La Guerra en Minsor
Debo admitir y agradecer a Uthgar el tótem de la Gran Sierpe que pusiera a Sigbjorn en mi camino, un guerrero extremadamente fuerte e invencible, alguien a quien seguir, cuando me invitó a la guerra en Minsorran no lo dude.
Viaje hasta Minsor, una ciudad alejada de mi cultura ancestral, con una arquitectura impresionante, pero carente de humildad. En aquella ciudad se sirvió la batalla, no conocía muy bien quienes serían los enemigos, Pero más allá de mi presencia, estaba segura de que el Oso, en su total majestuosidad y fuerza, aún necesitaría el complemento de mi poder. Mi inquebrantable orgullo me dicta que juntos, como una fuerza incontenible, somos indispensables en cualquier escenario de batallas y guerras.
No conocía mucho a los presentes, una compañía de aventureros y ordenados de todas las índoles bien armados, cada uno de ellos lucía poseer la experiencia de los dioses y largos años, las guerreras lucían hermosas y jóvenes, así marchamos hasta las murallas para defenderlas, aunque las hordas enemigas eran impresionantes y redoblaron las de los caballeros y soldados. Recuerdo la luz fulgurante de dorado que consiguió expulsar y hacer retroceder a algunos, en medio de la batalla.
No sabría describirlo correctamente, pero, los demonios gigantes se abalanzaron contra todo ser, un grupo de ávidos ¿vampiros? se movían rápido y su apariencia era elegante, como humanos pero letalmente más fuertes, estos fueron corriendo a cansar a mi compañero Sig. Con suerte podía entender lo que ocurría en la batalla con tantos cuerpos luchando mano a mano contra esos mil demonios y diablos salidos del peor averno que conocía. Y sin embargo una muralla de feroces hilos de dientes mágicos se alzaron sobre mí impidiendo el paso para alcanzarlo y ofrecerle el poder que Uthgar me había otorgado para potenciar a sus barbaros. Buscando una salida de aquella situación, intentando rodear la barrera de cuchillas filosas, un desconocido enemigo hirió mi costado con una daga imposibilitando y desmayándome.
En la enfermería, note que muchos aventureros habían sido gravemente heridos, pero rescatados por escuadrones de sanadores, allí regresaron a conversar de cómo reagruparse, recuerdo los poderosos discursos de Julieth y otros soldados, a Bonk el hermano de Sigbjorn gritar por sobre otros y como los mismos Uthgardianos de fe, Selene, Sigbjorn, hasta yo misma nos animábamos para la próxima batalla que se avecinaba, la espera mantenía mi corazón alerta y mis sentidos hinchados.
Comenzó la marcha de guerra, posicionándonos sobre un puente poderosamente firme y construido, allí defendimos la ciudad y sus castillos, un discurso que poco pude escuchar, mis sentidos parecían ignorar al Maestro, quien había iniciado desde un principio esta guerra y vociferaba un discursos para disminuir su moral, no sabría que eso no tendría efecto en tan experimentados soldados, cuando él comenzó la batalla, el puente fue poderosamente defendido.
Me moví unos pasos para correr e imbuir con magia a mis compañeros de Uthgar con el poder del espíritu de la Gran Sierpe, pero mis intenciones fueron poderosamente truncadas por una enmascarada que clavó su puñal en mi pecho arrancándome parte de la vida, dejándome en el suelo tumbada desangrándome, solo podía contemplar lo que sucedía, la artista marcial que se encontraba a mi lado en ese mismo instante se defendió con unos abanicos afilados que usaba como armas, sus movimientos gráciles, elegantes y veloces se sobreponían al talento de la asesina, parecían niveladas si no fuera por aquella magia fatídica que aprovechaba ocultándose en las sombras de los edificios y estructuras de defensa para el asedio.
Aquella elfa de nombre Calendil con sus letales armas afiladas de un decorado inauditamente embellecedor corría rápidamente saltando esquivando a los heridos y luchando ávidamente con sus poderosos sentidos siguiendo a esta asesina de lo más poderosas…cuando todos sus aliados habían caído, solo ella quedaba luchando y una hechicera que se escondía demasiado bien y alejada bajo el puente que se había defendido con éxito. Escuchaba a lo lejos la estridente voz de mi amigo Sigbjorn el Oso insistiendo para que subiera a luchar y no se acobardaba.
No entendí cómo finalizó aquella batalla, pero una vez me atendieron las heridas, devolviéndome la vida que se iba, con orgullo mentí acerca de mi condición débil, porque la Gran Sierpe no me perdonaría admitir que me dolía, frente a tantos poderosos guerreros, que habían sufrido heridas igual de letales que yo y peores. pero la guerra la habíamos ganado, motivo suficiente para subirme la moral.