Superboy
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CAPITULO XIX
"El látigo y la rosa"
El pueblo de Elenvar se alzaba entre colinas suaves y campos de lavanda marchita. No era próspero, pero tampoco moría. Sus casas de piedra y madera olían a humo, a pan, a tiempo detenido. Finn llegó al atardecer, con la capa raída, la mirada baja, y el símbolo de Loviatar oculto como siempre, aunque ardía más que nunca.
No buscaba redención. Solo reposo.
Alquiló una habitación sobre la herrería. No volvió a forjar. Solo ayudaba con reparaciones menores, sin hablar demasiado. Los aldeanos lo respetaban, pero no lo entendían. Sabían que había algo en él que no se debía tocar.
La vio por primera vez en el mercado.
No directamente. Sintió su mirada antes de verla. Entre los puestos de frutas y telas, alguien lo observaba desde la sombra de un toldo. Cuando giró, solo vio una figura con cabello oscuro recogido, que desapareció entre la gente.
La segunda vez fue en la plaza, mientras ayudaba a reforzar una fuente rota. La misma presencia. La misma mirada. Esta vez, la figura se quedó unos segundos más. Luego se esfumó.
La tercera vez, no huyó.
Finn salía de la posada cuando chocó con ella. Literalmente. Un cruce de caminos, un instante de distracción, y sus cuerpos se encontraron. Él retrocedió de inmediato, como si hubiera tocado fuego.
—Disculpa —dijo ella, con voz suave, pero firme.
Finn la miró. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el mundo se detenía.
Era hermosa, sí. Pero no por sus rasgos. Por su presencia. Por la forma en que lo miraba sin miedo. Como si ya supiera quién era. Como si no le importara.
—¿Me has estado siguiendo? —preguntó él, sin agresividad.
—Observando —corrigió ella—. Hay algo en ti que... no encaja aquí. Y eso me intriga.-
Finn bajó la mirada.
—No encajo en ningún lado.-
—Tal vez no has encontrado el lugar correcto.-
Se llamaba Lys.
Vivía sola, en una casa junto al río. Cultivaba hierbas, escribía poemas que no mostraba, y hablaba poco. Pero cuando lo hacía, cada palabra parecía elegida con cuidado.
Comenzaron a encontrarse. No por decisión. Por destino. Caminatas compartidas. Silencios cómodos. Miradas que decían más que cualquier confesión.
Finn no hablaba de su pasado. Pero Lys no preguntaba. Solo lo escuchaba cuando él, en noches de tormenta, dejaba escapar fragmentos.
—He hecho cosas —dijo una vez—. Cosas que no puedo deshacer.-
—¿Y las recuerdas para castigarte o para aprender?-
Finn no supo responder.
Una noche, mientras caminaban por el borde del bosque, Lys se detuvo.
—¿Sabes lo que veo cuando te miro?-
—Una sombra —respondió él, sin pensarlo.
—No. Veo una llama que no sabe si quiere arder o apagarse.-
Finn la miró. Y por primera vez, sintió que el dolor no era lo único que lo definía.
—¿Y si me quemo?-
—Entonces arderé contigo.-
Pero el pasado no se borra. Solo espera.
Y Finn lo sabía.
A veces, en sueños, la voz volvía. A veces, el símbolo ardía sin razón. A veces, dudaba de sí mismo. De su derecho a sentir algo más que culpa.
Pero Lys estaba allí. No como cura. Como espejo distinto. Uno que no cortaba. Uno que mostraba lo que podía ser.
Y aunque el dolor seguía, Finn comenzó a caminar distinto. No más ligero. Pero más firme.
Porque por primera vez, tenía algo que proteger.
Algo que no era castigo.
Algo que podía ser amor.
"El látigo y la rosa"
El pueblo de Elenvar se alzaba entre colinas suaves y campos de lavanda marchita. No era próspero, pero tampoco moría. Sus casas de piedra y madera olían a humo, a pan, a tiempo detenido. Finn llegó al atardecer, con la capa raída, la mirada baja, y el símbolo de Loviatar oculto como siempre, aunque ardía más que nunca.No buscaba redención. Solo reposo.
Alquiló una habitación sobre la herrería. No volvió a forjar. Solo ayudaba con reparaciones menores, sin hablar demasiado. Los aldeanos lo respetaban, pero no lo entendían. Sabían que había algo en él que no se debía tocar.
