Manny_LoneWolf
Donante voluntario de sangre
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PRIMERA PARTE
Mestiza
Fery no llegó a conocer a su madre. Recibió maltrato prácticamente desde que tuvo consciencia al servicio de su padre, un caudillo orco llamado Xunag del clan Sangreardiente. Era obligada a las duras tareas como una esclava, sirviendo a los guerreros del clan y obligada a tolerar todas las faltas de respeto porque todos decían que había nacido con los rasgos de su madre. Todos la llamaban Krilge, que significaba «Aquella que sirve», hasta que una noche por fin y entre lágrimas, se armó de valor para huir sin mirar hacia atrás con tan solo diez años.
Encuentro en una noche de tormenta
Muerta de hambre, sin apenas fuerzas y tras unos días de viaje, la pequeña se cobijó dentro de un almacén de grano en las afueras de la ciudad de Púrskul. Empapada de la lluvia y helada hasta los huesos, Krilge se abrazó a sí misma, de nuevo entre lágrimas, dudando incluso de si había tomado una buena decisión.
Fue sorprendida por un repentino ruido, originado por un humano de mediana edad que sostenía una horca de manera algo amenazante. Este miró fijamente a la mestiza y la pequeña abrió sus ojos, tapándose la boca para no emitir ruido alguno, inmovilizada por el miedo que recorría su cuerpecito en ese momento.
—¿Qué haces aquí? ¿Vienes a robarnos? —preguntó el hombre, alzando un poco más la horca en dirección a Krilge.
La pequeña negó varias veces con rapidez, a pesar de no conocer el idioma khondazhano, pues bien hubiera hecho cualquier cosa por evitar que la atacaran.
—¡Señor Seibert! —exclamó una voz cerca de ellos, acompañada de unos apresurados pasos.
Entonces apareció un semiorco, garrote en mano, con edad de estar cerca de la adultez. Tan sorprendido como su patrón, acabó colocado a su lado parar mirar también a Krilge.
—Es una niña —dijo el humano dirigiéndose al joven que acababa de llegar—, Krothu, creo que es como tú.
—Mis ojos no pueden ser engañados durante la noche, señor Seibert: esos pequeños colmillos y facciones casi humanas la delatan.
El señor Seibert suspiró y terminó por dejar la horca reposando en vertical, alejando todo posible gesto hostil, para dirigirse de nuevo al semiorco.
—Encárgate de ella, anda —ordenó—. Que mi esposa le dé comida y bebida, y algo para descansar esta noche.
—Así lo haré, patrón —Asintió Krothu.
—Mañana por la mañana la quiero fuera, ¿entendido?
—De acuerdo.
El mestizo se acercó a la pequeña tras dejar el garrote apoyado en uno de los sacos de grano. Después, dobló una rodilla para acotar todavía más la distancia con ella, estirando el brazo y ofreciéndole la mano.
—Vamos a ayudarte —dijo en el idioma de los orcos—, ¿cómo te llamas?
Aún temerosa, pero viendo una pequeña luz entre tanta sombra al poder dirigirse a alguien que podría entenderla, decidió tomar la palabra por fin.
—Krilge…
Una nueva vida
Pero Krilge no marchó: la señora Grell decidió acogerla pues siempre había deseado tener una niña, apoyada por Krothu en la decisión. Los Krill eran una pareja de humanos de mediana edad desprovistos de poder tener descendencia y habían acogido a Krothu para que trabajara con ellos en el grano, por eso este último los consideraba sus patrones al trabajar para ellos, pero quizá también lo más cercano a una familia que había tenido nunca.
Y eso fue lo mismo para Krilge con el paso de los años. Aunque su trabajo seguía siendo forzado, por lo menos se veía recompensada por el afecto de una supuesta familia, un lugar alejado de las inclemencias del tiempo en el que dormir, y comida caliente conseguida con el sudor de su frente, no del saqueo de gente inocente. Krothu se había convertido en un amigo, como un hermano, y gracias a él pudo aprender el idioma khondazhano y encontrar un lugar allí, facilitándole enormemente las cosas.
Amor
Los mestizos se encontraban disfrutando del atardecer tras una jornada de trabajo, él ya todo un adulto y ella en los últimos pasos de la adolescencia. Sentados en el suelo gozaban de un tentempié a la espera de la cena.
—Los Krill no aguantarán muchos años más al cargo de estas pequeñas tierras —comentó Krothu con su mirada perdida en el horizonte, para luego girar el rostro hacia su amiga—. ¿Qué harás? —preguntó después.
