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Mi nombre es Hanna Evernight, nací en una pequeña aldea a las afueras de Amn, y desde siempre he sentido que la noche me llama. No podría explicar cuándo fue la primera vez que la sentí; creo que, en cierto modo, esa voz ha estado en mí desde que nací. Mientras los demás dormían, yo caminaba bajo el manto de las estrellas, sintiendo una paz inexplicable. La luna me hablaba en susurros que sólo yo escuchaba, como si cada destello de su luz ocultara secretos antiguos.
Tenía doce años, y aquella noche la luna colgaba inmensa sobre el lago, derramando su luz plateada sobre el agua inmóvil. Recuerdo que todo estaba en calma, un silencio profundo que parecía envolverlo todo, como si el mundo mismo estuviera conteniendo el aliento. Mis pies descalzos tocaban la tierra fría, y no podía apartar la vista del reflejo de la luna sobre el lago, casi hipnotizada por su resplandor.
Entonces, algo cambió. El aire se volvió denso, cargado de una energía que hizo que mi piel se erizara. La luz de la luna se intensificó, tan brillante que por un momento no supe si miraba el lago o si estaba de pie entre las mismas estrellas. Fue en ese instante cuando sentí algo… alguien. No fue una voz en palabras; fue una presencia que llegó como un susurro que mi mente no lograba comprender del todo, un murmullo antiguo que parecía resonar en mi interior.
El reflejo en el agua comenzó a moverse, y en medio de la luz vi una figura, etérea y vaporosa, como hecha de la propia esencia de la luna. No tenía rostro definido, pero sus ojos —profundos, como dos cielos nocturnos— me miraban, y en su mirada sentí una paz que jamás había conocido. Intenté hablar, pero ningún sonido salió de mi boca. No hacía falta.
Una suave corriente de calor recorrió mi cuerpo, comenzando en mi pecho y expandiéndose hasta la punta de mis dedos, como si ella estuviera tocando mi alma misma. De algún modo, supe que estaba ante “ella”. No me habló en palabras, pero sentí sus pensamientos en mi mente, como destellos de luz dentro de la oscuridad. En ese instante, entendí que ella me había elegido, que había visto algo en mí que ni siquiera yo comprendía.
Mi cuerpo temblaba, y, al mismo tiempo, algo en mí se encendía, un poder suave y silencioso que me anclaba a la tierra y me elevaba hacia el cielo. Cerré los ojos, y el mundo desapareció. No había nada más que esa sensación abrumadora de unidad, como si yo fuera parte de la luna, de la noche, de los caminos y las estrellas.
Cuando abrí los ojos, la figura ya no estaba. La noche volvía a ser la misma, el reflejo en el lago tan tranquilo como siempre. Pero yo había cambiado. Sentía la presencia de Selûne en cada rincón de mi ser, un susurro eterno en mi interior, suave y constante como el murmullo de las olas en la noche.
Desde entonces, llevo esa conexión dentro de mí, un eco de aquella noche en que la diosa me tocó, dejándome marcada por siempre con el don de la luna.
Mis padres no lo entendían; para ellos, sólo era su hija soñadora, perdida en pensamientos y en noches interminables. Pero yo sabía que estaba destinada a algo más. Sentía la presencia de la diosa cada vez que alzaba la vista al cielo, y a medida que pasaban los años, ese vínculo se volvió mi única guía.
Ahora, camino de pueblo en pueblo, protegiendo a aquellos que necesitan refugio en la oscuridad y buscando respuestas a las preguntas que aún llevo dentro. Sé que mi historia apenas comienza y que mi devoción no será fácil. La oscuridad tiene muchas formas, y no todos ven la luna como una bendición.
Pero estoy aquí, bajo la luz de Selûne, y seguiré adelante. Debo llegar a Imnescar, donde empezará mi verdadero camino y peregrinaje.