La vida se reduce a una ventana en la que ves como el mundo discurre, encerrada entre sus libros, sus medicinas y atenazada por los brazos de la fiebre, esa vieja compañera perpetua y fiel como su maltrecho corazón.
Siempre le habían dicho que era un milagro que estuviese viva, aunque no siempre podía verlo como una ventaja, no tenía recuerdo de poder disfrutar de algo como una vida normal, lo entendía, no podía ser una niña al uso y no se podía quejar, nunca le habían faltado amor o atenciones, pero en días como este, con un libro de historias de los países del sur en su regazo y viendo caer copos de nieve, silenciosos y pacientes en las calles de la ciudad de Luskan, no podía evitar pensar si realmente esto era una fortuna o una condena.
La vida trascurría tras la ventana ajena a los ojos de su espectadora más fiel, ¿cómo es que nadie se paraba un segundo a ver lo que le rodeaba? La gente pasaba sus días inmersa en la rutina y el encorsetamiento de una sociedad que marcaba el paso y el ritmo que debían seguir con estricta meticulosidad, sin darse cuenta no sólo de la belleza del mundo a su alrededor, tampoco se fijaban de su falta de libertad disfrazada en un espejismo de libre albedrío corrupto. ideado para la autocomplacencia, el disfrute o la más pura de las desgracias, sin remisión, sin alternativa, sin salida... era tan fácil de ver cuando tenías tiempo para fijarte en ello; sus padres le decían que esos no eran pensamientos para una niña, pero , a veces dudaba que alguna vez hubiese tenido la oportunidad de haber sido una niña como tal...
¿Era eso lo que le esperaba? ¿Ver el mundo en silencio hasta que su caprichoso corazón decidiera dejar de latir?
Entonces lo vio, vio algo en la calle... golpeo el cristal pero nadie la oía, nadie la veía, y aunque la vieran y la oyesen, aunque vieran lo que sus ansiosos ojos captaban ¿realmente iban a hacer algo ante lo que pasa a escasos pasos de por donde transitaban? No podía ser así, no otra vez más, tantas cosas habían visto sus jóvenes ojos desde su lecho... ¿acaso sólo le quedaba eso? ¿Mirar? No... ese no sería otro día más, si nadie hacía algo, ella lo haría... Se retiro las pesadas mantas, recibiendo el golpe del frío invernal sobre su trémula piel, sacó una de sus finas piernas, luego la otra, apoyó los pies en el suelo, contó hasta tres y se levantó apretando la mandíbula y... el abrazo de la oscuridad y el vértigo de la caída la abrazaron como tantas otras veces.
Los zarcillos de las sombras de la inconsciencia la acariciaban mientras la atraían lentamente al acogedor sopor de la tan conocida oscuridad febril de su realidad, quizás fuese el golpe contra el frío suelo o la determinación que la había llevado a tomar ese impulso.
La cabeza parecía un apéndice extraño con una naturaleza distinta al resto del cuerpo flotando a kilómetros de su cuerpo, pero la sensación de la sangre en su paladar y el protestar irregular de su corazón hacían que todo fuese vívido y a la vez distante.
No recordaba como había bajado las escaleras desde su habitación sin haberse partido el cuello en una caída, sólo era consciente de esa disociación horrible que genera un vértigo profundo, pero cuanto más pensara en ello peor sería, se afanaba en proseguir colocando un pie frente al otro con el único nexo con la realidad del familiar frío que no abandonaba su cuerpo desde que tenía memoria.
¿Quizás unas voces llamaban por ella? A lo mejor era su propia conciencia chillándole al oído e intentando revelarse contra la decisión tomada, o quizás era la muerte abriendo los brazos esperando a que el frenético y errático baile de su corazón llegara a un inpass final y letal; bueno, si era la muerte, tendría que esperar un poco más, quizás sólo un minuto o dos, pero lo suficiente para... ¿dónde estaba? A través de su borrosa visión no se podía fiar de lo que la rodeaba, ¿era nieve lo que golpeaba contra su piel? ¿se había acordado de haberse puesto algo encima para no morir de frío? No parecía probable.
Sentía un calambre de frío que recorría sus piernas desde sus espinillas hasta su pecho cada vez que daba un paso acompañado de un sonido de succión húmeda mientras el mundo se reducía a una mezcla inexacta de sombras danzante y de una luminosidad agobiante que se empeñaba en saturar sus sentidos junto con el zumbido de sus oídos en los que se agolpaban también una amalgama de sonidos de todo tipo; los sonidos se fueron acallando lentamente, dejando sólo el recordatorio de la protesta de su corazón, alzó una mano trémula, o esperó que así fuera, ¿acaso había llegado a la calle? ¿O estaba ante el juicio de Kelemvor? De su pecho emergió una protesta, una advertencia, no reconocía su voz, si es que realmente era su voz, y si su cuerpo era el que se mantenía de pie antes de que los brazos de la oscuridad se alzaban para rodearla y lanzarse frenéticos a por su centro.
