Eyla
Receta de Noctis
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1/3 - Gris y verde
La espesura era gris y verde, olía a humedad y moho. El bosque era silencio; solo el piar de algún pájaro en las copas más altas, muy arriba, donde alcanzaban los rayos de sol. Más abajo, donde los pinos, los yakusugi, algún ciprés y el bambú se alimentaban de la tierra húmeda, reinaba la penumbra. Cuando llovía, la tierra tardaba horas en empaparse, aunque siempre estaba mojada.
La comitiva recorría uno de los pocos caminos que no había sido reclamado por el bosque. La iniciaban algunos de los oficiales más importantes y más cercanos al daimio, cabalgando sobre sus magníficas monturas y sujetando con mano firme arcos y lanzas. Cejas pobladas, barbas largas, arrugas alrededor de los ojos. Tras ellos, el damio, como una criatura de otro mundo, engalanado con la armadura de caza, el casco rojo, el penacho y los guantes, sobre el formidable corcel negro, rodeado de familiares y amigos. Seguían sus pisadas samuráis, jefes de familia, administradores de territorios, todos aquellos que no eran tan cercanos al daimio para cabalgar con él pero lo suficiente importantes para no ir atrás con los rangos bajos. Kanbei estaba entre ellos, por delante de los soldados de la guardia real, encargados de la protección de Su Majestad. Las naginatas en alto, los pendones a la espalda y la mirada saturada de honor.
Cerraban la comitiva tres decenas de sirvientes silenciosos, que acarreaban provisiones, agua, instrumentos de cocina, muebles, y las piezas que habían sido capturadas aquel día: tres gigantescos jabalís, los más robustos del bosque, y cuatro faisanes colgados de largas varas, aun goteando sangre sobre las espaldas y la frente de sus porteadores.
Los que no guardaban silencio, solo murmuraban. No era necesario, realmente: aquél era el territorio del daimio, cualquier alma que anduviese por allí sin permiso sería severamente castigada. La zona era segura, pero el bosque susurraba misterio. El verde y el gris se mezclaban en una neblina espesa que nadie quería romper con la voz.
Escuchaban el metal de las armaduras, los cascos de los caballos y las sandalias de madera de los sirvientes sobre el barro; los comentarios de los cercanos al daimio que, con astucia, jugaban al juego de la política. Algunos hombres de armas del mismo estatus que Kanbei intervenían también, intentando alcanzar ni que fuese por unas horas aquella posición que les resultaba demasiado lejana por nacimiento. Kanbei guardaba silencio. Su abuelo le había enseñado algunas cosas antes de morir, y una de ellas era que “por mucho que el junco se incline ante el roble, seguirá siendo junco”. Un tipo sabio.
Alguien detuvo la marcha. Los caballos frenaron el paso.
—¿Qué es eso?
El general Donkatsu señalaba al frente.
Kanbei estiró el cuello. Un conejo muerto. No entendió cuál era el problema hasta que vio la flecha que lo atravesaba. En seguida se puso tenso: cazar en el territorio del daimio sin permiso estaba penado con la muerte.
Todo el mundo estaba quieto. Kanbei se acercó.
—Kimura-san, podría ser una trampa —le dijo el capitán Maru.
Kanbei se agachó y agarró el conejo por las orejas. Arrancó la flecha de los intestinos del animal. Arrugó la frente.
—Es una flecha de nuestro ejército, mi señor.
Un murmullo se extendió por la comitiva. Kanbei miró a su alrededor. Todos lo hicieron.
—¿Qué es eso? —dijo alguien.
Kanbei alzó la mirada. Entre las ramas de un árbol, a apenas diez metros del camino, había un bulto marrón. Estaba muy bien oculto, apenas visible, pero una parte asomaba tras una rama gruesa.
—Parece… ropa vieja.
Kanbei cogió su naginata. Todo el mundo lo miró.
—Kimura-san… —advirtió el general Donkatsu.
Kanbei lo ignoró. Destapó su calabaza, dio un trago de sake y cerró los ojos. El calor fluyó con rapidez: lo sentía en el pecho, el estómago, las plantas de los pies, la punta de los dedos, los nudos de madera de la naginata y su cabeza de metal. Lo sentía en todo el cuerpo.
Inspiró profundamente y dejó que el aire, saturado del oxígeno que generaba el bosque, se mezclase con aquel calor. Apretó los nudillos y, en un movimiento rápido, golpeó el tronco del árbol con la base de la naginata. El golpe, grave y seco, reverberó en el bosque. La vibración del aire hizo flamear los pendones de los soldados, el penacho del daimio. Los pájaros más cercanos alzaron el vuelo, asustados. Luego, la madera del árbol crujió, una grieta se expandió con rapidez y, en el tiempo de un latido, el tronco se partió por la mitad y cayó sobre la tierra con un sonido grave y otra reverberación que alzó del suelo ramas, hojas e insectos.. Kanbei se retiró el kasa y, con la mano, peinó su melena que comenzaba a clarear.
