Xhaato´s
Piedra calcinada de la Espiral
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Offtopic :
Decir que el trasfondo anterior fue escrito hace 2 años y que literal quedo obsoleto en el momento que mandé la ficha de desbloqueo con el trasfondo real... nunca lo borré pq se me olvido hasta hoy jeje, en fin, ignorar esto, al final la única razón para subir esto es capricho mío y pq de por si es un personaje que también uso en mesa, así que matar dos pájaros de un tiro no está mal, de todas formas, no espero que alguien vaya a leer esto (╥﹏╥)
Los primeros años fueron los más difíciles de sobrellevar. Allí estaba Kalasther, solo y con frío, abandonado a su suerte como un niño más sin padres. Lo único inusual en él eran sus orejas largas, su piel pálida y su cabello de tonos azules que contrastaban con sus ojos plateados, rasgos no tan raros en un elfo. Pero fuera de eso no había nada especial. No era distinto a los otros huérfanos abandonados a las puertas de una ciudad como Aguas Profundas. No recordaba el rostro de sus padres y para el mundo no era más que otro niño olvidado entre tantos. Un despojo más que nadie se molestaba en reconocer. Sin embargo, incluso en las circunstancias más miserables, la suerte de algunos puede cambiar.
Una noche, bajo la oscuridad del distrito más pobre de la ciudad, una pequeña figura encapuchada descendía por los muros con la naturalidad de alguien acostumbrado a moverse entre las sombras. Vestía ropas oscuras, propias de quien trabaja cuando la ciudad duerme. Bajo la capucha se dibujaba una sonrisa amable escondida entre un bigote castaño sucio y mal cuidado. Al acercarse al pequeño abandonado retiró la capucha para observarlo mejor. Aquel rostro quedó grabado para siempre en las primeras memorias de Kalasther. Era un mediano de expresión cálida, alguien que en aquellas calles parecía casi fuera de lugar. Sin pensarlo demasiado tomó al niño entre sus brazos. En un gesto simple y silencioso decidió darle una segunda oportunidad de vida.
el nombre de aquel mediano era Radovín.
Los años comenzaron a pasar y con ellos aparecieron muchos rostros desconocidos alrededor de la vida de su padre adoptivo. Kalasther nunca entendió realmente qué había llevado a Radovín a rescatarlo, pero cuando empezó a hacerse esa pregunta ya no le importaba. Para entonces tenía doce años y el mediano se había convertido en la única figura paterna que conocía. Era un hombre lleno de risas, de bromas constantes, alguien capaz de aliviar cualquier momento tenso con un comentario sarcástico o una carcajada contagiosa. Para Kal no era solo un protector, era un modelo a seguir.
Radovín comenzó a enseñarle esgrima desde pequeño. No se trataba únicamente de blandir una espada, sino de aprender a observar, a encontrar las debilidades del oponente y moverse con gracia entre los ataques. Era una danza peligrosa, pero hermosa cuando se dominaba. Con el tiempo Kal empezó a acompañarlo también en otras actividades menos honorables. Pequeñas estafas, robos menores, engaños bien ejecutados. Así comenzó a integrarse poco a poco en la vida callejera que rodeaba a su padre adoptivo.
Cuando cumplió trece años ya podía reconocer muchos de los rostros que frecuentaban ese mundo. El ambiente era extraño, lleno de rivalidad infantil entre ladrones que presumían quién traía más dinero, quién bebía más alcohol o quién había logrado el golpe más rentable de la semana. Muchos de ellos eran idiotas, ladrones idiotas, pero después de todo también eran gente con la que podía reír y compartir una comida robada.
Entre todos aquellos rostros había uno que destacaba más que los demás. Una mestiza de carácter serio, manos rápidas y hábitos de higiene lamentables. Siempre olía a cigarro y su cuerpo estaba cubierto de pequeñas cicatrices que hablaban de una vida dura. Su estatura imponía respeto entre los demás y rara vez se la veía sonreír. Intrigado por aquella figura, Kal terminó acercándose por simple curiosidad hacia sus orígenes élficos. Durante los periodos en que Radovín desaparecía por sus propios asuntos, ella aceptó hacerse cargo del joven elfo como un favor hacia su viejo compañero y una forma de enseñarle lo que no sabía de sí mismo.
