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Gris y verde, Yuma

Eyla

Receta de Noctis
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1/3 - Gris y verde

La espesura era gris y verde, olía a humedad y moho. El bosque era silencio; solo el piar de algún pájaro en las copas más altas, muy arriba, donde alcanzaban los rayos de sol. Más abajo, donde los pinos, los yakusugi, algún ciprés y el bambú se alimentaban de la tierra húmeda, reinaba la penumbra. Cuando llovía, la tierra tardaba horas en empaparse, aunque siempre estaba mojada.
La comitiva recorría uno de los pocos caminos que no había sido reclamado por el bosque. La iniciaban algunos de los oficiales más importantes y más cercanos al daimio, cabalgando sobre sus magníficas monturas y sujetando con mano firme arcos y lanzas. Cejas pobladas, barbas largas, arrugas alrededor de los ojos. Tras ellos, el damio, como una criatura de otro mundo, engalanado con la armadura de caza, el casco rojo, el penacho y los guantes, sobre el formidable corcel negro, rodeado de familiares y amigos. Seguían sus pisadas samuráis, jefes de familia, administradores de territorios, todos aquellos que no eran tan cercanos al daimio para cabalgar con él pero lo suficiente importantes para no ir atrás con los rangos bajos. Kanbei estaba entre ellos, por delante de los soldados de la guardia real, encargados de la protección de Su Majestad. Las naginatas en alto, los pendones a la espalda y la mirada saturada de honor.
Cerraban la comitiva tres decenas de sirvientes silenciosos, que acarreaban provisiones, agua, instrumentos de cocina, muebles, y las piezas que habían sido capturadas aquel día: tres gigantescos jabalís, los más robustos del bosque, y cuatro faisanes colgados de largas varas, aun goteando sangre sobre las espaldas y la frente de sus porteadores.