—¿Qué haré? —dijo Krilge sin responder, algo sorprendida.
—Claro —Asintió el semiorco antes de volver la vista hacia el horizonte—. Has trabajado de manera formidable todo este tiempo, pero no creo que estés destinada a la tierra.
—¿Y por qué dices eso? —Volvió a preguntar ella tras recogerse un lado del cabello oscuro tras una de sus orejas picudas.
—Porque nunca he visto a una mestiza tan hermosa como tú.
Krilge se sonrojó y su compañero ladeó de nuevo el rostro para mirarla, dedicándole a esta una sonrisa. Durante muchos años, Krothu fue aquel que le enseñó, cobijó y siempre tuvo palabras amables para ella; la mestiza tenía esa amalgama de sensaciones confusas propias de su edad, pero sabía que dentro de ella crecía amor y deseo por él.
—Yo… —Trató ella de articular palabra antes de que él la interrumpiera para evitar más un momento incómodo.
—Mírame —Se señaló—. Tengo la mandíbula redonda, brazos largos y hasta la nariz hacia adentro. ¡Te llevaste toda la belleza! —exclamó al final haciendo broma—. Mi nombre significa «mano de la cosecha», por lo que igual estoy destinado a estar aquí para siempre.
Ella rio, primero de manera leve pero finalmente soltó una carcajada contagiosa en la que él le acompañó. Después el silencio se hizo entre ellos y Krilge tomó aire para pronunciarse, no sin antes dirigir la mirada hacia la casa de los Krill.
—No lo sé —Negó—. Si te soy sincera… no he pensado en nada de eso.
—Ya lo suponía. El trabajo en la tierra te ha vuelto fuerte, quizá podrías aprender a manejar un arma y unirte a la Patrulla de Paz en Púrskul.
Los recuerdos sobre sus primeros años volvieron a la mente de la mestiza. Recordó la dureza con la que el clan Sangreardiente la había maltratado, no teniendo nunca un gesto afectivo para ella, ni siquiera de su padre, que tenía la certeza de que había hecho desaparecer a su madre poco después de dar a luz. Aquellos orcos destrozaban, mataban y saqueaban a placer, no conocían otra cosa, y por eso Krilge detestaba esa vida: incluso las armas.
—Deberíamos volver… —Se dirigió a Krothu tras salir de su ensimismamiento.
El semiorco tan solo asintió y ayudó a recoger para que ambos pudieran emprender el camino a casa.
Revelación
Los gritos de los Krill se escucharon en todas partes. Krilge salió de su cama a toda prisa para llegar al exterior, donde pudo ver como el techo de la casa de los patrones estaba ardiendo. Divisó luego desde su posición como un orco arrastraba con una mano el cuerpo inerte del señor Seibert, mientras con la otra llevaba a la señora Grell de la cabellera, haciendo incluso un pequeño surco por el suelo con el cuerpo de esta que gritaba desesperada.
La mestiza, horrorizada, en un segundo se dio cuenta de que otro orco estaba cargando una ballesta para luego apuntar en dirección a ella. El sonido del mecanismo fue justo lo último que escuchó antes de que Krothu se colocara con rapidez justo en medio de la trayectoria, salvando la vida de su amiga. El cuerpo del semiorco cayó hacia adelante cuando este se llevó las manos al cuello en un último gesto antes de perder la vida, con el virote clavado en su garganta.
—¡Krothu! —exclamó Krilge paralizada ante la visión.
Otro orco apareció por un lado y tomó a Krilge por un hombro, para luego clavar en su estómago una espada.
—¡Tu presencia me repugna, sangresucia! ¡Voy a sacarte las entrañas!
Krilge llevó ambas manos hasta la empuñadura del arma que había atravesado su estómago, tomando también la de su enemigo. De sus ojos brotaron lágrimas de desesperación, dolor y miedo, mientras su enemigo reía mostrando sus colmillos; y fue entonces cuando escuchó algo en su cabeza proveniente de una voz femenina.
Fery no llegó a conocer a su madre. Recibió maltrato prácticamente desde que tuvo consciencia al servicio de su padre, un caudillo orco llamado Xunag del clan Sangreardiente. Era obligada a las duras tareas como una esclava, sirviendo a los guerreros del clan y obligada a tolerar todas las faltas de respeto porque todos decían que había nacido con los rasgos de su madre. Todos la llamaban Krilge, que significaba «Aquella que sirve», hasta que una noche por fin y entre lágrimas, se armó de valor para huir sin mirar hacia atrás con tan solo diez años.
