Mac_n_Cheese
Apilador de Muros de Fuego
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No faltaba mucho para la media noche. El cielo, encapotado por nubes amenazadoras, oscurecía el paisaje. La pobre fogata, esparcida en el centro del improvisado campamento, proyectaba un baile de sombras que se deslizaban en el suelo parcialmente iluminado. El crepitar del fuego y el susurro del mar contra el acantilado de la costa norte creaban un murmullo constante. Las murallas de la ciudad de la moneda, imponentes, se alzaban sobre el campamento. Alrededor de la hoguera, varias figuras desaliñadas. Algunas dormitaban, mientras otras susurraban secretos y viejas historias.
Como muchas otras noches, en muchos otros lugares, campesinos de los campos cercanos, mendigos y otros desafortunados buscaban consuelo en la compañía de sus iguales. Rostros curtidos por la vida, dientes amarillentos y faltantes, manos callosas y voces roncas dibujaban la escena alrededor de esas hogueras, repartidas por toda la ciudad y por todo Amn.
Dos figuras rompieron la calma del lugar. Sus risas y tono festivo resonaban.
- ¡Ya podéis animar esas caras, viejos! ¡Hoy hemos sido bendecidos por el socavón!
Varias cabezas se giraron, sus ojos curiosos.
- ¿Qué demonios dices, Ernest, viejo loco?
Ernest, aludido, hizo unos pasos de baile y dejó caer un pequeño saco a los pies del grupo, que rápidamente se abalanzaron sobre él.
- ¿De dónde has sacado esto, insensato? Espero que no lo hayas robado. Estas botellas de vino son buenas, y tú, con estos precios, no puedes ni soñar con ellas. Joder, si hasta hay una planta de esas de la Redoma de plata -dijo un hombre con barba desaliñada, sacando el contenido del saco. - Ernest, por los dioses, esto es de un aventurero. Sabes que pueden ser mortales si se les provoca, estos cuando hay alguien mirando son incapaces de dañar a un orco, pero cuando nadie mira...
Un joven, con la piel tan manchada de mugre que parecía llevar años sin bañarse, interrumpió:
- No hemos robado nada. Lo encontramos en el socavón, ¡y está muy cerca de aquí!
La tensión del aire disminuyó. Los murmullos crecieron.
- ¿Otro socavón? ¿Aquí cerca? -preguntó uno.
Ernest, sacando un brillante mineral rosado de su bolsillo, dijo: - Había tres de estas en el socavón.
Las risas estallaron, ya fuera por la absurdez del hallazgo, por el alivio o por alguna broma interna. Aquella noche, la alegría invadió el campamento. Bebieron vino, compartieron comida y hasta usaron parte del contenido del saco para sanar a un semielfo herido.
Las conversaciones fluyeron con teorías sobre el misterioso grupo y sus acciones, cada cual más disparatada que la anterior, entre risas y especulaciones.
- ¿Por qué ese grupo está haciendo esto? -preguntó uno.
Las respuestas variaron desde que actuaban por mandato de una diosa, hasta que era un ritual del norte o simplemente una forma de burlarse de las adversidades. El tono de las conversaciones osciló entre la seriedad y la broma, mientras la noche avanzaba.
- Quién sabe, oí que la mitad de ese grupo les faltan un par de patatas pal' kilo, excepto quizás, la princesa elfa que les sigue. -respondió uno, revolviendo el fuego con un palo.
- A mí me han dicho que esa también está tocada. -añadió otro, rascándose una barba desaliñada.
- No lo creo, lo sé. - Ernest, con su mirada astuta, se tomó un momento, disfrutando del centro de atención. - Mi primo Arlo, ya sabéis, el que siempre tiene las manos en lugares que no debe, escuchó a ese tipo, Gur, hablando con una de las muchachas de Gisela. Por lo visto, creen que esos socavones son bendiciones de Tymora, la Dama de la Fortuna. Los tratan como santuarios y dejan allí todo tipo de regalos para aventureros. Pero hay algo más -hizo una pausa, con una sonrisa que mostraba las arrugas del tiempo en su rostro- Algo sobre desafiar a los poderosos, sobre devolver riquezas a la tierra y a gente como nosotros. Un desafió a la avaricia!
