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Historia de Groob Piesucio

galiciarn

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En los lejanos Picos Nublados, en la Marca del Este, vivía un mediano llamado Groob, de la extensa familia de los Piesucio. Desde que nació, vivió con su familia alejado de la civilización, en un pequeño pueblo de montaña cuya principal fuente de riqueza era la caza y la ganadería. Así, el mediano pasaba sus días en aquellas tierras salvajes, pastoreando ovejas y luchando contra los depredadores que amenazaban el ganado a su cargo.
Groob, inusualmente fuerte para su raza, prefería lidiar con las bestias y estar en el campo antes que asistir a la escuela como los otros niños. Pero no era el placer del pastoreo lo que movía al mediano, sino el deseo de luchar y hacerse más fuerte. Con frecuencia llevaba su ganado a los parajes más inhóspitos, donde las posibilidades de encontrarse con monstruos eran más elevadas. Con el paso de los años, el joven Groob se convirtió en el mediano más fuerte de su aldea, superando incluso en vigor a los recios humanos que convivían con ellos en la colonia.
Pronto aprendió a manejar el martillo de guerra con soltura, entrenándose con los bárbaros locales mientras ahuyentaba a las fieras. Al alcanzar la madurez, Groob comprendió que aquel lugar apartado no era para él. Ansiaba enfrentarse a monstruos de leyenda y demostrar que podía ser el mediano más fuerte del mundo.
Cierto día, recibió la visita de unos familiares procedentes de los fértiles llanos de Nevesmortas. Groob estaba ilusionado, pues volvería a ver a Pompo, su orondo primo de la misma edad. Ambos eran el día y la noche: Pompo era listo, aplicado, poco dado al ejercicio y tímido como una ardilla. Pese a ser polos opuestos, se querían desde niños y siempre habían sido inseparables.
Durante aquellas jornadas en las que la familia compartía tiempo en las montañas, ambos hablaron sobre el futuro que les deparaba en las tierras incivilizadas de la Marca.
—¡Vámonos de aquí, Pompo! —le decía Groob a su primo a voz en grito y con un ojo siempre guiñado—. ¡Aquí no podrás aprender la magia con la que siempre soñaste! ¡Y yo no podré nadar en comida ni luchar contra verdaderos monstruos! ¡Hagámonos un nombre!
—¿A dónde, primo? ¿Y si nos pasa algo malo? —replicaba el orondo mediano, tímido y dubitativo.
—¡A donde nos hagamos ricos, haya comida y pueda entrenarme! Quiero ser aún más fuerte y no pasar tanto frío en invierno —decía Groob, ignorante de lo que había más allá de las cumbres.
—He leído en los libros que existe una ciudad al sur a la cual llaman la Ciudad de la Moneda... Si se llama así, es porque habrá riquezas —añadió Pompo, mucho más leído que su analfabeto primo—. Dicen que allí no hace frío y que es cuna de grandes héroes.
—¡No hablemos más! En dos dekhanas espérame en el cruce de Nevesmortas. ¡Trae comida y el dinero que tengas! —exclamó Groob triunfante—. ¡Grandes cosas nos esperan! ¡Tú serás un poderoso mago y yo el mediano más fuerte de esas tierras!


 

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El sol de Athkatla, un astro ajeno y abrasador, había despellejado ya varios ciclos lunares desde que Groob y Pompo hollaron por vez primera sus empedradas calles. Atrás quedaba el aliento helado de las montañas del norte, un recuerdo casi onírico frente al bullicio y la febril actividad de la metrópoli. El viaje, una odisea de meses grabada a fuego en las plantas de sus pies y en el cansancio de sus huesos, los había arrojado a un mundo regido por un dios desconocido para ellos: el tintineo del oro.

El mediano, acostumbrado al lenguaje del viento y la roca, tuvo que aprender a la fuerza el dialecto de la codicia que se hablaba en cada rincón de aquellas tierras. La fascinación de sus gentes por el poder y la opulencia era una enfermedad que parecía impregnar el aire mismo. Las primeras semanas fueron una sangría constante para su bolsa. En la Costa de la Espada, las bestias que acechaban en las sombras no eran los lobos de colmillos afilados a los que derribaba con un golpe certero de su martillo; eran criaturas forjadas en pesadillas, más astutas y letales. "Maldita sea esta ciudad", mascullaba entre dientes, "cada paso que doy es un tributo que mis bolsillos pagan a sus fauces insaciables".

