Tyssara Lovelance
Adorador de Eduardo
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¿Cuántas horas he dedicado a escribir? A veces me pregunto si he pasado más tiempo vertiendo mi alma en las páginas de mi viejo diario o en los numerosos escritos que realizo para mis estudios. Se ha vuelto algo tan natural para mí, una parte de mi rutina, una forma de dar sentido a lo que llevo dentro. En estas hojas he dejado impresos mis pensamientos más íntimos, aquellos miedos que ni siquiera me atrevo a susurrar en voz alta, y muchas de las emociones que he guardado celosamente. El papel es mi confidente, mi refugio, y aunque en ocasiones lo que plasmo aquí me resulta difícil de aceptar, sé que es parte de mi propio caminar.
Ahora, con un rumbo claro y directo hacia un destino que cada vez siento más seguro, mis pasos ya no vacilan como antes. Me miro a mí misma y veo cuánto he cambiado. Me he vuelto más dura, más exigente conmigo misma, con mis metas, mis intenciones. Ya no hay espacio para la duda ni para el titubeo.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que ha pasado más de un año desde que emprendí este camino. Un año lleno de aventuras, de encuentros inesperados y despedidas dolorosas en estas tierras dominadas por las razas jóvenes. Cada experiencia ha dejado una marca profunda en mí. Estas tierras de intriga han sido testigos de mis miedos y mis triunfos. Desde las incursiones a lugares aterradores que me llenaron de pesadillas, hasta los momentos que me revelaron lo que mi corazón guardaba en secreto, he vivido más de lo que jamás imaginé. Y lo más impactante de todo es que no lo hice sola. Puedo recordar cada vez que mi vida estuvo en peligro, cada vez que el dolor me obligó a hincar la rodilla en el suelo… y cómo siempre hubo alguien allí para ayudarme a levantarme. No puedo evitar sentir gratitud hacia la reina por llevarme hasta ellos, mis compañeros, quienes me han dado la fuerza que necesitaba cuando creía que no podría seguir.
Pero estas páginas no están dedicadas a esos recuerdos. No. Hoy quiero hablar del nuevo camino que hemos abierto, del futuro que se extiende ante nosotros. Los meses han comenzado a convertirse en años desde que mi gente empezó a marcharse, y cada partida deja un vacío difícil de llenar. Las risas y aventuras que solíamos compartir quedan suspendidas en el tiempo, esperando el día en que volvamos a reunirnos. Pero en el fondo sé que nada será lo mismo. Cada ausencia pesa en mi corazón, y la responsabilidad que llevo se siente cada vez más fuerte. Es inevitable que me pregunte hasta qué punto 30 años de soledad realmente no son nada… cuando ellos no están.
Aun así, me siento afortunada. No estoy sola, como poder estarlo con mi prometido. Mi compañero camina a mi lado, su presencia es un faro en la tormenta. Es como un halcón que se eleva en medio de la tempestad, indomable y determinado, enfrentando lo que venga con una fuerza que no tiene igual. Su valentía me inspira y su determinación me da la fuerza que a veces siento que me falta. Juntos, hemos hecho de este camino nuestro, enfrentando los desafíos y compartiendo las responsabilidades que ahora llevamos sobre nuestros hombros.
Los pasos seguros a su lado, no dan motivo a duda y compartimos con empeño enseñanzas hacia los más jóvenes, siguiendo las tradiciones del pueblo, guiando con historias clases, hasta a veces leyendo alguno de mis libros sobre mundos lejanos y perdidos más allá de lo conocido. Y mi corazón dichoso solo puede decir una cosa al respecto, gracias por caminar conmigo, mi amado cazador, aunque a veces discutimos, más de una vez he pensado en alguna forma de ponerle un cascabel, un conjuro de detectar o un día de estos conseguirá que de un susto me suba al techo.
