ciudad y conocer los rincones de esta, aprendiendo que había lugares que mejor evitar como los Barrios Bajos, pero no por ello dejar de tener vigilados.



Responsabilidad

Una vez conocida la ciudad, los pasos de Fery debían de llevarla hacia el exterior. Como ya bien había conocido las cercanías de la Ciudad del Grano en su niñez, los alrededores de pueblos y ciudades eran un caldo de cultivo para la delincuencia, peligro a las caravanas y fatídicos desenlaces para gente inocente de bien. Una de sus misiones era luchar contra el mal atroz, así como destruir la horrible presencia de la nomuerte, y pronto se daría de bruces con lo último.

En Costa Sur, las hermanas del Hospicio de San Annur hablaban de una cueva cercana donde aquellos que se habían atrevido a entrar tan solo habían recibido la repulsión natural que emanaba dicho lugar, entre basura y olor a podredumbre, con ciertos quejidos que parecían venir de la ultratumba. Ataviada con su armadura adornada por la capa de Sune, Fery no podía mirar hacia otro lado ante los rumores y su deber la obligaba a iniciar una investigación.

Para su sorpresa, y justo antes de la entrada de la mencionada cueva, ya pudo presenciar como un cadáver en descomposición, pero, animado, estiraba sus brazos con intención de alcanzar a un joven que sostenía una espada sin apenas fuerza por el miedo que recorría su cuerpo.

—¡Atrás, bestia horrorosa! —exclamó Fery tras desenvainar y caminar con toda la prisa posible.

Con habilidad a la vez que se apresuraba, la paladín musitó unas palabras y luego pasó su mano libre por el plano de la espada, haciendo que esta tomara un fulgor blanquecino con toques amarillentos tras recibir la bendición de su diosa.

—¡No me comas! —gritó el joven que ya había dejado caer la espada y tan solo pudo cubrirse a sí mismo, encogiéndose.

La mestiza alzó su arma y aprovechó que el muerto viviente le daba la espalda, cortándolo en dos gracias a la intervención divina cuando su arma quemó con facilidad la carne y huesos que le quedaban. La mitad superior del cuerpo putrefacto trató de moverse en un intento desesperado por alcanzar al joven, pero se encontró con la espada de Fery esta vez clavada en su cráneo, haciéndolo estallar por la energía positiva.

Entonces se percató mejor del joven que tenía delante, que no era sin más un humano que no había entrado todavía en la adultez, vestido con ropas sencillas de campesino y ya desarmado de una espada con señas de manufactura barata.

—¿Os encontráis bien? —preguntó Fery tras envainar y alzar un poco las manos, mostrando que no era un peligro para él—. Ya no tiene nada que temer, estoy aquí para ayudarle.

—No… —musitó— Me he orinado encima…

La paladín comprobó la veracidad de las palabras del joven, luego emitió un pequeño suspiro y le sonrió antes de volver a dirigirse a él.

—Os acompañaré a casa. ¿Dónde vivís?

—¿¡De verdad?! —exclamó el joven muy sorprendido y antes de continuar— En una de las granjas de más al sur. Pero… sois una… ¿Orca? ¿Orco? Da igual… me habéis salvado la vida.

Fery era conocedora de su condición, tanto de sangre como de herencia, en una nación donde el racismo era algo patente en casi todas las esquinas. Pero precisamente por ello, partía de ventaja para poder girar la tortilla.

—En efecto: soy una mestiza, paladín al servicio de Sune —contestó regalándole su mejor sonrisa.

—Oh… pensaba que… bueno… mejor no pienso —Tragó saliva. —Estoy muy nervioso y no quiero ofender, pero creía que los mestizos eran… toscos y feos.

La mujer no pudo evitar reír ante el comentario, tornando la situación algo divertida para relajar el ambiente.

—¡Pero ha partido a ese monstruo en dos! ¡Fue increíble! —exclamó de nuevo el joven.

—Sois muy amable, pero… tan solo es mi deber —volvió a sonreírle.

Con cuidado de no ser asaltados por más sorpresas, la mestiza y el joven siguieron el camino hacia las granjas de más al sur. Allí, unos padres pudieron volver a suspirar de alivio tras recuperar a su hijo perdido, pues este había alegado que quería convertirse en un aventurero con tan solo una espada en mano. Fery sintió la alegría dentro de ella cuando vio que pudo salvar la vida de un pobre incauto, evitando el dolor y la tragedia en una familia, comprendiendo una vez más que no debía dejar su obligación si de ese modo evitaba que otros sufrieran el destino de los Krill, su difunta familia.

Offtopic :
Gracias a Dm Khaof por la ambientación y permitirme rolear un rato, que fue cosa suya. ^^



Creación

Los días pasaron y Fery llegó a conocer a muchas personas. La gran mayoría eran conocidas como el señor de la naturaleza Zentakord, la artista marcial y elfina Calendil, varios miembros de la guardia como Ters y Azhar, un par de sunitas llamados Gwen y Seth, caballeros juramentados del Radiante Corazón como Charlotte, Baldrak y Cassandra, también Sulion el actual alcalde de Púrskul, así como y por consiguiente a Talivia la maestre de la Casa Gáldrim y Faolan y Aitana ambos a su servicio, los artistas reputados Aravae y Madeleine, Anhol que era el marido de esta última, y por supuesto los simpáticos miembros de la compañía amniano-karatuense, como Kanbei, Yuma, Kai y Kazuma, también el «archivago» Rick y un guerrero llamado Lufram.

Pero la que destacaría era, precisamente, una persona poco conocida: Melnibonia. Esta era una joven con apariencia de haber cruzado la línea de la adolescencia hacia la adultez, de gestos y miradas que reflejaban el haber tenido que madurar deprisa. Y no había nada más cierto, pues detrás de esa prometedora artista, había una historia trágica y digna de olvidar, pero que a su vez representaba la esencia del renacer y la renovación, del saber levantarse y aprender para una volverse más fuerte. Fery se vio atraída por la idea de empezar su carrera de mecenas con ella, augurándole un buen futuro en Amn y más allá, esperando a que la joven llegara a crear cosas realmente hermosas.

Segura de sí misma, habiendo recibido entrenamiento de uno de los mejores, con voluntad para hacer frente al mal y no encogerse ante su presencia, la bendición de su diosa para destruir la horrible nomuerte, y unas grandes ganas de conocer las personas que pueblan Faerun y dar apoyo aquellos que querrían crear y preservar las cosas bonitas: Fery estaba lista por fin y esperaría con paciencia su momento en el cuál Sune la viera lista para entrar en las Hermanas y hermanos del Rubí Rosa.


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