Los que no guardaban silencio, solo murmuraban. No era necesario, realmente: aquél era el territorio del daimio, cualquier alma que anduviese por allí sin permiso sería severamente castigada. La zona era segura, pero el bosque susurraba misterio. El verde y el gris se mezclaban en una neblina espesa que nadie quería romper con la voz.
Escuchaban el metal de las armaduras, los cascos de los caballos y las sandalias de madera de los sirvientes sobre el barro; los comentarios de los cercanos al daimio que, con astucia, jugaban al juego de la política. Algunos hombres de armas del mismo estatus que Kanbei intervenían también, intentando alcanzar ni que fuese por unas horas aquella posición que les resultaba demasiado lejana por nacimiento. Kanbei guardaba silencio. Su abuelo le había enseñado algunas cosas antes de morir, y una de ellas era que “por mucho que el junco se incline ante el roble, seguirá siendo junco”. Un tipo sabio.
Alguien detuvo la marcha. Los caballos frenaron el paso.
—¿Qué es eso?
El general Donkatsu señalaba al frente.
Kanbei estiró el cuello. Un conejo muerto. No entendió cuál era el problema hasta que vio la flecha que lo atravesaba. En seguida se puso tenso: cazar en el territorio del daimio sin permiso estaba penado con la muerte.
Todo el mundo estaba quieto. Kanbei se acercó.
—Kimura-san, podría ser una trampa —le dijo el capitán Maru.
Kanbei se agachó y agarró el conejo por las orejas. Arrancó la flecha de los intestinos del animal. Arrugó la frente.
—Es una flecha de nuestro ejército, mi señor.
Un murmullo se extendió por la comitiva. Kanbei miró a su alrededor. Todos lo hicieron.
—¿Qué es eso? —dijo alguien.
Kanbei alzó la mirada. Entre las ramas de un árbol, a apenas diez metros del camino, había un bulto marrón. Estaba muy bien oculto, apenas visible, pero una parte asomaba tras una rama gruesa.
—Parece… ropa vieja.
Kanbei cogió su naginata. Todo el mundo lo miró.
—Kimura-san… —advirtió el general Donkatsu.
Kanbei lo ignoró. Destapó su calabaza, dio un trago de sake y cerró los ojos. El calor fluyó con rapidez: lo sentía en el pecho, el estómago, las plantas de los pies, la punta de los dedos, los nudos de madera de la naginata y su cabeza de metal. Lo sentía en todo el cuerpo.
Inspiró profundamente y dejó que el aire, saturado del oxígeno que generaba el bosque, se mezclase con aquel calor. Apretó los nudillos y, en un movimiento rápido, golpeó el tronco del árbol con la base de la naginata. El golpe, grave y seco, reverberó en el bosque. La vibración del aire hizo flamear los pendones de los soldados, el penacho del daimio. Los pájaros más cercanos alzaron el vuelo, asustados. Luego, la madera del árbol crujió, una grieta se expandió con rapidez y, en el tiempo de un latido, el tronco se partió por la mitad y cayó sobre la tierra con un sonido grave y otra reverberación que alzó del suelo ramas, hojas e insectos.. Kanbei se retiró el kasa y, con la mano, peinó su melena que comenzaba a clarear.
—Siempre igual —oyó que murmuraba el capitán Maru a su espalda.
Kanbei lo ignoró. Se acercó al bulto, que había caído entre las ramas del árbol. Sí, era ropa vieja. Solo que un niño la llevaba puesta.
Por suerte, la caída no lo había aplastado y el crío, que a juzgar por su tamaño tenía siete u ocho años, se incorporó solo un poco magullado. Todo el mundo se quedó pasmado, y los generales y hombres de armas se acercaron para rodearlo en cuanto reaccionaron.
—¿Quién eres?
—¿Qué haces aquí?
—¿Eres un asesino?
—¡Contesta!
Kanbei rodó los ojos con hastío y se apartó.
El niño, escuálido, mugriento, tan marrón y gris como el bosque, se pasó una manga por la nariz para limpiarse los mocos pero no dijo nada.
—Esperad —dijo un oficial de rango bajo cuyo nombre Kanbei no recordaba—. Creo que lo he visto en algún lado. ¿Trabajas en las cocinas?
El niño asintió.
—¿Eres tu el que ha cazado este conejo?
El niño volvió a asentir.
—¿Has robado las flechas de las barricadas?
De nuevo, un asentimiento y una voz renqueante:
—Lo llevo a las cocinas.
—¿Qué dices?
—Llevo los conejos a las cocinas. Los de aquí están más gordos. Les gustan más a las cocineras.
Kanbei torció el gesto. Estaba claro que el niño no entendía la grave ofensa que había causado.
—¿Cuántos conejos has cazado en este lugar?
El niño alzó seis dedos.
—¿Seis?
—Esta semana.
Otro murmullo se extendió por la corte. Los sirvientes, con la mirada baja, guardaban silencio. Nadie quería saber nada de ese niño. Los generales se giraron y miraron al daimio. Y el daimio, que observaba a aquella criatura con la misma expresión de asco e indiferencia que al barro que manchaba sus botas, solo dijo una palabra:
—Matadlo.
El niño abrió mucho los ojos. Los oficiales se miraron entre ellos, y cuando Donkatsu-san alargó un brazo y cogió al crío por la nuca, Kanbei volvió a avanzar unos pasos y se puso frente al daimio.
—Mi señor —dijo, inclinando la cabeza—. Mi señor, permitidme una observación.
El daimio lo miró, seguramente intentando recordar el nombre de Kanbei. Le hizo un gesto para que hablase.
—Este niño ha cazado seis conejos esta semana, usando flechas robadas y esto —se acercó al crío y le arrebató el arco que tenía a la espalda, mostrándoselo al daimio—. ¿Cuántos de nuestros soldados podrían hacer algo así incluso con arcos mejores? Los conejos se cazan con trampas, mi señor, así nos los traen a la mesa nuestros mejores cazadores. Niño, dime desde dónde has disparado esta flecha.
El crío señaló un árbol en la espesura, a unos diez metros de distancia. Los generales murmuraron.
—Este niño solo tiene… ¿Cuántos años tienes?
—No sé.
—Este niño solo levanta un metro del suelo y ya es mejor arquero que algunos de nuestros oficiales, mi señor —reprimió una sonrisa. Aun no entendía cómo se arriesgaba tanto en sus comentarios.
El daimio lo miró fijamente y una leve sonrisa curvó sus labios.
—A veces me recuerdas a tu abuelo, Kimura-sama —dijo con tranquilidad. Luego dirigió la mirada a sus oficiales y al niño—. Llevadlo al calabozo. Que pase ahí seis semanas, una por cada conejo. Y luego llevadlo ante el capitán Akira y que lo incluya en sus filas de arqueros.
Algunos murmullos se extendieron por la comitiva, también alguna risita.
—Ya le puedes dar las gracias a Kimura-san, crío —le dijo el capitán Maru, dándole un empujón al niño, que dio unos pasos dubitativos hacia Kanbei.
Lo miró a los ojos.
—Gracias, Kimura-san —dijo el niño.
—¿Cómo te llamas?
—Wakame* Yu.
Todos los generales estallaron en una carcajada. Incluso los sirvientes rieron. Kanbei también, y no se preocupó cuando el niño lo miró con enfado.
Todo el mundo volvió a montar a caballo y la comitiva siguió su camino. El niño quedó en manos de los soldados durante el resto del camino, y no fue hasta que llegaron a la fortaleza, cuando el daimio subió al palacio con sus hombres de confianza, los sirvientes se marcharon a las habitaciones y los oficiales a la corte, que Kanbei se acercó de nuevo al crío. Seguía con la mirada ausente, limpiándose lo mocos con la manga.
Kanbei pidió a los soldados que aguardasen y clavó una rodilla en el suelo para ponerse a la altura del chaval.
—Cuando salgas de tu celda —le dijo— ya no hará falta que te cortes el pelo. Si alguno de los hombres del capitán Akira te trata mal por ser una niña, lo ensartas como a ese conejo —. Le tendió la flecha.
Yuma lo miró y sonrió.


