Clementine
Cuenta secreta evidente
- Registrado
- 5/12/10
- Mensajes
- 4
- Edad
- 35
Descripción del personaje
Nombre: Kala Yana.
Raza: Semielfa.
Edad: 15-16 años.
Altura: 1,70 m
Peso: 50 kg.
Color de ojos: Azul verdoso.
Cabello: largo, de un negro intenso.
Kala Yana: Sangre a la sangre. Herencia a la herencia.
Rumores de un pasado quejumbroso.
El viento soplaba con fuerza en la ciudad. Niños y adultos rodeaban una figura que destacaba sobre las demás. Sentada en un escenario improvisado de madera, se encontraba el Trovador. Sonreía para sí, sabiendo que había logrado llegar a la plebe con sus historias del norte. Cerró ligeramente los ojos y repitió de nuevo:
- ¿Queréis pues oír el fascinante cantar del reencuentro de una joven y su dracónica sangre? - imprimiendo en cada palabra un deje morboso. Un murmullo polémico recorrió el público. El trovador sonrió de nuevo. - ¿Qué respuesta es esa? Si en esta ciudad no quieren los habitantes estar enterados, ¡Con el viento iré a la siguiente! ¡Y ellos darán más piezas de oro y una mayor atención a las historias que los dragones escriben en sus vidas! - Y entonces se cruzó de brazos divertido. El público comenzó a discutir entre sí, con los ojos abiertos como platos. De entre ellos se abrió entonces paso un hombre y depositó un saco frente a él. Al tomar contacto con la tarima sonaron las monedas, contantes y sonantes.
- Contadla por favor - Susurró aquel hombre. El trovador lo observó largamente y su mirada paseó después entre cada una de las cabezas que tenía frente a él. Varias personas imitaron al primer valiente, y la cantidad de oro comenzó a crecer como la hiedra. El trovador sonrió de nuevo, se puso en pie, lanzando una bomba de humo, y antes de que esta se disipara, una voz ambiental, profunda, dramática y sonora, surcó el aire. El gentío calló. Comenzó la historia.
- El Gran Pantano- alargando las manos frente a él, a fin de expresar la extensión del lugar que iba a describir - ¡Y de una familia como tú, y como yo! ¡Una familia de humanos! ¡Adhelia Robin! La hija de esta familia que menciono- hace una pausa para mirar directamente a los ojos de los osados que se han puesto en primera fila- ¡Ah! Una humana de extraordinaria belleza en un clan de druidas. Una humana con vocación por la espada, Y nada que la atara a su familia.
(…)
Solo que ella no poseía ningún atributo de la que debiera ser su herencia. Era la semilla muerta de los druidas. La fauna no acudía a ella y a su vez, ella no sentía estímulo alguno observando las ciénagas que se abrían paso frente a ella. Pronto sus padres le encargaron faenas cada vez más peligrosas, esperando que fuera la naturaleza quien la arrancara del seno de aquel pueblo, en el cual había dejado de ser bienvenida.
Oh, pero los elementos parecían fundirse en ella. El cabello, negro como el carbón más profundo de la tierra, enmarcaba un rostro liderado por ojos de niebla y labios del color del fuego. Una piel vaporosa, casi etérea, fluía como el viento por aquellas laderas, encarnando su carne. Subiendo y bajando montañas, esquivando animales que no pretendían tratarla como a una igual. Y una presencia humana tan extraña, más allá de las ruinas de la ciudad de los yuan-ti que habitaban las Colinas de la Serpiente. Es necesario mentar que el corazón de nuestra protagonista encerraba una nobleza pura. Una bondad infinita. La joven mujer amaba al pueblo al que pertenecía, a pesar de ser repudiada, enviada a la muerte en cada recado.
Desde Secómber hasta Serpecapuz se extendían, en aquel tiempo, los rumores de que el poblado de druidas que se atrevía a vivir en el Gran Pantano era hostigado desde hacía décadas por un dragón negro. Una mayor sierpe que había estado diezmando la población, pues su condición a cambio de dejarlos vivir en la zona consistía en que se le fueran entregadas las jóvenes en edad fértil de la aldea. Cada año, el dragón drenaba las riquezas de las gentes que vivían en aquel lugar, y escogía a una de las hijas del pueblo. Como la fecha de la aparición del dragón era inexacta, Adhelia había tenido la buena (o mala) fortuna de encontrarse fuera del campamento en alguno de los intentos encubiertos de homicidio que su familia llevaba a cabo contra ella diariamente. Nada les hubiera gustado más a los familiares de la chiquilla que entregarla al dragón para que fuera devorada. El fruto de tanto odio hacia Adhelia conocía su origen en el descubrimiento de que era fruto de una infidelidad. Poco importaba que la mujer hubiera crecido honrando a su padre, aún sin ser su padre biológico.
