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Fraticida

redzarna

Pitillo desechado de Talivia
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El crudo invierno rashemí comenzaba a azotar con fuerza la cosmopólita ciudad de Mulptan, que ya habían abandonado prácticamente todas las caravanas de mercaderes, en la tradicional búsqueda de lugares más calidos durante los meses fríos en los que la nieve y el viento hace casi imposible el tráfico por los caminos de la región.

Centraremos nuestra atención en una pequeña cabaña entre el barrio Shou y la zona occidental, hogar de la mayoría de los extranjeros asentados en la ciudad. Pese a que son tolerados por los nativos hasta cierto límite (elevado, en comparación a la mayoría de las villas y pueblos de Rashemen) son considerados fruto de la mayoría de los problemas. Cabe decir que en un pueblo habitualmente dado a una forma de vida humilde, comunitaria, y apartada de la acumulación de riquezas, una ciudad de comerciantes es toda una llaga. Dejaremos a un lado, no obstante, estas observaciones, pues en estos momentos solo sirven para explicar que si un rashemí hubiera tenido que elegir un hogar, no habría sido la cabaña anteriormente mencionada. Dicho esto, volvamos a lo que importa, que no es la cabaña como tal, sino lo que dentro acontece, y lo que está por suceder...


El silencio en la habitación solo se veía interrumpido por el ruido del agua hirviendo sobre el crepitar de un pequeño fuego. Una sombra de melena trenzada permanecía arrodillada ante la marmita, expectante, mientras el olor de un caldo con más intención que huesos se extendía lentamente el lugar. La tenue luz del fuego iluminaba el agraciado rostro de rasgos felinos de la muchacha, de poco habituales cabellos rubios, que habría sido sin duda bonita de haber estado limpia y algo menos desnutrida. Ser la menor de seis hermanos, sin embargo, había significado hasta entonces que las sobras eran todo cuanto podía esperar. Cuatro varones, dos mujeres.

Anvel, que había sido la segunda, había abandonado la ciudad, a la muerte de su madre por fiebres causadas durante el parto de la muchacha que observaba la olla con unos verdes ojos ausentes. Se decía que Vyyara había sido una mujer atractiva, y, si bien no era rashemí, había vivido durante más de veinte años en Mulptan, junto a un marido que, a ojos de muchos, no se la merecía. Conocido por su frecuente estado de embriaguez y su usual estado de ausencia, Ralmevik era a los rashemíes lo que una cebra a un caballo; esto es, una mofa. Su presencia como padre se había limitado a aquellos momentos en los que su bolsa quedaba llena de ausencia de monedas con las que costearse el yhùild.

Los cuatro hermanos habían encontrado su lugar en la sociedad rashemí, pese a todo. El mayor, Faurgar, había completado su dajemma hacía más de un lustro. Kanithar y Borivik lo realizaban en estos momentos. Shaumar, el menor, había viajado el sur, a las minas de Tezhkel, con apenas quince años. Cada dos semanas llegaba parte una parte de su salario. A Zarna, la muchacha que poco a poco mudaba su expresión observando la marmita burbujeante, le habría gustado conocerlo un poco más. De los otros tres, tan solo podía desear que nunca hubieran regresado de su dajemma.

Apretó las manos contra sus muslos. Ya casi era la hora. Su cuerpo se mantenía tenso bajo el desgastado y roído vestido de tela áspera, que no ocultaba los morados de sus brazos, ni la breve cicatriz reciente de su hombro. Si la habitación hubiera estado más iluminada, las marcas de golpes en sus mejillas y su labio partido habrían sido fácilmente visibles.

Escuchó los pasos que en los últimos meses había aprendido a temer, al otro lado de la puerta, que se abrió sonoramente dejando pasar a un tambaleante berserker de la sociedad guerrera del Gran Ciervo que apestaba a alcohol y parecía tener problemas para hacer mover su cuerpo en la dirección que deseaba. Saludó con un poderoso eructo y una sonora carcajada, a lo que su hermana respondió bajando la mirada. Cuando pasó tras ella acaricio su cuello con una mano grande como un guante de dieciséis onzas. Ni siquiera dirigió una palabra antes de sentarse en el sillón de madera cubierto de viejos cojines.
- Tengo hambre – sentenció.

Zarna se puso en pie, como activada por un resorte. Corrió a por un cuenco de madera y un cazo. Sirvió el caldo, asegurándose de servir el único trozo de carne que había en la olla. Su enorme hermano reposaba, mirando al techo, sin decir palabra. Se acercó a él, llevando el cuenco entre los deslucidos paños que en algún momento anterior habían sido un delantal. Se detuvo a su lado, con la cabeza baja.

