Bollitocream
Bug de oscuridad
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El comienzo
En las profundas y sombrías ciudades subterráneas de los Drows, donde la luz nunca toca la piel y las traiciones son tan comunes como las sombras, nació un Drow destinado a ser diferente. Su nombre era Dezzerion y su historia comenzó en los oscuros túneles de Menzoberranzan, el corazón del Imperio Drow.
Dezzerion nació bajo el techo de la Casa Zeerik, una familia de cazadores respetada en la sociedad Drow, pero no por su poder mágico ni por sus intrincadas manipulaciones en la corte, sino por una rara habilidad: el arte del combate a distancia y sus rostros poco agraciados.
La Casa Zeerik se especializaba en el uso del arco largo, un arte antiguo que pocos Drows dominaban, pues muchos preferían las armas cercanas, como las espadas o los dardos, que les permitían aprovechar su agilidad y destreza en combates más inmediatos.
Dezzerion, desde su infancia, mostró una destreza sorprendente con el arco largo. No era solo su capacidad para disparar con gran precisión lo que lo hacía destacar, sino su visión casi sobrenatural en la penumbra de la ciudad subterránea. Mientras otros niños Drows jugaban a la guerra en las oscuras arenas de Menzoberranzan, él aprendía a usar el arco con una disciplina que muchos consideraban exagerada, pero que le otorgaba una destreza sin igual.
Aprendió a cazar y a derribar presas en las cavernas más profundas, donde incluso las arañas más grandes se rendían a su habilidad mortal.
La disciplina de Dezzerion, sin embargo, no era solo física, Dezzerion hallaba su fortaleza en la paciencia y la observación. Era un cazador, no un guerrero, y entendía que en su mundo lleno de traiciones y complots, la distancia era tanto su ventaja como su condena.
La Casa Zeerik, aunque respetada, no gozaba de la misma influencia política que otras casas más poderosas, como la Casa Baenre o la Casa Do'Urden. La lealtad y la destreza marcial de los Zeerik estaban al servicio de la supervivencia y la caza, no de la ambición. Y fue esta falta de poder lo que llevó a Dezzerion a enfrentarse al mayor desafío de su vida: su destino estaba atado a las luchas internas de la ciudad subterránea, y no podría escapar de ellas por mucho que quisiera.
Con el paso de los años, Dezzerion fue ganando renombre, pero su verdadera prueba llegó cuando la Casa Zeerik fue arrastrada a una guerra de influencia, una guerra que no eligió, pero que sería inevitable. El alto consejo de Menzoberranzan había decidido que la Casa Do'Urden debía ser debilitada, y las casas menores, como la Zeerik, eran obligadas a participar en este complot para mantener su posición. Los asesinos, los espías y los traidores que formaban la red de intrigas entre las casas drow se frotaban las manos con la perspectiva de una confrontación.
A pesar de sus reservas, Dezzerion no podía ignorar las órdenes. La Casa Zeerik necesitaba que él cumpliera con su parte del trato. La tarea era clara: debía de acechar la Casa Do'Urden y eliminar a uno de sus miembros clave, un rival influyente que había logrado alzarse en las filas del poder drow. El objetivo era simple, pero las consecuencias de fallar una flecha serían fatales.
En la oscuridad de las cavernas subterráneas, Dezzerion se preparó para la misión. Se armó con su fiel arco, afiló sus flechas y se adentró en la red de túneles que conducían a la residencia de los Do'Urden. La ciudad, en su eterna penumbra, parecía respirarle al cuello, como si las mismas paredes estuvieran llenas de secretos y vigilancia. Cada paso que daba en las sombras lo acercaba más a su objetivo. La línea que separaba la supervivencia de la corrupción se desdibujaba con cada respiración que tomaba.
La infiltración fue fácil, su destreza con el arco le permitía no solo derribar a sus enemigos, sino también pasar desapercibido en la oscuridad de las grutas subterráneas. Pero mientras se acercaba al objetivo, algo comenzó a cambiar en su interior. No era miedo ni duda lo que lo detuvo, sino algo más sutil, una chispa de conciencia que le hizo cuestionar el propósito de todo aquello. ¿De verdad debía seguir cumpliendo órdenes sin preguntar? ¿No era su vida más que un simple peón en una partida de ajedrez de sangre?
Al llegar a la habitación de su objetivo, Dezzerion se detuvo en seco. El rival que debía asesinar no era otro que un joven Drow de la Casa Do'Urden, uno que había sido apresado en una serie de intrigas políticas y que ahora se encontraba en manos de los suyos, en medio de una batalla de poder que nunca había elegido librar. Con un impulso casi inconsciente, Dezzerion bajó su arco, observando al joven Drow, quien lo miraba con una mezcla de temor y desesperación.
"No soy tu enemigo", murmuró el joven, como si intuyera lo que Dezzerion pensaba. "Solo soy un peón en este juego de sombras."
Dezzerion se quedó en silencio, su corazón latía con normalidad. En un mundo donde la traición era moneda corriente, esta misión le hizo pensar sobre quién era él mismo y decidió soltar la tensa cuerda de su arco para que una flecha perforase su garganta dándole a su objetivo una muerte lenta y cruel, ahogándose con su propia sangre y en un silencio sepulcral.
En ese momento, Dezzerion tomó una decisión que cambiaría el curso de su destino tras matar al joven Drow. En buscar un camino propio fuera de las profundidades del inframundo.
Dezzerion terminó la misión que le había sido encomendada y mientras caminaba por los oscuros túneles de Menzoberranzan dirección a Muranndin, sabiendo que las traiciones siempre estarían a su alrededor y que solo él puede cubrir sus espaldas.
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