Los días son más tranquilos ahora, pero eso no significa que carezcan de propósito. Las responsabilidades hacia nuestro pueblo crecen con cada amanecer. Damos clases de arquería y esgrima, nos mantenemos activos, y esas lecciones no solo son para los demás, también son para nosotros. Las patrullas por los bosques, que para muchos podrían parecer monótonas, me han enseñado a apreciar lo que se oculta en los caminos menos transitados. Me han dado una nueva perspectiva, haciendo que los días sean más llevaderos. Y en todo esto, su compañía es un regalo inigualable. A veces me detengo a observarle y no puedo evitar sentirme inmensamente agradecida por tenerle a mi lado.
Y luego están las canciones de Lire. Su música, con esos suaves acordes que me envuelven como un susurro, me ha enseñado a escuchar más allá de la melodía. Hay secretos en esas notas, verdades que solo aquellos que ven más allá del sonido pueden percibir. Y mientras las escucho, me doy cuenta de lo afortunada que soy, no solo por lo que tengo, sino por lo que he aprendido a valorar.
Las visitas breves de Lythana me han traído un consuelo que ni siquiera sabía que necesitaba. En esos momentos, me sorprendo intentando ocultar lo mucho que la extraño, fingiendo estar absorta en mis estudios, en el avance de mis conocimientos sobre nuestras antiguas tradiciones del pueblo. Pero la verdad es que, en su ausencia, todo parece más gris, más pesado. El tiempo pasa, pero su rostro no cambia, su sonrisa sigue siendo esa luz cálida que ilumina cualquier rincón oscuro en mi interior. No me había dado cuenta de cuánto me hacía falta hasta el instante en que la veo aparecer, y entonces me invade una mezcla de alivio y tristeza, porque sé que su visita será corta, y pronto tendremos que despedirnos otra vez.
La magia, que una vez nos unió, ahora parece que renace con una sonrisa. La distancia se alarga con cada despedida, volviéndolas más amargas, más dolorosas. Nada es eterno, me repito una y otra vez, como si con esa frase pudiera aliviar el peso de las responsabilidades que nos separan. Pero no funciona. Cada adiós duele más que el anterior. Y aun así, en los breves momentos en los que el destino nos permite coincidir de nuevo, el mundo se llena de color, de risas que suenan como música entre los árboles del claro, de una alegría que ahoga momentáneamente cualquier preocupación.
Intento hablarle de cosas sencillas, de historias que parecen nacer tímidamente de mis labios, pero que, en realidad, llevan mucho tiempo esperando ser compartidas. Quiero que ría, que olvide por un momento las sombras que nos acechan. Y, aunque sea solo por un instante, lo logro. Esos momentos juntos, aunque breves, son como pequeñas burbujas de felicidad, y me aferro a ellas con todas mis fuerzas. Pero mientras estamos a su lado, mi amado y yo, todo lo demás se desvanece, y solo queda la calidez de su presencia, la risa compartida, y el eco de un vínculo que, pese a todo, sigue intacto.
No es el único que ha regresado de vez en cuando en sus viajes, siempre inesperado, a veces trayendo regalos curiosos, historias fascinantes o, en otras ocasiones, cicatrices nuevas que me llenan de preocupación. Nuestro Eothain, baluarte de las Moonshaes… siempre ha sido alguien que nunca se rinde, y eso, de alguna manera, me reconforta. Verle regresar después de tanto tiempo me da esperanza, aunque se lleve con él un pedazo de mi tranquilidad cada vez que parte.
A veces nos reunimos, y le leo algunos de mis escritos. Sé que no le entusiasma mucho, y me divierto viendo las caras que pone, como si intentara disimular su impaciencia. Me río de su incomodidad, pero en el fondo ambos sabemos por qué lo hago. Es mi forma de compartir con él mis pensamientos, mis emociones, todo aquello que no puedo expresar con palabras simples. Sus ojos, a veces, me dicen más que su sonrisa, porque ya no es la misma. El tiempo, las experiencias y las batallas han cambiado ese gesto que una vez conocí, pero sigue siendo mi amigo, mi compañero, mi familia. Aunque su sonrisa ya no es tan luminosa como cuando nos conocimos, para mí conserva una fuerza que trasciende cualquier cambio.