Encuentro en una noche de tormenta
Muerta de hambre, sin apenas fuerzas y tras unos días de viaje, la pequeña se cobijó dentro de un almacén de grano en las afueras de la ciudad de Púrskul. Empapada de la lluvia y helada hasta los huesos, Krilge se abrazó a sí misma, de nuevo entre lágrimas, dudando incluso de si había tomado una buena decisión.
Fue sorprendida por un repentino ruido, originado por un humano de mediana edad que sostenía una horca de manera algo amenazante. Este miró fijamente a la mestiza y la pequeña abrió sus ojos, tapándose la boca para no emitir ruido alguno, inmovilizada por el miedo que recorría su cuerpecito en ese momento.
—¿Qué haces aquí? ¿Vienes a robarnos? —preguntó el hombre, alzando un poco más la horca en dirección a Krilge.
La pequeña negó varias veces con rapidez, a pesar de no conocer el idioma khondazhano, pues bien hubiera hecho cualquier cosa por evitar que la atacaran.
—¡Señor Seibert! —exclamó una voz cerca de ellos, acompañada de unos apresurados pasos.
Entonces apareció un semiorco, garrote en mano, con edad de estar cerca de la adultez. Tan sorprendido como su patrón, acabó colocado a su lado parar mirar también a Krilge.
—Es una niña —dijo el humano dirigiéndose al joven que acababa de llegar—, Krothu, creo que es como tú.
—Mis ojos no pueden ser engañados durante la noche, señor Seibert: esos pequeños colmillos y facciones casi humanas la delatan.
El señor Seibert suspiró y terminó por dejar la horca reposando en vertical, alejando todo posible gesto hostil, para dirigirse de nuevo al semiorco.
—Encárgate de ella, anda —ordenó—. Que mi esposa le dé comida y bebida, y algo para descansar esta noche.
—Así lo haré, patrón —Asintió Krothu.
—Mañana por la mañana la quiero fuera, ¿entendido?
—De acuerdo.
El mestizo se acercó a la pequeña tras dejar el garrote apoyado en uno de los sacos de grano. Después, dobló una rodilla para acotar todavía más la distancia con ella, estirando el brazo y ofreciéndole la mano.
—Vamos a ayudarte —dijo en el idioma de los orcos—, ¿cómo te llamas?
Aún temerosa, pero viendo una pequeña luz entre tanta sombra al poder dirigirse a alguien que podría entenderla, decidió tomar la palabra por fin.
—Krilge…
Una nueva vida
Pero Krilge no marchó: la señora Grell decidió acogerla pues siempre había deseado tener una niña, apoyada por Krothu en la decisión. Los Krill eran una pareja de humanos de mediana edad desprovistos de poder tener descendencia y habían acogido a Krothu para que trabajara con ellos en el grano, por eso este último los consideraba sus patrones al trabajar para ellos, pero quizá también lo más cercano a una familia que había tenido nunca.
Y eso fue lo mismo para Krilge con el paso de los años. Aunque su trabajo seguía siendo forzado, por lo menos se veía recompensada por el afecto de una supuesta familia, un lugar alejado de las inclemencias del tiempo en el que dormir, y comida caliente conseguida con el sudor de su frente, no del saqueo de gente inocente. Krothu se había convertido en un amigo, como un hermano, y gracias a él pudo aprender el idioma khondazhano y encontrar un lugar allí, facilitándole enormemente las cosas.
Amor
Los mestizos se encontraban disfrutando del atardecer tras una jornada de trabajo, él ya todo un adulto y ella en los últimos pasos de la adolescencia. Sentados en el suelo gozaban de un tentempié a la espera de la cena.
—Los Krill no aguantarán muchos años más al cargo de estas pequeñas tierras —comentó Krothu con su mirada perdida en el horizonte, para luego girar el rostro hacia su amiga—. ¿Qué harás? —preguntó después.
—¿Qué haré? —dijo Krilge sin responder, algo sorprendida.
—Claro —Asintió el semiorco antes de volver la vista hacia el horizonte—. Has trabajado de manera formidable todo este tiempo, pero no creo que estés destinada a la tierra.
—¿Y por qué dices eso? —Volvió a preguntar ella tras recogerse un lado del cabello oscuro tras una de sus orejas picudas.
—Porque nunca he visto a una mestiza tan hermosa como tú.