Si Radovín había sido su maestro con la espada, ella se convirtió en su guía en algo más silencioso. Le enseñó el arte del sigilo. Sus lecciones eran prácticas y directas. Pequeños encargos para poner a prueba su habilidad, robar una bolsa, distraer a un comerciante el tiempo suficiente para tomar algo de comida, desaparecer antes de que alguien notara lo ocurrido. Bajo su tutela Kal aprendió engaño, robo, sigilo y defensa basada en su agilidad natural.
Para cuando cumplió catorce años su formación básica estaba completa.
Pero tanto dioses como mortales saben que la vida criminal rara vez termina bien, especialmente en una ciudad tan grande y compleja como Aguas Profundas.
Durante un tiempo todo pareció funcionar. Algunos conocidos terminaban en prisión o exiliados, en los mejores casos solo cumpliendo trabajos forzados, pero rara vez ocurría algo peor. Aquella aparente seguridad hizo que el grupo se volviera confiado. El dinero se acababa con rapidez y cada cierto tiempo debían idear un nuevo golpe para seguir adelante.
Fue durante la época de los festivales del cambio de estación cuando el siguiente plan tomó forma entre el grupo. El frío y la humedad cubrían las calles, mezclándose con el olor a leña y el ruido de comerciantes y artistas. Kal observaba desde una ventana sucia mientras varios sujetos, Radovín y su mentora reían discutiendo el plan entre bocanadas de humo de cigarro. En ese momento, a pesar de todo, se sentía feliz ante la escena. Tal vez no tenía un hogar estable y dormía en edificios abandonados, tal vez pasaba frío cada noche, pero se sentía libre. Nunca había sido criado como un elfo noble, sino como alguien común, alguien de la calle que conocía la libertad y lo que era una familia unida.
El plan en cuestion era simple. Robar la caravana de un artista noble que viajaría por las afueras de la ciudad. Frenar la carroza, tomar lo que pudieran y desaparecer antes de que los guardias reaccionaran, un grupo de varios compañeros se ofreció a salir antes para preparar el sitio en el camino cercano, una idea excelente.
Cuando el sol desapareció en el horizonte el grupo en el cual iba Kal se puso en marcha. Corrieron por las calles en silencio hasta dirigirse hacia la salida sur de la ciudad. Sin embargo, algo en el ambiente se sentía extraño. El aire era pesado, como si anunciara lluvia. Aun así nadie se detuvo. Ya habían llegado demasiado lejos como para retroceder y no podían dejar solos a quienes ya habían salido fuera.
Cuando alcanzaron el camino fuera de la ciudad Kal comenzó a sentir una incomodidad difícil de explicar. El camino estaba demasiado despejado, demasiado perfecto, pero no había señal alguna del otro grupo, mucho menos de la mencionada carroza.
Entonces ocurrió lo impensable.
Desde la oscuridad del bosque surgió una lluvia de virotes que atravesó el aire con un silbido mortal. El grupo apenas logró reaccionar. Hubo gritos, confusión y sangre. En medio del caos Radovín cayó al suelo. El hombre que siempre tenía una broma preparada para cualquier situación yacía ahora con el cráneo destrozado y varios virotes clavados en su cuerpo.
Kal no pudo moverse. Solo pudo gritar.
Uno a uno los demás comenzaron a caer bajo la emboscada, los pocos sobrevivientes siendo arrastrados hacia el bosque por los atacantes. El trance en el que se encontraba Kal se rompió cuando su mentora lo tomó de la ropa y lo arrastró hacia unas rocas para cubrirlo del ataque. Estaba herida, sangrando, pero aun así intentaba darle tiempo para escapar sin preocuparse por su propia salud. Mientras corrían Kal alcanzó a ver algo que lo dejó paralizado.
Entre los árboles había rostros conocidos, el mismo grupo que se ofreció a salir antes junto a lo que parecían ser gente de dinero mirando con sonrisas retorcidas la masacre.
