Kravan
Enano con acento ruso
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- 9/9/09
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El retrato se balanceaba en sus manos, enrollado el pergamino mientras lo movía con gesto distraído, quizás hasta pensativo. Paraba, lo balanceaba, y volvía a parar, para abrirlo y ver el dibujo contenido en el mismo.
Le devolvía aquella mirada que ella había captado en el momento, mientras le preguntaba algunas cosas sobre sí mismo para hacerle más amena la espera. Los trazos se mostraban ante él, describiendo los contornos del cuerpo… pero era la mirada lo que más le llamaba la atención.
No pudo sino esbozar una sonrisa mientras su cabeza iba lejos en el tiempo, recordando momentos pasados que le hicieron llegar a quien era en ese momento, a cómo se movía, como actuaba.
Y allí, en mitad de una posada, con una jarra de cerveza en la mesa y mirando el retrato, empezó a recordar…
La vida era aburrida mientras pasaba silenciosa ante mis ojos, los gritos de padre eran continuos mientras me instaba a ayudarlo con el campo, los lamentos de madre eran ensordecedores mientras no paraba de decir que su primogénito no buscaba una buena mujer… y me cansaban.
Cada día vivía a mi aire: me despertaba cuando quería, comía lo que se me antojaba, bebía lo que el cuerpo me aguantaba y follaba con cuánta mujer quisiera. No había nada más, era la vida de alguien que no piensa en el mañana, que solo ve frente a él el momento y lo vive con deseo.
No tenía ambición alguna… como tenerla en un sitio como este, un pueblo apartado de la mano de cualquier dios, ajeno a lo que sucedía tras los límites que se habían impuesto sus habitantes.
Pero yo lo sabía, sabía que había más que quedaba lejos, más cosas que ver y sentir, más vida aparte de la que llevaba. Y aún así, la rutina me podía… volviéndose cada vez más aburrida, más insulsa. La cerveza ya no sabía igual, las mujeres estaban muy vistas y la vida en el hogar era cada vez peor.
Por eso cuando lo ví, en la taberna principal, supe que él era diferente.
Su sombrero de ala ancha, la gabardina oscura y el enorme espadón en su espalda lo delataban. Nadie más en la taberna se atrevía a mirarlo fijamente, sino que esquivaban su presencia mientras diversos susurros se escuchaban entre el silencio formado.
Bebía cerveza con la calma con la que alguien degusta algo delicioso tras mucho tiempo sin ello, no como todos los de allí que ponían malas caras al probar la birria de bebida que nos servían.
Me senté a su lado y me miró con uno de sus ojos, el otro permanecía cerrado con una gran cicatriz que le cubría desde la ceja hasta la mitad de la mejilla.
Una extraña sonrisa formó al verme, hablando luego con voz grave.
Ah la juventud, tesoro que muchos no aprecian en el momento… - dijo con una risa que retumbó en mi estómago – Si… tienes cara de sorpresa al verme. – dijo en evaluación.
No todos los días se ven tipos como tú. – dije con franqueza. Pude ver en su rostro la pregunta silenciosa: ¿Cómo yo? – Tipos que se nota que han vivido cosas. –
Ah sí, he vivido muchas cosas, no lo negaré… he saboreado la miel de la victoria y el amargor de la derrota, he vivido en mi piel mil aceros y he cortado mas cabezas que las que hay reunidas en este lugar, he follado con bellezas que nublarían tus ojos por días, he caminado ya tanto que ni recuerdo cuando empecé a hacerlo… - dijo con un tono de orgullo en su voz.
Adrenalina recorría mis dedos al escucharlo, sintiendo una emoción de saber más, de conocer como hizo para vivir todo eso.
Yo quiero vivir todo eso que decís. – dije, y sé que sonó como un tonto pues la emoción me hacía quebrar la voz un poco.
¿Si? ¿Cómo te llamas chico? – preguntó dando un nuevo trago a la cerveza, media jarra al momento.
Jeren. – respondí al momento.
Bien, Jeren… Si tanto quieres eso, ¿qué te retiene en este pueblucho de tres al cuarto? - dijo con una media sonrisa, mirandome para luego terminar lo que le quedaba de cerveza.
Fue como si algo se iluminara en mi cabeza. ¿Por qué no lo hacía? ¿Qué me ataba a este maldito lugar? La respuesta era simple, y obtenerla fue como quitarse un peso de encima.
Nada (música ambientación)
Y así fue como empecé mi nueva vida. Cogí algunas de mis cosas entre los gritos de mi familia, enloquecidos al ver como me iba, pero no les hice el mínimo caso y cerré de un portazo la puerta.
Él estaba cerca de la salida hacia el camino mas cercano, y alzó un poco el sombrero cuando me vió llegar.
¿Finalmente te irás? - preguntó. Asentí, alegando que nada me retenía en ese lugar. Sacó una sonora carcajada, grave - Entonces vive según lo que quieras. - alzó una mano y se alejó, silencioso como llegó.
Desde entonces he vivido como he querido. He tenido mejores días y peores, pero siempre según lo que he querido. Solo que esta vez ya no había familia que me retuviera, ni gente gritandome todo el día.
El hombre sonrió, enrollando nuevamente el pergamino y guardándolo. Por su cabeza empezaron a pasar las caras de algunas de las personas que había conocido desde entonces. Y mucho había visto: desde pequeños medianos, hasta bellas semielfas de cabellos blancos y hombres cuya altura harían temblar de miedo al mas valiente de los guerreros.
Si, nada quedaba de aquel que vivía sin vivir realmente. Ahora había cambiado y le gustaba el cambio.
