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Kálmasur Dían

Nesutoru

Lágrima de mago nerfeado
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8/11/20
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DESCRIPCIÓN FÍSICA:

Pelo: Negro

Ojos: Marrón claro

Estatura: 1,78 M

Peso: 72 kg

Edad: 24 años

A simple vista: Kálmasur suele vestir ropas cómodas para poder conjurar con total libertad, siendo sus colores predilectos los tonos morados azules y negros. Se le ve fácilmente con una sonrisa en la cara.

Personalidad: Es sociable y alegre, aunque algo torpe y desorganizado para ser un mago. Suele ser algo bocazas aunque sin mala intención. Protege a los que quiere y lucha contra los que son un peligro para todos.


HISTORIA:

La lluvia embadurnaba las calles y casas de Edive y el único ruido presente provenía de contadas tabernas aún abiertas a esa hora del crepúsculo. Una mujer joven vestida con harapos entraba con pasos ligeros y temerosos por la plaza llegando a las puertas del templo de Mystra. Lágrimas en los ojos y un bulto arropado con una manta.

- Lo siento. – Dijo entre sollozos.

Tan rápido como llegó se fue, dejando en las puertas a la criatura. La lluvia, cada vez más intensa, empapaba al bebé, empezando este a llorar con fuerza. Nadie abrió la puerta esa noche.

Amanecía, y las nubes empezaban a remitir marchando lentamente. Del bulto ya no se oía ningún sonido, ni la más mínima queja o grito. La puerta del templo abrió, saliendo una mujer de mediana edad vestida con un manto azul ligeramente decorado con tonos rojos y blancos y un imponente bastón de colores violeta y blanco ornamentado.

Salió disparada, con mucha prisa, llegando casi a pisar a la criatura. Paró al verlo tirado en el suelo, inmóvil, únicamente tapado con la manta. La sacerdotisa se olvidó de toda prisa, llevándose las manos a la cabeza dejando caer el lujoso bastón al suelo para justo después recoger el bulto llevándoselo hacia el templo con paso ligero.

- ¡Hermanas! Hermanas… Un huérfano, no respira. – Dijo apresurándose.

De las otras tres sacerdotisas que había en la sala común, la más longeva se acercó cogiéndolo y depositándolo en el cuidado altar mientras oraba. Las otras dos sacerdotisas se unieron a ella mientras que, rápidamente la primera corre hacia la entrada, recogiendo su bastón y posteriormente tocando al niño con la punta de este. Unos momentos de angustia pasaron hasta que la criatura empezó a llorar con fuerza. Aún estaba vivo.

- Melindra – Dijo la más longeva de las sacerdotisas a la que, ya con una sonrisa, se apoyaba en el bastón. – Cuidarás de él como si fuera tu hijo. Vivirá y crecerá aquí pues me temo que no hay hogar que albergue a este niño.

La sacerdotisa Melindra asintió sonriente, cogiendo el bulto y llevándoselo hacia los habitáculos. Lo desenvolvió y lo lavó, dejando ver a un niño apenas recién nacido de pelo oscuro sonriendo e intentándose comerse su propio pie, sin alcanzarlo.

- Necesitas un nombre, pequeño – dijo Melindra observándolo, sin ninguna idea.

Lo recogió con una suave manta y se lo llevó hacia la biblioteca del templo. Empezó a hojear tomos de antiguos grandes personajes, investigadores o artistas. Cogió un grueso libro en el que en su portada estaban escritas las palabras “Grandes artistas de la historia de Faerûn” en tono dorado. Pasó las páginas leyéndolas con detenimiento. De los artistas más grandes había al menos seis páginas mientras que otros menos reconocidos apenas abarcaban una.

Hubo una página que mostraba a un escritor de Cormyr, Kálmasur Sernos. El bebé empezó a manosear el libro, golpeando con sus manos esa misma página.

- Vale, vale. Kálmasur será tu nombre – dijo con una sonrisa -. Pero tendrás mi apellido, entonces serás Kálmasur Dían.
La inocente criatura sonrío.

Los años fueron pasando y Kálmasur demostró una gran inteligencia. Se escondía cuando tenía que comer verduras o cuando le regañaban por romper algún jarrón. Melindra decidió enseñarle a escribir y a leer, y rápidamente Kálmasur aprendió, pasándose horas en la biblioteca leyendo cualquier libro que encontraba. Algunos los entendía, otros no, pero aun así continuaba pasando las páginas de los tomos, glosarios y libros de su preferida parte del templo.

A los diez años de edad, Melindra empezó a enseñarle los entresijos del arte arcano. Kálmasur aprendió rápidamente, demostrando habilidad para utilizar la Urdimbre y mostrando devoción por ella.
Los años fueron pasando y mientras Kálmasur crecía y maduraba, mientras que al mismo tiempo, Melindra iba envejeciendo. Ya cuando el arcano alcanzó los veinte años de edad, la sacerdotisa no tenía más que aportarle, considerando ya a Kálmasur un mago.

Una noche tan lluviosa como la de hace veinte años asolaba de nuevo la ciudad de Edive. Kálmasur se encontraba en la habitación de Melindra. Esta estaba tumbada en la cama, agotada, enferma. El joven mojaba un paño en agua fría para posteriormente colocarlo con suavidad en su frente intentando apaciguar la fiebre, sin éxito.

Un leve susurro salió de los arrugados labios de la sacerdotisa.

- Serás un gran mago, lo sé – La anciana sacerdotisa tosió con las pocas fuerzas que le quedaban – Ahora viaja, descubre el mundo que te rodea y aprende de él y de sus gentes. Pero antes he de contarte algo.

Kálmasur depositó su dedo en los labios de la mujer con suavidad.

- Lo sé.

Algo intercalado entre una risa y un tosido salió de la boca de la mujer.

- Eres listo. Pero quiero decirte que no te atormentes por tu pasado. Tus padres hicieron bien en dejarte con nosotras.

Esas fueron las últimas palabras que pronunció la sacerdotisa.

Ahora Kálmasur viaja por la tierra de Amn, en busca de conocimientos y aventura.
 

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