No podía entenderlo. No podía comprender por qué quienes antes se consideraban amigos los estaban asesinando de una forma tan fría y cruel.
Cuando finalmente creyeron haber escapado entre la lluvi de virotes, un último virote atravesó el cráneo de su mentora, dejando su inerte cuerpo caer sobre el joven elfo mientras los pocos sobrevivientes intentaban correr hacia la ciudad.
Poco después otro virote impactó en el estómago de Kal, luego en su pierna. Kal cayó al suelo sin fuerzas. Mientras su conciencia se desvanecía recordó su primer encargo, las risas de Radovín y la extraña familia que había encontrado en aquellas calles.
Por un momento volvió a sentirse feliz intentando rememorar su vida en lo que pensó serian sus últimos momentos.
Una semana después despertó encadenado en una celda, aturdido, confundido y lleno de culpa, mirando alrededor viendo a sus compañeros en un deplorable estado, torturados, siendo atracción y vista de sádicos nobles.
Lo que siguió desde ese día fueron sesenta años de encierro, tortura y humillación. Sin que fuera de su conocimiento, el joven y muchos mas habían sido vendidos en el mercado negro como esclavo de entretenimiento para nobles enfermos que encontraban placer en el sufrimiento ajeno. En esa solitaria celda durante los siguientes años sobrevivía comiendo ratas y bebiendo el agua que se filtraba entre las piedras de su celda. Otros prisioneros llegaban ocasionalmente, pero casi ninguno sobrevivía mucho tiempo a las torturas, muchos acababan con sus vidas en las noches, mientras que otros no acostumbrados morían el primer día, todos compartiendo algo en común, gente pobre, ladrones, despojos que nadie extrañaría en las calles.
El ciclo se repitió durante décadas viendo como llegaban más personas a esas celdas, como ocasionalmente uno u otro llegaba a la misma celda del joven solo para morir en días, semanas o meses.
Con el tiempo incluso las ratas desaparecieron. La desesperación lo llevó a cometer actos que jamás habría imaginado. Poco a poco su mente comenzó a quebrarse bajo el peso del dolor y la soledad intentando mantenerse vivo devorando grotescamente los restos de aquellos que antes compartían celda con el, ahogado en penas, en culpas y en un asco hacia si mismo que no lo abandonaría hasta el día hoy, recordando esa primera cena nefasta y grotesca como el inicio de su verdadero quiebre.
Sesenta años después de incidente, cuando ya apenas quedaba algo del joven que había sido, un hombre vestido con elegantes mantos verdes miembro de esta familia noble apareció frente a su celda. Liberó sus grilletes y lo levantó del cuello mientras pronunciaba unas palabras que se grabaron en su mente con la facilidad que solo arcanos poseen para sobrescribir la voluntad de alguien.
Si quería volver a ver el sol, debía servirle, entretenerle y darle un hermoso festín de regocijo.
Kal no tuvo elección en esto, su cuerpo y mente respondían sin su consentimiento, encantado por su débil estado mental, cayendo ante esta orden que sería renovada día tras día quizá por cuanto tiempo, incluso dudando, queriendo actuar en contra, no podía hacer más que obedecer.
Durante diez años se dedicó usar las mismas técnicas que sus antiguos compañeros traidores para atraer criminales y vagabundos con el retorcido fin de entregarlos a la misma mansión donde él había sufrido. Fingiendo amistad, fingiendo compañerismo y lealtad para luego servirlos en bandeja de plata, Cada día cargaba con más culpa, dolor y dudas. Para soportarlo comenzó a reír, a ocultar su dolor detrás de bromas, humo de cigarro y alcohol barato. Era una máscara grotesca, un eco distorsionado de la risa que heredo de Radovín, pero era lo único que podía hacer para no ser castigado, la única forma de desahogarse sin ir en contra de aquel encantamiento.