Krilge se sonrojó y su compañero ladeó de nuevo el rostro para mirarla, dedicándole a esta una sonrisa. Durante muchos años, Krothu fue aquel que le enseñó, cobijó y siempre tuvo palabras amables para ella; la mestiza tenía esa amalgama de sensaciones confusas propias de su edad, pero sabía que dentro de ella crecía amor y deseo por él.
—Yo… —Trató ella de articular palabra antes de que él la interrumpiera para evitar más un momento incómodo.
—Mírame —Se señaló—. Tengo la mandíbula redonda, brazos largos y hasta la nariz hacia adentro. ¡Te llevaste toda la belleza! —exclamó al final haciendo broma—. Mi nombre significa «mano de la cosecha», por lo que igual estoy destinado a estar aquí para siempre.
Ella rio, primero de manera leve pero finalmente soltó una carcajada contagiosa en la que él le acompañó. Después el silencio se hizo entre ellos y Krilge tomó aire para pronunciarse, no sin antes dirigir la mirada hacia la casa de los Krill.
—No lo sé —Negó—. Si te soy sincera… no he pensado en nada de eso.
—Ya lo suponía. El trabajo en la tierra te ha vuelto fuerte, quizá podrías aprender a manejar un arma y unirte a la Patrulla de Paz en Púrskul.
Los recuerdos sobre sus primeros años volvieron a la mente de la mestiza. Recordó la dureza con la que el clan Sangreardiente la había maltratado, no teniendo nunca un gesto afectivo para ella, ni siquiera de su padre, que tenía la certeza de que había hecho desaparecer a su madre poco después de dar a luz. Aquellos orcos destrozaban, mataban y saqueaban a placer, no conocían otra cosa, y por eso Krilge detestaba esa vida: incluso las armas.
—Deberíamos volver… —Se dirigió a Krothu tras salir de su ensimismamiento.
El semiorco tan solo asintió y ayudó a recoger para que ambos pudieran emprender el camino a casa.
Revelación
Los gritos de los Krill se escucharon en todas partes. Krilge salió de su cama a toda prisa para llegar al exterior, donde pudo ver como el techo de la casa de los patrones estaba ardiendo. Divisó luego desde su posición como un orco arrastraba con una mano el cuerpo inerte del señor Seibert, mientras con la otra llevaba a la señora Grell de la cabellera, haciendo incluso un pequeño surco por el suelo con el cuerpo de esta que gritaba desesperada.
La mestiza, horrorizada, en un segundo se dio cuenta de que otro orco estaba cargando una ballesta para luego apuntar en dirección a ella. El sonido del mecanismo fue justo lo último que escuchó antes de que Krothu se colocara con rapidez justo en medio de la trayectoria, salvando la vida de su amiga. El cuerpo del semiorco cayó hacia adelante cuando este se llevó las manos al cuello en un último gesto antes de perder la vida, con el virote clavado en su garganta.
—¡Krothu! —exclamó Krilge paralizada ante la visión.
Otro orco apareció por un lado y tomó a Krilge por un hombro, para luego clavar en su estómago una espada.
—¡Tu presencia me repugna, sangresucia! ¡Voy a sacarte las entrañas!
Krilge llevó ambas manos hasta la empuñadura del arma que había atravesado su estómago, tomando también la de su enemigo. De sus ojos brotaron lágrimas de desesperación, dolor y miedo, mientras su enemigo reía mostrando sus colmillos; y fue entonces cuando escuchó algo en su cabeza proveniente de una voz femenina.
«Debes proteger la belleza del mundo, la familia, el amor…»
La mestiza sintió una punzada de vigor, y a diferencia de todas las sensaciones que había tenido instantes antes: el valor surgió entonces dentro de ella. Gracias al trabajo de años en la tierra, su cuerpo había sido esculpido con músculos fuertes, así que separó una de las manos para cerrar el puño y luego propinar con este un violento golpe en la cara del orco. Esto hizo que su enemigo soltara el arma, aún clavada en la barriga de ella, pero lejos de inmutarse, aguantó de manera estoica para sacar esta y emplearla contra su rival, insertándosela en la parte baja de la mandíbula y luego usar uno de sus hombros para alejarlo todo lo posible.
Krilge trastabilló y flaqueó por un instante, llevándose de manera instintiva sus manos hasta la herida de la que emanaba sangre. Miró el color carmesí contrastando con el verdoso de su piel y de nuevo unas palabras se instalaron en su mente.