Cuando se marcha y pasan meses sin saber de él, me encuentro aferrándome a su colgante. Ese objeto, que en mis horas más oscuras me acompañó hasta los rincones más sombríos cuando mi alma estaba en juego, es más que un simple recuerdo. En cada pulida, en cada vistazo, veo reflejado todo lo que representa: la lealtad, la lucha, el vínculo que compartimos. No es solo un colgante, es un símbolo de lo que hemos pasado juntos y de la promesa de que, aunque él esté lejos, su esencia permanece conmigo.
En mis manos, lo cuido como si fuese un tesoro invaluable, no porque sea valioso en sí, sino porque ha recorrido un largo camino hasta llegar a mí. Rezo a la diosa por él, por su bienestar, por su regreso. Y aunque los días se hagan largos y las noches frías sin su compañía, tengo la certeza de que, mientras sostenga ese colgante, una parte de él siempre estará conmigo, dándome fuerza, recordándome que no estoy sola en este viaje, y que, pase lo que pase, pues la familia no olvida (o eso me gustaría creer).
El tiempo para nosotros, los elfos, es algo efímero. Lo percibimos de una manera distinta a las razas de vida más breve: días, meses, incluso años se nos escurren entre los dedos como arena. Cada decisión es tomada con la cautela que el tiempo nos permite, y tras largas meditaciones, finalmente decidimos abandonar nuestro nuevo hogar. El destino nos llamaba hacia el Bosque de Cormanthor, una región que ha soportado años de oscuridad y devastación.
La familia de mi amado, Halatir, y muchos de sus conocidos eran originarios de ahí de esa region. Pero desde los catastróficos acontecimientos en Myth Drannor, esa tierra se convirtió en una sombra de lo que alguna vez fue. Al divisar las ruinas de lejos, nuestros corazones se congelaron ante el triste espectáculo. Yo podía sentir el dolor de Halatir como si fuera mío. Mi mano, casi por instinto, buscó la suya, entrelazando mis dedos con los suyos, brindándole la calma que tanto necesitaba. Sabía que, ante la visión de la destrucción del Mythal, la barrera mágica que alguna vez protegió la ciudad, él necesitaba ese ancla, algo que lo mantuviera presente en este momento de dolor, mientras intentábamos asimilar la magnitud de la caída de un lugar tan sagrado.
Cada paso que dábamos hacia las ruinas era una herida abierta en su alma, pero juntos, enfrentábamos el eco de lo que una vez fue Cormanthyr.
Recuerdo el momento en que conocí a la familia de Halatir como si hubiera sido ayer. Aún puedo sentir el peso de las miradas que me atravesaban cuando puse un pie en su hogar, con mis alas ligeramente plegadas a la espalda para no ocupar demasiado espacio. No era la primera vez que me encontraba en compañía de elfos lunares, pero jamás había sentido tanta expectación. Sabía que, aunque Halatir me aceptaba y me amaba por lo que era, su familia no estaba acostumbrada a ver a una Avariel entre los suyos.
Al cruzar el umbral de su casa, un silencio casi palpable llenó el ambiente. Los ojos plateados de su madre, Elethyra, me escudriñaban con una mezcla de curiosidad y cautela. Ella, como muchos de los suyos, era una criatura de gracia y sutileza, y aunque no mostró rechazo, tampoco me ofreció una sonrisa inmediata. Su postura, erguida y perfecta, me recordaba que en su mundo cada gesto tenía un significado, cada palabra era una nota en una melodía cuidadosamente interpretada.
Su padre, fue más difícil de leer. Los elfos lunares tienen esa habilidad de esconder lo que sienten tras una fachada de serenidad, pero en sus ojos había algo más profundo, una chispa de asombro quizás. En ese momento, me pregunté qué estaría pensando al ver a una criatura de los cielos entrar en su mundo tan ligado a la tierra y a la luna. Sentí como sus ojos recorrían mis alas negras, tal vez recordando los antiguos cuentos de los Avariel, casi mitológicos para ellos, una raza tan rara y distante.
Fue Halatir quien rompió el silencio, acercándose a mí y tomando mi mano con una firmeza que me transmitió tranquilidad. “Esta es mi Hilmice,” dijo con suavidad, pero su voz estaba cargada de determinación. “La elegida de mi corazón.” Sus palabras flotaron en el aire, y pude ver cómo las tensiones se relajaban, aunque sutilmente.