Adhelia estaba al corriente de la situación en la que se encontraban sus allegados, y llevaba años confeccionando su propia armería con el fin de darle muerte al dragón. Encontrar su territorio no era difícil, la ciénaga en la que vivía desprendía un hedor especial. Había ido allí varias veces, los restos de los cadáveres de las jóvenes flotaban en las aguas pútridas. Nadie en el campamento se había dignado a creerla o seguirla. ¿Cómo iba ella a dar con el escondrijo del dragón? El dragón gustaba de dejarlas allí luego de matarlas, pues ni siquiera estaba entre sus preferencias devorar carne humana. Dejaba los cuerpos pudrir el agua y ahuyentar con su fuerte olor a criaturas poco deseadas. El móvil de estas acciones estaba simplemente en demostrar que podía hacerlo. Pero esa situación había llegado a su fin aquel día. Adhelia se despertó entre las pieles.
El sol parecía estar de su parte. Tomó la armadura que había conseguido extraer de las ruinas de la Colina de la Serpiente años atrás. Ligeramente abollada y con el brillo del metal ya desgastado, e incluso mohoso, le parecía más que suficiente para enfrentar a la sierpe y traer paz a su gente… y reconocimiento a sí misma. Tomó la larga espada de entre las rocas donde la dejaba reposar. Y marchó con paso firme. Nadie le preguntó a dónde iba, como era habitual. Sus pasos sonaban ahogados en la ciénaga. Y pronto el hedor llegó hasta su olfato. Era insostenible. La mareaba. El olor ácido del entorno. Los cadáveres. Caminó bordeando las orillas y apartando los cuerpos, la entrada al lugar donde vivía el dragón estaba escondida por la vegetación, pero por suerte, se encontraba en la superficie. La chiquilla se sumergió en el pantano, luchando por no hundirse. La espada y la armadura la empujaban hacia el fondo. Sus manos se aferraron a las rocas de la entrada. Pero la entrada conducía a las profundidades… Adhelia suspiró. Debía tanto a aquel poblado… Aquello no era una decisión tomada al azar. No sabía a dónde conducía el túnel. Y si no llevaba a ninguna otra superficie, aun subacuática, donde poder respirar… moriría. Pero había llegado hasta allí. Había tomado una decisión. Y pensaba seguir adelante. Sumergió la cabeza, sus manos se soltaron de la piedra y comenzó a dejarse hundir, utilizando los brazos apenas para planear en el agua. Era un camino a ciegas.
Ni tragar agua ni abrir los ojos. Tenía muy claro que de hacerlo moriría. Podía oler el veneno desde que metros de distancia de la orilla. Un túnel, un giro a la izquierda, más túnel… y ninguna cavidad donde la roca dejara una burbuja de aire. Sus movimientos se volvieron pesados, lentos, y su orientación cada vez más débil… hasta que la propia voz de su cabeza se apagó. Entonces algo tiró de su cuerpo inconsciente. Una forma negra, cadavérica que había permanecido fundida entre las algas todo el tiempo, con sus ojos clavados en ella.
La cueva parecía revestida de ébano, las rocas de las paredes eran oscuras como la pizarra, y el brillo verduzco de las aguas las iluminaba tenuemente. Cuando Adhelia despertó, se encontró en una rudimentaria jaula confeccionada con grandes huesos y cadáveres, frente a ella, el largo rostro del dragón la observaba detenidamente.
- ¿Quién eres tú…?- rugió la voz ronca del dragón. Sus hundidos ojos parecían brillar de diversión.
Adhelia no respondió. Apretando la mandíbula comenzó a embestir la jaula, intentando echarla abajo. El reptil comenzó a emitir un sonido amenazante, perdiendo la paciencia. Entonces abrió las alas de par en par y se abalanzó contra la jaula. Su hocico se abrió camino entre los cuerpos y quedó a escasos centímetros de la nariz de Adhelia, que había caído de espaldas.
- ¿Qué haces en mi ciénaga, niña? No podrás rescatar ningún cadáver.
- Vengo a matarte- Respondió Adhelia en un fino hilo de voz. El dragón estiró la piel que cubría las encías de los colmillos, esbozando algo similar a una sonrisa.
- ¿A matarme…? ¿Con tus manos?- El reptil abrió las fauces en una risa atronadora. De repente se detuvo en seco y alejó el morro de la mujer para hablar cómodamente. Su voz parecía un siseo fantasmal, que retumbaba en toda la cueva.- Oh… espera… Yo te he visto por estas tierras…- La pupila rasgada de los ojos de la sierpe parecían atravesar a Adhelia.- Tú eres la chica de la que el clan quiere librarse… ¿A eso te han enviado, a morir?
- En absoluto. He venido por mi propio pie. Y voy a matarte. Librarás a mi clan y los dejarás en paz- El tono de voz de la mujer era patéticamente rígido, a pesar de hallarse tirada en el suelo y desarmada. El dragón se relamió la barbilla rescatando una gota de ácido que estaba a punto de caérsele, y entornó los ojos.- Vengo a castigar vuestra maldad. Vengo a daros muerte- Siguió Adhelia.
