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GARALDOR CUERNONEGRO

Garaldor Cuernonegro

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24/5/26
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GARALDOR CUERNONEGRO​


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El viento del norte jamás perdonaba.

En las heladas colinas que se extendían más allá de las tierras cercanas a Diez-Ciudades, el invierno parecía eterno. Las tormentas blancas devoraban senderos enteros, los lagos se congelaban como espejos de muerte y el hambre caminaba de puerta en puerta como un espectro silencioso. Las aldeas bárbaras del norte sobrevivían gracias a la caza, al fuego y a la fuerza de sus guerreros… pero incluso la fuerza se quebraba cuando los esclavistas llegaban.

Bandas de mercenarios, saqueadores y traficantes humanos descendían desde rutas ocultas de la Costa de la Espada. Robaban provisiones, incendiaban chozas y capturaban hombres, mujeres y niños para venderlos como ganado.
Aquella noche, la luna estaba cubierta por densas nubes negras.

Garaldor aún era un niño.

Su tribu, los Cuernonegro, celebraban alrededor del fuego tras una escasa cacería cuando los perros comenzaron a ladrar hacia la oscuridad. Entonces llegaron los gritos.

—¡Esclavistas! ¡A las armas! —rugió Hrothar, padre de Garaldor, mientras tomaba su enorme hacha de guerra.
Las antorchas enemigas aparecieron entre la nieve como ojos demoníacos.
Los bárbaros del norte lucharon con furia salvaje. El acero chocó bajo la ventisca. Hombres murieron atravesados por lanzas. Mujeres pelearon con cuchillos de hueso. La sangre caliente manchó la nieve blanca.
Garaldor observó cómo su padre partía el cráneo de un esclavista de un solo golpe.

—¡Corre hacia las montañas! —gritó Hrothar— ¡No mires atrás!

Pero el niño no huyó.

Vio a su madre defender la entrada de la choza mientras sostenía una lanza rota. Vio cómo tres hombres la rodeaban. Vio el fuego elevarse sobre las pieles y las tiendas.

Y entonces un golpe brutal lo derribó.

Despertó encadenado.

El frío había desaparecido.

Ahora solo existía el olor a sudor, hierro y sangre.

Así comenzó la esclavitud de Garaldor Cuernonegro.

Durante años fue vendido de amo en amo. Primero trabajó en minas donde el polvo ennegrecía los pulmones. Luego cargó piedras en fortalezas costeras y arrastró mercancías en puertos infestados de criminales. Las cadenas marcaron sus muñecas hasta dejar cicatrices permanentes.

Pero mientras otros esclavos se quebraban, Garaldor crecía.

Cada carga endurecía sus brazos.

Cada golpe fortalecía su espalda.

Cada latigazo alimentaba un fuego salvaje dentro de él.

Los esclavistas comenzaron a notar aquello.

—Este norteño vale más vivo que muerto —decía uno de ellos mientras observaba al joven cargar barriles imposibles.
—Mírenlo… parece un oso con forma humana.

Cuando alcanzó la juventud, lo llevaron a fosas clandestinas donde criminales apostaban monedas viendo pelear esclavos entre sí.

Garaldor combatió contra hombres desesperados, bestias hambrientas e incluso gladiadores encadenados.

Aprendió a sobrevivir.

Aprendió a soportar el dolor.

Aprendió que la piedad no existía en aquel mundo.

—¡Diez monedas por el bárbaro! —gritaban entre risas y cerveza.
—¡Vamos, monstruo del norte! ¡Hazlo sangrar!

Pero bajo la brutalidad seguía existiendo un niño que aún recordaba la nieve… y la luna.

Porque en las noches silenciosas, cuando las cadenas pesaban demasiado y el cuerpo no podía más, Garaldor levantaba la vista hacia el cielo.

Y allí estaba ella.

La luna.

Brillante.

Lejana.

Libre.