Poco a poco, la soledad, esa compañera indeseada, comenzó a pesarle más que su martillo de guerra. Comprendió, con la certeza amarga de la experiencia, que en aquella jungla de piedra y ambición no podría sobrevivir en solitario. Su primo Pompo, con la mirada encendida por sueños arcanos, se sumergió en el estudio de las artes mágicas, persiguiendo anhelos que para Groob, un ser de instintos puros y escaso saber, resultaban incomprensibles. El mediano solo anhelaba la emoción de la exploración, el crujido de un cráneo de trasgo bajo su bota, aunque ello significara besar el polvo en innumerables ocasiones. Fue en uno de esos anhelos errantes cuando el destino cruzó su camino con el de Thaldrakor Jaraxx, el dracónido rojo de escamas como ascuas, líder del incipiente Baluarte Ígneo. Los valores de la alianza, una llama de honor en un mundo oscurecido por la avaricia, prendieron en el corazón de Groob. "¿También vosotros lucháis sin esperar otra recompensa que el placer de ayudar?", preguntó con un brillo inusual en la mirada. "¡Eso me agrada! ¡Al fin un alma que no está encadenada al vil metal!".

Fue en aquellos días de recién descubierta camaradería cuando la conoció a ella. Miria Largasiesta, una mediana aventurera cuya sonrisa era tan audaz como su espíritu. Su primer encuentro no fue sellado con un apretón de manos, sino con el aroma irresistible de un bocadillo rebosante de panceta y tocino, cuya grasa compartieron como un pacto sagrado. Desde ese instante, sus caminos se entrelazaron en una senda común, tejiendo decenas de aventuras mientras las chanzas sobre un romance incipiente los hacían enrojecer, negándolo con una vehemencia que solo delataba la verdad que sus corazones empezaban a susurrar.

Un día, cuando el sol teñía de naranja los llanos, una sombra se cernió sobre ellos. Era una bruja de ojos como esquirlas de obsidiana y una lengua afilada, capaz de seducir al más pintado de los héroes con su veneno meloso.

—Jovencito, te apuesto mi verruga más preciada a que no osas seguirme a la oscuridad. Maleficios, maleficios… ¡Wajajajajaja!

—Aunque vuestro rostro me recuerde las advertencias de mi abuela sobre las hechiceras de corazón negro… ¡por supuesto que me atrevo! —replicó Groob, picado en su orgullo.

Y así, prendado por la elocuencia magnética de la bruja, fue conducido hasta los umbríos confines del cementerio, donde una risa cruel resonó y el mundo se encogió hasta transformarlo en una comadreja.

—¡Jajaja, ahora serás un bocado exquisito para esta anciana! —graznó la bruja, sus manos huesudas y sarmentosas cerniéndose sobre el aterrorizado mediano—.

—¡Ñi, ñi, ñi! —maldijo Groob, sus pequeños dientes buscando la carne de sus dedos. Su furia fue apaciguada con la misma presteza con que fue transformado, cuando la bruja, con un gesto zalamero, le ofreció comida de su propia mano.

De regreso a los llanos, la bruja tropezó con Miria. La mediana vio la comadreja enloquecida, luchando por escapar de aquel abrazo mortífero, y una punzada de piedad le atravesó el corazón. Siguió a la anciana hacia la espesura del bosque, buscando el momento de arrebatarle a la indefensa criatura. Pero la astucia de la bruja era una red de la que era difícil escapar.

—Te entregaré a la alimaña, sí, pero mantente a distancia. ¡La vieja Petra cumplirá su palabra! —dijo, depositando a Groob en el suelo y pisando con saña su recién adquirida cola. El único deseo del mediano era refugiarse en los brazos de Miria una vez ella escapara, lejos de la demencia de aquella mujer.

Miria, ingenua, obedeció. Y en esa distancia, la bruja aprovechó para convertirla en una gallina con un gesto fugaz, sin soltar a su otra presa.