- Es una lástima que no tenga intención de hacer eso… En cuanto a ti… -La garra del dragón rodeó la cintura de Adhelia y la levantó hasta llevarla a la altura de su cabeza.- No puedes matarme. Eres débil. Una nefasta estratega.- El dragón cerró un instante los ojos y los abrió de nuevo, brillando de diversión- Amas a tu aldea… ¿No es cierto? La amas más que nada… -Adhelia se revolvía en la zarpa del dragón, sin entender el razonamiento que se estaba llevando a cabo en su mente perversa.- ¿Sabes…? Matarte sería tan fácil como hacer la presión adecuada en tus costillas, humana… Pero sería tan aburrido como fue matar a todas las mujeres que viste flotando ahí fuera. –Su voz comenzaba a suavizarse. Una idea tomaba forma en sus palabras- Es muy difícil encontrar una hembra en el páramo en etapa fértil. Son agresivas y poco agradecidas…
La mujer volvió la cabeza al dragón con estupor. Esa era la expresión horrorizada que él esperaba ver. La joven comenzó a suplicar y chillar, intentando liberarse en vano de la garra que la aprisionaba. El reptil sonrió ampliamente, y acercó la mano libre a la cabeza de Adhelia.
- Viniste a darme muerte y engendrarás una vida.- Sentenció, y cuando parecía que sus garras iban a acariciar los negros cabellos de Adhelia, la zarpa del índice golpeó un punto exacto en la nuca de la humana. Y Adhelia perdió el conocimiento.
Cuando la humana despertó, aún permanecía en la cueva, solo que el dragón se había tomado la molestia de aprisionarla con mayor seguridad. Sus manos y piernas estaban hundidas en la pared del habitáculo, y un fuerte dolor abdominal se apoderaba de ella. Así pasó los primeros meses de gestación, mientras el dragón la alimentaba de carne cruda, cuya piel era retirada para llevarse consigo el agua infecta del pantano. La única razón por la que no se negaba a comer y morir allí mismo era la razón con la que el dragón había contado. Jamás dejaría morir una vida que estaba a su cargo, una vida que era fruto de ella, y que dependía de ella por entero, aún siendo un engendro. La diversión sádica y paciente del dragón crecía con los meses, en los cuales le dedicaba conversaciones a la chica a fin de que no se volviera loca y fuera perfectamente consciente de lo que le estaba ocurriendo, pero se permitía el lujo de llevar a morir a sus presas allí, para que los gritos de la mujer especiaran el ambiente.
Cuando el embarazo estaba a punto de cumplirse, el mismo dragón llevó consigo a Adhelia y la dejó en el poblado. Todos se extrañaron al verla, la daban por muerta y ahora traía consigo otra vida. El trato con ella no varió hasta que llegó el momento de dar a luz, en el cual Adhelia debió asistirse a sí misma. Cuando el clan vio lo que traía consigo decidieron deshacerse de ambos. Adhelia era incapaz de creer que el pequeño bastardo pudiera ser malvado por sí mismo. Impulsada por el amor que le tenía a su retoño, lo abandonó en una canasta en el bosque, cerca de los campos de cultivo, esperando que algún campesino se apiadara de él y lo criara. Adhelia fue capturada por su propia familia, y su desobediencia se penalizó con la muerte.
Por otro lado, una familia encontró al niño abandonado y lo crió en su hogar. El niño creció y se desarrolló desarrollando una gran maldad, y tomando a la hija del matrimonio por esposa mediante la coacción. Del encuentro, y de los encuentros de los productos de ese encuentro, nacieron más individuos, todos diestros con la magia como el que más. Heredando rasgos característicos como la lengua bífida o las pupilas rasgadas, pero ganando atractivo generación tras generación. Una de las ramas generacionales, Roth Yana, se hallaba en un burdel una noche cualquiera. La prostituta con quien yacía respondía al nombre de Neraya. Una elfa de extraordinaria belleza que había sido capturada de SiempreUnidos por el grupo de mercenarios que regentaban el burdel. Algo había cautivado a Roth de aquella mujer. Su cabello negro, más negro que la noche y sus ojos, del color de una estrella.
Mirar a Neraya era como observar un recuerdo ancestral. De modo que el bardo, de los mismos rasgos que la mujer con quien estaba acostado, se había enamorado de ella. El amor parpadeante de un bardo. La amaba lo suficiente como para acostarse con ella, y su desapego era el suficiente como para no intentar salvarla. Aunque más tarde no le quedaría más remedio, pues Neraya quedó embarazada. Y corrió al hospicio en el cual escribía Roth, llorando desconsolada, informándole de que iban a matarla, de que esperaba un hijo suyo, pues no había sido frecuentada por nadie más. Roth hizo una mueca de desagrado y negó con la cabeza. Algo le invitó a esperar al nacimiento de la niña. Y una vez hubo cumplido, ya lejos del burdel, y lejos de las amenazas, marchó de nuevo. Neraya consideró a la niña un regalo de Corellon, pues le había servido para liberarse y volver de nuevo a su tierra.
Y el nombre que le puso fue Kala. Kala Yana.