Un día entre encargos y trabajo para este noble ese encantamiento grotesco se rompió, ante la visión de quienes en su momento habrían sido como el, niños sin hogar, sin techo, sin un futuro asegurado condenados a sufrir, la culpa fue demasiada para llevar a cabo este encargo, no podía condenar a niños tan jóvenes a sufrir lo que el sufrió años. algo en su mente decidió despertar y recordar algo más importante que el miedo y su debilidad ante su captor.
La libertad, la elección de ser alguien más, de no recaer en destruir la vida de los inocentes, sino que protegerlos, el tenía la opción de huir sin mirar atrás para seguir su camino luego de hacer lo correcto por quienes no pueden hacer algo por si mismos, palabras que Radovin siempre repitió en su crianza para alentarlo a seguir el estilo de vida del ladrón, pero siempre manteniendo su moral intacta y sus códigos personales como prioridad.
Con su mente recuperada, templada y manteniendo la compostura preparó un plan aprovechando el margen de tiempo de ese retorcido encargo decidió hacer su escape antes que aquel encantamiento fuera renovado en su mente, liberó a los prisioneros de aquel sótano lleno de celdas, con su ayuda prendiendo fuego aquella retorcida mansión mientras las celdas abiertas lograban darle una segunda esperanza a quienes sufrían como el sufrió. Tras hacer esto huyó de la ciudad sin mirar atrás, quedando todo aquello como un incidente común, un incendio más a la vista de otros, sin saber las perversiones que se realizaban allí dentro. Durante tres años vivió huyendo, durmiendo en pantanos, campos y bosques, siempre convencido de que alguien vendría a buscarlo aun si nadie daba siquiera señales de haber sobrevivido a ese caos.
Con el tiempo entre viajes se unió a una caravana de medianos comerciantes que lo ayudó a viajar lejos de Aguas Profundas. Intentó durante estos años aprender a vivir nuevamente entre otras personas usando sus habilidades para ayudar a otros sin causar daños, sin recaer en ese deplorable estado mental, pero ya no era el mismo elfo, el sabor de la carne humana, la sensación de enterrar un cuchillo, nunca podría olvidarlo, nunca podría abandonar en lo que se había convertido luego de estos años.
Pasaron los años en el camino y el recuerdo de la ciudad comenzó a desvanecerse lentamente, los ánimos se elevaron lentamente con los años, manteniendo la memoria de sus seres queridos como un bello recuerdo de quienes valen la pena como personas, adoptando sus costumbres de una forma sana, cerrando un ciclo que solo el tiempo podía curar.
Finalmente, a la edad de ciento diecinueve años, Kalasther llegó a Amn entre paseos, tomando caravanas con dirección a la gran capital mercantil, con la página en blanco decidió que allí comenzaría una nueva vida, esperando que los recuerdos del pasado pudieran guiarle en una vida mejor.
Una noche, bajo la oscuridad del distrito más pobre de la ciudad, una pequeña figura encapuchada descendía por los muros con la naturalidad de alguien acostumbrado a moverse entre las sombras. Vestía ropas oscuras, propias de quien trabaja cuando la ciudad duerme. Bajo la capucha se dibujaba una sonrisa amable escondida entre un bigote castaño sucio y mal cuidado. Al acercarse al pequeño abandonado retiró la capucha para observarlo mejor. Aquel rostro quedó grabado para siempre en las primeras memorias de Kalasther. Era un mediano de expresión cálida, alguien que en aquellas calles parecía casi fuera de lugar. Sin pensarlo demasiado tomó al niño entre sus brazos. En un gesto simple y silencioso decidió darle una segunda oportunidad de vida.
el nombre de aquel mediano era Radovín.
Los años comenzaron a pasar y con ellos aparecieron muchos rostros desconocidos alrededor de la vida de su padre adoptivo. Kalasther nunca entendió realmente qué había llevado a Radovín a rescatarlo, pero cuando empezó a hacerse esa pregunta ya no le importaba. Para entonces tenía doce años y el mediano se había convertido en la única figura paterna que conocía. Era un hombre lleno de risas, de bromas constantes, alguien capaz de aliviar cualquier momento tenso con un comentario sarcástico o una carcajada contagiosa. Para Kal no era solo un protector, era un modelo a seguir.
