Madao-san
Karonte está escribiendo...
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Grondall estaba contento, tras el gran juego del jabalí y la manzana y su frugal cena, llegó la hora de entrar en la fragua. Se despidieron del resto de integrantes del Filo Dorado, hasta entonces de visita en la ciudadela de los enanos. De todos menos de uno de ellos, Arold, con el cual tocaba ahora forjar lo que en un futuro sería el orgullo mismo portado por el único combatiente elegido. Aquel que lo mereciera al terminar la celebración de las Jornadas de Combate venideras.
Primero tocaba decidir qué seria el premio, pues el material ya estaba decidido. Una aleación de adamantita y mithril. Tan sólo pensarlo le hacía sonreír. Ése mismo tipo de sonrisa que iluminaba su rostro momentos antes de abalanzarse sobre un pelotón de gigantes blandiendo sus dos hachas. En sus propias palabras, un gran día para ser enano.
Nunca había trabajado semejante aleación, pero siendo el mismo Thane quién dirigiera el forjado, no le cabía duda que el Moradinsmman bendeciría aquella nueva creación. Tras discutirlo, Noli pensó quizá en el premio mas versátil y quizá mejor para todos. Una armadura completa, fabricada desde el mismo gambax de cuero, con la mejor de las pieles, pasando por las lórigas de fuertes y diminutas anillas hasta acabar con las placas que la completarían. Era una gran opción, alguien no habituado a combatir con una armadura pesada, podría quitarle las placas y quedarse con la resistente loriga y si todavía era pesada aun quedaría el tabardo interior reforzado, permitiendo máxima movilidad a costa de protección del golpe. La forjarían con el arte secreto de la forja del Thane, tal y cómo años atrás había forjado este su pieza maestra.
Siguiendo la orden de Noli, Grondall empezó a subir la temperatura de las forjas, abriendo los tiros en su totalidad para dejar que el denso aire frío de la montaña avivara las brasas. La temperaturá de la fragua comenzó a subir drásticamente, pero aun no era suficiente. A una segunda orden del Thane, Grondall se dirigió con unas enormes pinzas hacia un brasero con metal candente. Tras sumergirlas y sacarlas, en ellas quedó atrapado un pequeño elemental magmatico. Con un movimiento rápido y preciso para evitar que las pinzas se fundieran, Grondall puso al pequeño ser de lava y ascuas dentro de la fragua. Una gran llamarada salió por los abiertos tiros de la herrería para poco después concentrarse justo en el crisol de los lingotes. Cuando dio el visto bueno a la temperatura avisó al Thane y a Arold.
El humano y Grondall se encargaron de calentar los lingotes hasta adquirir un tono blanco luminoso. Era el momento de golpear el metal mientras estuviera candente. Comandados por el Inu, pusieron sus lingotes sobre el yunke y esté comenzó a dar la forma base al primer objeto. Sería la placa pectoral. Con un pequeño martillo alineaba los lingotes y golpeaba de forma precisa para que se unieran en armonía. Cuando la delicada operación de aleación estuvo terminada, el metal adquirió una consistencia tremenda y Noli le pidió a Grondall que usara el gran martillo.
Sin perder tiempo, Grondall le entregó las pinzas para lingotes a Losil, que sujetaba con todas sus fuerzas para que la pieza no se moviera y, mientras Arold iba trayendo mas metal candente, cogió un gran martillo y comenzó a golpear a contratiempo del Thane. Martillazos brutales, con toda la fuerza que podía ejercer, aquel metal era condenadamente duro.
Mientras Grondall ablandaba, Noli corregia la forma y Arold traia una nueva pieza. Cuando hubo suficiente, El thane pidió a Arold que le sustituyera y este tomó un martillo y se acompasó con Grondall, siempre martillazos fortisimos, la aleación ya empezaba a endurecerse y pronto dejaría de ser maleable.
Con una oración interna, Noli llamó al espíritu del oso y este le entregó su bendición, como otras veces manifestándose a través del cuerpo del enano. Cambió de tamaño y sus rasgos se comparaban con los de un plantígrado, pero erguido sobre sus patas y fue cuando tomó entre las manos un enorme martillos. Se acompasaron los tres, no dejando un segundo para enfriarse a la nueva aleación.
Durante tres días y tres noches la fragua de Kazad Gromdall siguió resonando sin parar. Acabaron agotados, pero el esfuerzo y el tesón en la forja siempre son recompensado por el Padre Forjador. Había merecido la pena.