Se llevó la jarra de cerveza a la boca y dio un trago. Quizás no fuera la mejor cerveza del mundo, pero sin duda, por su sabor esbozó una sonrisa al tomarla.
Y es que era el sabor de la libertad.
Le devolvía aquella mirada que ella había captado en el momento, mientras le preguntaba algunas cosas sobre sí mismo para hacerle más amena la espera. Los trazos se mostraban ante él, describiendo los contornos del cuerpo… pero era la mirada lo que más le llamaba la atención.
No pudo sino esbozar una sonrisa mientras su cabeza iba lejos en el tiempo, recordando momentos pasados que le hicieron llegar a quien era en ese momento, a cómo se movía, como actuaba.
Y allí, en mitad de una posada, con una jarra de cerveza en la mesa y mirando el retrato, empezó a recordar…
La vida era aburrida mientras pasaba silenciosa ante mis ojos, los gritos de padre eran continuos mientras me instaba a ayudarlo con el campo, los lamentos de madre eran ensordecedores mientras no paraba de decir que su primogénito no buscaba una buena mujer… y me cansaban.
Cada día vivía a mi aire: me despertaba cuando quería, comía lo que se me antojaba, bebía lo que el cuerpo me aguantaba y follaba con cuánta mujer quisiera. No había nada más, era la vida de alguien que no piensa en el mañana, que solo ve frente a él el momento y lo vive con deseo.
No tenía ambición alguna… como tenerla en un sitio como este, un pueblo apartado de la mano de cualquier dios, ajeno a lo que sucedía tras los límites que se habían impuesto sus habitantes.
Pero yo lo sabía, sabía que había más que quedaba lejos, más cosas que ver y sentir, más vida aparte de la que llevaba. Y aún así, la rutina me podía… volviéndose cada vez más aburrida, más insulsa. La cerveza ya no sabía igual, las mujeres estaban muy vistas y la vida en el hogar era cada vez peor.
Por eso cuando lo ví, en la taberna principal, supe que él era diferente.
Su sombrero de ala ancha, la gabardina oscura y el enorme espadón en su espalda lo delataban. Nadie más en la taberna se atrevía a mirarlo fijamente, sino que esquivaban su presencia mientras diversos susurros se escuchaban entre el silencio formado.
Bebía cerveza con la calma con la que alguien degusta algo delicioso tras mucho tiempo sin ello, no como todos los de allí que ponían malas caras al probar la birria de bebida que nos servían.
Me senté a su lado y me miró con uno de sus ojos, el otro permanecía cerrado con una gran cicatriz que le cubría desde la ceja hasta la mitad de la mejilla.
Una extraña sonrisa formó al verme, hablando luego con voz grave.
Ah la juventud, tesoro que muchos no aprecian en el momento… - dijo con una risa que retumbó en mi estómago – Si… tienes cara de sorpresa al verme. – dijo en evaluación.
No todos los días se ven tipos como tú. – dije con franqueza. Pude ver en su rostro la pregunta silenciosa: ¿Cómo yo? – Tipos que se nota que han vivido cosas. –
Ah sí, he vivido muchas cosas, no lo negaré… he saboreado la miel de la victoria y el amargor de la derrota, he vivido en mi piel mil aceros y he cortado mas cabezas que las que hay reunidas en este lugar, he follado con bellezas que nublarían tus ojos por días, he caminado ya tanto que ni recuerdo cuando empecé a hacerlo… - dijo con un tono de orgullo en su voz.
Adrenalina recorría mis dedos al escucharlo, sintiendo una emoción de saber más, de conocer como hizo para vivir todo eso.
Yo quiero vivir todo eso que decís. – dije, y sé que sonó como un tonto pues la emoción me hacía quebrar la voz un poco.
¿Si? ¿Cómo te llamas chico? – preguntó dando un nuevo trago a la cerveza, media jarra al momento.
Jeren. – respondí al momento.
Bien, Jeren… Si tanto quieres eso, ¿qué te retiene en este pueblucho de tres al cuarto? - dijo con una media sonrisa, mirandome para luego terminar lo que le quedaba de cerveza.
Fue como si algo se iluminara en mi cabeza. ¿Por qué no lo hacía? ¿Qué me ataba a este maldito lugar? La respuesta era simple, y obtenerla fue como quitarse un peso de encima.
Nada (música ambientación)
Y así fue como empecé mi nueva vida. Cogí algunas de mis cosas entre los gritos de mi familia, enloquecidos al ver como me iba, pero no les hice el mínimo caso y cerré de un portazo la puerta.
Él estaba cerca de la salida hacia el camino mas cercano, y alzó un poco el sombrero cuando me vió llegar.
¿Finalmente te irás? - preguntó. Asentí, alegando que nada me retenía en ese lugar. Sacó una sonora carcajada, grave - Entonces vive según lo que quieras. - alzó una mano y se alejó, silencioso como llegó.
Desde entonces he vivido como he querido. He tenido mejores días y peores, pero siempre según lo que he querido. Solo que esta vez ya no había familia que me retuviera, ni gente gritandome todo el día.
El hombre sonrió, enrollando nuevamente el pergamino y guardándolo. Por su cabeza empezaron a pasar las caras de algunas de las personas que había conocido desde entonces. Y mucho había visto: desde pequeños medianos, hasta bellas semielfas de cabellos blancos y hombres cuya altura harían temblar de miedo al mas valiente de los guerreros.
Si, nada quedaba de aquel que vivía sin vivir realmente. Ahora había cambiado y le gustaba el cambio.
Se llevó la jarra de cerveza a la boca y dio un trago. Quizás no fuera la mejor cerveza del mundo, pero sin duda, por su sabor esbozó una sonrisa al tomarla.
Y es que era el sabor de la libertad.