Alguien la portaba en brazos, su cabeza le susurraba que estaba en casa, aunque bien podría estar muerta, no importaba mucho ahora, ¿qué la había llevado hasta este momento?
Se miró las manos y el camisón empapados y manchados de sangre, se percató que los brazos que la portaban también estaban empapadas de sangre... así que iba a conocer a su juez, quizás si que estaba muerta... ¿dónde había dejado la cabeza? quizás no había salido nunca de la cama, quizás seguía allí y esta era una broma macabra, un último sueño mientras su vida se apagaba, pero mejor morir en un sueño en el que luchó por algo que vivir en una realidad en la que esperar el juicio de la balanza de su mierda de corazón, sólo faltaría que tan maltrecho músculo pesara demasiado...
El suelo estaba muy próximo, lo único que impedía que volviera a besarlo eran unos trémulos brazos que la sujetaban mientras las gotas de sudor caían de manera rítmica a las frías losas.
Todo su cuerpo se quejaba de ese castigo, los músculos ardían y temblaban, los pulmones se afanaban en recoger el suficiente oxígeno para que su maltrecho corazón regara de sangre a la totalidad de sus engranajes, alzó la vista borrosa hacia la figura que se mantenía expectante y desafiante con los brazos cruzados.
- ¿Te has muerto ya? - dijo con cierta sorna y ese acento sureño que la sacaba de quicio.
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- ¡Me voy a morir! - Protestaba echa un ovillo con la mano en el pecho mientras temblaba de manera compulsiva en el suelo.
- Mmmmmm.... no lo creo, según dicen tus padres ya tendrías que haber muerto seguramente más de una docena de veces, y sigues aquí - El pisaverde amniano seguía sentado en la silla, dirigiendo ese extraño entrenamiento - Así que no, no creo que te mueras, no hoy al menos... oye, y si te mueres, al menos que no sea como un fardo tirado en un rincón... ¿no era eso lo que pretendías cuando saliste a la calle?
La niña dejó escapar un ahogado sollozo, mezcla de la fatiga, el malestar y la rabia, hizo un nuevo intento de levantarse sin mucho éxito, pareciera que el corazón se había olvidado que tenía piernas que necesitaba para estar de pie. Sacó cabezonería de flaqueza y se agarró a las abrazaderas para ir incorporándose poco a poco.
- Pues te veo bastante viva... con bastante creo que podremos hacer algo de momento...
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Se incorporó recogiendo el estoque e intentando mantener una respiración lo más rítmica posible, control sobre su cuerpo, había aprendido a conocer sus límites, exiguos y irrisorios, pero límites a fin de cuentas. Recogió el estoque de madera y separó las piernas manteniendo el equilibrio, sopló para intentar retirarse el pelo de la cara, pegado a causa del sudor y haciendo salir gotitas saladas al aire. Había tardado años en poder llegar a ser autosuficiente, su entrenador era despiadado tanto con su lengua como con sus métodos, pero sabía lo que se hacía; había llegado a odiarlo tanto... pero también a respetarlo y a entrever entre sus métodos el fin que perseguía.
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- ¡No! ¡No digas que no puedes hacer esto o aquello, no te rindas antes de intentarlo, niña! Tymora te besó en la frente y estás aquí ante todo pronóstico, así que todo el tiempo que tienes frente a tí es un maldito regalo
Mantenía el equilibrio de manera precaria sobre la cuerda mientras su maestro la seguía aleccionando bajo la preocupada mirada de sus padres, pero no intervenían, había quedado cristalino desde el momento en que Lili tomó la decisión que no iba a aceptar intrusiones externas de nadie mientras durasen las lecciones.
- Tú tienes el control sobre tu cuerpo, tienes que aprender sobre él, no eres una paria o una inútil, nadie lo es y mucho menos tú, conócete, avanza, domina tu corazón, ¡y si el corazón te puede y vence esta batalla, que al menos sea plantándole cara!
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- ¿Amn? He leído sobre las Tierras de la Intriga durante años, pero no se si estoy lista para abandonar el Norte - Sentada en la plaza, cubierta por una pesada capa, observaba el normal devenir de la ciudad de Luskan, con todas sus imperfecciones teñidas de una brutal normalidad.
- Ya oíste a los sanadores, este clima va a acabar matándote y nunca se está preparado para abandonar el nido y vivir, pero - miró a su alumna y esbozó una media sonrisa - esa decisión la tomaste ya hace unos años, simplemente te he puesto en el camino y te he dado las herramientas básicas.
Suspiró y se miró la diestra, encallecida por el entrenamiento. Su enfermedad había dejado en la ruina a su familia y seguiría haciéndolo si no emprendía el vuelo. Quizás muriera por que su corazón dejara de latir, quizás encontrara la muerte en alguna de las intrigas del Sur, pero al menos sería su decisión, todo lo que fuese dar un paso más, era elección propia, cada día que seguía en el plano de los vivos era un día que esquivaba el juicio de Kelenvor y un regalo de Tymora,
Alzó la vista haciendo un mohín de queja, una queja resignada pues la decisión ya había sido tomada.