—Si existe algún dios que escuche… —susurraba con voz rota—… concédeme libertad.
Nunca supo cuánto tiempo pasó.

Hasta que llegó la noche de su escape.

Un mercader lo transportaba junto a otros cautivos cerca de una ruta apartada. Una tormenta azotó el camino y los caballos entraron en pánico. El carruaje volcó entre piedras y nieve.

Garaldor aprovechó el caos.

Rompió sus cadenas usando el mismo hierro al que había estado sometido durante años. Mató a un guardia con las manos desnudas. Tomó una espada oxidada… y huyó hacia la oscuridad.

Los hombres lo persiguieron.

Pero el esclavo ya había muerto.

Aquella noche nació el bárbaro.

Durante años vagó sin rumbo por la Costa de la Espada.

Dormía en establos, bosques o tabernas olvidadas. Trabajaba como mercenario ocasional, cazador o protector de caravanas. Allí donde los inocentes sufrían, Garaldor aparecía con su enorme espada y su furia indomable.

En una aldea asaltada por bandidos salvó a una niña atrapada entre llamas.

En los caminos cercanos a Aguasprofundas derrotó a saqueadores que atacaban peregrinos.

En aldeas pobres repartía comida obtenida de sus recompensas.

Su nombre comenzó a extenderse.

En las tabernas se hablaba de él entre susurros y jarras de cerveza.

—Dicen que mató a cuatro hombres él solo —comentó un viajero.
—No fueron cuatro… fueron siete —respondió un anciano.
—¿Siete?
—Y uno de ellos era un ogro.

En otra taberna, cerca de Puerta de Baldur, un tabernero limpió una jarra mientras hablaba:

—El bárbaro no pide oro si hay niños hambrientos. Vi con mis propios ojos cómo entregó toda su recompensa a una viuda.
—¿Un bárbaro haciendo eso? —rió un mercenario.
—Ese hombre no es normal… cuando pelea parece una tormenta, pero cuando termina mira la luna como si buscara algo.

Garaldor jamás respondió a aquellas historias.
Seguía caminando.

Siempre hacia adelante.
Hasta que llegó a Amn.

Aquella noche el cielo estaba despejado.

La luna llena iluminaba los tejados plateados de la ciudad mientras Garaldor observaba el reflejo lunar sobre el agua. El bárbaro permaneció inmóvil durante largo tiempo.

Entonces escuchó cánticos.
Sacerdotisas de Selûne avanzaban con lámparas de plata, ayudando enfermos y alimentando mendigos bajo la luz nocturna.

Garaldor las siguió en silencio.
Una joven bardo capitana de la iglesia de Selûne se acercó a él sin miedo.

—Has sufrido mucho, hijo del norte...

Garaldor guardó silencio.

—Puedo verlo en tus ojos.
—La luna me acompañó cuando era esclavo —respondió finalmente—. Cuando rogaba por libertad… solo ella escuchaba.
La mujer sonrió con serenidad.
—Entonces Selûne jamás te abandonó.

Aquellas palabras quebraron algo dentro de él.

Por primera vez en muchos años, Garaldor sintió paz.

La Iglesia de Selûne lo acogió pese a su brutal apariencia y su temperamento salvaje. Las sacerdotisas le enseñaron disciplina, compasión y propósito. Aprendió que su fuerza no debía servir a la destrucción… sino a proteger a quienes no podían defenderse.

Aun así, la furia nunca desapareció.

Simplemente aprendió a dirigirla.

Ahora, cuando Garaldor Cuernonegro entra en combate, lo hace como un guerrero bendecido por la luz lunar. Su espada cae sobre esclavistas, bandidos y monstruos con la misma violencia con la que alguna vez destruyeron su infancia.

Pero cada noche, antes de dormir, el bárbaro alza la vista hacia la luna.

Y recuerda al niño encadenado que rogaba por ser libre.

Porque jamás permitirá que otro inocente viva aquello que él sobrevivió.


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