La vio por primera vez en el mercado.
No directamente. Sintió su mirada antes de verla. Entre los puestos de frutas y telas, alguien lo observaba desde la sombra de un toldo. Cuando giró, solo vio una figura con cabello oscuro recogido, que desapareció entre la gente.
La segunda vez fue en la plaza, mientras ayudaba a reforzar una fuente rota. La misma presencia. La misma mirada. Esta vez, la figura se quedó unos segundos más. Luego se esfumó.
La tercera vez, no huyó.
Finn salía de la posada cuando chocó con ella. Literalmente. Un cruce de caminos, un instante de distracción, y sus cuerpos se encontraron. Él retrocedió de inmediato, como si hubiera tocado fuego.
—Disculpa —dijo ella, con voz suave, pero firme.
Finn la miró. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el mundo se detenía.
Era hermosa, sí. Pero no por sus rasgos. Por su presencia. Por la forma en que lo miraba sin miedo. Como si ya supiera quién era. Como si no le importara.
—¿Me has estado siguiendo? —preguntó él, sin agresividad.
—Observando —corrigió ella—. Hay algo en ti que... no encaja aquí. Y eso me intriga.-
Finn bajó la mirada.
—No encajo en ningún lado.-
—Tal vez no has encontrado el lugar correcto.-
Se llamaba Lys.
Vivía sola, en una casa junto al río. Cultivaba hierbas, escribía poemas que no mostraba, y hablaba poco. Pero cuando lo hacía, cada palabra parecía elegida con cuidado.
Comenzaron a encontrarse. No por decisión. Por destino. Caminatas compartidas. Silencios cómodos. Miradas que decían más que cualquier confesión.
Finn no hablaba de su pasado. Pero Lys no preguntaba. Solo lo escuchaba cuando él, en noches de tormenta, dejaba escapar fragmentos.
—He hecho cosas —dijo una vez—. Cosas que no puedo deshacer.-
—¿Y las recuerdas para castigarte o para aprender?-
Finn no supo responder.
Una noche, mientras caminaban por el borde del bosque, Lys se detuvo.
—¿Sabes lo que veo cuando te miro?-
—Una sombra —respondió él, sin pensarlo.
—No. Veo una llama que no sabe si quiere arder o apagarse.-
Finn la miró. Y por primera vez, sintió que el dolor no era lo único que lo definía.
—¿Y si me quemo?-
—Entonces arderé contigo.-
Pero el pasado no se borra. Solo espera.
Y Finn lo sabía.
A veces, en sueños, la voz volvía. A veces, el símbolo ardía sin razón. A veces, dudaba de sí mismo. De su derecho a sentir algo más que culpa.
Pero Lys estaba allí. No como cura. Como espejo distinto. Uno que no cortaba. Uno que mostraba lo que podía ser.
Y aunque el dolor seguía, Finn comenzó a caminar distinto. No más ligero. Pero más firme.
Porque por primera vez, tenía algo que proteger.
Algo que no era castigo.
Algo que podía ser amor.
Elenvar dormía bajo un cielo de ceniza. Las nubes, pesadas y bajas, parecían presagiar algo que aún no tenía forma. El viento traía consigo un olor extraño: no a lluvia, ni a humo, sino a carne húmeda y tierra removida.
Finn lo sintió primero. No con los sentidos. Con el cuerpo. El símbolo de Loviatar, oculto bajo su camisa, comenzó a arder como si alguien lo presionara con hierro candente.
—¿Lo sientes? —susurró la voz, apenas un eco en su mente—. Algo viene. Algo que no entiende la calma que buscas.-
Esa tarde, Lys lo había invitado a su jardín. Un rincón escondido entre sauces y piedras cubiertas de musgo, donde crecían flores que no se veían en ningún otro lugar del pueblo. Algunas brillaban tenuemente al anochecer. Otras olían a miel y a hierro.
—Este lugar es mío —le dijo ella, sentada sobre una manta, con los pies descalzos—. Aquí no hay pasado. Solo raíces.-
Finn sonrió, apenas. Se sentó a su lado. Por un momento, el mundo pareció ceder. El dolor se volvió lejano. La voz, muda.
Pero entonces, los pájaros callaron.
Y el viento cambió.
