NOXORIVM
Orco del Desolado
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*Dentro de la biblioteca privada del templo de Oghma, en el atril de roble del humilde sacerdote Ignotus, se encuentra un libro escondido en un falso cajón, un tomo único, un diario encuadernado en cuero oscuro y sin adornos. Podrías encontrarlo a medio escribir, con la tinta de la última entrada aún fresca, o quizás ya terminado, un eco silencioso dejado atrás si, cuando lo descubras, Ignotus ya nos ha dejado para unirse al gran archivo de su dios Sabio. Al abrir el compendio, el olor que emana es una reconfortante mezcla de pergamino viejo y té de un aroma desconocido para la mayoría de Faerunios. Si algo destaca de este diario, es la caligrafía pulcra y disciplinada, alguna pequeña arruga o mancha en el papel que invitan a pensar que se tomó un largo y pausado tiempo en redactarlo, quizás un momento de duda o incluso alguna lágrima que cayó sobre la tinta al escribir*
He pasado toda una vida escribiendo, tanto apuntes aislados como tomos densos como el acero. Lo he hecho sin apenas inmutarme gracias a la bendición del gran Oghma, a quien mi inspiración yo le debo. Sin embargo, el inicio de este diario está siendo más duro que cualquier otro reto que me haya propuesto.
Me pregunto si es lo correcto, pero por mucho que me cuestione, todo me lleva a coger la pluma y seguir escribiendo.
Aún no tengo claro si estas serán mis memorias para la posteridad. No asumo suficientemente la responsabilidad de este tomo, pues no sé si quiero que tras mi muerte sea encontrado o desaparezca con mis restos en vida. ¿Acaso mi humilde vida merezca ser estudiada?
No, esto es algo más íntimo.
Esto no deja de ser un mapa de un viaje que comencé hace eones, cuando nací en el humilde hogar en el que mis padres me criaron. Es un intento de comprender si el camino que he recorrido ha sido el que el gran Dios Sabio me tenía preparado.
A veces me pregunto si al seguir la serena voz de mi dios, me alejé demasiado de la tormenta que me perseguía. He vivido la mitad de mi vida encerrado en estas mismas paredes que hoy escuchan mi llanto y mi gimoteo de desesperación. Nunca presté suficiente atención a ese vacío, y es por eso, que hoy intento poner mis recuerdos en orden, pues quizás así sea capaz de finalmente leer la historia completa y comprender el camino que me teníais preparado, oh gran Oghma.
Sea pues este diario, mi último acto de fe en el mundo. Una confesión y un diálogo conmigo mismo.
Una carta a un fantasma.
Mientras escribía esta entrada a lo que serán mis últimas palabras, se me ha caído la pluma de los dedos. No en una, sino en tres ocasiones.
Mi cuerpo, el compañero que me ha llevado a ver medio Faerün me está dejando. Me está hablando en un idioma que no comprendía hasta ahora y ya no puedo ignorar: la decadencia.
Siento que mi mente está igual de afilada que siempre, pues en mis sueños aun veo a ese Ignotus joven que corría por el mercado de Waukin ilusionado. En mis meditaciones más profundas, aun consigo hacer viajar a mi espíritu a través de los planos con la misma agilidad de siempre.
Si algo me habéis enseñado, oh gran dios Sabio, es que el conocimiento es poder y que la verdad nos hace libres. Pero hay una verdad que ningún libro me ha instruido, y es que cada aliento se vuelve un poco más corto que el anterior.
No somos más que vasijas de barro y el tiempo, con su paciencia infinita, siempre nos creará grietas.
Hoy me siento cansado... Gran Oghma os pido clemencia, pues os ruego sabiduría. ¿Cuántos amaneceres me quedan? ¿Cuántas páginas más podré escribir antes de que mi tinta se seque y me reúna con el Juez?
No le temo a la muerte. Pero sí temo desaparecer, desvanecerme para siempre.
Si algo he aprendido hoy, es que ni la mente más brillante puede hacer nada para impedir que la mano que la sirve deje de obedecer.
La pluma vuelve a mi áspera mano.
Pesa más que ayer, o quizás soy yo el que se ha vuelto más ligero.