Su madre fue la primera en hablar. “Hilmice… un nombre hermoso,” comentó, y aunque su tono no fue cálido del todo, tampoco hubo hostilidad. Era como si estuviera tratando de encajarme en la imagen que tenía de cómo sería la compañera de su hijo. Pero con cada segundo que pasaba, el ambiente se volvía menos tenso. Los elfos lunares son seres que valoran la belleza en todas sus formas, y aunque era diferente, sabía que mi apariencia y la gracia de mis movimientos no pasaron desapercibidos.
La conversación comenzó a fluir lentamente, hablando de lugares que conocían, de las artes y la música. Pero durante toda la noche, sentí las miradas furtivas de la familia, evaluándome con curiosidad, intentando descifrar qué tipo de ser había entrado en su mundo y, más importante aún, qué tipo de alma había capturado el corazón de su amado hijo.
Cuando la reunión llegó a su fin, Elethyra se me acercó, y para mi sorpresa, colocó una mano ligera en mi brazo. “Cuida bien de Halatir” susurró en un tono apenas audible, sus ojos ahora más suaves. “Él ha elegido un camino distinto, pero parece que lo ha hecho con el corazón.” No fue una aceptación plena, pero tampoco era un rechazo.
Sabía que sería un largo proceso ganarme su confianza por completo, pero esa noche, al menos, sentí que había dado el primer paso para formar parte del mundo de Halatir. Un paso hacia un nuevo hogar, donde nuestras diferencias, con el tiempo, podrían convertirse en un vínculo que nos uniera más allá de nuestras razas.
Recuerdo un día en particular que pasamos en el corazón del Bosque de Cormanthor, uno de esos días que el tiempo parece congelar en la memoria. Halatir y yo habíamos decidido alejarnos de las ruinas de Myth Drannor, buscando un lugar donde la naturaleza aún reinara intacta. Había escuchado de él sobre un claro en medio del bosque, un rincón donde la magia aun vibraba y la belleza de la naturaleza brillaba con su explendor.
Era un día de otoño, y las hojas del bosque se teñían de dorado y rojo a nuestro alrededor mientras caminábamos. Yo volaba a ratos, dejándome llevar por la brisa suave, pero siempre me mantenía cerca de Halatir. Aunque él caminaba con esa gracia casi silenciosa que tienen los elfos lunares, había algo especial en verlo moverse en su tierra ancestral, como si cada paso lo conectara más profundamente con sus raíces.
Finalmente llegamos al claro, y la visión me robó el aliento. En el centro había un pequeño lago cristalino, sus aguas tan quietas que parecían un espejo reflejando el cielo. Flores extrañas y vibrantes crecían a lo largo de la orilla, algunas brillando con una luz suave, como si absorbieran la energía mágica del lugar. Halatir me sonrió al ver mi reacción, complacido de haberme traído a ese refugio oculto.
“Es un lugar que visitaba cuando era niño,” me explicó, sus ojos plateados brillando con recuerdos. “Aquí, la magia del bosque es más pura, más antigua… más serena.”
Sin pensarlo mucho, me deslicé fuera de mis botas y me acerqué al borde del agua, dejando que mis dedos rozaran la superficie. La energía del lugar era palpable, como si el aire estuviera cargado de vida. Halatir se acercó a mí en silencio y, antes de que pudiera preverlo, se lanzó al agua, salpicándome en el proceso. Me quedé sorprendida, con los ojos abiertos por la repentina travesura.
"¡Halatir!" exclamé riendo, mientras él emergía, su cabello oscuro pegado a su frente y una sonrisa divertida en sus labios. Era raro verlo tan despreocupado, tan libre, fuera del peso que Myth Drannor y la historia de su pueblo solían cargar sobre él.
La tentación fue irresistible. Extendí mis alas y me lancé sobre él, levantando una ráfaga de agua cristalina cuando toqué la superficie. Volamos y nadamos entre las ondas del lago durante lo que parecieron horas, entrelazando nuestras risas con el suave susurro del bosque. Por un momento, no existían el pasado ni las cicatrices de nuestras tierras; solo estábamos nosotros, dos almas compartiendo un instante de paz en un mundo que, a menudo, nos daba tan poco de ello.