*Wakame: nombre de un alga comestible
 
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Eyla

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2/3 - Nueve

El frío de la nieve entre sus manos aliviaba el dolor. Desnuda de cintura para abajo, Yuma restregaba sus pantalones contra la nieve. Era de noche y la luna iluminaba el patio de la fortaleza. Algunos guardias patrullaban más arriba, sobre las almenaras, y las hogueras ardían como cada noche, pero el lugar estaba vacío, todos los soldados estaban celebrando la victoria.
Era la primera victoria de Yuma. Llevaba nueve meses viviendo en los cuarteles, entrenando bajo las órdenes del capitán Akira, y finalmente había ido a la batalla y había regresado. Doscientas treinta y cuatro flechas disparadas sin recibir apenas ningún daño, si no contaba con el hecho de que se le habían quedado los dedos en carne viva. Se habían comenzado a despellejar cuando llevaba unos minutos disparando flechas, y la sangre había empezado a gotear algo más tarde. Pero no se había detenido hasta que el capitán Akira había ordenado el alto. Luego, se había dado cuenta del dolor. Oh, qué dolor. Cualquier flexión de dedos le escocía como si le echasen sal. Uno de los soldados le había dado una poción, pero las heridas no se habían cerrado del todo. Por eso la nieve la aliviaba.

Seguía restregando sus pantalones contra aquel bálsamo helado para eliminar el olor a orín. Sí, se lo había hecho encima tres veces durante la batalla, pero por suerte nadie se había dado cuenta, o eso creía. En la sombra de una de las esquinas del patio, adelantando el trabajo de las lavanderas para evitar ser el hazmerreír del cuartel, Yuma sonreía: después de todo, había vuelto de la batalla con solo unas heridas en las manos y los pantalones sucios. Eran una gran victoria.
—Wakame-chan, ¿qué haces con el culo al aire?
Yuma dio un respingo. Alguien la observaba desde el centro del patio. Era otro de los arqueros de su grupo. Un chico de unos veinte años que tenía todos los dientes mellados. Había estado a su lado durante la batalla, pero no le había dirigido ni una palabra: Yuma no sabía si le caía bien, o mal, o si la consideraba una molestia, o si simplemente se había dado cuenta de su existencia aquel día. El chico la miró y esbozó una sonrisa, enseñándole los dientes descascarillados.
—Lava rápido esos pantalones y ven a celebrar el triunfo. Hoy has hecho un buen trabajo —dijo antes de desaparecer hacia el edificio principal.
Yuma sonrió. Frotó los pantalones un poco más y se los puso, aún mojados. Caminó hacia los cuarteles con la nieve crujiendo bajo sus sandalias.

Se escuchaba la algarabía de la fiesta incluso desde el patio, pero delante de la puerta el estruendo era mucho mayor. Al abrirla, una oleada de calor la golpeó, un calor húmedo y cargado, una mezcla de olor a sudor y humo y sake y alientos bien condimentados, pero calor al fin y al cabo. Entró y dejó atrás la fría y silenciosa noche.
Aquel era el lugar donde los ciento veinte soldados de su regimiento vivían y dormían, un espacio grande, distribuido en una gran sala común a la que daban cinco habitaciones. La sala del centro, con solo tres braseros, un par de cubos de agua y una vajilla apilada en una esquina, era el lugar donde todo el mundo se congregaba aquella noche. Sentados en el suelo de madera vieja y oscura, en grupos grandes o pequeños, algunos terminaban de cenar, otros jugaban a dados, y la mayoría solo bebía, charlaba y cantaba.

