Lodriel
Pornorroleador en sequía
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Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo. -Epicuro
Arrancaba la hiera suavemente, a pequeños tirones, con la cornamenta inclinada pegando golpecitos contra la tierra. “toc, toc, toc”. Una leve brisa hacía mover su cola, molesta, ascendía por toda su grupa y seguia más allá. “toc, toc, toc”. Masticaba con tranquilidad, saboreando las tiernas hojas largo rato. Verde y fresca por el rocío de la madrugada, era la última hierba antes del invierno, antes de las heladas, “toc, toc, fiu”, la última hierba de su vida.
Cortó el aire, cortó la brisa, se clavó con tanta fuerza entre los ojos del animal, que le hizo dar dos pasos hacia atrás. No llegó a sentir dolor. La flecha le traspasó el cerebro antes de que éste le dijera que algo no iba bien.
Ururui se colocó el arco al hombro antes de acercarse al gran ciervo. Un hilillo de sangre caía por el morro del animal, hasta las hojas verdes que aun colgaban abrazadas entre sus dientes. Se agachó junto a él, miró sus ojos vacíos y le agradeció su muerte con una triste y delicada caricia en la oreja. Acto seguido, y en un contraste tan fuerte como el del hielo sobre vino caliente, rajó la garganta del animal y bebió su sangre para apoderarse de la sabiduría y el corazón del herbívoro. Había cosas que no cambiaban tan rápido.
Se disponía a sacarle la piel allí mismo, a preparar los pedazos de carne, a convertir al inocente animal en una reserva de varios dias de comida, cuando el cazador oyó algo a su espalda. Otro cazador.
Lo primero que le vino a la mente, traicionera, fueron un par de ojos rojos que había visto en el Bosque en los últimos dias, un par de ojos crueles que lo observaban siempre en el punto justo para no distinguir a la criatura con claridad. Lo primero que le vino al cuerpo, leal, fue sacar una de sus hachas con un movimiento experto mientras se giraba para enfrentarse a la criatura.
Paró el golpe en seco. Frente a él, a unos pies de distancia y recortado sobre el cielo, había un lobo. Era grande, de los más grandes que Ururui había visto nunca, con un pelaje negro y basto junto a mechones rojizos.
Unos ojos dorados, estrechados en rendijas, lo miraban desde la altura de la roca en la que estaba posado. Olisqueó nervioso, decidiendo entre el miedo y el hambre.
Ururui podría haberse basado en muchas cosas para hacer lo que hizo. Podría haberle impactado el inusual color del animal, y pensar una cosa. Podría haber reconocido la constelación que tachonaba el cielo justo por donde había venido el lobo, la constelación de Fenmarel, y pensar otra. Podría haberle extrañado que un lobo bajara a tan poca altura sobre el mar sin que fuera lo más crudo del invierno, y pensar una tercera. Podría haber pensado muchas cosas, tantas y tantos detalles como historias hay en los cuentos, pero por una vez, y equivocándose como siempre, pensó como otro animal, y fue más práctico.
El lobo queria su comida.
Dejó caer el hacha, sin dejar de mirar al animal, que permanecia a su vez alerta. Dejó caer el arco. Se desenganchó los cordones que amarraban las gruesas pieles que lo cubrian. Desnudo, enseñó lentamente los dientes.
El lobo se agachó con las orejas en punta y emitió un lento gruñido.
El elfo apoyó sus pies desnudos con fuerza en el barro y flexionó las piernas.
Se miraron.
Saltaron y se encontraron en el aire, el lobo con las patas por delante y las fauces abiertas, dispuesto a tumbar al bípedo, y éste intentando coger del cuello y la mandíbula al animal para rompérsela antes de que fuera tarde. Cayeron al suelo, en un nudo de patas, barro, piel y hambre salvaje. Gruñían, forcejeaban, la sangre salpicó el rostro de uno, los dientes de otro se llevaron piel y pelaje negro. Garras contra uñas, dos cuerpos preparados para el combate y la supervivencia envueltos en el silencio del bosque, mudo testigo de su combate a muerte y por la vida.
Ururui pegó un fuerte golpe en la cabeza del lobo e hizo que se tambaleara. Lo cogió por el hocico y retorció su cabeza hasta dejar expuesta la garganta, mientras con el otro brazo y las piernas hacía presión en el cuerpo del animal sobre el suelo. Con un gruñido salvaje, se inclinó sobre el vulnerable cuello del lobo e hincó los dientes en el.
Pero sólo lo necesario. El lobo emitió un aullido quejumbroso, vencido, se quedó quieto y sacó la lengua lamiéndose el hocico con ansiedad. Aún en esa posición, Ururui se meó sobre él, dejando que el líquido caliente empapara el fuerte pelo del animal ya preparado para el invierno que se avecinaba.
Se quedó quieto. Respirando pesadamente. El elfo, más salvaje que nunca, se levantó con pesadez de sobre el lobo. Estaba sudoroso y sanguinolento, pero excitado con un júbilo fruto de la victoria. Sin volverse a mirar al animal, seguro de que podía darle la espalda, se acercó al ciervo y arrancó con los dientes un par de pedazos de carne. Comió uno con deleite, ceremoniosamente, y lanzó otro al lobo. Este, arrastrandose hasta él, lo cogió con cuidado y luego más seguridad.
Se miraron de nuevo por un momento, mientras ambos masticaban. Habían hablado todo lo necesario.
Le llamó Ulfu'ur, y fue durante gran parte de su vida como un hermano para él.