MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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JA. Bueno pues hoy cuento algo de antes. De cuando era joven y vivía en los Picos Nublados con el clan. Que la gente de aquí abajo a veces me pregunta cómo era eso y yo no sé muy bien qué contar porque para mí era normal y supongo que para vosotros no lo es.
Esta historia en concreto tiene unos setenta años. Que para un enano es ser joven todavía aunque para un humano sea ser muy viejo. El caso es que yo tendría unos veinte años y acababa de ganar mi primer combate de verdad contra unos orcos que bajaron de los picos altos a molestar.
Primera victoria. Primera cicatriz. Y por tanto primera noche de celebración en la taberna del clan.
La taberna del clan Crestarroca no es lo que vosotros llamáis taberna. Es el salón comunal con barriles. Mi madre ponía los barriles. Mi padre ponía las mesas. Los viejos del clan se sentaban en los rincones a mirar con cara de que ellos lo habían hecho mejor en su época. Y los jóvenes bebíamos Aliento de Forja que es la cerveza negra de mi madre que si no la habéis probado no sabéis lo que os perdéis y si la habéis probado sabéis exactamente de lo que hablo.
Aquella noche me tocaba a mí celebrar. Primera victoria. Veinte años. Primer Aliento de Forja de verdad porque hasta entonces mi madre me lo racionaba que decía que hasta los veinte el cerebro no está formado del todo para aguantarlo.
Discutible pero bueno. Era su cerveza.
El caso es que bebí. Bastante. Bastante bastante. Más de lo que debería para ser la primera vez con Aliento de Forja sin restricciones.
Y en algún momento de la noche, con el salón lleno de Crestarroca cantando y golpeando las mesas, se me ocurrió una idea.
Las ideas que se me ocurren después de muchas jarras de Aliento de Forja no suelen ser buenas ideas. Esto lo sé ahora. Entonces no lo sabía.
La idea era la siguiente: el abuelo Hromdal, que era el enano más viejo del clan y el más serio y el que nunca reía en las celebraciones y siempre se sentaba en el mismo rincón con la misma cara de que todo le parecía una tontería, llevaba toda la noche con la barba metida en su jarra bebiendo solo.
Y yo decidí que el abuelo Hromdal necesitaba bailar.
Me acerqué. Me planté delante de él. Le dije: abuelo Hromdal. Esta noche bailamos.
El abuelo Hromdal me miró. Tenía doscientos años y una barba que le llegaba al suelo y unos ojos grises como la piedra mojada que cuando te miraban te hacían sentir que habías hecho algo mal aunque no supieras qué.
Me miró y dijo: siéntate Kharram.
Yo dije: no. Esta noche bailamos.
Él dijo: siéntate.
Yo dije: venga abuelo que es mi primera victoria.
Él dijo: Kharram. Siéntate antes de que hagas algo de lo que te arrepientas.
Y yo, con mis veinte años y mis jarras de Aliento de Forja encima, le cogí de la mano e intenté levantarle.
Lo que pasó después fue rápido.
No sé exactamente cómo lo hizo. El abuelo Hromdal tenía doscientos años y una barba que le llegaba al suelo y yo en ese momento pesaba más que él. Pero en menos de dos segundos yo estaba en el suelo mirando el techo del salón comunal y el abuelo Hromdal seguía sentado en su silla con la jarra en la mano como si no hubiera pasado nada.
El salón entero se quedó en silencio.
Luego todo el mundo se rió. Todos. Mi padre. Mi madre desde detrás de los barriles. Los viejos de los rincones. Los jóvenes que celebraban conmigo. Todos.
El abuelo Hromdal me miró desde arriba. Bebió un trago. Y dijo:
Primera lección de verdad, muchacho. Ganar una pelea no significa que puedas ganar todas las peleas.
Y volvió a meter la barba en la jarra.
Me quedé en el suelo un rato. No porque me hubiera hecho daño. Solo porque necesitaba procesar lo que había pasado.
Luego me levanté. Me senté al lado del abuelo Hromdal. Le pedí que me llenara la jarra. Me la llenó sin decir nada.
Bebimos juntos en silencio el resto de la noche.
Que es probablemente la mejor forma de celebrar una primera victoria aunque en ese momento no lo entendiera así.
El abuelo Hromdal murió hace unos años. Doscientos cuarenta y tres años. Barba que le llegaba al suelo hasta el final. Nunca le vi bailar.
Pero aquella noche, cuando ya casi todo el mundo se había ido y quedábamos solo él y yo y los últimos barriles, juro que le vi sonreír.
Solo un poco.
Puede que fuera el Aliento de Forja. Puede que no.
JA.
Kharram Crestarroca
Picos Nublados
Miembro de la Alianza del Baluarte Ígneo
Derrotado una vez por un enano de doscientos años sentado en una silla
P.D. Nunca volví a intentar que nadie bailara sin que me lo pidieran. Lección aprendida.