Krilge trastabilló y flaqueó por un instante, llevándose de manera instintiva sus manos hasta la herida de la que emanaba sangre. Miró el color carmesí contrastando con el verdoso de su piel y de nuevo unas palabras se instalaron en su mente.
«Eso no es sangre, es fuego como el de mi cabello…»
Los ojos de la mestiza se abrieron como platos cuando una luz surgió de sus palmas. Notó entonces un calor repentino, pero reconfortante, que cerró su herida lentamente: dejando la zona limpia.
Krilge miró el cuerpo de Krothu, dudosa, pero luego volvió a escuchar los gritos de la señora Grell, ya que todo había pasado en tan solo unos segundos. Emprendió la carrera hacia el orco que manejaba la ballesta, no sin antes tomar la espada que le había clavado a su anterior y muerto rival. El orco de la ballesta sonrió de manera maquiavélica y trato de alcanzar a la mestiza, pero falló, y ese fue el craso error que le llevó a la muerte cuando Krilge le clavó la hoja en todo el pecho, haciendo incluso que ambos cayeran al suelo por la inercia.
La mestiza trató de recobrar el aliento, espada en mano y mirando el cuerpo inerte de su enemigo, pero luego alzó la cabeza para ver aquel que la esperaba con la señora Grell cogida por los pelos. Lentamente se puso en pie y su vista se nubló un poco, justo en el momento en el cual escuchó otra vez esa voz en su cabeza.
Krilge miró el cuerpo de Krothu, dudosa, pero luego volvió a escuchar los gritos de la señora Grell, ya que todo había pasado en tan solo unos segundos. Emprendió la carrera hacia el orco que manejaba la ballesta, no sin antes tomar la espada que le había clavado a su anterior y muerto rival. El orco de la ballesta sonrió de manera maquiavélica y trato de alcanzar a la mestiza, pero falló, y ese fue el craso error que le llevó a la muerte cuando Krilge le clavó la hoja en todo el pecho, haciendo incluso que ambos cayeran al suelo por la inercia.
La mestiza trató de recobrar el aliento, espada en mano y mirando el cuerpo inerte de su enemigo, pero luego alzó la cabeza para ver aquel que la esperaba con la señora Grell cogida por los pelos. Lentamente se puso en pie y su vista se nubló un poco, justo en el momento en el cual escuchó otra vez esa voz en su cabeza.
«Debes detener a los responsables de la destrucción de cosas hermosas, defendiendo estas y acabando con los seres de maldad atroz…»
—¿Eres la hija de Xunag? —preguntó el orco de manera repentina.
Pero ella no contestó, sin embargo, la pobre humana utilizó todas sus fuerzas para gritar hacia la semiorca.
—¡Krilge! ¡Huye!
—Vaya si lo eres… —dijo entonces el orco, riendo luego de manera desagradable. —Disfrutaré contigo como tu padre hizo con tu madre: hasta romperla.
La mestiza cargó contra su rival y este soltó de manera violenta a la desvalida humana. Krilge se abalanzó con ira sobre su enemigo y ambos cayeron al suelo entre golpes, cortes y hasta algún mordisco. Finalmente, ella y sobre él, alzó ambos brazos para empuñar la espada con las dos manos y el arma obtuvo un halo brillante.
—¡Adelante, sangresucia! —espetó el orco caído, expulsando algo de sangre de su boca en el proceso.
Y el arma descendió con fuerza para entrar con facilidad por el pecho del orco, arrebatándole la vida lentamente gracias a ese halo que la había envuelto. Todo pasó muy rápido, y entonces Krilge desvió la mirada hasta sus manos manchadas de sangre. Su vista se tornó borrosa de nuevo y le costó respirar, pero marchó rápidamente hasta la señora Grell a pesar del dolor que sentía.
Tomó el cuerpo de esta con pesadez por el cansancio y los músculos algo engarrotados, y entonces la miró.
—Siempre… —tomó la palabra la pobre mujer, deslizando una mano hasta el rostro de la mestiza— Siempre supe que estarías destinada a algo mayor que cuidar del grano…
—Señora Grell… —dijo Krilge sin apenas poder articular palabra cuando unas lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas.
—Por eso te acogí. Deseé tener una hija a la que llamarla Fery… —Los ojos de la mujer empezaron a parecer perdidos— ¿Fery? ¿Eres tú, Fery? —preguntó finalmente presa del delirio.
La mestiza sollozó, sus lágrimas no dejaron de brotar.
—Soy yo, madre. Soy… Fery —contestó Krilge, aceptando las palabras delirantes de la pobre humana.