Yuma avanzó por el lateral de la sala y se sentó en su rincón de siempre, con la espalda contra la pared manchada de humedad por la que el viento encontraba siempre algún agujerito por el que colarse. Comenzó con su pasatiempo favorito: observar a sus compañeros. Estaban todos borrachos: Nakadai y Narita bailaban agarrados por los hombros, mientras otros daban palmas, Nobuo contaba chistes en voz alta. Yuma no los entendía, pero le hacía gracia como las mejillas del hombre se movían con sus carcajadas. Kazama había apostado a que se podía meter el puño en la boca, pero no lo conseguía. El chico de los dientes mellados iba ganando a los dados. Había algunas prostitutas entre ellos: una tocaba un shamisen y otra cantaba, aunque la mayoría estaba ya entre los brazos de algún hombre. Yuma contó dieciséis. Dieciséis mujeres para todos ellos.
Claro que había otras mujeres en el regimiento, nueve en total, si ninguna de ellas había caído en batalla. Eran arqueras como Yuma, pero mayores, y no le hacían ningún caso. De hecho, apenas le dirigían la palabra al resto de soldados. Yuma las buscó con la mirada pero no las encontró. Seguramente se habían ido a dormir, aunque también oía algunas risas y murmullos a través de las puertas de las habitaciones.
También había niños: seis, de entre diez y trece años. Dos de ellos estaban en grupitos con soldados mayores, charlando con ellos. Oishi-chan, en su rincón de siempre, se mordía las uñas. Los otros no estaban. Yuma era la única niña, y la más pequeña, aunque siempre que le preguntaban la edad, se añadía un año: “tengo nueve o diez años”, decía, aunque tenía ocho o nueve.