—¡Pwoook! —cacareó Miria, su instinto de gallina llevándola a intentar poner un huevo en un momento tan inoportuno. La curiosidad fue su perdición, y la bruja la atrapó sin esfuerzo.

—Caldo de comadreja y gallina… jejeje —se relamía la aviesa anciana, su voz un susurro en la negrura del bosque, puntuado por los aullidos de los lobos y el graznido de las aves rapaces. —¿Queréis huir? Os dejaré en el suelo. Pero sabed que los lobos y las lechuzas acechan, hambrientos.

Los dos medianos, atrapados en sus nuevas formas, no tuvieron más remedio que seguirla. Groob pudo leer en la mirada gallinácea de Miria la promesa de una venganza fecal en el futuro caldo de la bruja. Finalmente, llegaron a un claro siniestro, presidido por árboles tan antiguos y retorcidos como la propia hechicera. Allí se sentó, y Miria y Groob la flanquearon, temblando de miedo, sin saber qué suerte les depararía aquella noche eterna.

Quizás fue un capricho de su mente retorcida, o tal vez su sed de crueldad se había saciado por el momento. La bruja señaló a la gallina con una sonrisa que desvelaba unos dientes mohosos y verdosos. Un estallido de humo morado, y Miria volvió a ser ella misma.

—Llévate a esta comadreja —espetó, lanzando a Groob contra el pecho de la mediana. Él, al sentirse libre de la garra de la bruja y en la seguridad familiar de Miria, comenzó a lamerle el rostro con la alegría desbordada de un animal que ha escapado de un gran peligro.

Un chasquido de dedos, otra explosión de humo purpúreo, y Groob fue Groob de nuevo. Pero la inercia del momento lo traicionó, y sus labios, que segundos antes lamían, se encontraron con los de Miria en un beso torpe y sorprendente. Acto seguido, la bruja se desvaneció entre las sombras, con la promesa de un reencuentro colgando en el aire como una maldición.

Rojos como pimientos morrones, los dos medianos se miraron. Algo había cambiado. Quizás fue el terror compartido, o el beso robado por el azar. A día de hoy, ninguno de los dos se atreve a desentrañar el misterio de aquel instante.

—¡Vámonos de aquí! —exclamó Groob, su voz un poco más aguda de lo normal—. Si alguien pregunta… una bruja nos secuestró. Quiso hacernos sopa, pero nos dejó marchar.

—Sí… —murmuró Miria, evitando su mirada—, y… comadreja, después de eso no ocurrió absolutamente nada. ¿Verdad?

—¡Nada de nada! —se apresuró a decir Groob, sintiendo el calor subir de nuevo a sus mejillas.

—Ni un poquito… —concluyó Miria, una diminuta sonrisa jugando en sus labios.
 

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—¡Hijos e hijas del gélido Norte! —clamó la figura menuda, elevando su voz por encima del silbido de la ventisca—. Detened vuestra mirada en este horizonte de escarcha. Estas tierras no son mero fango y roca inerte; son el santuario de nuestros ancestros, el frío que templó el acero de nuestra sangre y el viento que custodia, en eterno susurro, los nombres de aquellos que jamás doblaron la rodilla. Hoy, las tinieblas devoran la luz, pero nuestra voluntad arde con un fulgor que avergonzaría al mismísimo sol del sur.
Nos llaman bárbaros por ignorar la magnitud de nuestra fuerza. Nos tildan de tercos porque su alma no alcanza a comprender nuestra lealtad. ¡Pero cuando el hierro cante su himno de muerte y la tormenta desate su furia, sabrán que el Norte no solo resiste... el Norte contraataca!
—¡POR EL NORTE! —rugió Groob, mientras su espada restallaba contra el escudo en un estrépito de rabia.
En aquel instante, el mediano se despojó de su pequeña estatura para erigirse con la presencia imponente de los antiguos Thanes, aquellos reyes de piedra y nieve. Sus palabras cortaban el aire de las cumbres como cuchillos de hielo, insuflando un valor de leyenda en los pechos de aquellos hombres rudos y fieros. Ante ellos, la bruma se extendía como un sudario viviente, un enemigo intangible que devoraba la razón y engendraba aberraciones nacidas de los miedos más profundos.
Aquellos bárbaros, encendidos por el fuego de un forastero venido del sur, lo alzaron en hombros. Habían reconocido en Groob el único lenguaje que late en el corazón de la estepa: la furia indomable y la intimidación pura. Entre sus compañeros, las miradas de asombro se cruzaban en silencio, preguntándose si bajo la piel de aquel mediano no latía, en realidad, el alma antigua de un señor de los hielos.
Tal fue la gesta y el coraje desplegado en la carnicería que siguió, que antes de que la bruma devorarala aldea, los chamanes de Reghed marcaron su destino. Sobre su nuca, grabaron con magia y tinta antigua un tatuaje de tres copos de nieve en un azul profundo, casi negro. Desde aquel día, Groob ya no teme al invierno; ahora, las nieves bailan al compás de su voluntad.
 

