Los llanos a las afueras de Athkatla, un manto verde salpicado de granjas y el murmullo lejano de la ciudad, fueron el escenario de nuestro primer encargo serio. Obara, un mago rojo de rostro curtido y mirada penetrante, nos ofreció una tarea de exploración y búsqueda en las montañas al norte, los picos que se alzaban como dientes blancos contra el cielo.
Jorunn, nuestro bárbaro humano, recibió la noticia con un rugido de júbilo. Su entusiasmo, aunque a veces tosco, era contagioso, un bálsamo para el tedio que a veces nos embargaba.
Nuestra misión era recuperar ciertos objetos custodiados por un dragón blanco en las cumbres nevadas. El camino hasta el campamento base, al pie de las montañas, transcurrió entre conversaciones animadas y la constante necesidad de mantener a Jorunn en un estado de relativa calma. Su impaciencia, cuando se aburría, era comparable a la de un cachorro de tigre jugando con un ovillo de lana.
Recuerdo que, durante la preparación, Jorunn, con su habitual falta de tacto, cuestionó la sabiduría de Obara.
- ¿Si eres tan listo, mago, por qué no hay conjuros para recuperar el pelo? - "Soltó, señalando la brillante calva del mago."
Un silencio incómodo se cernió sobre nosotros, roto solo por la risa contenida de Králax, nuestra astuta tiefling. Obara respondió con una mirada que helaba la sangre, dejando claro que aquella aventura no carecería de emociones fuertes.
Nos dirigimos a la sede del Gremio de Aventureros, en el Distrito de la Guardia de Athkatla. Un edificio bullicioso, lleno de mercenarios, exploradores y buscavidas de toda índole. Mientras presentábamos nuestras acreditaciones, otros aventureros se unieron a nuestro grupo, atraídos por la promesa de oro, aventura o, simplemente, huían del aburrimiento. Éramos un grupo variopinto, nos faltaba una figura que nos guiara, un explorador curtido que conociera los secretos de aquellas montañas. Un presagio, tal vez, de los desafíos que nos aguardaban.
Králax, con su presencia enigmática, me fascinaba. Su cola, larga y ágil, parecía tener vida propia, moviéndose con una gracia felina. Me preguntaba sobre la fisiología de su raza, la funcionalidad de aquel apéndice. Un tema de estudio fascinante. Anoté mentalmente la posibilidad de investigar sobre la agilidad, autonomía y posibles utilidades de las colas en seres bípedos.
En medio de mis divagaciones, Jorunn, siempre directo, interrumpió la tranquilidad con una pregunta a Králax.
- ¿Te compras faldas especiales con una abertura para la cola, o las cortas tú misma?.
Králax respondió con una sonrisa enigmática.
- Para la armadura es más complicado; necesito pagar un añadido. En el límite, donde sucede todo lo bueno
"Jorunn resopló" - Hmmmpfff… ya, justo para no mancharse al cagar, entiendo. - "quizás el límite de todo lo bueno sea distinto para Jorunn que para Králax."
"Králax asintió con una expresión indescifrable" - Exacto - "Quizás no".
La conversación, que oscilaba entre lo mundano y lo absurdo, fue interrumpida al llegar al campamento base, a los pies de la montaña, por un repentino atisbo de pragmatismo por parte de Jorunn.
- Mear, cagar, beber, comer, dormir… ¡todo ahora, o no habrá tiempo arriba!.
Un recordatorio brutal de las exigencias de la aventura que nos aguardaba.
El ascenso a las montañas se tornó un desafío constante. Jorunn, con una palmada en la espalda que casi me desploma, me animó.
- Tranquilo, Erudito, en mi corazón siempre serás nuestro líder.
Sus palabras, lejos de reconfortarme, sonaron a una extraña profecía. Zahal, nuestro silencioso espía, seguramente agradecía no ser el blanco de las efusivas muestras de afecto del bárbaro.
Dejamos atrás el campamento base y nos adentramos en la ladera. La ascensión era ardua, un constante forcejeo contra la pendiente resbaladiza. Mientras yo luchaba por mantener el equilibrio, el resto del grupo se enfrentaba a las amenazas que acechaban en el camino.
Gigantes de piedra, arrojando rocas del tamaño de carros, pusieron a prueba nuestra agilidad. Lobos invernales, cuyo aliento helado convertía el aire en una daga de hielo, nos obligaron a mantener la distancia. Pequeñas criaturas dracónicas aladas, rápidas y feroces, nos hostigaron con ataques relámpago. Los combates fueron rápidos y brutales, una sucesión de golpes, conjuros y rugidos que resonaban entre las montañas.
Llegamos a un precipicio que parecía insalvable. Unas cuerdas raídas eran nuestro único medio para continuar. Con la ayuda de Zephyros y Zahal, logré superar el obstáculo, aunque mi orgullo quedó magullado por las continuas caídas. Para mi sorpresa, a mitad de camino me encontré con mi primo Dhaerrow y su compañera Nadja. Tras los "formales" saludos, decidimos unir fuerzas, formando un grupo aún más numeroso. La presencia de mi pariente añadió una nueva capa de complejidad a la expedición. La falta de un guía experto se hizo aún más evidente, y me preguntaba si los recién llegados nos conducirían por el camino más peligroso, quizás con algún propósito oculto.
Finalmente, alcanzamos nuestro objetivo, la guarida del dragón. Tras una serie de maniobras y enfrentamientos, logramos espantar a la bestia y recuperar los objetos que Obara nos había encomendado. Sin embargo, la desconfianza hacia Dhaerrow persistía. No podía bajar la guardia, especialmente con la presencia impredecible de Jorunn. Králax sufrió las consecuencias del entusiasmo del bárbaro en combate, aunque, afortunadamente, sus heridas no fueron graves.
El encuentro con el dragón blanco no fue sencillo. La criatura, una majestuosa bestia de escamas níveas y aliento gélido, dominaba el territorio con una presencia imponente. El combate se desarrolló en un entorno hostil, azotado por vientos helados y nieve. Utilizaba su aliento con frecuencia, barriendo la zona con un cono de frío intenso capaz de congelar la carne y el acero. Esquivar este ataque era crucial para sobrevivir. Bastante era, acertarle ya que se movía con agilidad en el aire, aprovechando las corrientes de viento para realizar picados y ataques rápidos. Mantenerlo a la vista era un desafío constante. No podía olvidar sus garras afiladas como cuchillas y sus mandíbulas poderosas representaban una amenaza letal en el combate cuerpo a cuerpo. Jorunn, a pesar de su fuerza bruta, debía andarse con cuidado para no ser atrapado. El terreno nevado dificultaba el movimiento y ofrecía cobertura al dragón. La nieve también podía cegarnos temporalmente, dejándonos vulnerables a sus ataques.
El combate habría sido una danza mortal entre el frío y el acero, con el grupo buscando resquicios en la defensa del dragón mientras intentaban evitar su aliento y sus ataques. La estrategia, la coordinación y la suerte habrían jugado un papel crucial en la victoria.
El descenso fue mucho más rápido que la subida, casi como deslizarse por un tobogán de nieve. Finalmente, llegamos sanos y salvos al punto de encuentro, donde pudimos repartir la recompensa.
La misión, a pesar de los contratiempos y las tensiones internas, fue un éxito.