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Jesyassa: Donde los Cuervos Guardan Memoria.

Hell696

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Jesyassa fue criada en un clan dracónido en la falda de la cordillera Crag, en los frondosos bosques cercanos a Neverwinter. Aquel asentamiento no era grande, pero para ella era todo su mundo, donde la joven dracónida creció rodeada de los suyos, aprendiendo las costumbres de su pueblo.

Como todos los miembros del clan, desde pequeña fue instruida en los valores dracónidos: respeto por los ancianos, lealtad al clan y fortaleza ante la adversidad. Las jornadas se repartían entre entrenamiento, tareas comunitarias y la exploración de los bosques cercanos. Los mayores enseñaban a los jóvenes a manejar armas, a rastrear presas y a defender el hogar si alguna vez era necesario, un clan no era solo una familia para los dracónidos; era identidad, refugio y propósito.

Durante quince años su vida transcurrió con tranquilidad, hasta que llegó la noche en la que todo cambió. Fue una noche oscura y silenciosa. El bosque parecía extrañamente quieto, como si incluso los animales percibieran el peligro antes de que los dracónidos lo hicieran.

Cuando el ataque comenzó, fue brutal y repentino, una cábala nigromántica había encontrado el asentamiento. Nadie supo cómo ni cuándo los descubrieron, pero cuando los primeros gritos resonaron entre las casas del clan, ya era demasiado tarde.
Los muertos caminaban, cadáveres animados por magia profana avanzaban entre las chozas y empalizadas, guiados por los nigromantes que los controlaban desde la retaguardia. Esqueletos armados con armas oxidadas, cuerpos putrefactos que se arrastraban hacia los vivos, una pequeña horda que no conocía el cansancio ni el miedo.

Los dracónidos lucharon no eran criaturas que huyen de la batalla. Machos y hembras empuñaron sus armas para defender su hogar y a los suyos. El acero chocó contra huesos, las llamas iluminaron la noche y los rugidos de guerra resonaron en aquel lugar.

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Jesyassa también luchó, pero aquella no era una batalla que pudieran ganar. En medio del caos, una de aquellas criaturas consiguió atravesar su defensa. El golpe fue brutal. Sintió el impacto en el pecho y el dolor la recorrió como fuego. Sus piernas cedieron y cayó al suelo, mientras la batalla seguía a su alrededor.

La oscuridad terminó por llevársela, cuando cayó inconsciente, su cuerpo quedó tendido entre los muchos cadáveres de su clan y aquello fue irónicamente, lo que la salvó.

Cuando volvió en sí, el mundo estaba en silencio. Le costó abrir los ojos. Cada respiración era dolorosa, y el pecho ardía donde yacía la herida. Aun así consiguió incorporarse lentamente, apoyándose donde pudo..

Lo que vio a su alrededor fue un espectáculo de horror… Los cuerpos de su clan yacían esparcidos por el asentamiento. Algunos estaban destrozados, otros habían desaparecido. Las casas estaban saqueadas o destruidas, y el olor de la muerte impregnaba el aire.

Jesyassa quedó sola… Durante los días posteriores, la joven dracónida hizo lo único que podía hacer por los suyos, los enterró.

Con el cuerpo herido y el alma destrozada, cavó tumbas para cada uno de los que pudo recuperar. Uno por uno. Ancianos, guerreros, amigos de infancia,todos recibieron sepultura bajo la tierra del lugar que había sido su hogar.

Cuando terminó, sin nada que la retuviera allí, Jesyassa abandonó el lugar. Se adentró en el bosque, hambrienta, sola, perdida y herida. No sabía adónde ir, pero sí sabía qué sentía, dolor y odio.

El recuerdo de lo ocurrido la perseguía en cada paso. Aquellos nigromantes… aquellas criaturas que habían profanado a los muertos y destruido su clan. Pero su cuerpo estaba demasiado débil para sostener aquella rabia, la herida del pecho seguía abierta bajo las vendas improvisadas, y el hambre y el agotamiento hacían que su visión se volviera cada vez más borrosa. Finalmente, sus fuerzas la abandonaron y Jesyassa cayó al suelo en medio de su camino a alguna parte, inconsciente.

Fue entonces cuando le pareció soñar… En medio de una oscuridad sin forma, algo la observaba, un cuervo. La criatura no decía nada, pero su presencia era imposible de ignorar. En aquel sueño borroso, las imágenes de la destrucción de su clan comenzaron a repetirse una y otra vez ante sus ojos. Los gritos, los muertos caminando, la sangre en la tierra…

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​
Entre las imágenes, una frase resonó en su mente como un susurro que atravesaba la oscuridad:

“Véngate… esa es tu misión”

Y la oscuridad se desvaneció en una luz cegadora.

Jesyassa abrió los ojos, estaba tumbada en una cama sencilla dentro de una pequeña casa. Tardó unos instantes en comprender que no estaba muerta. El dolor en su pecho seguía presente, pero ahora la herida estaba vendada correctamente.

Un hombre de avanzada edad estaba sentado cerca de ella, había sido él quien la había encontrado. Cuando Jesyassa intentó incorporarse, el dolor la obligó a detenerse con un siseo involuntario. El anciano le explicó con calma que la había hallado inconsciente en el bosque y que la había llevado a su hogar para cuidarla.

Según sus palabras, su destino aún no había terminado. Durante su recuperación, Jesyassa permaneció con aquel hombre. Él cuidó de sus heridas y le ofreció refugio mientras recuperaba fuerzas. Con el paso de los días, comenzaron a hablar más.

Fue entonces cuando el anciano le habló de una fe que Jesyassa no conocía. La fe en la reina cuervo…

El hombre era uno de sus devotos. Le explicó que la muerte era parte del orden natural del mundo, un destino inevitable para todos los seres vivos. Pero también le habló de aquellos que profanaban ese orden: los nigromantes que levantaban cadáveres y las criaturas que escapaban al destino que les correspondía.

Jesyassa escuchó y comprendió que lo que había ocurrido a su clan no había sido solo una matanza, había sido una profanación.

Durante años permaneció junto al anciano. Aprendió de él, rezó junto a él y escuchó historias sobre la Matrona de los Cuervos y su dominio sobre el destino de los muertos. El odio que una vez había ardido sin control dentro de ella se transformó en algo diferente, un propósito… Cuando cumplió veinte años, Jesyassa tomó una decisión.

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Ante el recuerdo de su clan y bajo la mirada de la Reina Cuervo, hizo un voto y un juramento de venganza. Cumpliría los designios de su diosa y perseguiría a la no-muerte que tanto le había arrebatado. Destruiría a aquellos que escapaban al destino que debía llegar a todos.

Un año más tarde, el anciano falleció, Jesyassa lo enterró con el mismo respeto con el que había enterrado a los miembros de su clan. Para ella, aquel hombre había sido más que un salvador. Había sido su guía y conexión con la matrona.

Tras despedirse de él, partió sola hacia Neverwinter… Allí encontraría a otro siervo de la Matrona, Alexander. Con él comenzaría a forjar un nuevo vínculo, una nueva hermandad nacida no de la sangre, sino de un propósito compartido.

Sus aventuras y desventuras cumpliendo los designios de la Reina Cuervo los guiarán a Amn, Athkatla, donde su historia seguirá escribiéndose...
 

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