/El trovador dio por terminada la historia y escrutó al público. El silencio comenzó a morir a medida que el estallido de aplausos crecía. Entonces recogió tranquilamente los sacos de oro, se acomodó el sombrero, y sin expresión alguna atravesó la ciudad hasta salir por la puerta. Le disgustaba ganarse la vida a costa del disfrute que la plebe saborea de las desgracias ajenas. Pero de algún modo debía ganarse la vida.
Kala Yana había crecido en Siempreunidos con los atributos de su madre. La joven, de carácter fuerte y tendencia a cometer agresiones entre los vecinos, dejó de ser bien recibida en el poblado. Se rumoreaba por las calles que su lengua había sido partida en dos, como el engendro de un demonio. Incluso se decía de ella que no proyectaba sombra sobre el asfalto bajo las luces del ocaso. Este, como otros tantos rumores hacia su persona, eran falsos. Bastantes de ellos promulgados por pretendientes rechazados, en su mayoría viajeros, que quedaban prendados de la belleza exótica de la muchacha, que más que ser reflejo de su madre, era un retrato de quien fue su fatídico antepasado, Adhelia Robin. Pero poca nobleza había quedado en su corazón.
Quienes se hubieron criado con Kala, sabían que la hermosa muchacha era una déspota, ambiciosa y retorcida, y pocas eran las desgracias que conseguían conmover su alma. Y el desprecio por aquellas gentes era patente, bajo la dolida mirada de su madre. Paseaba por las calles atravesando con la mirada a los viandantes con sus perlados ojos, entre verdes y azules. Su cabello, negro como el ónix, relucía con reflejos azules al sol. Y su piel, esta sí heredada de su progenitora, era fina, aterciopelada y clara como el agua. Kala acostumbraba también a hacer exhibiciones de extravagancia en público, tales como hacer uso de su poder innato con la magia para cosas banales, ya fuera pasar las páginas de los libros o ceñirse los correajes de los pintorescos trajes que mandaba confeccionar. Todas estas acciones no hacían más que alimentar el ánimo de las gentes de poco saber, que se apoyaban en el argumento de que era fruto de una relación demoníaca. Cuando la joven comenzó a padecer graves fiebres, y gritar en sueños, su madre decidió que no podía seguir en aquel lugar.
Neraya despidió a su hija dándole gran parte del oro que había podido reunir a lo largo de su vida, un corcel y una capa élfica para resguardarla del frío. Kala avanzó sin rumbo por los caminos durante dekhanas. Atravesando fugazmente ciudades y aldeas, recogiendo conocimientos de todas aquellas culturas. Formas de pensamiento. Sin mencionar palabra alguna, más que su propia mente, la joven adquirió sabiduría de los relatos de los ancianos. De las vivencias de los eruditos. Dragones. Como aquella figura negra. Una figura negra que le susurraba, siseante: “ve a donde tus pasos te guíen.
Escucha tu historia. Sé quién eres, bajo el orgullo y protección de mi ala:”
Las lunas habían huido varias veces del cielo cuando la encapuchada Kala llegó a una nueva ciudad. Las calles estaban desiertas. Los tenderos habían dejado el mercado sin vigilar. Se aproximó a uno de los canastos expuestos y tomó de él una manzana. Sus afilados dientes se hundieron en la roja y dulce piel con la facilidad con que una piedra desaparece en el fondo del río ¿Fruta fresca en una ciudad muerta? Sus pasos la condujeron a la plaza central. Una voz, casi imperativa, se elevaba en el aire con fervor. Niños y adultos rodeaban una figura que destacaba sobre las demás. Sentada en un escenario improvisado de madera, se encontraba el Trovador. Sonreía para sí, sabiendo que había logrado llegar a la plebe con sus historias del norte…
- “¿Queréis pues oír el fascinante cantar del reencuentro de una joven y su dracónica sangre…? “
Kala tomó asiento tranquilamente entre el gentío absorto en el relato. Algunas cabezas se volvieron cuando el relato de aquel hombre parecía describir su persona. Las pupilas de la joven se dilataron. La manzana rodó por el suelo mientras artesanos y niños explotaban en aplausos y vítores. En completo silencio, la figura de la semielfa se ciñó a las mejillas la capucha de la tupida capa, protegiéndose de algo más que el frío de la Marca, y poniéndose en pie abandonó el lugar, y se prometió no volver.
Una vez de nuevo en el camino las preguntas inundaron su mente. ¿Coincidencia? ¿Era Kala Yana un nombre común? ¿Cuántas ciudades estarían avisadas de su presencia? Debía huir. Huir a la ciudad más perdida. Una enorme fortaleza se abrió paso ante ella mientras debatía consigo misma. Bajó del caballo con decisión y miró el cartel que bautizaba aquel lugar: “Amn, ciudad de la moneda”. Viajeros salían y entraban por las enormes puertas de madera. La semielfa meditó un instante, antes de entender que había llegado al lugar adecuado, y mientras sus pasos la conducían al interior de la ciudad, una última frase del trovador se reprodujo en su mente:
“Y el nombre que le puso fue Kala. Kala Yana.”