La señora Grell esbozó su última sonrisa y el peso de sus brazos hizo que estos cayeran por sí solos tras su última muestra de afecto.
Fery, la anteriormente Krilge, acercó su cuerpo al de la mujer y se maldijo a sí misma, pensando que por qué esa vez sus manos no brillaban para curar las heridas de la casi anciana. Después colocó con cuidado el cuerpo y recordó que Krothu había sido malherido, por lo que, corrió hasta este sin más dilación.
Cuando dio la vuelta al mestizo pudo ver con sus propios ojos la gravedad de la herida, habiéndolo matado de manera instantánea en el proceso. Fery lloró de nuevo y colocó con cuidado las manos en la garganta de él.
—¡Krothu! ¡No! ¡Por favor, no me dejes! —gritó desesperada— ¡Por qué no puedo curarte si lo hice conmigo misma! —exclamó de nuevo.
Abrazó el cuerpo caído del semiorco con todas sus fuerzas, notando como este perdía la temperatura.
—Siempre estuviste ahí para mí… por eso te amé —Le confesó entre sollozos. —Fui idiota al no decírtelo…
La voz volvió a su mente.
Pero ella no contestó, sin embargo, la pobre humana utilizó todas sus fuerzas para gritar hacia la semiorca.
—¡Krilge! ¡Huye!
—Vaya si lo eres… —dijo entonces el orco, riendo luego de manera desagradable. —Disfrutaré contigo como tu padre hizo con tu madre: hasta romperla.
La mestiza cargó contra su rival y este soltó de manera violenta a la desvalida humana. Krilge se abalanzó con ira sobre su enemigo y ambos cayeron al suelo entre golpes, cortes y hasta algún mordisco. Finalmente, ella y sobre él, alzó ambos brazos para empuñar la espada con las dos manos y el arma obtuvo un halo brillante.
—¡Adelante, sangresucia! —espetó el orco caído, expulsando algo de sangre de su boca en el proceso.
Y el arma descendió con fuerza para entrar con facilidad por el pecho del orco, arrebatándole la vida lentamente gracias a ese halo que la había envuelto. Todo pasó muy rápido, y entonces Krilge desvió la mirada hasta sus manos manchadas de sangre. Su vista se tornó borrosa de nuevo y le costó respirar, pero marchó rápidamente hasta la señora Grell a pesar del dolor que sentía.
Tomó el cuerpo de esta con pesadez por el cansancio y los músculos algo engarrotados, y entonces la miró.
—Siempre… —tomó la palabra la pobre mujer, deslizando una mano hasta el rostro de la mestiza— Siempre supe que estarías destinada a algo mayor que cuidar del grano…
—Señora Grell… —dijo Krilge sin apenas poder articular palabra cuando unas lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas.
—Por eso te acogí. Deseé tener una hija a la que llamarla Fery… —Los ojos de la mujer empezaron a parecer perdidos— ¿Fery? ¿Eres tú, Fery? —preguntó finalmente presa del delirio.
La mestiza sollozó, sus lágrimas no dejaron de brotar.
—Soy yo, madre. Soy… Fery —contestó Krilge, aceptando las palabras delirantes de la pobre humana.
La señora Grell esbozó su última sonrisa y el peso de sus brazos hizo que estos cayeran por sí solos tras su última muestra de afecto.
Fery, la anteriormente Krilge, acercó su cuerpo al de la mujer y se maldijo a sí misma, pensando que por qué esa vez sus manos no brillaban para curar las heridas de la casi anciana. Después colocó con cuidado el cuerpo y recordó que Krothu había sido malherido, por lo que, corrió hasta este sin más dilación.
Cuando dio la vuelta al mestizo pudo ver con sus propios ojos la gravedad de la herida, habiéndolo matado de manera instantánea en el proceso. Fery lloró de nuevo y colocó con cuidado las manos en la garganta de él.
—¡Krothu! ¡No! ¡Por favor, no me dejes! —gritó desesperada— ¡Por qué no puedo curarte si lo hice conmigo misma! —exclamó de nuevo.
Abrazó el cuerpo caído del semiorco con todas sus fuerzas, notando como este perdía la temperatura.
—Siempre estuviste ahí para mí… por eso te amé —Le confesó entre sollozos. —Fui idiota al no decírtelo…
La voz volvió a su mente.
