duBal
Shevarasita que habla bajito
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Descripción fisica:
Es un joven y espigado varón drow, de cabellos blancos y orejas puntiagudas, piel tersa y oscura y rasgos estilizados que evocan la belleza de su linaje. De igual modo, oscuras son las pasiones que se ven reflejadas en su semblante, cuya forma parece haber sido delineada a conciencia para transmitir orgullo, inteligencia y maldad. Entre esta mezcla que va de lo hermoso a lo peligroso, resplandecen sus ojos de color amarillo gatuno, los cuales, cuando no están estudiando su alrededor, exteriorizan su temperamento. En consonancia con el resto de su expresión, su sonrisa es siniestra, soberbia y seductora a partes iguales.
Cada uno de sus movimientos desprende agilidad y armonía. Es atlético, y fácilmente se intuye que sabe potenciar cada centímetro de su cuerpo. Asimismo, sus andares denotan alguna clase de educación estricta; posiblemente se trate de un drow de origen noble. Su vestimenta y estilo varían dependiendo de la ocasión. Generalmente atuendos ceremoniales cuando desea representarse así mismo, armaduras más informales para aventuras o entrenamiento y vestimentas oscuras y cerradas que dejan mucho para la imaginación cuando quiere confundir o permanecer en el anonimato.
Personalidad:
El de Izhalit es un carácter marcado por su destino. Estirado, ambicioso y de negro corazón, obsesionado con la victoria, no solo reconoce su personalidad sino que además está plenamente convencido de que es como debe ser. Ve, lo que no es así, como algo frágil e indefenso y, en definitiva, inferior. Aunque pueda llegar a ser solitario, no se trata de una persona individualista; por encima de todas las cosas siente un apego especial por su pueblo y sus ancestros y ansía conducirlos hacia la gloria. Le interesa el pasado y siente una punzada en su interior cada vez que los drow sufren una derrota en sus objetivos de dominación.
Al estar lejos de los suyos, su adaptación a la superficie no le está resultando del todo satisfactoria. Armado con la paciencia del asesino, cree necesario ajustarse a los nuevos cambios y esperar, moldeando, mientras tanto, su alrededor de forma lenta pero incansable.
Historia:
Sombras. Magia. Oscuridad. Al deshacerse las partículas de la esfera elástica de Otiluke mis pies se clavaron en el suelo embaldosado del templo. Traté de regular rápidamente mi respiración; después, observé. A lo lejos y a los lados, siluetas en movimiento, contornos que se difuminaban con la forma de una estela. Eché a correr para guarecerme entre las tinieblas. Entre otras razones, había sido escogido por mi afinidad con ellas. Más que una habilidad natural, una relación. Unidos en perfecta simbiosis. El lazo irrompible de un asesino.
Un quejido. El primer sonido que llegaba a mis oídos. Alguien había caído. Decidí desplazarme de nuevo. Debía hacerlo tal y como lo aprendí. Rápido, pero no precipitado. Veloz, pero no apresurado. Mis articulaciones, respondiendo a mis instintos. Expresando, cada uno de mis movimientos, la ligereza de una pluma y la suave oscilación de quien controla y prepara su cuerpo para abordar cualquier circunstancia. Desplegué los brazos. Enfrente, un manchón de negrura superpuesto en el lienzo del entorno. Me abalancé sobre él con único ataque; determinante; definitivo. No me detuve. Continué atravesando el velo que separa el sueño de la pesadilla, más liviano incluso que antes. La confianza fluía por mis venas. Me daba alas.
Segundos después el resplandor intermitente de una luz mortecina se ofrecía a mis ojos. Lo seguí, como el barco que hace frente a la marea persiguiendo la señal del faro. Todavía avanzaba deprisa cuando se produjo el chasquido metálico de un mecanismo. Salté, cual resorte, hacia adelante, esquivando así la trampa activada accidentalmente. Una sucesión de zumbidos invadió mi espacio. Casi me aturdió, pero estaba cerca. Tan cerca que mi sonrisa comenzó a ampliarse. Le tenía. O eso creía. Si hubiese liberado mi mente me habría percatado del extraño brillo satinado de aquella sombra. Pero cuando mi arma penetró en ella ya fue demasiado tarde. Se disipó, esparciendo zarcillos oscuros en todas direcciones. Era un engaño. Una ilusión.