En cierto momento de la noche, el capitán Akira entró en la sala, pero nadie se puso firme. Con su único ojo, el hombre de melena cana evaluó la celebración y se marchó de la mano de una prostituta. Era un buen hombre, todo el mundo le quería. Yuma también, aunque la había castigado tantas veces que ya no recordaba cuántos cubos de agua había cargado de una punta a otra del patio, o cuántas noches había tenido que fregar las letrinas.
La noche continuó. Yuma seguía entretenida, mirando a sus compañeros de batalla, cuando uno de ellos se acercó. Era Toshi, un hombre de unos cuarenta años que de vez en cuando la saludaba. Se sentó a su lado, con la espalda contra la pared manchada de humedad.
—¿Cómo estás, Wakame-chan?
—Bien —contestó Yuma.
—¿Te duelen las manos?
—No tanto.
El hombre se inclinó hacia ella y rodeó los dedos de Yuma con sus manazas. El aliento le olía a sake, pero sus manos eran cálidas.
—Has hecho un buen trabajo hoy, ¿lo sabes? —dijo, mirándola a los ojos.
Yuma asintió, algo incómoda por el contacto pero también agradecida que alguien le dirigiese palabras amables. Pensó en la respuesta, pero Akahige se acercó. Era el segundo del capitán Akira, y tenía pelitos rojos en la barba que a Yuma le hubieran resultado graciosos si no hubiese sido porque Akahige era terrorífico incluso cuando estaba de buen humor. El hombretón, que era grande como un toro y siempre tenía el ceño fruncido, dio dos pasos en su dirección, agarró a Toshi por un hombro y lo obligó a levantarse.
—Apártate de Wakame —le dijo al hombre.
El otro, algo desequilibrado, miró Akahige, contrariado.
—¿Qué pasa?
—Sabes perfectamente lo que pasa. Solo tiene nueve años. Ni te acerques.
Toshi lo miró claramente enfadado.
—Solo estaba conversando.
—A otro con ese cuento, ¡largo! —le ladró Akahige.
Yuma los miraba con los ojos bien abiertos. Durante un instante, pareció que Toshi iba a replicar, pero se recolocó el kimono y se alejó hacia la otra punta de la habitación. No le resultaba tan misterioso saber si Akahige tenía motivos para enfadarse, más que el mero hecho de que aquel hombre, que siempre tenía un insulto para Yuma (mocosa, pajiza, pies planos, inútil, bastarda, peso muerto, cabeza de nabo), se preocupase por ella.
Clavó los ojos en Yuma y resopló. Ella bajó la mirada. Entonces el hombretón chasqueó los dedos.
—Izumi-chan.
Una de las prostitutas, que ya tenía el pelo suelto y un pecho fuera, se cubrió, abandonó al soldado al que estaba acariciando, y se acercó a Akahige con una sonrisa.
—¿Qué quieres, cariño?
—Quédate durante la noche con Wakame.
La prostituta siguió el gesto de Akahige y cuando se dio cuenta que se refería a Yuma, la miró como si de pronto se hubiese dado cuenta de que ahí había una niña.
—Quédate con ella, asegúrate de que nadie le pone una mano encima.
—¿Por qué yo?
—Porque los hombres ya han trabajado bastante hoy. Toma —. Akahige rebuscó en sus bolsillos y sacó dos piezas de oro que tanto Yuma como la prostituta observaron con ojos brillantes—. Esto es más de lo que harías en toda la noche. Disfruta del descanso.
—¿Tanto te importa esta niña? —preguntó la mujer, atónita.
—No, pero después de la batalla, un samurái se acercó y me pagó para que le echase un vistazo durante las celebraciones. No tengo ni idea de porqué, pero no quiero estar haciendo de niñero precisamente esta noche. ¿Quieres el oro o no?
La prostituta sonrió y guardó las monedas en una manga. Luego se acercó a Yuma y se sentó a su lado.
—Hola, me llamo Izumi—dijo con voz amable.
—Yo me llamo Wakame Yuma.
—¿Quieres hacer algo, Yuma-chan?
La miró. Era guapa. Era guapísima. Tenía el pelo largo y liso, y limpio. Caía sobre sus hombros desnudos y blancos, sin una mancha ni una cicatriz. La curvatura de sus pechos asomaba bajo el kimono de flores verdes. Parecían mochis blancos. Tenía las cejas finas y cortas, y sonreía con los labios cerrados, pintados del color de las heridas de Yuma. Era una mujer de verdad, no como ella, no como las arqueras que no le dirigían la palabra.
—¿Sabes jugar a los dados? —le preguntó la prostituta, tras su silencio.
—S-sí —contestó Yuma, nerviosa—, pero no tengo dinero para apostar.
—No pasa nada, podemos apostar… ¡besos! —exclamó la mujer, abrazándola de golpe y plantándole tres besos en la mejilla.
Yuma se rio, se rascó la mejilla y sacó sus dados. Fue la primera noche en la que no echó de menos trabajar en las cocinas.
 
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Eyla

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3/3 - Honor

Hacía años que no le sangraban las manos.

Estaban en el campo de batalla antes del amanecer, cuando solo un leve resplandor de día ahuyentaba las tinieblas. La llanura estaba embarrada y el vaho que exhalaban los soldados se mezclaba con la espesa niebla que absorbía el sonido y los sumía en un silencio fantasmagórico.

Después de una semana de marcha y otra de atrincheramiento, después de seis meses batallando sin apenas ganar un palmo de territorio, el daimio había ordenado el avance de las tropas para sorprender al enemigo en la linde del bosque. Por fin se disponía a lanzar el último golpe. El golpe desesperado, según rumoreaba la soldadesca rasa, en voz baja, por miedo a la ejecución por traición.

Cuando la niebla había comenzado a levantarse, en un amanecer mortecino, habían identificado al enemigo a apenas cuatrocientos metros al norte, contra el bosque. Los arqueros formaban las cuñas de los flancos y clavaban estacas en el suelo para defenderse contra la caballería. El enemigo les estaba esperando y dispararon primero. Yuma, en el flanco izquierdo, nunca había visto una nube de flechas tan densa.

Después de varios minutos de inacción, en los que muchos compañeros cayeron atravesados por saetas certeras, algunos oficiales ordenaron a la caballería atacar contra la línea enemiga. Sin embargo, la comunicación no había llegado al flanco derecho, donde las flechas enemigas habían hecho más daño y se escuchaban gritos de agonía y derrota.