Nombre: Kala Yana.
Raza: Semielfa.
Edad: 15-16 años.
Altura: 1,70 m
Peso: 50 kg.
Color de ojos: Azul verdoso.
Cabello: largo, de un negro intenso.
Kala Yana: Sangre a la sangre. Herencia a la herencia.
Rumores de un pasado quejumbroso.
El viento soplaba con fuerza en la ciudad. Niños y adultos rodeaban una figura que destacaba sobre las demás. Sentada en un escenario improvisado de madera, se encontraba el Trovador. Sonreía para sí, sabiendo que había logrado llegar a la plebe con sus historias del norte. Cerró ligeramente los ojos y repitió de nuevo:
- ¿Queréis pues oír el fascinante cantar del reencuentro de una joven y su dracónica sangre? - imprimiendo en cada palabra un deje morboso. Un murmullo polémico recorrió el público. El trovador sonrió de nuevo. - ¿Qué respuesta es esa? Si en esta ciudad no quieren los habitantes estar enterados, ¡Con el viento iré a la siguiente! ¡Y ellos darán más piezas de oro y una mayor atención a las historias que los dragones escriben en sus vidas! - Y entonces se cruzó de brazos divertido. El público comenzó a discutir entre sí, con los ojos abiertos como platos. De entre ellos se abrió entonces paso un hombre y depositó un saco frente a él. Al tomar contacto con la tarima sonaron las monedas, contantes y sonantes.
- Contadla por favor - Susurró aquel hombre. El trovador lo observó largamente y su mirada paseó después entre cada una de las cabezas que tenía frente a él. Varias personas imitaron al primer valiente, y la cantidad de oro comenzó a crecer como la hiedra. El trovador sonrió de nuevo, se puso en pie, lanzando una bomba de humo, y antes de que esta se disipara, una voz ambiental, profunda, dramática y sonora, surcó el aire. El gentío calló. Comenzó la historia.
- El Gran Pantano- alargando las manos frente a él, a fin de expresar la extensión del lugar que iba a describir - ¡Y de una familia como tú, y como yo! ¡Una familia de humanos! ¡Adhelia Robin! La hija de esta familia que menciono- hace una pausa para mirar directamente a los ojos de los osados que se han puesto en primera fila- ¡Ah! Una humana de extraordinaria belleza en un clan de druidas. Una humana con vocación por la espada, Y nada que la atara a su familia.
(…)
Solo que ella no poseía ningún atributo de la que debiera ser su herencia. Era la semilla muerta de los druidas. La fauna no acudía a ella y a su vez, ella no sentía estímulo alguno observando las ciénagas que se abrían paso frente a ella. Pronto sus padres le encargaron faenas cada vez más peligrosas, esperando que fuera la naturaleza quien la arrancara del seno de aquel pueblo, en el cual había dejado de ser bienvenida.
Oh, pero los elementos parecían fundirse en ella. El cabello, negro como el carbón más profundo de la tierra, enmarcaba un rostro liderado por ojos de niebla y labios del color del fuego. Una piel vaporosa, casi etérea, fluía como el viento por aquellas laderas, encarnando su carne. Subiendo y bajando montañas, esquivando animales que no pretendían tratarla como a una igual. Y una presencia humana tan extraña, más allá de las ruinas de la ciudad de los yuan-ti que habitaban las Colinas de la Serpiente. Es necesario mentar que el corazón de nuestra protagonista encerraba una nobleza pura. Una bondad infinita. La joven mujer amaba al pueblo al que pertenecía, a pesar de ser repudiada, enviada a la muerte en cada recado.
Desde Secómber hasta Serpecapuz se extendían, en aquel tiempo, los rumores de que el poblado de druidas que se atrevía a vivir en el Gran Pantano era hostigado desde hacía décadas por un dragón negro. Una mayor sierpe que había estado diezmando la población, pues su condición a cambio de dejarlos vivir en la zona consistía en que se le fueran entregadas las jóvenes en edad fértil de la aldea. Cada año, el dragón drenaba las riquezas de las gentes que vivían en aquel lugar, y escogía a una de las hijas del pueblo. Como la fecha de la aparición del dragón era inexacta, Adhelia había tenido la buena (o mala) fortuna de encontrarse fuera del campamento en alguno de los intentos encubiertos de homicidio que su familia llevaba a cabo contra ella diariamente. Nada les hubiera gustado más a los familiares de la chiquilla que entregarla al dragón para que fuera devorada. El fruto de tanto odio hacia Adhelia conocía su origen en el descubrimiento de que era fruto de una infidelidad. Poco importaba que la mujer hubiera crecido honrando a su padre, aún sin ser su padre biológico.