Al atardecer, nos recostamos sobre la orilla, mis alas secándose bajo el sol poniente, mientras Halatir jugaba con una flor que había arrancado del borde del lago. Se la llevó a los labios, soplando suavemente, y las pequeñas partículas de luz que emitía comenzaron a elevarse hacia el cielo, como si fueran pequeñas estrellas danzando hacia la noche que comenzaba a desplegarse.
"Este lugar es especial para ti, ¿verdad?" le pregunté, mi voz apenas un susurro.
“Lo es. Y ahora lo es aún más,” respondió, tomando mi mano, su mirada fija en el cielo que se teñía de naranja y púrpura. "Porque lo compartí contigo."
Ese día en el claro de Cormanthor, entre la magia del bosque y nuestras risas, supe que no importaba lo que el futuro nos deparara. Siempre tendríamos estos pequeños momentos de tranquilidad, ocultos en los rincones mágicos de nuestro mundo.
La vuelta al Bosque de Alandor fue como regresar a un refugio que siempre me había esperado, silencioso y lleno de recuerdos. Este bosque, con sus altos árboles que se alzaban como centinelas ancestrales, me devolvía a una rutina que había dejado atrás al emprender nuestro viaje a Cormanthor. Pero también sentía que algo en mí había cambiado, como si las experiencias vividas en Myth Drannor y junto a Halatir hubieran añadido una nueva capa a mi ser.
Al llegar, me sumergí nuevamente en mis estudios y prácticas. Cada día comenzaba temprano, cuando los primeros rayos del sol tocaban las copas de los árboles y llenaban el aire de una suave neblina.
Mi querido amigo Erevain, siempre con una sonrisa en el rostro y ese aire despreocupado que lo caracteriza, me esperaba en el claro donde solíamos reunirnos. Era un lugar especial, donde las energías de la magia parecían concentrarse, creando un ambiente casi tangible de poder latente. Los árboles a nuestro alrededor parecían más antiguos, sus ramas cubiertas de musgo y hojas doradas que caían suavemente al suelo, susurrando secretos del pasado. Erevain siempre llegaba antes que yo, se reclinaba despreocupadamente sobre una roca o una raíz expuesta, jugando con una ramita o repasando alguno de los libros que íbamos a comentar. A pesar de su naturaleza truhan y alegre, nunca faltaba a nuestra cita, y aunque su actitud despreocupada pudiera hacer pensar lo contrario, siempre estaba presente con una atención sutil y una paciencia silenciosa.
Nos sentábamos juntos durante horas, inmersos en los antiguos textos que habíamos rescatado de tiempos pasados, muchos de ellos polvorientos y frágiles por la edad. A menudo, Erevain hacía bromas sobre la seriedad de los antiguos elfos que habían escrito aquellos tratados, lanzando alguna observación irónica mientras pasaba las páginas con cuidado. Pero a pesar de su humor, ambos sabíamos la importancia de lo que estábamos estudiando. Aunque lo que más me sorprendió fue llegarme a enterar que nuestro querido Dendravoz tenía un pasado peculiar, él no sabía mucho sobre la cultura y tradiciones por su madre, que me conto que era amable y cálida que al hablarme de ella me recordó mucho a el, si no por su padre, el cual amante de las tradiciones tenía encuentros similares a los que estábamos teniendo para poder avanzar. No me dijo su nombre, no hacía falta, pero era un mago sabio y conocedor de la cultura de su pueblo.
Pasábamos largas horas debatiendo las interpretaciones de ciertos textos, intentando desentrañar los significados ocultos detrás de las metáforas y los simbolismos antiguos. A veces, cuando una frase especialmente críptica nos confundía, Erevain se levantaba de un salto y comenzaba a dar vueltas, lanzando teorías absurdas solo para hacerme reír, pero de alguna manera, en medio de su humor, siempre surgía una idea brillante. Su capacidad para encontrar respuestas inesperadas era una de las cosas que más admiraba de él.