La mitad de la carga llegó a la linde del bosque en un galope desbocado, pero apenas abrió un espacio en la defensa enemiga. Y aun así, llegó la orden del capitán Akira:
—¡Cargad, arqueros, cargad!
Yuma llevaba cinco años escuchando órdenes y obedeciendo, había aprendido a callar su razón y había comprendido que la única forma de que no la ejecutasen por traición era la sumisión. Era muy difícil que llegasen al bosque, y casi imposible sobrevivir si llegaban a la línea enemiga, pero no podía hacer nada más que guardar esperanza.
—¡Por el daimio!
—¡Larga vida al daimio!
Se vio obligada a correr. Gritó con sus compañeros porque aquello era lo único que le quedaba. Los soldados caían a su lado y frente a ella. Tuvo que saltar sobre cadáveres ensartados en flechas.
Entonces, el suelo empezó a vibrar. Yuma miró hacia atrás. Los samuráis habían avanzado. Parecían dragones de metal volando hacia el enemigo. Sus gritos eran ensordecedores.

Golpearon las líneas enemigas y las abrieron en varios puntos. Uno frente a Yuma. El bosque estaba apenas a cien metros. Corría sin aliento.
—¡Arqueros, a la espesura! —gritó el capitán Akira, señalando la línea enemiga que había retrocedido hacia el interior del bosque.
Yuma identificó un tronco tras el cual podía parapetarse. Ignorando el cansancio de la carrera, entró en el bosque y empezó a disparar flechas sin cesar, repeliendo al enemigo. Cuando se quedó sin munición, cogió los carcaj de sus compañeros caídos. El enemigo había retrocedido hacia la frondosidad, las naginatas asomaban como ramas erguidas de árboles invisibles. Aparecían de la nada y cargaban contra los samuráis, que estaban en primera línea, cayendo igual que caían los soldados.
Por el rabillo del ojo, Yuma veía la llanura. Llegaban refuerzos y, durante unas horas, tuvo esperanza. Creyó que podía salir de allí con vida, creyó que podría regresar a los cuarteles y celebrar la victoria como había hecho durante los últimos cinco años, tantas veces que había perdido la cuenta.

Llegaron órdenes de moverse hacia el noreste un poco más en lo profundo. Dos regimientos se habían unido al suyo, los únicos supervivientes del flanco derecho. Les ordenaron avanzar sin dejar de disparar. Yuma perdió la cuenta de las flechas que usó. Y aún así, el frente apenas se movía, conquistaban veinte metros a cada hora; los refuerzos del enemigo eran tan numerosos que estos parecían resucitar. Se sentía agotada y sedienta. Llevaba horas disparando y no había recuperado el aliento. Notaba calambres en los brazos y fuertes pinchazos en los pectorales. Algunos soldados se desmayaban a su alrededor.
Los callos de sus manos, que con tanto esfuerzo había endurecido a lo largo del tiempo, bajo las órdenes del capitán Akira, empezaron a abrirse de nuevo como flores de pétalos blancos mostrando su interior rojo. Hacía años que no le sangraban las manos.

Después de seis interminables horas, les ordenaron detenerse. El enemigo por fin había sido repelido y aprovecharon para reagruparse en aquel punto. Yuma se agachó en el suelo embarrado y se cambió las vendas de las manos mientras esperaban a los otros escuadrones.
El sol estaba en lo más alto, pero la niebla aún se aferraba a la tierra y el día era gris.
Los soldados replegados fueron llegando en un flujo irregular, pero nadie se movía. Llegaban órdenes confusas.