P.D.2. Mi madre me dijo al día siguiente que el abuelo Hromdal le había dicho que le gustaba el chico. Era su forma de decir que le había caído bien. Que conste.
Esta historia en concreto tiene unos setenta años. Que para un enano es ser joven todavía aunque para un humano sea ser muy viejo. El caso es que yo tendría unos veinte años y acababa de ganar mi primer combate de verdad contra unos orcos que bajaron de los picos altos a molestar.
Primera victoria. Primera cicatriz. Y por tanto primera noche de celebración en la taberna del clan.
La taberna del clan Crestarroca no es lo que vosotros llamáis taberna. Es el salón comunal con barriles. Mi madre ponía los barriles. Mi padre ponía las mesas. Los viejos del clan se sentaban en los rincones a mirar con cara de que ellos lo habían hecho mejor en su época. Y los jóvenes bebíamos Aliento de Forja que es la cerveza negra de mi madre que si no la habéis probado no sabéis lo que os perdéis y si la habéis probado sabéis exactamente de lo que hablo.
Aquella noche me tocaba a mí celebrar. Primera victoria. Veinte años. Primer Aliento de Forja de verdad porque hasta entonces mi madre me lo racionaba que decía que hasta los veinte el cerebro no está formado del todo para aguantarlo.
Discutible pero bueno. Era su cerveza.
El caso es que bebí. Bastante. Bastante bastante. Más de lo que debería para ser la primera vez con Aliento de Forja sin restricciones.
Y en algún momento de la noche, con el salón lleno de Crestarroca cantando y golpeando las mesas, se me ocurrió una idea.
Las ideas que se me ocurren después de muchas jarras de Aliento de Forja no suelen ser buenas ideas. Esto lo sé ahora. Entonces no lo sabía.
La idea era la siguiente: el abuelo Hromdal, que era el enano más viejo del clan y el más serio y el que nunca reía en las celebraciones y siempre se sentaba en el mismo rincón con la misma cara de que todo le parecía una tontería, llevaba toda la noche con la barba metida en su jarra bebiendo solo.
Y yo decidí que el abuelo Hromdal necesitaba bailar.
Me acerqué. Me planté delante de él. Le dije: abuelo Hromdal. Esta noche bailamos.
El abuelo Hromdal me miró. Tenía doscientos años y una barba que le llegaba al suelo y unos ojos grises como la piedra mojada que cuando te miraban te hacían sentir que habías hecho algo mal aunque no supieras qué.
Me miró y dijo: siéntate Kharram.
Yo dije: no. Esta noche bailamos.
Él dijo: siéntate.
Yo dije: venga abuelo que es mi primera victoria.
Él dijo: Kharram. Siéntate antes de que hagas algo de lo que te arrepientas.
Y yo, con mis veinte años y mis jarras de Aliento de Forja encima, le cogí de la mano e intenté levantarle.
Lo que pasó después fue rápido.
No sé exactamente cómo lo hizo. El abuelo Hromdal tenía doscientos años y una barba que le llegaba al suelo y yo en ese momento pesaba más que él. Pero en menos de dos segundos yo estaba en el suelo mirando el techo del salón comunal y el abuelo Hromdal seguía sentado en su silla con la jarra en la mano como si no hubiera pasado nada.
El salón entero se quedó en silencio.
Luego todo el mundo se rió. Todos. Mi padre. Mi madre desde detrás de los barriles. Los viejos de los rincones. Los jóvenes que celebraban conmigo. Todos.
El abuelo Hromdal me miró desde arriba. Bebió un trago. Y dijo:
Primera lección de verdad, muchacho. Ganar una pelea no significa que puedas ganar todas las peleas.
Y volvió a meter la barba en la jarra.
Me quedé en el suelo un rato. No porque me hubiera hecho daño. Solo porque necesitaba procesar lo que había pasado.
Luego me levanté. Me senté al lado del abuelo Hromdal. Le pedí que me llenara la jarra. Me la llenó sin decir nada.
Bebimos juntos en silencio el resto de la noche.
Que es probablemente la mejor forma de celebrar una primera victoria aunque en ese momento no lo entendiera así.
El abuelo Hromdal murió hace unos años. Doscientos cuarenta y tres años. Barba que le llegaba al suelo hasta el final. Nunca le vi bailar.
Pero aquella noche, cuando ya casi todo el mundo se había ido y quedábamos solo él y yo y los últimos barriles, juro que le vi sonreír.
Solo un poco.
Puede que fuera el Aliento de Forja. Puede que no.
JA.
Kharram Crestarroca
Picos Nublados
Miembro de la Alianza del Baluarte Ígneo
Derrotado una vez por un enano de doscientos años sentado en una silla
P.D. Nunca volví a intentar que nadie bailara sin que me lo pidieran. Lección aprendida.
P.D.2. Mi madre me dijo al día siguiente que el abuelo Hromdal le había dicho que le gustaba el chico. Era su forma de decir que le había caído bien. Que conste.
