Sir Vallack
Lican gato mamadísimo
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Descripción Física:
Garth es un joven que aparenta una edad temprana, recién entrada en la veintena. Sus rasgos son afilados y su figura esbelta, definida y elástica., no es un hombre precisamente alto siendo su estatura de 1.70. Sus ojos son redondos de un color azul grisáceo. Su cabello es una media melena algo descuidada que le llega hasta los hombros, de color negro oscuro, como el azabache y una creciente barba bastante desaliñada y poco cuidada. A pesar de su corta edad tiene unas manos ásperas, algo callosas de los diversos trabajos que ha llegado a hacer para llevarse algo de comida a la boca.
Descripción Psicológica.
Garth es un joven que no acostumbra a tener pelos en la lengua lo cual suele meterle en ciertos problemas cuando los busca de verdad. Es decidido de fuertes convicciones pero de una moralidad un tanto laxa, considera que el fin siempre justifica los medios (siempre que sea en un beneficio propio) es astuto y elocuente cuando se lo propone, algo que él sabe muy bien y de lo que no tiene ningún tipo de reparo en sacar provecho de ello. A pesar de su corta edad se ha codeado con distinta clase de personas, desde la plebe, como acaudelados mercaderes, como la más baja calaña de los barrios bajos de la ciudad de la moneda que es de donde procede, por lo que sabe muy bien como agasajar los oídos ajenos y resultar una persona un tanto camaleónica. Pues ha observado y aprendido como se comportan.
Es ambicioso y ser el primer peldaño de una escalera en ascenso no es para lo que ha nacido o al menos así lo cree, aunque su lugar de origen así lo diga. Su mayor interesés, su más alta aspiración es elevarse del fango que algunos creen que son los barrios bajos escalando en la sociedad, o enrolarse en alguna compañía de mercenarios en la que sobresalir de alguna manera.
Es justo entendiendo lo que entiende él por justicia, algo completamente alejado incluso opuesto a lo que presenta las autoridades de la ciudad de la moneda esos magistrados chupatintas y el brazo ejecutor de la ley, lleno de hipocresía y capaz de mirar a otro lado si la paga es buena.
Historia
Nací en la ciudad de la moneda en los barrios bajos siendo mis padres graaaandes personalidades de la ciudad como lo fueron, una puta y un guardia déspota que le prometió a mi madre sacarla de esa buena vida, y que desertó y se fugó de la ciudad cuando se enteró de la noticia de que mi madre quedó en cinta. Quien sabe donde andará ese bastardo desgraciado, pero ese es otro tema aquí el importante soy yo ¿Verdad?.
Desde que tengo uso de razón y recuerdos me crié con mi madre, si se le puede llamar crianza al estar con 8 o 9 veranos, solo en las calles deambulando entre los callejones pidiendo limosnas y comida que llevarme a la boca. mientras ella ejercía para mantener lo poco que teníamos, una chabola destartalada en la que poder refugiarnos de la lluvia y el mal tiempo a la luz de una hoguera y viejas mantas en el suelo. En ese momento solo podía odiarla, no podía comprender por que vivíamos así, ni por que solía volver a altas horas de la madrugada o cuando el astro mayor se levantaba, magullada y usada, a veces incluso con menos cobres que con los que salió. Pero la realidad siempre le alcanza a todo el mundo sobretodo cuando te obligan a abrir los ojos y te explican el funcionamiento de la vida.
Un día como otro cualquiera
En mis andanzas por las frías calles, sentado en una de mis habituales esquinas donde habituaba a pedir limosna o algunas hogazas de pan contemplé como un trío de jóvenes algo más mayores que yo, armados se acercaban a un local en el que me habían dicho de siempre que no metiese las narices, y de veras que no lo hice... Pero sí tuve la osadía de acercarme a pedirles algunas monedas ¿Qué mal podría pasar?
El joven me miró desde su altura, me dedicó una extraña sonrisa y llevó su mano derecha al zurrón que portaba a la cintura, pensaba que todo estaba hecho que de aquel lugar me daría algunas monedas sin embargo mi sorpresa fue recibir una bofetada en mi mejilla dada con su mano izquierda con la que tuve los dedos marcados por largas horas.
— Si quieres monedas ganátelas, todos hemos sido basura como tú. — me dijo Dorn quien en ese momento no conocía a la par que del zurrón sacaba una daga roma, con herrumbre pero puntiaguda y me la tendía sosteniéndola por el filo. La sangre se me heló al sentir el peso de la daga en mi inexperta y pequeña mano, la calidez de mi mejilla ardiendo de dolor y completamente roja. — Cuatro dedos, no seas tan cabrón con el chiquillo... — le recriminó su compañero un tipo que cargaba a su hombro con un arco corto y prosiguió pero esta vez reparando su atención en mi presencia. — Pero sí, tal vez te podemos pagar cinco monedas de plata si cumples un pequeño trabajo por nosotros... — Añadió Reginald quien en ese momento tampoco conocía, dándome un par de palmadas sobre mi hombro, hasta que agarró con fuerza mis harapos y me levantó para guiarme a una pequeña casa donde aguardaba un hombre en avanzada edad que nos abrió la puerta.
