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Karlsten Trevelyan

blindguardiand

Piedra calcinada de la Espiral
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30/4/19
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72
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Nombre
:Karlsten Trevelyan

Origen:Aldea montañosa de las Tierras de la Tranquilidad.

Raza:Humano.

Clase:paladín.

Deidad:Torm.

Rango en la Orden:Escudero.

Votos opcionales:Castidad.

Edad:15 años.

Descripción física:

Karlsten tiene una pequeña melena rubia cenicienta que le llega hasta los hombros con una leve trenza central para recogerlo y que este pueda quedar recogido dentro de su yelmo en caso de necesitar usarlo.
Su rostro muestra la ternura de una mirada inocente de la juventud, con unos penetranets ojos de color verde claro capaces de mostrar una tonalidad de color diferente cuando la luz incide directamente sobre sus ojos, cosa que suele pasar desapercibida normalmente por su gesto amable y tranquilizador.

Dato que cuando oculta su rostro bajo el yelmo cae fácilmente en el olvido debido a su gran estatua superando levemente el metro noventa centímetros, de un cuerpo resistente y bien trabajado por su trabajo en la forja y reciente entrenamiento de combate.

Siempre reconocible a la altura de su pecho un colgante toscamente labrado en acero en forma de guantelete derecho alzado con la palma hacia el frente.

Suele verse vestido siempre con el tabardo tradicional de la orden sin ningún tipo de modificación, un jubón de cuero ligero y una armadura bastante pesada, acompañado de un mandoble envainado en su espalda.

Historia:

El fuego en la forja estaba en su punto más alto, el brillante astro solar comenzaba a surcar los cielos entre las montañas con una ligera capa de nieve más abajo de sus cumbres, Zenhir se veía apesadumbrado, serio, silencioso, casi detenido en el tiempo solo se notaba que no era una estatua porque su cuerpo se movía acompasado en cada una de sus rítmicas respiraciones, finalmente cuando llegue hasta la forja se veían claramente las cenizas de algún tipo de escrito que habían arrojado recientemente allí, durante unos instantes no parecía que me viera o siquiera supiera que yo estaba junto a él, no fue hasta que puse mi mano sobre su hombro, cuando un subito escalofrio recorrio su espalda y reaccionó blanco mirándome, trato de guardar la compostura de situarse como si nada sucediese y sino hubiera sido porque lo conozco desde que mi memoria alcanza, sin duda que así habría sido.

No paso más de medio día cuando me miro, saco una minúscula bolsa de monedas, me dio mi viejo mandoble de entrenamiento y me dejo claro que mi tiempo en la aldea y junto a él se habían terminado, debía ver el mundo con mis propios ojos y descubrir que me podía ofrecer y yo a él, lo mira con cara de incredulidad perplejo, no había en mi mente ni una sola idea o motivo que justificara esta forma de actuar en Zenhir, al final su decisión era firme y mis pasos se iban alejando mientras la nieve cubría mis pisadas en el suelo.

No tarde mucho en darme cuenta que había demasiadas cosas que no entendía y comprendía mientras mi camino por las Tierras de la Tranquilidad me llevaban desde la pequeña región montañosa hasta las mismísimas puertas de la ciudad de la moneda, sin duda había desviado demasiado mi ruta, sin un mapa, sin apenas compañía durante la mayoría de mi viaje; aunque si había una sola cosa al menos que parecía igual en mi pequeña aldea y en el mundo exterior a ella y era la Orden del radiante Corazón y sus buena obras por aquellos que lo precisen mientras luchaban contra el mal que asolaba todo Faerun.

Cuando llegaba la noche recordaba como esos valientes hombres y mujeres, guardianes, sanadores y protectores al servicio de los Dioses, hacían incluso más de lo que estaba en su mano por el resto, basándose en una férrea disciplina y conducta moral, que no estaba al alcance de cualquiera y que les permitía velar por nosotros como lo hacían, todos esos recuerdos estaban siempre junto a mi, pues Zenhir siempre hablaba de la Orden con respeto y con demasiada familiaridad, me educó bien; o al menos eso siemrpe quise pensar aunque sin duda estaba muy lejos de ser alguien del honor, sabiduría y conducta ejemplar de los miembros de la Orden.


El viaje desde Athkala hasta Crimmor fue duro, pero tuve compañeros que me ayudaron a sobrellevarlo, por fin estaba acortando la distancia de la sede de Minsor sin más desviaciones o errores en la ruta, el viaje iba bien hasta que mis ojos se nublaron y sangre los tapo.

Desde allí no logre recordar nada hasta que un instante después o lo mismo una eternidad, comencé a ver rojo por la sangre que cubría mis ojos, agotado y con la respiración entrecortada mis sentidos estaban embotados, poco a poco pude reincorporarme mientras escuchaba las voces conocidas de quien me llevo para que la dama sacerdotisa me trajera de vuelta a este mundo, aprendí la dura verdad ese día en él que mi viaje estuvo a punto de acabar cuando ni siquiera había comenzado, no sabiendo como podría saldar mi deuda con todos ellos nos despedimos y mi cuerpo se movía como si ya hubiera estado allí gracias a las historias de Zenhir, estaba nervioso pues aunque podía ver la majestuosa fortaleza de la Orden,¿Quién era yo para pensar que podía ser digno de ser uno más de todos ellos?, estaba haciendo lo correcto me decía una y otra vez, mi cuerpo estaba paralizado, hasta que finalmente caí de rodillas frente al símbolo en honor de muchos, más de los que debieron ser, rece y ore por sus almas para encontrar la paz y la tranquilidad en la mía como tantas veces había sucedido; sino era digno para ser miembro al menos ofrecería mis servicios de aprendiz en la forja, me repetía una y otra vez, necesitaran reparar sus equipos, hacer nuevos e incluso restaurar engranajes, más artilugios metálicos para la fortaleza, cuando encontré la suficiente fuerza en mi me incorpore y mis ojos dieron...

EN CONSTRUCCIÓN....
 
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