«Sigue tu corazón hasta tu verdadero destino, pues el amor verdadero vencerá sobre todo…»
La Ciudad de la Moneda
Las autoridades de Púrskul vieron claro el incidente en las tierras de los Krill y Fery quedó como heredera de los pocos bienes restantes. Apesadumbrada por todo lo acontecido y con infinidad de preguntas en su cabeza, decidió dar un paso al frente y deshacerse de todo para obtener algunas monedas. Consultando con un sacerdote de Khauntea allí en la ciudad del grano, Fery consiguió entrever que quizá lo que le había ocurrido era una llamada de Sune, la del cabello de fuego.
Con ello emprendió un viaje hasta Crimmor, y de ahí hasta Athkatla. Quedó asombrada de la gran urbe y de cómo la gente se preocupaba mucho por la moda, la estética y la presencia. Por el camino estuvo ayudando a todo aquel que pudo y finalmente dio con sus pasos hasta el templo de Sune, allí en el Distrito de los Templos de Athkatla, la Ciudad de la Moneda. Los guardias la detuvieron debido a su aspecto, porque, aunque hermosa de manera natural, Fery no había podido disfrutar de un momento de descanso para dedicarse a sí misma; pero finalmente la dejaron pasar tras encontrar las palabras adecuadas.
Una vez dentro y frente a la sacerdotisa al mando, la mestiza clavó su rodilla en tierra en señal de respeto. Observó los ropajes, adornos y belleza de esta, entendiendo claramente el por qué del hecho de que ostentara dicho cargo.
—¿Cuál es vuestro nombre? —preguntó la sacerdotisa.
—Fery Krill, mi señora.
—Los guardias me informaron de que dices haber sido llamada por la diosa del amor, la belleza y la pasión, nuestra querida Sune. ¿Es eso cierto?
—Perdí a mi familia en el ataque de unas criaturas sin corazón, y creo que ella me dio fuerzas para enfrentarme a esos seres. Sentí una voz femenina en mi cabeza en varias ocasiones, decía cosas sobre proteger la belleza del mundo, detener a los que destruyen las cosas hermosas y acabar con los seres de maldad atroz.
La sacerdotisa observó a Fery, pareció pensar en sus siguientes palabras.
—¿Y… quieres seguir tu corazón hasta tu verdadero destino?
Las palabras de la sacerdotisa hicieron eco en la cabeza de Fery, quedó tan sorprendida de volverlas a escuchar que la mujer devota de Sune sonrió de manera sutil.
—Así es, mi señora —respondió finalmente Fery de manera firme, con gran voluntad.
La sacerdotisa juntó ambas palmas de las manos sin emitir sonido alguno y luego hizo un gesto a un par de novicias que había cerca. Estas avanzaron con paso raudo hasta Fery, quedando cada una a un lado de ella.
—Tu nueva vida empezará a partir del siguiente amanecer, así que escuchadme con atención, Fery —La sacerdotisa se aclaró levemente la garganta antes de continuar—: Tomad el mejor baño, teñiros el cabello de color carmesí, escoged las mejores prendas para vos y haced uso de todo aquello que resalte vuestra ya hermosura. Se os asignará un caballero que os enseñará toda la esencia marcial para hacer de vos una imponente y bella figura implacable contra el mal, que jamás perderá el porte. —Tomó aire para volver a pronunciarse tras unos segundos. —Si la dama de cabellos de fuego tiene un lugar especial para vos, tarde o temprano os hará un hueco entre los Hermanas y hermanos del Rubí Rosa, nuestra más prestigiosa orden de paladines.
Las palabras de la mujer, claras y concisas dieron algo de cobijo a la mestiza. Fery estaba a punto de cruzar el umbral hacia su nueva vida y tenía claro que quería decepcionar a nadie, empezando por ella misma.
—Así lo haré, mi señora —dijo finalmente.
—Bien —Asintió la sacerdotisa para luego volver a hacer un gesto hacia las novicias—. Acompañadla y mostrarle todo lo que necesita. Ah, y Fery, dejadme daros una advertencia…
—Os escucho.
—Jamás volváis a entrar en este templo con esa presencia.
Fery se sonrojó un poco, sintiendo algo de vergüenza, pero luego se armó de valor y se puso de pie para despedir a la sacerdotisa de manera cortés. Dio sus primeros pasos acompañada de las novicias y por fin pudo tomar ese baño tan relajante y a la vez revitalizador para poder ordenar las cosas en su cabeza, preparándose para todo lo que tendría que enfrentar desde aquel momento en adelante. Se preguntó y divagó sobre aquel o aquella que sería quien le iba a enseñar en los siguientes pasos…
Las autoridades de Púrskul vieron claro el incidente en las tierras de los Krill y Fery quedó como heredera de los pocos bienes restantes. Apesadumbrada por todo lo acontecido y con infinidad de preguntas en su cabeza, decidió dar un paso al frente y deshacerse de todo para obtener algunas monedas. Consultando con un sacerdote de Khauntea allí en la ciudad del grano, Fery consiguió entrever que quizá lo que le había ocurrido era una llamada de Sune, la del cabello de fuego.