Pasaron unos segundos hasta que el guerrero pareció volver en sí, cogiendo el cuenco con una mano que parecía capaz de partir a la muchacha en dos. Miró el acuoso contenido con desprecio, cogió el trozo de carne vieja de rozhé de la superficie entre sus dedos y lanzó con vehemencia el caldo sobre Zarna, lanzándole después el cuenco de madera a la cabeza. La humillación no habría sido menor si no se hubiera carcajeado después mientras masticaba la reseca porción de carne. Cuando la muchacha se agachó a recoger el cuenco, con los ojos húmedos, recibió una patada que la hizo caer.

Miró por encima del hombro y vio cómo el berserker se ponía en pie, tirando al suelo el despojo que alguien jamás hubiera elegido en lugar de una rebanada de pan mohoso del mes anterior. La muchacha observó su mirada, a sabiendas de lo que venía a continuación. No era la primera vez, y aunque casi siempre había acabado escapando, nada parecía indicar que esta vez fuera a ser así. Se arrastró por el suelo mientras el bárbaro caminaba hacia ella. Faurgar se agachó, algo torpe en su ebriedad, y trató de agarrarle uno de los pies, sin demasiada suerte ante los pataleos de su hermana que intentaba deslizarse hacia la marmita en un revuelo de tela roída.

- ¡Estate quieta, maldita zorra! – bramó el hombre, acercándose peligrosamente a Zarna.

Se agachó una vez más, y más por Beshaba que por Tymora, logró agarrar uno de los pies de la muchacha, que se retorcía inutilmente como la cola seccionada de una lagartija mientras intentaba agarrarse a algo. Faurgar levantó el cuerpo sin dificultad, agarrándola por la cintura y trayéndola hacia sí. La volteó, arrancándole uno de los hombros del vestido. Si no hubiera estado pendiente de destapar el resto del cuerpo de su hermana, tal vez lo habría visto venir.

Algo se rompió en el fondo de la cabeza de la chica. La rabia y el dolor contenidos se abrieron paso por su cuerpo. Su horrorizada mirada había dado paso al fuego de la sed de sangre, y su brazo derecho se movió casi por reflejo. El delgado leño de punta candente que había logrado agarrar antes de ser alzada se hundió en la cuenca ocular derecha de su hermano antes de que éste fuera siquiera consciente de qué estaba pasando. La dejó caer al suelo mientras emitía un rugido de dolor llevándose las manos a la cara. La sangre manaba del lugar donde hasta hace unos segundos había un ojo, ahora ocupado por la astillada madera ardiente. Antes de que pudiera reaccionar, Zarna se arrojó contra él, derribándolo de espaldas. Entre gritos de agonía golpeó con sus puños el improvisado cincel de madera, hundiéndolo en el cráneo de su hermano. Siguió haciéndolo mucho después de que éste quedara rígido, hasta que su cabeza logró entender que los nudillos, despellejados y sangrantes, pedian clemencia.

La marmita de caldo hervía tras las dos figuras.

Horas después, Mulptan quedaba atrás mientras la caravana avanzaba hacia Immilmar, llevando consigo a una muchacha que había abandonado todo cuanto había sido, querido u odiado.
 

Sam

Liche táctico
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Uooooo!!! Una historia ambientada en mi querida Rashemen!!! ^^

¿Zarna es rashemí? ¡Qué bien! Ayrin ya no va a estar sola, jeje


Una historia muy bien narrada, felicidades :D

Sam,
 

redzarna

Pitillo desechado de Talivia
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Gracias :)

Sí, Zarna es rashemí, aunque bastante poco al uso. Para ella Rashemen significa un montón de recuerdos amargos. Lo que está haciendo es más que un dajemma forzado, porque desde luego no se plantea volver :lol:

Un saludo.
 

Uncia

Pastilla perdida de Lunanegra
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No querría Dannai reconocer esto pero, al fnal, le está empezando a caer bien y todo la Bárbara.

Buena historia :wink:
 

Señor Uèlh

El que aplaude en los discursos Zhent
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Qué grande es Zarna.. y que mala ostia tiene XD
 

SWOTL

Doble de Ilmater en las palizas
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//Griffin//

¿ Una barbara con mala leche ? *Sonrie, con evidente intención depredadora*
 
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