Cuando el sol empezó a declinar, unos graves estallidos retumbaron en el fondo del bosque y el suelo empezó a vibrar. Era artillería. Los oficiales gritaron a la formación. Todo el mundo obedeció y se cuadró. Yuma hizo cálculos rápidos: entre todos, eran unos trescientos soldados rasos, incluyendo arqueros, y cincuenta jinetes que habían desmontado por la dificultad del barro, de los cuales la mitad serían samurái.
La artillería continuaba y nadie daba órdenes. A cada estallido, el corazón de Yuma se encogía. Todos estaban en silencio, nadie se atrevía a decir nada, nadie quería ser acusado de cobardía y traición.
Tras varios minutos de explosiones atronadoras, el general Nobunaga apareció entre la caballería y empezó a hablar.
—¡Ashiragu! —gritó, refiriéndose a los soldados rasos—. El enemigo se acerca desde el sur y el este con artillería, se han reorganizado y han cerrado la línea de fuego detrás de nosotros, acercándose por la llanura. Tenemos que lanzarnos contra ellos y hacerles suficiente daño como para que la tercera división, que lucha ahora en el campo abierto, llegue hasta ellos y los arrase.
Yuma abrió mucho los ojos. Era una carga suicida. Miró a su alrededor. Todos los oficiales observaban al general Nobunaga impertérritos, los soldados miraban al sur-este con el rostro de piedra.
—¡Caeremos en este bosque, pero lo haremos con honor, y nos llevaremos con nosotros a la fuerza enemiga para asegurarnos de la victoria del daimio!
Los soldados lanzaron gritos de ardor. Yuma tragó saliva.
—¡Moriremos con honor! —gritó el general.
Todo el mundo bramó. Yuma miró a su alrededor: solo la rodeaban estatuas de devoción que anhelaban su condena a muerte. Y entonces, de pronto, se topó con unos ojos igual de abiertos y alucinados que los suyos.
Recordaba a Kanbei Kimura. Se lo había encontrado en muchas batallas desde el día que la había salvado de ser ejecutada. Era uno de los pocos samuráis que no iba a caballo. Y no lo necesitaba, porque corría como el demonio. Cuando sus miradas se cruzaron, Yuma hizo una expresión interrogativa y Kanbei le contestó con una negación de mandíbula apretada. Sus ojos decían: “yo no muero, ni con honor ni sin honor”.
—¡El que dé un paso atrás será ejecutado por traición! —continuó el general—. ¡El que flaquee será ejecutado por traición! ¡El que dude será ejecutado por traición! ¡Cualquiera que no ataque con todas sus fuerzas y no deje su último aliento sobre un cadáver enemigo, será ejecutado por traición! —hizo una pausa, dejó que sus palabras cortasen de raíz cualquier idea de deserción, y luego exclamó con un grito tan profundo que parecía artillería enemiga:— ¡Que el daimio viva y gobierne por diez mil años!
—¡Diez mil años! ¡Diez mil años! —contestaron los samuráis, los soldados, Yuma.
—¡¡Cargad!!
Cargaron hacia el retumbar de la artillería. Yuma perdió de vista a Kimura. Se alineó con su unidad y empezó a disparar hacia la profundidad, aunque no veía nada. Escuchó tras ella:
—¡Traición!
Se giró y vió como la cabeza de uno de sus compañeros se desprendía de su cuerpo bajo la espada de un coronel. ¿Había intentado huir? Siguió disparando. Frente a ella, los soldados armados con naginatas se encontraban con el enemigo y volaban por los aires a causa de las detonaciones. Piernas y brazos se desprendían de los torsos. Morían a decenas.
—¡Arqueros, avanzad!
Corrió cincuenta metros. Se parapetó tras un gran tronco caído, con otros tres arqueros. Siguieron disparando. Uno cayó sobre Yuma con una flecha clavada en el paladar. Era Nakadai. Siguieron disparando. Tras ella, escuchó la voz del capitán Akira, que la había entrenado durante tantos años.
—Que el daimio viva y gobierne por diez mil años.
Yuma se giró. A apenas diez metros, el capitán Akira se abrió el vientre al mismo tiempo que su segundo, Akahige, lo decapitaba. Uno de los arqueros parapetados tras el tronco sacó su daga y se rayó la yugular. El chorro de sangre empapó el rostro de Yuma al mismo tiempo que una flecha se clavaba en su hombro.

Yuma se escondió tras el tronco y se arrancó la flecha, llevándose un trozo de carne con ella mientras veía a otros oficiales rajarse el vientre. Akahige yacía en el suelo con cuatro flechas en el pecho.
Yuma comprendió que aquel era el último minuto de su vida. Obedecer órdenes ya no la iba a salvar de morir.
Escuchaba gritos, y llantos, y lamentos y frases sobre el honor y el daimio, y que su majestad viviese diez mil años. ¿Y ella no podía vivir un poco más?
Agachada tras el tronco, buscó cualquier salida.
A diez metros vio un gran árbol gris y verde con raíces podridas y un hueco entre ellas.
No dudó ni un instante. Se encomendó a la Burocracia Celestial y salió de detrás de su parapeto, agachada, lanzándose hacia el árbol. Una flecha se le clavó en el codo, otra en el muslo, y aterrizó en el barro junto a las raíces. Se arrastró dentro del agujero, doblándose en un espacio pequeño pero suficiente, rompiendo las flechas clavadas en su carne e ignorando el dolor, intentando desaparecer en aquel hueco sombrío. Tuvo que dejar su arco fuera.