Adhelia estaba al corriente de la situación en la que se encontraban sus allegados, y llevaba años confeccionando su propia armería con el fin de darle muerte al dragón. Encontrar su territorio no era difícil, la ciénaga en la que vivía desprendía un hedor especial. Había ido allí varias veces, los restos de los cadáveres de las jóvenes flotaban en las aguas pútridas. Nadie en el campamento se había dignado a creerla o seguirla. ¿Cómo iba ella a dar con el escondrijo del dragón? El dragón gustaba de dejarlas allí luego de matarlas, pues ni siquiera estaba entre sus preferencias devorar carne humana. Dejaba los cuerpos pudrir el agua y ahuyentar con su fuerte olor a criaturas poco deseadas. El móvil de estas acciones estaba simplemente en demostrar que podía hacerlo. Pero esa situación había llegado a su fin aquel día. Adhelia se despertó entre las pieles.
El sol parecía estar de su parte. Tomó la armadura que había conseguido extraer de las ruinas de la Colina de la Serpiente años atrás. Ligeramente abollada y con el brillo del metal ya desgastado, e incluso mohoso, le parecía más que suficiente para enfrentar a la sierpe y traer paz a su gente… y reconocimiento a sí misma. Tomó la larga espada de entre las rocas donde la dejaba reposar. Y marchó con paso firme. Nadie le preguntó a dónde iba, como era habitual. Sus pasos sonaban ahogados en la ciénaga. Y pronto el hedor llegó hasta su olfato. Era insostenible. La mareaba. El olor ácido del entorno. Los cadáveres. Caminó bordeando las orillas y apartando los cuerpos, la entrada al lugar donde vivía el dragón estaba escondida por la vegetación, pero por suerte, se encontraba en la superficie. La chiquilla se sumergió en el pantano, luchando por no hundirse. La espada y la armadura la empujaban hacia el fondo. Sus manos se aferraron a las rocas de la entrada. Pero la entrada conducía a las profundidades… Adhelia suspiró. Debía tanto a aquel poblado… Aquello no era una decisión tomada al azar. No sabía a dónde conducía el túnel. Y si no llevaba a ninguna otra superficie, aun subacuática, donde poder respirar… moriría. Pero había llegado hasta allí. Había tomado una decisión. Y pensaba seguir adelante. Sumergió la cabeza, sus manos se soltaron de la piedra y comenzó a dejarse hundir, utilizando los brazos apenas para planear en el agua. Era un camino a ciegas.
Ni tragar agua ni abrir los ojos. Tenía muy claro que de hacerlo moriría. Podía oler el veneno desde que metros de distancia de la orilla. Un túnel, un giro a la izquierda, más túnel… y ninguna cavidad donde la roca dejara una burbuja de aire. Sus movimientos se volvieron pesados, lentos, y su orientación cada vez más débil… hasta que la propia voz de su cabeza se apagó. Entonces algo tiró de su cuerpo inconsciente. Una forma negra, cadavérica que había permanecido fundida entre las algas todo el tiempo, con sus ojos clavados en ella.
La cueva parecía revestida de ébano, las rocas de las paredes eran oscuras como la pizarra, y el brillo verduzco de las aguas las iluminaba tenuemente. Cuando Adhelia despertó, se encontró en una rudimentaria jaula confeccionada con grandes huesos y cadáveres, frente a ella, el largo rostro del dragón la observaba detenidamente.
- ¿Quién eres tú…?- rugió la voz ronca del dragón. Sus hundidos ojos parecían brillar de diversión.
Adhelia no respondió. Apretando la mandíbula comenzó a embestir la jaula, intentando echarla abajo. El reptil comenzó a emitir un sonido amenazante, perdiendo la paciencia. Entonces abrió las alas de par en par y se abalanzó contra la jaula. Su hocico se abrió camino entre los cuerpos y quedó a escasos centímetros de la nariz de Adhelia, que había caído de espaldas.
- ¿Qué haces en mi ciénaga, niña? No podrás rescatar ningún cadáver.
- Vengo a matarte- Respondió Adhelia en un fino hilo de voz. El dragón estiró la piel que cubría las encías de los colmillos, esbozando algo similar a una sonrisa.
- ¿A matarme…? ¿Con tus manos?- El reptil abrió las fauces en una risa atronadora. De repente se detuvo en seco y alejó el morro de la mujer para hablar cómodamente. Su voz parecía un siseo fantasmal, que retumbaba en toda la cueva.- Oh… espera… Yo te he visto por estas tierras…- La pupila rasgada de los ojos de la sierpe parecían atravesar a Adhelia.- Tú eres la chica de la que el clan quiere librarse… ¿A eso te han enviado, a morir?
- En absoluto. He venido por mi propio pie. Y voy a matarte. Librarás a mi clan y los dejarás en paz- El tono de voz de la mujer era patéticamente rígido, a pesar de hallarse tirada en el suelo y desarmada. El dragón se relamió la barbilla rescatando una gota de ácido que estaba a punto de caérsele, y entornó los ojos.- Vengo a castigar vuestra maldad. Vengo a daros muerte- Siguió Adhelia.