Dorn sin previo aviso, sin que siquiera pudiera hablar, negarme o aceptar algo así, me empujó al interior de la casa donde se escuchaba un gran chirrio y ojos rojos me observaban en la penumbra. Mi mano temblaba portando aquella herrumbrosa daga, asustado al ver la cantidad de ratas enormes, hambrientas y rabiosas que pululaban por las esquinas. Nunca olvidaré esa sensación de estar completamente perdido, a pesar de que ya casi haya pasado diez veranos. Si cierro los ojos creo que podría sentir los mordiscos que esas bestias dejaban en mi piel, como su sangre me salpicaba cuando las apuñalaba con la daga que me dieron, la sensación de estar acabando con la vida de algo en pos de mi supervivencia.
Mi cuerpo estaba ensangrentado, lleno de mordiscos pero no solo era la sangre de mi propio cuerpo la que decoraba mi maltrecha ropa. Cuando acabé con la vida de la última alimaña, en lo alto de mi comencé a escuchar lentas palmadas y una silueta encapuchada — Nada mal, chico, nada mal... — Felicitó el encapuchado que estaba oculto en la alta viga de la destartalada cabaña desde donde por supuesto contempló mi actuar y bajó de un salto donde mi para llevarme a la salida. — La sangre que cubre tu cuerpo, es tu bautizo chico... Mas adelante seguro cargarás con presas más grandes...— me susurró Lavitz, quien así se llama el encapuchado que me guió hacia el exterior de la cabaña, aunque en ese momento lo desconocía...
Cuando salí al exterior ahí aguardaban los dos compañeros de mi acompañante, al ver sus rostros un tanto incrédulos al verme salir entre sudores fríos por un momento pensé que me dejarían tirado, herido, enfermo, sin embargo para mi sorpresa trataron mis mordeduras, el malestar que sentía, y me dieron las monedas que prometieron, aunque ellos llevaron la mejor parte que el anciano pagó. — Apuntas maneras crío, si quieres ganar más dinero y sigues sobreviviendo, te enseñaremos... — Terminó por añadir Dorn, antes de dejarme solo con mis monedas ganadas, al marcharse con sus compañeros.
El tiempo pasó, el crío se hizo grande.
Ha pasado tiempo, mucho tiempo desde que tuve el primer encuentro con ese trío, pero que haya pasado tiempo no quita que haya perdido el contacto, ni mucho menos que los hubiese visto solo esa vez. Ellos me convirtieron en lo que hoy por hoy soy, me enseñaron a defenderme, me enseñaron a abrirme puertas a mi paso, a hurgar en los bolsillos ajenos sin ser descubierto, a trabajar en silencio y a no ser atrapado, me enseñaron a sobrevivir y a trabajar con ellos. Siempre fueron trabajos de poca monta, eliminar algunas plagas, cazar para que otros coman y cobrar por ello e incluso extorsionar a algunos nobles de poca monta que compran mercancías poco convencionales en este lado del muro. Sin embargo crecer, conlleva a prosperar y si ellos no daban el golpe en la mesa sería yo quien lo de y así, es como fue...
Habiamos quedado en la taberna de los llanos después de haber salido a cazar algunas presas en los páramos por petición que le llegó a Reginald o algo así, no lo recuerdo bien... Lo que recuerdo bien es que fui el primero en llegar a la taberna y pedir una habitación reservada en la que comentar el cambio. Le dije al posadero que cuando llegase el trío los hiciese subir a la habitación que había rentado con la parte de arriba de la taberna y con confianza los aguardé sentado en el confortable sillón con las piernas encima de la mesa. Al poco rato aparecieron los tres por la puerta, sorprendidos del lugar en el que nos encontrábamos pues nunca habíamos alquilado una habitación como esta, pero la ocasión la merecía.
— Sentaros, tengo algo que comentaros, una idea... Una muy buena idea... — Les dije con confianza mientras les observaba a cada uno con una escueta sonrisa de medio lado. Ellos se miraron extrañados, sorprendidos y preguntándose entre ellos si sabían a lo que me refería pero desde el más absoluto silencio. Hasta que Dorn rompió el silencio que entre ellos crearon —Que tienes en mente... — A lo que al escucharle, bajé las piernas de la mesa, me incliné hacia ellos y me crucé de brazos sobre la superficie de esta. —A que es momento de cambiar de categoría... El dinero lo tienen los de arriba, no diré que dejemos de trabajar y ganarnos el pan solo en los barrios bajos, pero no es el lugar que nos merecemos, no podemos estar tan abajo... — dejé una breve pausa para tomar una copa de vino y llenarla con la botella, mientras no les apartaba la mirada ni un segundo. —¿Qué quieres decir? ve al grano, Garth...— mencionó Lavitz oculto bajo la capucha con la que siempre se esconde, aunque pude contemplar la curiosidad que denotaba su mirada por lo que proseguí. —Hay un mercader menor que tiene problemas con una casa mayor, le dije que podríamos deshacernos de ese problema por veinte doradas para cada uno y sin violencia... Así que escuchadme bien. — En ese momento, al escuchar tal cifra gané por complet su atención y se sirvieron las copas para beber antes de que prosiguiese con el plan.
—El plan es el siguiente: Nosotros le robaremos a un comerciante de joyas una de sus piezas y se la colaremos en el bolsillo del hombre del que nos queremos deshacer y la guardia se ocupará del resto, sin que nuestro cliente salga salpicado. — Al escuchar el plan y sin que nadie tuviésemos objeciones nos pusimos manos al trabajo y así fue como comenzamos a meter el pie en "mejores negocios" un día custodiando la entrada a una fiesta de burgueses para que no se cuele gente no-grata. Otro día escoltando una pequeña caravana de una casa mercader menor...