Durante las siguientes horas, se mantuvo doblada bajo el árbol, viendo los pies de amigos y enemigos pasar frente a ella, presenciando las cargas suicidas del tercer regimiento que llegó apenas unos minutos más tarde y pereció como lo habían hecho ellos. Contempló las alas de la muerte extenderse sobre sus compañeros de la mano de enemigos y de amigos, y de ellos mismos, para evitar el deshonor.

Frente al árbol, a apenas seis metros, se fue formando una pila de cadáveres con los cuerpos de aquellos que eran abatidos por un arquero escondido.
Yuma sentía la pérdida de sangre en la sed y en el sueño, pero no podía hacer nada por remediarlo. Su vista se oscurecía, y no sabía si era por la llegada de la noche o por la falta de fuerzas.

Los gritos de batalla se fueron apagando. El combate se escuchaba aun en la lejanía cuando Yuma dejó de ver a los soldados. Tenía que salir de allí pero estaba demasiado débil. Lamió la humedad de la podredumbre de las raíces para matar la sed.

Un soldado pasó frente al árbol. Era de su regimiento. Corría hacia el oeste, hacia las tierras que habían sido ignoradas por la batalla. Pero dos flechas se clavaron en su espalda y cayó al lado de la pila de cadáveres.

Aún respiraba cuando un samurái se acercó y le clavó su naginata en el pecho. El soldado dejó de agitarse al acto y el oficial volvió hacia la batalla, pasando tan cerca de las raíces podridas que Yuma tuvo que contener la respiración para que no la descubriese.

Varios oficiales pasaron también frente al árbol. Gritaban órdenes de carga y sentencias de muerte. Poco a poco, su presencia fue menguando. Yuma miraba la pila de cadáveres. Eran como una montaña de cuero gris y marrón, pudriéndose en la humedad. Los rostros de sus compañeros se habían retorcido en muecas de horror y dolor. Y entonces uno de esos rostros abrió los ojos.

Yuma dio un respingo. Aguzó la mirada. Era Kanbei Kimura. Estaba estirado bajo el cuerpo inerte de otro soldado, sin el casco, pero aun agarrando su naginata. Su otra mano cubría nariz y boca. Miraba en su dirección, hacia donde se encontraba Yuma. Parecía que la miraba directamente, pero ella estaba oculta bajo el árbol, en las sombras… era imposible que la hubiera visto. ¿verdad?

Kanbei se llevó un índice a los labios, guiñó un ojo y volvió a cerrarlos.
Entonces Yuma escuchó unos pasos.

No los vio hasta que se pararon frente a la pila de cadáveres, con las manos en jarras y dándole la espalda. Eran soldados enemigos, y parecían tranquilos. ¿Habían ganado la batalla? Uno de ellos aferró su naginata con ambas manos y la clavó en el pecho de uno de los cadáveres. Pasó al siguiente, e hizo lo mismo. Yuma contuvo la respiración. Dentro de poco llegarían a Kanbei.

Se acordó del día en que Kanbei abogó por ella frente al daimio, cuando le dijo que ya no debía cortarse el pelo para parecer un niño.

Con sumo sigilo, alargó el brazo y cogió su arco, que descansaba hundido en la tierra junto a las raíces. Sin sacar ni la mitad del cuerpo de debajo del árbol, colocó una flecha y lo tensó. El ruido de los soldados ensartando los pechos de sus compañeros ahogaba el de la cuerda.

Esperó hasta que el soldado de la naginata estuvo sobre Kanbei, y entonces disparó, atravesándole el cuello.

Sus compañeros lanzaron exclamaciones de espanto y se giraron. La vieron enseguida, el arco asomando bajo las raíces, y el brazo empapado en sangre como una rama roja saliendo del tronco. Yuma solo pudo encomendarse a los dioses mientras uno de aquellos hombres cogía la naginata de su compañero caído y apuntaba hacia ella.
Entonces salió despedido por los aires. Kanbei se había levantado, y con su propia lanza terminó con los otros cuatro soldados. Parecía un demonio de las profundidas de la tierra, cubierto de barro de pies a cabeza, ni un destello de color provinente de su armadura.
Resoplaba cuando el silencio volvió a invadir el lugar. Se acercó al árbol, metió un brazo bajo las raíces y arrastró a Yuma fuera del hueco.
—¿Puedes andar?
—Más o menos.
—Vamos, nos largamos de este sitio.
—¿Dónde?
—Donde no volvamos a ser esclavos.


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