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(La carta presenta una caligrafía errática, con letras que bailan sobre el renglón y borrones de tinta, pero las palabras destilan una honestidad profunda)

"Bajo el consejo de Miria, y con la vista fija en esta cartilla de escritura que me resulta tan ajena como las propias calles de Athkatla, me dispongo a plasmar en trazos torpes la marea que agita mi pecho. Dicen que escribir es una forma de entenderse a uno mismo, y hoy busco entender cómo el salvaje que partió del Norte se ha convertido en el hombre que sostiene esta pluma.

Cuando abandoné la Marca Argentea, mi espíritu era un reflejo fiel de aquellas tierras: indómito, primario y áspero. Yo era un hijo del viento y la necesidad, proveniente de una aldea sin nombre en los mapas, donde la ley no se escribía en piedra ni en papel, sino en el libre albedrío y en el intercambio directo de bienes. Por eso, al llegar a Amn, sentí que mi alma chocaba contra un muro de hipocresía. No comprendía ese culto desmedido al oro y a los legajos; para mis ojos, Athkatla era un laberinto cruel donde el valor de una persona se evaporaba si sus bolsillos estaban vacíos. Me sentía un mediano incivilizado, una bestia pequeña acorralada por una civilización materialista que parecía disfrutar con mi desconcierto.

En aquel entonces, solo veía dos senderos: huir de regreso a mis bosques renunciando a mis sueños, o quebrar mi propia esencia para encajar en sus fríos moldes.

Pero entonces, el destino puso a Miria en mi camino. La amo, y ese amor ha sido el cincel que ha comenzado a pulir mi tosquedad. Ella posee esa armonía casi imposible: la sencillez del mundo rural y la templanza necesaria para caminar entre la gente de ciudad. Su bondad es una brújula que me ha enseñado que despreciar las leyes absurdas de los hombres no significa despreciar al hombre mismo.

Es aquí donde reside el milagro de mi cambio. Antes, mi mundo terminaba donde alcanzaba mi mano; ahora, me sorprendo a mí mismo buscando el bienestar ajeno casi por instinto, como si mi alma necesitara esa gimnasia de la bondad para mantenerse sana. He descubierto una satisfacción desconocida, un calor en el pecho que no otorga el hidromiel, al prestar mi ayuda, al forjar amistades y al alzar mi acero contra la oscuridad.

Relacionarme con almas nobles como Numina, Bertrat o Balus; compartir el pan con las selunitas o aprender del rudo pero honorable Zyon y los muchachos del Baluarte, me ha demostrado que el honor no necesita de sedas ni de monedas. Ellos me han enseñado que la verdadera riqueza no se guarda en cofres, sino en la lealtad que nos profesamos.

Ciertamente, estas tierras extrañas me han transformado. Ya no soy solo un superviviente del Norte. Hoy me siento un mediano más completo, más fuerte, pero, sobre todo, más humano. He aprendido que mis actos no son flechas lanzadas al azar, sino que repercuten en el tapiz de las vidas de otros. He aprendido, por fin, que el bien no es una norma escrita en un papel, sino la decisión de cuidar de los demás como si fueran uno mismo."

(La carta concluye con la misma caligrafía lamentable y apresurada con la que empezó, como si el autor hubiera agotado sus fuerzas en el esfuerzo de la introspección)
 
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