Radovín comenzó a enseñarle esgrima desde pequeño. No se trataba únicamente de blandir una espada, sino de aprender a observar, a encontrar las debilidades del oponente y moverse con gracia entre los ataques. Era una danza peligrosa, pero hermosa cuando se dominaba. Con el tiempo Kal empezó a acompañarlo también en otras actividades menos honorables. Pequeñas estafas, robos menores, engaños bien ejecutados. Así comenzó a integrarse poco a poco en la vida callejera que rodeaba a su padre adoptivo.
Cuando cumplió trece años ya podía reconocer muchos de los rostros que frecuentaban ese mundo. El ambiente era extraño, lleno de rivalidad infantil entre ladrones que presumían quién traía más dinero, quién bebía más alcohol o quién había logrado el golpe más rentable de la semana. Muchos de ellos eran idiotas, ladrones idiotas, pero después de todo también eran gente con la que podía reír y compartir una comida robada.
Entre todos aquellos rostros había uno que destacaba más que los demás. Una mestiza de carácter serio, manos rápidas y hábitos de higiene lamentables. Siempre olía a cigarro y su cuerpo estaba cubierto de pequeñas cicatrices que hablaban de una vida dura. Su estatura imponía respeto entre los demás y rara vez se la veía sonreír. Intrigado por aquella figura, Kal terminó acercándose por simple curiosidad hacia sus orígenes élficos. Durante los periodos en que Radovín desaparecía por sus propios asuntos, ella aceptó hacerse cargo del joven elfo como un favor hacia su viejo compañero y una forma de enseñarle lo que no sabía de sí mismo.
Si Radovín había sido su maestro con la espada, ella se convirtió en su guía en algo más silencioso. Le enseñó el arte del sigilo. Sus lecciones eran prácticas y directas. Pequeños encargos para poner a prueba su habilidad, robar una bolsa, distraer a un comerciante el tiempo suficiente para tomar algo de comida, desaparecer antes de que alguien notara lo ocurrido. Bajo su tutela Kal aprendió engaño, robo, sigilo y defensa basada en su agilidad natural.
Para cuando cumplió catorce años su formación básica estaba completa.
Pero tanto dioses como mortales saben que la vida criminal rara vez termina bien, especialmente en una ciudad tan grande y compleja como Aguas Profundas.
Durante un tiempo todo pareció funcionar. Algunos conocidos terminaban en prisión o exiliados, en los mejores casos solo cumpliendo trabajos forzados, pero rara vez ocurría algo peor. Aquella aparente seguridad hizo que el grupo se volviera confiado. El dinero se acababa con rapidez y cada cierto tiempo debían idear un nuevo golpe para seguir adelante.
Fue durante la época de los festivales del cambio de estación cuando el siguiente plan tomó forma entre el grupo. El frío y la humedad cubrían las calles, mezclándose con el olor a leña y el ruido de comerciantes y artistas. Kal observaba desde una ventana sucia mientras varios sujetos, Radovín y su mentora reían discutiendo el plan entre bocanadas de humo de cigarro. En ese momento, a pesar de todo, se sentía feliz ante la escena. Tal vez no tenía un hogar estable y dormía en edificios abandonados, tal vez pasaba frío cada noche, pero se sentía libre. Nunca había sido criado como un elfo noble, sino como alguien común, alguien de la calle que conocía la libertad y lo que era una familia unida.
El plan en cuestion era simple. Robar la caravana de un artista noble que viajaría por las afueras de la ciudad. Frenar la carroza, tomar lo que pudieran y desaparecer antes de que los guardias reaccionaran, un grupo de varios compañeros se ofreció a salir antes para preparar el sitio en el camino cercano, una idea excelente.
Cuando el sol desapareció en el horizonte el grupo en el cual iba Kal se puso en marcha. Corrieron por las calles en silencio hasta dirigirse hacia la salida sur de la ciudad. Sin embargo, algo en el ambiente se sentía extraño. El aire era pesado, como si anunciara lluvia. Aun así nadie se detuvo. Ya habían llegado demasiado lejos como para retroceder y no podían dejar solos a quienes ya habían salido fuera.