- Es una lástima que no tenga intención de hacer eso… En cuanto a ti… -La garra del dragón rodeó la cintura de Adhelia y la levantó hasta llevarla a la altura de su cabeza.- No puedes matarme. Eres débil. Una nefasta estratega.- El dragón cerró un instante los ojos y los abrió de nuevo, brillando de diversión- Amas a tu aldea… ¿No es cierto? La amas más que nada… -Adhelia se revolvía en la zarpa del dragón, sin entender el razonamiento que se estaba llevando a cabo en su mente perversa.- ¿Sabes…? Matarte sería tan fácil como hacer la presión adecuada en tus costillas, humana… Pero sería tan aburrido como fue matar a todas las mujeres que viste flotando ahí fuera. –Su voz comenzaba a suavizarse. Una idea tomaba forma en sus palabras- Es muy difícil encontrar una hembra en el páramo en etapa fértil. Son agresivas y poco agradecidas…
La mujer volvió la cabeza al dragón con estupor. Esa era la expresión horrorizada que él esperaba ver. La joven comenzó a suplicar y chillar, intentando liberarse en vano de la garra que la aprisionaba. El reptil sonrió ampliamente, y acercó la mano libre a la cabeza de Adhelia.
- Viniste a darme muerte y engendrarás una vida.- Sentenció, y cuando parecía que sus garras iban a acariciar los negros cabellos de Adhelia, la zarpa del índice golpeó un punto exacto en la nuca de la humana. Y Adhelia perdió el conocimiento.
Cuando la humana despertó, aún permanecía en la cueva, solo que el dragón se había tomado la molestia de aprisionarla con mayor seguridad. Sus manos y piernas estaban hundidas en la pared del habitáculo, y un fuerte dolor abdominal se apoderaba de ella. Así pasó los primeros meses de gestación, mientras el dragón la alimentaba de carne cruda, cuya piel era retirada para llevarse consigo el agua infecta del pantano. La única razón por la que no se negaba a comer y morir allí mismo era la razón con la que el dragón había contado. Jamás dejaría morir una vida que estaba a su cargo, una vida que era fruto de ella, y que dependía de ella por entero, aún siendo un engendro. La diversión sádica y paciente del dragón crecía con los meses, en los cuales le dedicaba conversaciones a la chica a fin de que no se volviera loca y fuera perfectamente consciente de lo que le estaba ocurriendo, pero se permitía el lujo de llevar a morir a sus presas allí, para que los gritos de la mujer especiaran el ambiente.
Cuando el embarazo estaba a punto de cumplirse, el mismo dragón llevó consigo a Adhelia y la dejó en el poblado. Todos se extrañaron al verla, la daban por muerta y ahora traía consigo otra vida. El trato con ella no varió hasta que llegó el momento de dar a luz, en el cual Adhelia debió asistirse a sí misma. Cuando el clan vio lo que traía consigo decidieron deshacerse de ambos. Adhelia era incapaz de creer que el pequeño bastardo pudiera ser malvado por sí mismo. Impulsada por el amor que le tenía a su retoño, lo abandonó en una canasta en el bosque, cerca de los campos de cultivo, esperando que algún campesino se apiadara de él y lo criara. Adhelia fue capturada por su propia familia, y su desobediencia se penalizó con la muerte.
Por otro lado, una familia encontró al niño abandonado y lo crió en su hogar. El niño creció y se desarrolló desarrollando una gran maldad, y tomando a la hija del matrimonio por esposa mediante la coacción. Del encuentro, y de los encuentros de los productos de ese encuentro, nacieron más individuos, todos diestros con la magia como el que más. Heredando rasgos característicos como la lengua bífida o las pupilas rasgadas, pero ganando atractivo generación tras generación. Una de las ramas generacionales, Roth Yana, se hallaba en un burdel una noche cualquiera. La prostituta con quien yacía respondía al nombre de Neraya. Una elfa de extraordinaria belleza que había sido capturada de SiempreUnidos por el grupo de mercenarios que regentaban el burdel. Algo había cautivado a Roth de aquella mujer. Su cabello negro, más negro que la noche y sus ojos, del color de una estrella.
Mirar a Neraya era como observar un recuerdo ancestral. De modo que el bardo, de los mismos rasgos que la mujer con quien estaba acostado, se había enamorado de ella. El amor parpadeante de un bardo. La amaba lo suficiente como para acostarse con ella, y su desapego era el suficiente como para no intentar salvarla. Aunque más tarde no le quedaría más remedio, pues Neraya quedó embarazada. Y corrió al hospicio en el cual escribía Roth, llorando desconsolada, informándole de que iban a matarla, de que esperaba un hijo suyo, pues no había sido frecuentada por nadie más. Roth hizo una mueca de desagrado y negó con la cabeza. Algo le invitó a esperar al nacimiento de la niña. Y una vez hubo cumplido, ya lejos del burdel, y lejos de las amenazas, marchó de nuevo. Neraya consideró a la niña un regalo de Corellon, pues le había servido para liberarse y volver de nuevo a su tierra.
Y el nombre que le puso fue Kala. Kala Yana.