Desde atrás, el brazo de mi maestro rodeó al instante mi cuello. Sentí la presión asfixiante, y mis rodillas se flexionaron del mismo modo que las de un muñeco sin vida. Para él era algo sencillo, y quizá por ese motivo ni siquiera me resistí. <<Tu exceso de orgullo te pierde, mi estimado wanre>>, me dijo. Y a continuación, me soltó. Caí de rodillas mientras recuperaba el aliento, aceptando el resultado de aquella prueba.
Veleg’Ur, como se llamaba mi maestro, fue, desde siempre, el principal valedor de mi destino. Quizá por pertenecer a la estirpe de los Sareyar y, por ende, considerar que debía reclamar lo que era mío por derecho propio, nunca fui de los que se conforman con poco. A pesar de mi sangre noble, y de haber sido el resultado de una selección caprichosa pero favorable, los designios y las intrigas me fueron esquivos. En mi tierra natal todo transcurre dentro de una vasta red de telaraña. En ella se enredan los que no aprenden a seguir el ritmo. Algunos perecen; otros, sin embargo, viven para otro intento. Como uno de los caídos, mi error consistió en reivindicar una posición en los reinos de la infraoscuridad sin estar preparado para ello. Veleg’Ur me enseñó a entender mis fracasos y a repararlos haciendo de ellos el germen de nuevas fortalezas. Me apartó del falso bienestar proporcionado por los almohadones de seda y las sábanas ribeteadas para abrazar los principios de un artista del asesinato. Con él, descubrí recursos de los que sacar partido; los venenos mortales; las hojas ocultas; la utilidad de los tatuajes psiónicos y los cristales psi; el potencial de mi herencia ilythirii. Todo ello dispuesto para buscar la exquisitez en cada muerte y poder pisar con mis botas los salones que me fueron negados.
Pero no siempre se reservan los mejores deseos para los que ayudan. Veleg’Ur fue acusado de traición y condenado, y escapó a la superficie. Como su alumno, me obligaron a darle caza. Lo hiciesen para probarme o para quitarse otra molestia más de encima, nuestros filos se han de enfrentar irremediablemente, una vez más, en tierras extrañas. De nuevo sombras y oscuridad.
Cada uno de sus movimientos desprende agilidad y armonía. Es atlético, y fácilmente se intuye que sabe potenciar cada centímetro de su cuerpo. Asimismo, sus andares denotan alguna clase de educación estricta; posiblemente se trate de un drow de origen noble. Su vestimenta y estilo varían dependiendo de la ocasión. Generalmente atuendos ceremoniales cuando desea representarse así mismo, armaduras más informales para aventuras o entrenamiento y vestimentas oscuras y cerradas que dejan mucho para la imaginación cuando quiere confundir o permanecer en el anonimato.
Personalidad:
El de Izhalit es un carácter marcado por su destino. Estirado, ambicioso y de negro corazón, obsesionado con la victoria, no solo reconoce su personalidad sino que además está plenamente convencido de que es como debe ser. Ve, lo que no es así, como algo frágil e indefenso y, en definitiva, inferior. Aunque pueda llegar a ser solitario, no se trata de una persona individualista; por encima de todas las cosas siente un apego especial por su pueblo y sus ancestros y ansía conducirlos hacia la gloria. Le interesa el pasado y siente una punzada en su interior cada vez que los drow sufren una derrota en sus objetivos de dominación.
Al estar lejos de los suyos, su adaptación a la superficie no le está resultando del todo satisfactoria. Armado con la paciencia del asesino, cree necesario ajustarse a los nuevos cambios y esperar, moldeando, mientras tanto, su alrededor de forma lenta pero incansable.