A medida que el sol descendía, las sombras del claro se alargaban, pero nosotros continuábamos. Sabíamos que el estudio de las tradiciones no era un camino rápido ni fácil, pero también sabíamos que cada día que pasábamos sumidos en esos textos nos acercaba más a comprender los misterios que nuestros ancestros habían dejado para nosotros. Para los elfos, la magia es algo más que simple poder: es una forma de vida, una expresión de quienes somos, y cada descubrimiento nos llevaba un paso más allá en el camino de entender nuestro lugar en el mundo.
Erevain, con su espíritu libre y su corazón lleno de risa, era el compañero perfecto en esta búsqueda. A su manera, me recordaba que la magia, aunque profundamente seria, también debía ser disfrutada, y que el conocimiento, aunque vital, también podía ser un viaje lleno de aventuras. Con él, los días de estudio en el claro se convertían en algo más que simples lecciones; eran momentos de conexión, de compartir no solo el saber, sino también la alegría de ser parte de algo más grande, algo que trascendía el presente y nos conectaba con nuestro pasado y, esperábamos, con un futuro que aún está por escribirse.
Era un proceso de concentración profunda, de dejar que los ritmos del bosque y la vida misma se entrelazaran con las palabras arcanas que pronunciaba. Había días en los que las horas de estudio se desvanecían rápidamente, perdiéndome en la precisión de cada gesto y palabra, perfeccionando la conexión entre mi espíritu y las corrientes mágicas que nos rodeaban.
Luego, con el mediodía, llegaba el momento de la práctica física. La esgrima era algo que había perfeccionado con los años, no solo como parte de nuestra defensa, sino como una danza en la que cada movimiento requería gracia y precisión. Mis espadas, ligeras pero mortales, se sentía como una extensión de mí misma, mientras practicaba entre los árboles. La brisa acariciaba mis alas, recordándome que la agilidad era tanto un don físico como mental. Mis entrenamientos no eran solo por mí, sino por aquellos que podrían necesitar mi protección en el futuro.
A pesar de las responsabilidades, siempre encontraba momentos para compartir con Halatir. Las patrullas que hacíamos juntos por el bosque eran más que simples vigilancias; eran nuestras horas de confidencia. Mientras caminábamos, susurrando nuestras vivencias al ritmo de nuestros pasos, él me contaba sobre las estrellas que aparecían en las noches más claras, cómo cada una de ellas tenía un nombre en su lengua élfica y qué significaban para los elfos lunares. Yo le hablaba de los secretos del viento, de cómo podía sentir los cambios en la brisa antes de que las nubes aparecieran, un instinto que había desarrollado desde niña en el cielo.
Halatir, siempre con su serenidad propia de los elfos lunares, me escuchaba con atención, sus ojos reflejando la calma del bosque. En esas patrullas, nuestros pasos eran casi imperceptibles entre las hojas caídas, pero nuestras conversaciones fluían como un río de recuerdos compartidos. A veces, dejábamos de hablar y simplemente caminábamos, lado a lado, sintiendo el pulso del bosque y el eco de nuestras propias almas conectadas con la tierra y el cielo.
No todo eran estudios y prácticas, por supuesto. En algunas noches, después de una larga jornada, nos reuníamos alrededor de una hoguera improvisada, y Halatir, con su voz suave pero firme, me contaba historias de los suyos, las leyendas lunares que habían pasado de generación en generación. Yo, a mi vez, le compartía las historias de los Avariel, las que hablaban de nuestros antiguos cielos y las hazañas de aquellos que nos precedieron.
Cada día en el Bosque de Alandor era una mezcla de trabajo, disciplina y momentos compartidos con Halatir. Y aunque sentía el peso de la responsabilidad sobre mis hombros, también me reconfortaba saber que no estaba sola. Mis alas me recordaban que mi lugar estaba entre el cielo y la tierra, pero también, junto a Halatir, había encontrado un equilibrio que antes solo podía haber soñado.
El Bosque de Alandor era nuestro hogar, no solo por los árboles y los cielos despejados, sino porque aquí, entre las enseñanzas y las patrullas, entre la magia y la espada, habíamos encontrado un refugio en el uno y el otro.
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