Con ello emprendió un viaje hasta Crimmor, y de ahí hasta Athkatla. Quedó asombrada de la gran urbe y de cómo la gente se preocupaba mucho por la moda, la estética y la presencia. Por el camino estuvo ayudando a todo aquel que pudo y finalmente dio con sus pasos hasta el templo de Sune, allí en el Distrito de los Templos de Athkatla, la Ciudad de la Moneda. Los guardias la detuvieron debido a su aspecto, porque, aunque hermosa de manera natural, Fery no había podido disfrutar de un momento de descanso para dedicarse a sí misma; pero finalmente la dejaron pasar tras encontrar las palabras adecuadas.
Una vez dentro y frente a la sacerdotisa al mando, la mestiza clavó su rodilla en tierra en señal de respeto. Observó los ropajes, adornos y belleza de esta, entendiendo claramente el por qué del hecho de que ostentara dicho cargo.
—¿Cuál es vuestro nombre? —preguntó la sacerdotisa.
—Fery Krill, mi señora.
—Los guardias me informaron de que dices haber sido llamada por la diosa del amor, la belleza y la pasión, nuestra querida Sune. ¿Es eso cierto?
—Perdí a mi familia en el ataque de unas criaturas sin corazón, y creo que ella me dio fuerzas para enfrentarme a esos seres. Sentí una voz femenina en mi cabeza en varias ocasiones, decía cosas sobre proteger la belleza del mundo, detener a los que destruyen las cosas hermosas y acabar con los seres de maldad atroz.
La sacerdotisa observó a Fery, pareció pensar en sus siguientes palabras.
—¿Y… quieres seguir tu corazón hasta tu verdadero destino?
Las palabras de la sacerdotisa hicieron eco en la cabeza de Fery, quedó tan sorprendida de volverlas a escuchar que la mujer devota de Sune sonrió de manera sutil.
—Así es, mi señora —respondió finalmente Fery de manera firme, con gran voluntad.
La sacerdotisa juntó ambas palmas de las manos sin emitir sonido alguno y luego hizo un gesto a un par de novicias que había cerca. Estas avanzaron con paso raudo hasta Fery, quedando cada una a un lado de ella.
—Tu nueva vida empezará a partir del siguiente amanecer, así que escuchadme con atención, Fery —La sacerdotisa se aclaró levemente la garganta antes de continuar—: Tomad el mejor baño, teñiros el cabello de color carmesí, escoged las mejores prendas para vos y haced uso de todo aquello que resalte vuestra ya hermosura. Se os asignará un caballero que os enseñará toda la esencia marcial para hacer de vos una imponente y bella figura implacable contra el mal, que jamás perderá el porte. —Tomó aire para volver a pronunciarse tras unos segundos. —Si la dama de cabellos de fuego tiene un lugar especial para vos, tarde o temprano os hará un hueco entre los Hermanas y hermanos del Rubí Rosa, nuestra más prestigiosa orden de paladines.
Las palabras de la mujer, claras y concisas dieron algo de cobijo a la mestiza. Fery estaba a punto de cruzar el umbral hacia su nueva vida y tenía claro que quería decepcionar a nadie, empezando por ella misma.
—Así lo haré, mi señora —dijo finalmente.
—Bien —Asintió la sacerdotisa para luego volver a hacer un gesto hacia las novicias—. Acompañadla y mostrarle todo lo que necesita. Ah, y Fery, dejadme daros una advertencia…
—Os escucho.
—Jamás volváis a entrar en este templo con esa presencia.
Fery se sonrojó un poco, sintiendo algo de vergüenza, pero luego se armó de valor y se puso de pie para despedir a la sacerdotisa de manera cortés. Dio sus primeros pasos acompañada de las novicias y por fin pudo tomar ese baño tan relajante y a la vez revitalizador para poder ordenar las cosas en su cabeza, preparándose para todo lo que tendría que enfrentar desde aquel momento en adelante. Se preguntó y divagó sobre aquel o aquella que sería quien le iba a enseñar en los siguientes pasos…