El primer grito vino desde el bosque. No humano. No animal. Algo entre ambos. Un sonido húmedo, como carne desgarrándose desde dentro.
Finn se puso de pie de inmediato. Su mano fue a la empuñadura. Lys también se levantó, confundida.
—¿Qué fue eso?-
—Algo que no debería estar aquí.-
Los árboles comenzaron a crujir. No por viento. Por peso. Algo se acercaba. Algo grande. Algo que no caminaba: reptaba, se arrastraba, se deslizaba entre raíces como si el bosque lo pariera.
Y entonces lo vieron.
Una criatura de piel grisácea, cubierta de espinas negras que se movían como si respiraran. No tenía ojos. Solo una boca vertical que se abría desde el pecho hasta el cráneo, llena de dientes como agujas. Su aliento olía a tumba.
Lys retrocedió.
—Finn…-
Él se interpuso entre ella y la bestia.
—Corre.-
—No.-
—¡Corre!-
Pero ella no se movió.
La criatura rugió. El sonido hizo que los árboles se inclinaran. Finn sintió cómo el símbolo de Loviatar ardía con fuerza. Su visión se nubló. Su sangre hervía.
—¿Lo ves ahora? —susurró la voz—. No puedes proteger sin dolor. No puedes salvar sin herir.-
Finn cayó de rodillas. El suelo temblaba. Su espalda se arqueó. Las cicatrices antiguas comenzaron a sangrar. No por heridas nuevas. Por memoria.
—¡Finn! —gritó Lys, corriendo hacia él.
La criatura se lanzó.
Y entonces, el mundo cambió.
Finn se alzó como un relámpago. Sus ojos brillaban con un rojo apagado. Su voz, cuando habló, no era solo suya.
—Por el látigo, por la espina, por la carne que no olvida.-
Su espada se cubrió de un aura oscura, como humo que lloraba. Cada golpe que daba no solo hería, hacía gritar a la criatura como si sintiera siglos de castigo. El dolor se volvió arma. El sufrimiento, escudo.
La criatura se retorcía en el suelo, cubierta de cortes que no sangraban, sino que ardían. Cada herida era una marca de juicio. Cada espina arrancada, una confesión forzada. Finn no se detenía. Su espada, envuelta en humo oscuro, se movía como si tuviera voluntad propia.
—¡Por el látigo, por la espina, por la carne que no olvida! —rugía, con voz que ya no era solo suya.
La bestia intentó huir, pero sus patas se quebraron bajo el peso del castigo. Su boca vertical se abrió en un último grito, y luego se deshizo. No en sangre. En ceniza húmeda que se hundió en la tierra como si nunca hubiera existido.
Finn quedó de pie, jadeando, con el cuerpo cubierto de marcas antiguas que habían vuelto a sangrar. Su pecho brillaba con el símbolo de Loviatar, encendido como un sol oscuro. Sus ojos, antes apagados, ahora eran dos carbones encendidos: carmesí, intensos, inhumanos.
Se giró hacia Lys.
Ella lo miraba. No con asombro. Con terror.
—Lys… —susurró Finn, dando un paso hacia ella.
Ella retrocedió.
—¿Qué… qué eres?-
Finn bajó la espada. Su rostro se contrajo. No por rabia. Por pena.
—No quería… no quería que vieras esto.-
—Tus ojos… tu voz… eso no era humano.-
Finn cayó de rodillas. El suelo parecía alejarse. El poder se disipaba, pero el peso quedaba. Su cuerpo temblaba. Su alma también.
—Es parte de mí —dijo, con voz quebrada—. No lo elegí. Pero lo llevo. Y a veces… a veces es lo único que puede salvar.-
Lys no respondió. Sus manos temblaban. Sus labios
también. Dio un paso atrás. Luego otro.—No me toques —susurró.
Finn extendió una mano, apenas.
—Por favor…-
Pero ella ya se había girado. Corrió entre los árboles. No gritó. No miró atrás.
Finn se quedó solo.
El símbolo de Loviatar se apagó lentamente. Pero el dolor no.
Y en la oscuridad, el bosque volvió a respirar.
Esa noche, Finn no escribió en su diario.
Solo se sentó junto al fuego, con los ojos clavados en la nada.
Y por primera vez, se preguntó si el amor puede sobrevivir al rostro del castigo.