Cuando alcanzaron el camino fuera de la ciudad Kal comenzó a sentir una incomodidad difícil de explicar. El camino estaba demasiado despejado, demasiado perfecto, pero no había señal alguna del otro grupo, mucho menos de la mencionada carroza.
Entonces ocurrió lo impensable.
Desde la oscuridad del bosque surgió una lluvia de virotes que atravesó el aire con un silbido mortal. El grupo apenas logró reaccionar. Hubo gritos, confusión y sangre. En medio del caos Radovín cayó al suelo. El hombre que siempre tenía una broma preparada para cualquier situación yacía ahora con el cráneo destrozado y varios virotes clavados en su cuerpo.
Kal no pudo moverse. Solo pudo gritar.
Uno a uno los demás comenzaron a caer bajo la emboscada, los pocos sobrevivientes siendo arrastrados hacia el bosque por los atacantes. El trance en el que se encontraba Kal se rompió cuando su mentora lo tomó de la ropa y lo arrastró hacia unas rocas para cubrirlo del ataque. Estaba herida, sangrando, pero aun así intentaba darle tiempo para escapar sin preocuparse por su propia salud. Mientras corrían Kal alcanzó a ver algo que lo dejó paralizado.
Entre los árboles había rostros conocidos, el mismo grupo que se ofreció a salir antes junto a lo que parecían ser gente de dinero mirando con sonrisas retorcidas la masacre.
No podía entenderlo. No podía comprender por qué quienes antes se consideraban amigos los estaban asesinando de una forma tan fría y cruel.
Cuando finalmente creyeron haber escapado entre la lluvi de virotes, un último virote atravesó el cráneo de su mentora, dejando su inerte cuerpo caer sobre el joven elfo mientras los pocos sobrevivientes intentaban correr hacia la ciudad.
Poco después otro virote impactó en el estómago de Kal, luego en su pierna. Kal cayó al suelo sin fuerzas. Mientras su conciencia se desvanecía recordó su primer encargo, las risas de Radovín y la extraña familia que había encontrado en aquellas calles.
Por un momento volvió a sentirse feliz intentando rememorar su vida en lo que pensó serian sus últimos momentos.
Una semana después despertó encadenado en una celda, aturdido, confundido y lleno de culpa, mirando alrededor viendo a sus compañeros en un deplorable estado, torturados, siendo atracción y vista de sádicos nobles.
Lo que siguió desde ese día fueron sesenta años de encierro, tortura y humillación. Sin que fuera de su conocimiento, el joven y muchos mas habían sido vendidos en el mercado negro como esclavo de entretenimiento para nobles enfermos que encontraban placer en el sufrimiento ajeno. En esa solitaria celda durante los siguientes años sobrevivía comiendo ratas y bebiendo el agua que se filtraba entre las piedras de su celda. Otros prisioneros llegaban ocasionalmente, pero casi ninguno sobrevivía mucho tiempo a las torturas, muchos acababan con sus vidas en las noches, mientras que otros no acostumbrados morían el primer día, todos compartiendo algo en común, gente pobre, ladrones, despojos que nadie extrañaría en las calles.
El ciclo se repitió durante décadas viendo como llegaban más personas a esas celdas, como ocasionalmente uno u otro llegaba a la misma celda del joven solo para morir en días, semanas o meses.
Con el tiempo incluso las ratas desaparecieron. La desesperación lo llevó a cometer actos que jamás habría imaginado. Poco a poco su mente comenzó a quebrarse bajo el peso del dolor y la soledad intentando mantenerse vivo devorando grotescamente los restos de aquellos que antes compartían celda con el, ahogado en penas, en culpas y en un asco hacia si mismo que no lo abandonaría hasta el día hoy, recordando esa primera cena nefasta y grotesca como el inicio de su verdadero quiebre.
Sesenta años después de incidente, cuando ya apenas quedaba algo del joven que había sido, un hombre vestido con elegantes mantos verdes miembro de esta familia noble apareció frente a su celda. Liberó sus grilletes y lo levantó del cuello mientras pronunciaba unas palabras que se grabaron en su mente con la facilidad que solo arcanos poseen para sobrescribir la voluntad de alguien.