/El trovador dio por terminada la historia y escrutó al público. El silencio comenzó a morir a medida que el estallido de aplausos crecía. Entonces recogió tranquilamente los sacos de oro, se acomodó el sombrero, y sin expresión alguna atravesó la ciudad hasta salir por la puerta. Le disgustaba ganarse la vida a costa del disfrute que la plebe saborea de las desgracias ajenas. Pero de algún modo debía ganarse la vida.
Kala Yana había crecido en Siempreunidos con los atributos de su madre. La joven, de carácter fuerte y tendencia a cometer agresiones entre los vecinos, dejó de ser bien recibida en el poblado. Se rumoreaba por las calles que su lengua había sido partida en dos, como el engendro de un demonio. Incluso se decía de ella que no proyectaba sombra sobre el asfalto bajo las luces del ocaso. Este, como otros tantos rumores hacia su persona, eran falsos. Bastantes de ellos promulgados por pretendientes rechazados, en su mayoría viajeros, que quedaban prendados de la belleza exótica de la muchacha, que más que ser reflejo de su madre, era un retrato de quien fue su fatídico antepasado, Adhelia Robin. Pero poca nobleza había quedado en su corazón.
Quienes se hubieron criado con Kala, sabían que la hermosa muchacha era una déspota, ambiciosa y retorcida, y pocas eran las desgracias que conseguían conmover su alma. Y el desprecio por aquellas gentes era patente, bajo la dolida mirada de su madre. Paseaba por las calles atravesando con la mirada a los viandantes con sus perlados ojos, entre verdes y azules. Su cabello, negro como el ónix, relucía con reflejos azules al sol. Y su piel, esta sí heredada de su progenitora, era fina, aterciopelada y clara como el agua. Kala acostumbraba también a hacer exhibiciones de extravagancia en público, tales como hacer uso de su poder innato con la magia para cosas banales, ya fuera pasar las páginas de los libros o ceñirse los correajes de los pintorescos trajes que mandaba confeccionar. Todas estas acciones no hacían más que alimentar el ánimo de las gentes de poco saber, que se apoyaban en el argumento de que era fruto de una relación demoníaca. Cuando la joven comenzó a padecer graves fiebres, y gritar en sueños, su madre decidió que no podía seguir en aquel lugar.
Neraya despidió a su hija dándole gran parte del oro que había podido reunir a lo largo de su vida, un corcel y una capa élfica para resguardarla del frío. Kala avanzó sin rumbo por los caminos durante dekhanas. Atravesando fugazmente ciudades y aldeas, recogiendo conocimientos de todas aquellas culturas. Formas de pensamiento. Sin mencionar palabra alguna, más que su propia mente, la joven adquirió sabiduría de los relatos de los ancianos. De las vivencias de los eruditos. Dragones. Como aquella figura negra. Una figura negra que le susurraba, siseante: “ve a donde tus pasos te guíen.
Escucha tu historia. Sé quién eres, bajo el orgullo y protección de mi ala:”
Las lunas habían huido varias veces del cielo cuando la encapuchada Kala llegó a una nueva ciudad. Las calles estaban desiertas. Los tenderos habían dejado el mercado sin vigilar. Se aproximó a uno de los canastos expuestos y tomó de él una manzana. Sus afilados dientes se hundieron en la roja y dulce piel con la facilidad con que una piedra desaparece en el fondo del río ¿Fruta fresca en una ciudad muerta? Sus pasos la condujeron a la plaza central. Una voz, casi imperativa, se elevaba en el aire con fervor. Niños y adultos rodeaban una figura que destacaba sobre las demás. Sentada en un escenario improvisado de madera, se encontraba el Trovador. Sonreía para sí, sabiendo que había logrado llegar a la plebe con sus historias del norte…
- “¿Queréis pues oír el fascinante cantar del reencuentro de una joven y su dracónica sangre…? “
Kala tomó asiento tranquilamente entre el gentío absorto en el relato. Algunas cabezas se volvieron cuando el relato de aquel hombre parecía describir su persona. Las pupilas de la joven se dilataron. La manzana rodó por el suelo mientras artesanos y niños explotaban en aplausos y vítores. En completo silencio, la figura de la semielfa se ciñó a las mejillas la capucha de la tupida capa, protegiéndose de algo más que el frío de la Marca, y poniéndose en pie abandonó el lugar, y se prometió no volver.
Una vez de nuevo en el camino las preguntas inundaron su mente. ¿Coincidencia? ¿Era Kala Yana un nombre común? ¿Cuántas ciudades estarían avisadas de su presencia? Debía huir. Huir a la ciudad más perdida. Una enorme fortaleza se abrió paso ante ella mientras debatía consigo misma. Bajó del caballo con decisión y miró el cartel que bautizaba aquel lugar: “Amn, ciudad de la moneda”. Viajeros salían y entraban por las enormes puertas de madera. La semielfa meditó un instante, antes de entender que había llegado al lugar adecuado, y mientras sus pasos la conducían al interior de la ciudad, una última frase del trovador se reprodujo en su mente:
“Y el nombre que le puso fue Kala. Kala Yana.”