Imperator Furiosa
Pasta dulce de Amanda
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Talivia Ha'valen llevaba demasiados años en Amn como para permitir que el optimismo consiguiera distorsionar sus expectativas. A estas alturas de su vida pensaba que podía sobreponerse a cualquier cosa, por dura que fuera. Era pragmática.
Pero lo que vio a las afueras de Náshkel a través del único ojo que aún podía abrir puso del revés su aparato digestivo. En contra del pensamiento popular, ella sabía que las emociones se manifestaban en el estómago, no en el corazón.
Por supuesto, no esperaba vítores ni buscaba ser aclamada por las masas pero, cuando cruzó las murallas de la Puerta de Amn, ni siquiera encontró demasiada gente viva entre la que repartir las provisiones. Náshkel era un amasijo de carne, hueso y nieve. Y aquel caballero que los había acompañado, Caladhron, rasgaba la noche con su pesar.
Buscó a Sulion Suravar entre las caravanas que, afortunadamente, habían llegado intactas pero a costa del sudor y la sangre de muchos de sus compañeros y tomó su mano, discretamente, para sentir su sosegada fortaleza. Apretaba con la fuerza de un ser repleto de vida. Volvía a abrirse el telón y ella debía representar su papel a la perfección.
Dio dos palmadas al aire a pesar de que cada vez que movía el brazo derecho éste ardía en llamas.
— ¡Escuchadme, hatajo de haraganes!—bramó a los trabajadores de la Gáldrim—¡Vamos a descargar esas cajas!—esbozó una sonrisa de medio lado.— Todavía no hemos terminado aquí.—y su mirada voló hacia el Norte.
Pero lo que vio a las afueras de Náshkel a través del único ojo que aún podía abrir puso del revés su aparato digestivo. En contra del pensamiento popular, ella sabía que las emociones se manifestaban en el estómago, no en el corazón.
Por supuesto, no esperaba vítores ni buscaba ser aclamada por las masas pero, cuando cruzó las murallas de la Puerta de Amn, ni siquiera encontró demasiada gente viva entre la que repartir las provisiones. Náshkel era un amasijo de carne, hueso y nieve. Y aquel caballero que los había acompañado, Caladhron, rasgaba la noche con su pesar.
Buscó a Sulion Suravar entre las caravanas que, afortunadamente, habían llegado intactas pero a costa del sudor y la sangre de muchos de sus compañeros y tomó su mano, discretamente, para sentir su sosegada fortaleza. Apretaba con la fuerza de un ser repleto de vida. Volvía a abrirse el telón y ella debía representar su papel a la perfección.
Dio dos palmadas al aire a pesar de que cada vez que movía el brazo derecho éste ardía en llamas.
— ¡Escuchadme, hatajo de haraganes!—bramó a los trabajadores de la Gáldrim—¡Vamos a descargar esas cajas!—esbozó una sonrisa de medio lado.— Todavía no hemos terminado aquí.—y su mirada voló hacia el Norte.