- Tu cara sí que es un desafío, Ernest. -una risa burlona emergió de un rincón, haciendo que todos rieran.
- Yo apuesto a que es cosa del mago raro que tienen y del otro, el del bigote. Seguro que son selunitas y amigos de la dama Selise de Imnescar -especuló uno.
- ¿Y qué demonios tiene que ver ser selunita con enterrar tesoros en agujeros? -se burló otro.
- El primero reviró, - ¿Y tú fuiste mercader? Por eso te fue como te fue. Los socavones son metáforas, lugares oscuros el cielo nocturno ¿Y las ofrendas? ofrecen esperanza a almas perdidas como nosotros. Es el cielo y la luz de Selúne.
- A lo mejor la metáfora es lo mal que te sienta el vino. Por cierto, en Imnescar es donde todo empezó. Y quien es de allí... ese tipo grandote, el hijo de minero, ¿Y qué es ese tío? Ty-mo-ra-no.- Dijo otro hombre, marcando cada sílaba con un golpe con los nudillos sobre una caja de madera. - Estoy seguro de que es algún ritual para entrar a su secta. Aquí en Amn surgen nuevas sectas todo el tiempo.
- He oído que es un ritual del norte, de los clérigos de Laira. Siempre cuidan de los desfavorecidos, las prostitutas, los mendigos. Debe ser algo así. Tiene que ser algo que viene de su colorado. -terció otro.
- Se rumorea que uno de los ordenados de Minsor ahora anda con ellos, y tal vez, sólo tal vez, se han vuelto más místicos. ¿Lo habéis pensado? - reflexionó el semielfo con la venda improvisada en su brazo - Tal vez esos socavones sean para ellos sitios donde desahogarse, confesar sus penas... o podría ser una representación de lo que es tocar fondo. Quizás es su forma retorcida de cuidar de quienes están al borde del abismo, o de reírse de la adversidad.
El hombre con la piel curtida y suciedad en las mejillas soltó una risa escueta. - Me parece que esa planta medicinal te nubló el juicio.
El más viejo del grupo, con una mirada cansada y una expresión curtida por los años, intervino: - Lo que realmente deberíamos preguntarnos es cuánto más podrán mantener esta farsa. He escuchado murmullos entre los aventureros, hay temor por el precio creciente de las cosas. La vida se pone dura, y estos lunáticos no paran de buscarse líos. Incluso me llegó el chisme de que hace poco les hicieron una inspección. ¿Quién sabe cuánto más podrán continuar con sus travesuras?
Un hombre, casi sumido en las sombras, que había estado medio dormido con su equipo de aventurero apoyado a un lado, tomó un profundo trago de su botella, dejando que el fuerte olor a rancio inundara el lugar. - Escuchad al viejo, al menos por ahora. Disfrutemos cuando topemos con uno de sus socavones. La vida no es más que aprovechar lo que podamos, cuando podamos. - Se levantó con esfuerzo y comenzó a alejarse del fuego, murmurando-. Por la diosa, cómo odio tener que trabajar. - Justo antes de fundirse con la oscuridad, se detuvo- Tal vez todos tengáis un pedazo de verdad en vuestros dichos. Quizás... sea una mezcla de todo. - Y con esas palabras, se desvaneció en la oscuridad.
- ¿Quién demonios era ese fantoche? - Ernest frunció el ceño.
- En este mundo hay de todo, incluso fantasmones como ese -respondió otro, encogiéndose de hombros.
El campamento retumbó con carcajadas, un momento de alivio en medio de la dureza de sus vidas.