Historia:
Sombras. Magia. Oscuridad. Al deshacerse las partículas de la esfera elástica de Otiluke mis pies se clavaron en el suelo embaldosado del templo. Traté de regular rápidamente mi respiración; después, observé. A lo lejos y a los lados, siluetas en movimiento, contornos que se difuminaban con la forma de una estela. Eché a correr para guarecerme entre las tinieblas. Entre otras razones, había sido escogido por mi afinidad con ellas. Más que una habilidad natural, una relación. Unidos en perfecta simbiosis. El lazo irrompible de un asesino.
Un quejido. El primer sonido que llegaba a mis oídos. Alguien había caído. Decidí desplazarme de nuevo. Debía hacerlo tal y como lo aprendí. Rápido, pero no precipitado. Veloz, pero no apresurado. Mis articulaciones, respondiendo a mis instintos. Expresando, cada uno de mis movimientos, la ligereza de una pluma y la suave oscilación de quien controla y prepara su cuerpo para abordar cualquier circunstancia. Desplegué los brazos. Enfrente, un manchón de negrura superpuesto en el lienzo del entorno. Me abalancé sobre él con único ataque; determinante; definitivo. No me detuve. Continué atravesando el velo que separa el sueño de la pesadilla, más liviano incluso que antes. La confianza fluía por mis venas. Me daba alas.
Segundos después el resplandor intermitente de una luz mortecina se ofrecía a mis ojos. Lo seguí, como el barco que hace frente a la marea persiguiendo la señal del faro. Todavía avanzaba deprisa cuando se produjo el chasquido metálico de un mecanismo. Salté, cual resorte, hacia adelante, esquivando así la trampa activada accidentalmente. Una sucesión de zumbidos invadió mi espacio. Casi me aturdió, pero estaba cerca. Tan cerca que mi sonrisa comenzó a ampliarse. Le tenía. O eso creía. Si hubiese liberado mi mente me habría percatado del extraño brillo satinado de aquella sombra. Pero cuando mi arma penetró en ella ya fue demasiado tarde. Se disipó, esparciendo zarcillos oscuros en todas direcciones. Era un engaño. Una ilusión.
Desde atrás, el brazo de mi maestro rodeó al instante mi cuello. Sentí la presión asfixiante, y mis rodillas se flexionaron del mismo modo que las de un muñeco sin vida. Para él era algo sencillo, y quizá por ese motivo ni siquiera me resistí. <<Tu exceso de orgullo te pierde, mi estimado wanre>>, me dijo. Y a continuación, me soltó. Caí de rodillas mientras recuperaba el aliento, aceptando el resultado de aquella prueba.
Veleg’Ur, como se llamaba mi maestro, fue, desde siempre, el principal valedor de mi destino. Quizá por pertenecer a la estirpe de los Sareyar y, por ende, considerar que debía reclamar lo que era mío por derecho propio, nunca fui de los que se conforman con poco. A pesar de mi sangre noble, y de haber sido el resultado de una selección caprichosa pero favorable, los designios y las intrigas me fueron esquivos. En mi tierra natal todo transcurre dentro de una vasta red de telaraña. En ella se enredan los que no aprenden a seguir el ritmo. Algunos perecen; otros, sin embargo, viven para otro intento. Como uno de los caídos, mi error consistió en reivindicar una posición en los reinos de la infraoscuridad sin estar preparado para ello. Veleg’Ur me enseñó a entender mis fracasos y a repararlos haciendo de ellos el germen de nuevas fortalezas. Me apartó del falso bienestar proporcionado por los almohadones de seda y las sábanas ribeteadas para abrazar los principios de un artista del asesinato. Con él, descubrí recursos de los que sacar partido; los venenos mortales; las hojas ocultas; la utilidad de los tatuajes psiónicos y los cristales psi; el potencial de mi herencia ilythirii. Todo ello dispuesto para buscar la exquisitez en cada muerte y poder pisar con mis botas los salones que me fueron negados.
Pero no siempre se reservan los mejores deseos para los que ayudan. Veleg’Ur fue acusado de traición y condenado, y escapó a la superficie. Como su alumno, me obligaron a darle caza. Lo hiciesen para probarme o para quitarse otra molestia más de encima, nuestros filos se han de enfrentar irremediablemente, una vez más, en tierras extrañas. De nuevo sombras y oscuridad.