—Siempre igual —oyó que murmuraba el capitán Maru a su espalda.
Kanbei lo ignoró. Se acercó al bulto, que había caído entre las ramas del árbol. Sí, era ropa vieja. Solo que un niño la llevaba puesta.
Por suerte, la caída no lo había aplastado y el crío, que a juzgar por su tamaño tenía siete u ocho años, se incorporó solo un poco magullado. Todo el mundo se quedó pasmado, y los generales y hombres de armas se acercaron para rodearlo en cuanto reaccionaron.
—¿Quién eres?
—¿Qué haces aquí?
—¿Eres un asesino?
—¡Contesta!
Kanbei rodó los ojos con hastío y se apartó.
El niño, escuálido, mugriento, tan marrón y gris como el bosque, se pasó una manga por la nariz para limpiarse los mocos pero no dijo nada.
—Esperad —dijo un oficial de rango bajo cuyo nombre Kanbei no recordaba—. Creo que lo he visto en algún lado. ¿Trabajas en las cocinas?
El niño asintió.
—¿Eres tu el que ha cazado este conejo?
El niño volvió a asentir.
—¿Has robado las flechas de las barricadas?
De nuevo, un asentimiento y una voz renqueante:
—Lo llevo a las cocinas.
—¿Qué dices?
—Llevo los conejos a las cocinas. Los de aquí están más gordos. Les gustan más a las cocineras.
Kanbei torció el gesto. Estaba claro que el niño no entendía la grave ofensa que había causado.
—¿Cuántos conejos has cazado en este lugar?
El niño alzó seis dedos.
—¿Seis?
—Esta semana.
Otro murmullo se extendió por la corte. Los sirvientes, con la mirada baja, guardaban silencio. Nadie quería saber nada de ese niño. Los generales se giraron y miraron al daimio. Y el daimio, que observaba a aquella criatura con la misma expresión de asco e indiferencia que al barro que manchaba sus botas, solo dijo una palabra:
—Matadlo.
El niño abrió mucho los ojos. Los oficiales se miraron entre ellos, y cuando Donkatsu-san alargó un brazo y cogió al crío por la nuca, Kanbei volvió a avanzar unos pasos y se puso frente al daimio.
—Mi señor —dijo, inclinando la cabeza—. Mi señor, permitidme una observación.
El daimio lo miró, seguramente intentando recordar el nombre de Kanbei. Le hizo un gesto para que hablase.
—Este niño ha cazado seis conejos esta semana, usando flechas robadas y esto —se acercó al crío y le arrebató el arco que tenía a la espalda, mostrándoselo al daimio—. ¿Cuántos de nuestros soldados podrían hacer algo así incluso con arcos mejores? Los conejos se cazan con trampas, mi señor, así nos los traen a la mesa nuestros mejores cazadores. Niño, dime desde dónde has disparado esta flecha.
El crío señaló un árbol en la espesura, a unos diez metros de distancia. Los generales murmuraron.
—Este niño solo tiene… ¿Cuántos años tienes?
—No sé.
—Este niño solo levanta un metro del suelo y ya es mejor arquero que algunos de nuestros oficiales, mi señor —reprimió una sonrisa. Aun no entendía cómo se arriesgaba tanto en sus comentarios.
El daimio lo miró fijamente y una leve sonrisa curvó sus labios.
—A veces me recuerdas a tu abuelo, Kimura-sama —dijo con tranquilidad. Luego dirigió la mirada a sus oficiales y al niño—. Llevadlo al calabozo. Que pase ahí seis semanas, una por cada conejo. Y luego llevadlo ante el capitán Akira y que lo incluya en sus filas de arqueros.
Algunos murmullos se extendieron por la comitiva, también alguna risita.
—Ya le puedes dar las gracias a Kimura-san, crío —le dijo el capitán Maru, dándole un empujón al niño, que dio unos pasos dubitativos hacia Kanbei.
Lo miró a los ojos.
—Gracias, Kimura-san —dijo el niño.
—¿Cómo te llamas?
—Wakame* Yu.
Todos los generales estallaron en una carcajada. Incluso los sirvientes rieron. Kanbei también, y no se preocupó cuando el niño lo miró con enfado.
Todo el mundo volvió a montar a caballo y la comitiva siguió su camino. El niño quedó en manos de los soldados durante el resto del camino, y no fue hasta que llegaron a la fortaleza, cuando el daimio subió al palacio con sus hombres de confianza, los sirvientes se marcharon a las habitaciones y los oficiales a la corte, que Kanbei se acercó de nuevo al crío. Seguía con la mirada ausente, limpiándose lo mocos con la manga.
Kanbei pidió a los soldados que aguardasen y clavó una rodilla en el suelo para ponerse a la altura del chaval.
—Cuando salgas de tu celda —le dijo— ya no hará falta que te cortes el pelo. Si alguno de los hombres del capitán Akira te trata mal por ser una niña, lo ensartas como a ese conejo —. Le tendió la flecha.
Yuma lo miró y sonrió.
*Wakame: nombre de un alga comestible
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