Si quería volver a ver el sol, debía servirle, entretenerle y darle un hermoso festín de regocijo.
Kal no tuvo elección en esto, su cuerpo y mente respondían sin su consentimiento, encantado por su débil estado mental, cayendo ante esta orden que sería renovada día tras día quizá por cuanto tiempo, incluso dudando, queriendo actuar en contra, no podía hacer más que obedecer.
Durante diez años se dedicó usar las mismas técnicas que sus antiguos compañeros traidores para atraer criminales y vagabundos con el retorcido fin de entregarlos a la misma mansión donde él había sufrido. Fingiendo amistad, fingiendo compañerismo y lealtad para luego servirlos en bandeja de plata, Cada día cargaba con más culpa, dolor y dudas. Para soportarlo comenzó a reír, a ocultar su dolor detrás de bromas, humo de cigarro y alcohol barato. Era una máscara grotesca, un eco distorsionado de la risa que heredo de Radovín, pero era lo único que podía hacer para no ser castigado, la única forma de desahogarse sin ir en contra de aquel encantamiento.
Un día entre encargos y trabajo para este noble ese encantamiento grotesco se rompió, ante la visión de quienes en su momento habrían sido como el, niños sin hogar, sin techo, sin un futuro asegurado condenados a sufrir, la culpa fue demasiada para llevar a cabo este encargo, no podía condenar a niños tan jóvenes a sufrir lo que el sufrió años. algo en su mente decidió despertar y recordar algo más importante que el miedo y su debilidad ante su captor.
La libertad, la elección de ser alguien más, de no recaer en destruir la vida de los inocentes, sino que protegerlos, el tenía la opción de huir sin mirar atrás para seguir su camino luego de hacer lo correcto por quienes no pueden hacer algo por si mismos, palabras que Radovin siempre repitió en su crianza para alentarlo a seguir el estilo de vida del ladrón, pero siempre manteniendo su moral intacta y sus códigos personales como prioridad.
Con su mente recuperada, templada y manteniendo la compostura preparó un plan aprovechando el margen de tiempo de ese retorcido encargo decidió hacer su escape antes que aquel encantamiento fuera renovado en su mente, liberó a los prisioneros de aquel sótano lleno de celdas, con su ayuda prendiendo fuego aquella retorcida mansión mientras las celdas abiertas lograban darle una segunda esperanza a quienes sufrían como el sufrió. Tras hacer esto huyó de la ciudad sin mirar atrás, quedando todo aquello como un incidente común, un incendio más a la vista de otros, sin saber las perversiones que se realizaban allí dentro. Durante tres años vivió huyendo, durmiendo en pantanos, campos y bosques, siempre convencido de que alguien vendría a buscarlo aun si nadie daba siquiera señales de haber sobrevivido a ese caos.
Con el tiempo entre viajes se unió a una caravana de medianos comerciantes que lo ayudó a viajar lejos de Aguas Profundas. Intentó durante estos años aprender a vivir nuevamente entre otras personas usando sus habilidades para ayudar a otros sin causar daños, sin recaer en ese deplorable estado mental, pero ya no era el mismo elfo, el sabor de la carne humana, la sensación de enterrar un cuchillo, nunca podría olvidarlo, nunca podría abandonar en lo que se había convertido luego de estos años.
Pasaron los años en el camino y el recuerdo de la ciudad comenzó a desvanecerse lentamente, los ánimos se elevaron lentamente con los años, manteniendo la memoria de sus seres queridos como un bello recuerdo de quienes valen la pena como personas, adoptando sus costumbres de una forma sana, cerrando un ciclo que solo el tiempo podía curar.
Finalmente, a la edad de ciento diecinueve años, Kalasther llegó a Amn entre paseos, tomando caravanas con dirección a la gran capital mercantil, con la página en blanco decidió que allí comenzaría una nueva vida, esperando que los recuerdos del pasado pudieran guiarle en una vida mejor.
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